MÁS ALLÁ DEL PODER

MÁS ALLÁ DEL PODER

MICHEL FOUCAULT EN IRÁN

  1. Espiritualidad política

Se cumplen cien años del nacimiento de Michel Foucault. Ha sido el filósofo más importante de mi educación y de mi trabajo filosófico. Decir que fue el más importante del siglo XX da lugar a controversias, por eso me limito a mi biografía y no discuto los juicios presuntamente objetivos sobre las cumbres del pensamiento contemporáneo.

Sigo con las efemérides. Se cumplen también cuarenta y ocho años de los dos viajes que hizo Foucault a Teherán como periodista del “Corriere della Sera” a la que envió ocho artículos sobre el movimiento popular que provocó la caída del Sha Pahlevi y el arribo del Ayatolah Jomeini de su exilio de quince años, además de publicar una serie textos entre fines de 1978 y mediados de 1979 al Nouvel Observateur, a L’Unità y al diario Le Monde.

Para terminar con el calendario, también ha pasado una década de la aparición del libro “Foucault en Irán” del profesor irano-estadounidense Behrooz Ghamari-Tabrizi que ha sido reseñado el primero de abril de este año por el profesor Gal Hertz, de la universidad de Bezalel, Jerusalén, en el periódico israelí Haaretz.

Sobre los escritos de Foucault sobre Irán ya he comentado mi parecer en mi libro “El deseo de revolución” – en la filosofía francesa – en el que señalo lo que considero el núcleo problemático a debatir. Se trata de la idea de “espiritualidad”. Y ahora que vuelvo al tema nueve años después – insisto con las fechas – creo que es alrededor de este concepto que se produce un malentendido.

Foucault genera una idea seductora. De acuerdo a los helenistas, la filosofía en la antigüedad no trasmitía un saber que fuera la suma de un cúmulo de conocimientos que hiciera de un aprendiz un experto, sino que tenía el propósito de guiar al discípulo por un camino por el que se transforma a sí mismo y modifica su subjetividad, una “metanoia”, una conversión.

Foucault designa con el nombre de espiritualidad este camino de Damasco. Los últimos años de su vida – los pocos que sobrevivió a este viaje a Teherán – profundizó esta temática tanto en el monaquismo cristiano como en los filósofos estoicos y en los cínicos.

Pero lo que ve en Irán es que la espiritualidad puede trascender un camino individual, por eso crea un concepto complementario: espiritualidad política. A partir de esta idea, el filósofo señala que en Irán se inicia un camino revolucionario novedoso que no está en los anales de la historia de Occidente, que se diferencia de las revoluciones conocidas como la francesa y la rusa, y nos exige un cambio de mentalidad para poder comprenderla.

Sin duda, una revolución política en nombre del Islam que conduzca a un pueblo por una senda de liberación para establecer relaciones entre los hombres en que no prevalezca el poder sobre la base de la propiedad del capital o del monopolio de la fuerza, es un hecho inédito en la historia que puede dar nacimiento a un tipo de sociedad cuyos contornos son impredecibles.

Para Foucault, Jomeini sintetiza este deseo, su nombre consolida la unidad popular más allá de las ideologías, permite la identificación espontánea de los grupos de la resistencia a la opresión y a la represión  gubernamental, y genera la fusión de las masas en rebelión en una fuerza incontrolable.    

En su libro Ghamari Tabrizi se identifica con Foucault en el entusiasmo por la gesta del pueblo iraní. Décadas más tarde se encargará de defender al filósofo atacado a granel por colegas de todas las disciplinas una vez que la revolución triunfó y Jomeini pudo imponer el estado islámico en nombre del cual  asesinaba a decenas de miles de opositores y ex combatientes que habían luchado contra el Sha, silenciado a comunistas y liberales, torturado en las cárceles, medidas completadas por una rigurosa censura y la anulación de leyes que habían promulgado derechos a las mujeres, politica que implementó con la finalidad de propagar la fe por medio del terror.

Sin embargo, Ghamari insiste en que condenar el régimen teocrático en nombre de los valores europeos, desde una civilización que se cree ilustrada, poseedora de una versión de la racionalidad que supone universal, calificar de barbarie todo lo que ignora, no tomar en cuenta la historia de Irán, la coyuntura política, el contexto y las circunstancias del tránsito de un régimen despótico como el del Sha a otro manifiestamente popular, es tomar partido por un sistema colonial sometido a los intereses de las grandes potencias como el Reino Unido y los EE.UU.

Sostiene que Foucault con sus entregas periódicas no sólo describió lo que vio en las calles de Teherán, sino que al mismo tiempo reforzó su crítica a la tradición del Iluminismo, de sus supuestos, de su versión interesada y arbitraria de la libertad y de los derechos humanos y de su total ignorancia a pesar de sus himnos a la diversidad, de la cultura de los otros pueblos. 

Recuerda que el entusiasmo por la gesta heroica a fines del año 78 y comienzos del 79 no era más que el eco de todo un pueblo que había dicho “basta!” y sólo la ignorancia de intelectuales que jamás se interrogaron sobre los límites de su propia tradición podían condenar al Islam del que ignoraban casi todo.

En la defensa de Foucault, Ghamari, recuerda los improperios lanzados por quienes ya tenían preparado el momento de la venganza propiciado por los acontecimientos en Irán, las acusaciones que recibía por sostener una filosofía nihilista, relativista, que despreciaba los avances de la democracia liberal, promotor de una visión del poder que sometía todos los otros valores a su imperio, en suma, una filosofía que pretendía ser una historia del presente con la misión supuestamente nietzscheana de elaborar un diagnóstico de vaya a saber qué enfermedad, un pensamiento que no era más que la expresión de un entusiasmo retenido largo tiempo que al fin deliraba con una revolución a medida de sus frustraciones domésticas.

De acuerdo a sus críticos Foucault proyectaba en Jomeini una especie de consolación de la monotonía republicana en tiempos de Giscard y Mitterand, de socialismo y liberalismo decadentes.

Pero dejemos de lado por ahora las reacciones que despertaron sus entregas periodísticas desde un lunes sobre lo acontecido el domingo, abundan los profetas del pasado. Acompañemos a Foucault en su recorrido por las calles de Teherán antes de la caída del Sha, en plena sublevación popular.

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  • Modernidad arcaica

Foucault entrevista a mucha gente, a líderes religiosos que creen en una república islámica democrática y pluralista, militantes comunistas, recorre los bazares que son los centros comerciales en donde no sólo se reunen clientes, visitantes, curiosos, paseantes, sino que es el lugar en donde se opina y circulan las versiones sobre los acontecimientos políticos.

Para él también el enemigo es el Sha, no sólo por su política dictatorial y sus servicios secretos, la temible SAVAK, sino por el relato con el que se legitimaba. Fomentaba un nacionalismo basado en la historia antigua y no en la religión. Pahlevi se dice representante de la voluntad de modernización, de su proyecto de hacer del Irán una resurrección del imperio Persa, de ahí un calendario en el que hay conmemoraciones como el de la gesta del emperador Ciro el Grande realizadas en las ruinas de Persépolis convertida en una ciudad de tiendas para turistas.

Ghamari reconoce que Foucault a pesar de apuradas lecturas y de consultas con especialistas de la cultura islámica como Henry Corbin, ignoraba el efectivo funcionamiento de una compleja sociedad y de sus cambios en un proceso centenario. En este caso, además, se trata de una civilización de dos mil quinientos años de historia. Pero Ghamari parece no medir las consecuencias de esta ignorancia.

Modernizar tal como pretendía el Sha en una sociedad de este calibre no se mide únicamente por su pasado sino por las características que tiene su grado de desarrollo económico y por su lugar en el escenario internacional

Cuando Foucault se pasea por los bazares ve artefactos que se ofrecen como un último adelanto en innovaciones tecnológicas y que bien sabe anticuados en su lugar de origen. Por eso califica de “arcaísmo” a este tipo de modernización. Nuestro filósofo parece desconocer los rasgos que definen a un país dependiente, colonizado, subdesarrollado o emergente, de cualquiera modo en que se lo llame.

Lo que los importadores traen de los países centrales a la periferia no son el último modelo de un producto, se trata de bienes amortizados pero desconocidos en su lugar de arribo y constituyen una efectiva renovación en el parque industrial y en la oferta comercial. Su supuesto arcaísmo será pertinente para Francia sin dejar de ser por eso una novedad en un país carente de desarrollo autónomo.

Lo mismo sucederá con lo que los organismos internacionales llaman “desarrollo humano” cuyo defasaje no sólo evolutivo sino sustancial generará conflictos entre militantes por la liberación femenina del primer mundo y mujeres iraníes cuya lucha por la libertad tenía otros tiempos, otras prioridades y tradiciones diferentes.

El Sha era un dictador, inclemente con sus adversarios, represor, un jerarca custodiado por los intereses imperiales del Reino Unido y los EE.UU, que se aseguraron de la principal fuente de riquezas de Irán al derrocar a Mohammad Mossadegh en el año 1953. Nos referimos a la guerra por la apropiación del petróleo que hizo del Medio Oriente y del Asia Central un polvorín sin fecha de vencimiento. 

De la anterior afirmación sobre el carácter despótico y cruel de la monarquía, no hay dudas, pero hay un par de fechas que marcaron una diferencia que ofrece ciertos matices de los tiempos del Sha Pahlevi. Una fue la revolución blanca de 1963 por la que decreta una reforma agraria que distribuye tierras entre los pequeños campesinos al confiscárselas al clero y a los latifundistas. Otorga el derecho al voto para las mujeres. Autoriza a los jóvenes que deben hacer el servicio militar que en lugar de cumplirlo en el ejército oficien de maestros en las escuelas primarias para acelerar la campaña de alfabetización. Se promulga una ley que protege al nacionalizarlos los recursos naturales y los bosques de la explotación privada. Se le da a la clase obrera una participación del veinte por ciento en las ganancias de las empresas.

Estas medidas provocaron una reacción de los sectores que se sintieron perjudicados y cuyo poder se vio en peligro como el clero, la alta burguesía, los terratenientes, y los sectores conservadores. Jomeini aliado a estos poderes lanzó una campaña en contra de estas medidas por la que debió partir al exilio.

Se hablaba de una “westintoxication”, una colonización invasiva de valores occidentales cuya finalidad era convertir a las mujeres iraníes en mano de obra barata del mercado capitalista,  expulsarlas del hogar y disolver a la familia. 

Foucault nada dice de estas leyes y de la reacción de Jomeini que deberían haber sido un antecedente de importancia para conocer sus posiciones políticas e ideológicas en el proceso de derrocamiento del Sha quince años después.

Cuatro años más tarde, en 1967, el gobierno de Pahlevi promulga La Ley de Protección Familiar por la que se moderniza el código civil hasta ese momento sólo basado en la ley islámica que mejorará el estatus de la mujer en el matrimonio y el hogar.

Por estas medidas se restringe la poligamia por la que el varón para tomar una segunda esposa debe obtener el permiso de un tribunal de justicia, demostrar capacidad financiera para solventar la manutención de ambas mujeres, y, lo más importante, obtener el consentimiento   de la primera esposa.

Se elimina, además, el Repudio, por el que se anula el derecho unilateral del varón a divorciarse de la mujer por una simple declaración oral. El juez de un tribunal de protección familiar deberá  emitir un certificado de imposibilidad de reconciliación tras un intento de mediación.

Por esta ley, la mujer tiene el mismo derecho de solicitar el divorcio bajo condiciones similares a la de los hombres por abandono, crueldad, incapacidad de manutención. Respecto de los hijos que por ley islámica quedaban con el padre o la familia paterna, la reforma autoriza a las madres a obtener la custodia si el tribunal determina que es beneficioso para los hijos.

Habrá mecanismos por los cuales se fijarán las pensiones de manutención de la ex esposa y los hijos. Hasta ese momento esta protección era precaria o inexistente. La edad mínima de las mujeres para casarse pasa de los trece años a los quince, y pocos años después será de dieciocho. 

Todas estas medidas fueron derogadas una vez triunfante la revolución islámica que Foucault encomia.

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  • Lo inexplicable

¿Qué sucede cuando un filósofo se ve desafiado por una situación inhabitual como la que se le presenta a Foucault que ha dedicado libros y cursos a explicar sucesos distribuidos desde el siglo XVI al XIX como en “En las palabras y la cosas”, en “La historia de la locura” y “Vigilar y Castigar”? ¿Qué modificaciones tiene su labor cuando asume el rol de periodista y se propone dar cuenta de un acontecimiento de ruptura en momentos en que ‘todo lo sólido se disuelve en el aire’? Un filósofo que decía que su labor podía asimilarse tanto a la de un arqueólogo como a la de sepulturero que desde ambas actividades trata con fósiles o cadáveres discursivos que han dejado de vivir y presentan su faz siempre la misma, ¿qué nuevos efectos se producen al desaparecer la distancia teórica facilitada por configuraciones alejadas y se encuentra con lo que él mismo llama “actualidad”?

Esta vez Foucault en Teherán se deja seducir no sólo por el entusiasmo de las masas en la calle, por el espíritu de sacrificio de un pueblo que se enfrenta desarmado a los tanques de la monarquía, sino también por el caos, la falta de dirección y la ambigüedad” del proceso revolucionario, por su radical novedad, y por lo que descubre como “espiritualidad” de un pueblo en rebeldía.

Quiere trasmitir a los lectores europeos mediante sus artículos que la religión no es esa banalidad conocida como “el opio de los pueblos”, sino un ceremonial, un vocabulario, un modo de estar entre sí de una colectividad cuyos miembros experimentan un cambio en su subjetividad. Una conversión.

Seleccionemos estas dos palabras: subjetividad y espiritualidad. La primera ha sido empleada por diferentes modos en una filosofía que se ha reconocida deudora de la obra de Marx. No se trata del Sujeto, ícono conceptual de la filosofía moderna desde Descartes, sino de un proceso de constitución de algo nuevo.

Ya sea por la acción o por un trabajo sobre la consciencia, los filósofos de la tradición marxista han elaborado la figura del “sujeto revolucionario”, el que se hace a sí mismo junto a los otros, para dar lugar al “Hombre Nuevo”.

La novedad de Foucault es el haber introducido la palabra “espiritualidad”.

En un intercambio con su amigo Claude Mauriac le dice que imagina la risa que le deben haber producido sus entregas periódicas sobre el Islam revolucionario, no menos que las que festejaba el universo cultural francés, a lo que Mauriac sólo le dice que no niega sorprenderse por la asociación de la política con la espiritualidad, porque supone que ambos saben lo que tal conjunción puede llegar dar. Foucault responde: ¿Y la política sin espiritualidad, mi querido Claude?

Foucault no piensa, imaginamos, que una teocracia purifica a las masas con la fe en ideales sublimes a diferencia de la democracia parlamentaria de una república de filisteos. Lo que le interesa no es el momento de la culminación en una estructura estatal de un proceso revolucionario, desconoce la dirección que tomarán los acontecimientos una vez expulsado el Sha con Jomeini en el poder, se trata de interrogar lo inexplicable, aquello que hace que un pueblo desarmado se enfrente a un ejército sin el temor a la muerte, movido por una fuerza de resistencia al poder que asombra y nos deja mudos.

Foucault insiste en el carácter irreductible de los portadores de esta actitud. No hay encuadre  psicológico ni sociológico que la pueda explicar, ni siquiera las interpretaciones que suponen un origen en la religión chiita que invoca a los mártires y rinde tributo a la voluntad de sacrificio de los servidores de Alá.

Ghadari que se identifica con Foucault en su visión de los acontecimientos en Irán, nos habla de Franz Fanon para quien la acción revolucionaria no se valora por sus resultados sino por la acción transformadora en los sujetos que la llevan a cabo. La acción revolucionaria se justifica por sí misma.

Esta energía colectiva es el contenido de lo que Foucault llama espiritualidad política.  

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  • El boom petrolero

Es difícil comprender lo que sucede en una sociedad ajena a la propia. Una visita de un par de semanas, conversaciones con referentes destacados, la propia intuición, asociaciones con experiencias en otros ámbitos y en otros tiempos, todo conjuga para darnos una imagen satisfactoria – así lo creemos – de nuestro propósito: descubrir algo nuevo sin traducirlo en un lenguaje viejo.

Es lo que quiere hacer Foucault, para él sería un grave error juzgar los acontecimientos iraníes con nuestros prejuicios y valores de un Occidente que se pretende universal. Por eso quiere dejarse llevar por lo que le muestra la calle y las gentes, escuchar y ver con ojos y oídos jóvenes, y describir sin filtrar lo visto y oído por el tamiz de su erudición francesa. Una ambición algo desmedida.

Gahadari a pesar de su defensa, admite que tanto Foucault como Franz Fanon tenían un conocimiento bastante pobre de las sociedades que les hacían pensar en nuevos procesos revolucionarios. Ni Argelia ni Irán eran lugares familiares para un martiniqués o un francés, y el desconocimiento del idioma no lo era menos.

La modernización llevada a cabo por el Sha era un proceso complejo. No menos que en los países cuya estructura económica depende de los países centrales.

Foucault no toma en cuenta que la democracia representativa y republicana tal como la conoce en Francia es un dato menor en la historia a la vez que corresponde a países imperiales, colonizadores. Son territorios cuyas metrópolis tienen una periferia global extendida por otros continentes que en el caso del Reino Unido las superaba ciento cuarenta y cinco veces y en el de Francia veintiuna. Sin hablar de las riquezas extraídas que nutrieron el poder colonizador. 

Cuando Foucault señala que la modernización bajo el gobierno del Sha es una falsa modernización por el carácter arcaico que él percibe en los productos, parece desconocer que en los países de la periferia del imperio se imita, se copia, y se compran lo que en los Centros desechan. Es un fenómeno habitual e intrínseco al proceso colonial.

Las críticas a los intentos modernizadores del Sha no esperaron el viaje de Foucault, comenzaron a arreciar desde el momento de su inicio. El escollo fundamental se daba en las medidas relativas a la condición legal y a la situación de vida de las mujeres. La política del Sha tendía a una occidentalización de la sociedad iraní y a la adopción de costumbres consideradas vejatorias por los sectores religiosos y tradicionalistas.

Irán depende del petróleo, el boom petrolero de 1973 que cuadruplicó los precios inundó de divisas el tesoro del estado. Los ingresos por exportación de petróleo pasaron de mil millones a diecinueve mil millones de dólares. El gobierno invirtió en petroquímica, acero, aluminio, ensamblado de automóviles, puertos, energía nuclear, armamentos, hasta convertirse en prestamista internacional.

Estos desarrollos económicos que aprovechan oportunidades consideradas únicas provocan desequilibrios por no estar planificados y por no diagramar una escala de prioridades. Los puertos colapsan, no hay camiones ni grúas para transportar y ubicar mercaderías, fallas de logística, escasea la mano de obra calificada por la que hay favorecer la contratación de personal extranjero. Ya con la reforma agraria de 1963 por la distribución de tierras entre los campesinos comenzaron los problemas al crear una masa de pequeños propietarios sin asesoría, recursos tecnológicos ni capacidad financiera. Estas medidas que se pretendían democratizadoras produjeron una migración a la ciudad de quienes debieron vender sus tierras y crearon un cordón suburbano en el que se alojó la población sin recursos.

Fueron abandonados por el estado en lo que concierne a cuestiones de salud y educación para así conformar un espacio cultural, político y asistencial para la intervención y la presencia de las instituciones religiosas. El Islam con sus personeros y su poder sustituyeron a un estado ausente.

También el acceso a la educación promovido por el gobierno se vio con el escollo de un estudiantado no preparado para estudios superiores que debió recibir la ayuda de doctos de las instituciones del islam para compensar esas deficiencias.

A fines de la década del setenta, ya este despegue económico parecía agotado y se inicia un proceso inflacionario, una política de control de precios que crea conflictos con los comerciantes de los bazares, y medidas de represión ante las protestas de la gente.

En un clima de disconformidad por el estancamiento, la falta de perspectivas y la represión, se inicia el proceso revolucionario.

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  • Un intelectual anti-estratégico

Una de las primeras medidas del gobierno islámico fue la de anular las leyes relativas a la condición de las mujeres, volviendo a imponer las costumbres tradicionales. Obligaron al uso del manto, el chador, para cubrir cabello y cuello, y el hyyab, el manto para ocultar el cuerpo.

Las mujeres salieron a la calle y se inició un fuerte movimiento de protesta, que Foucault no sólo ignora sino que tergiversa al escribir que las mujeres participaron de la protesta contra el Sha sin mencionar estas luchas por su libertad y la resistencia contra las autoridades del Islam.

En mayo de 1979, proclamada la República Islámica de Irán, Foucault escribe un texto para el diario Le Monde. Su título es “¿Es inútil sublevarse?”. De acuerdo a Ghadari  la experiencia iraní de Foucault fue la que lo indujo a modificar su lineamiento teórico y reelaborar su microfísica del poder para encarar en sus últimos años la problemática relativa a la ética y a dedicarse al estudio de las tecnologías del yo en la Antigüedad.

El eslabón intermedio que permite este pasaje es la idea de “espiritualidad”, y es factible percibirlo en este escrito. Foucault se detiene en una expresión y una imagen. Es la de un pueblo que exclama “ya no obedezco más”, “no me someto más”, aún a riesgo de la vida de cada uno de los individuos que lo componen.

Dice que esta decisión es irreductible, no se la domestica, no hay poder que la haga desaparecer. Siempre habrá, subraya, levantamientos como el del Gheto de Varsovia. El hombre que se rebela no tiene explicación, se trata de un desgarro en la continuidad de la historia que hace que se prefiera la muerte a la obediencia.

Dice que si las sociedades viven, si los poderes no son absolutos, es porque más allá de las amenazas, de la represión, de la violencia, existe la posibilidad en que la vida no se negocia más, no hay más intercambio de conveniencias, en que el poder no lo puede todo, y que a pesar de las ametralladoras, los hombres se rebelan.

Por eso, agrega, las formas religiosas son tan importantes, lo son porque constituyen una promesa de una vida mejor, de una salvación, de un más allá, de un retorno del origen o de un fin de los tiempos, de la llegada de un Mesías. No se trata de una ideología en el sentido de un enmascaramiento, sino de un modo de vivir los acontecimientos.

Dice que frente a esto, se ha intentado encontrar explicaciones para circunscribirlo en una interpretación racional de la historia, elaborar una teoría de la revolución, otorgarle una legitimidad. Hasta se ha creado la figura del revolucionario profesional para inscribir la voluntad de rebelión en el “Real Politik”.

Foucault dice preferir la pregunta de Max Horkheimer: ¿Es deseable la revolución?

Se trata de un enigma, como también puede serlo esta invocación a lo religioso, que puede dejar de serlo si se toma en cuenta que el régimen monárquico había gastado todos sus cartuchos, que sus intentos de modernización y de reformas, habían fracasado, y que el ceremonial religioso actualiza sus antiguas imprecaciones al poder terrenal y vuelve a darle vida a los tiempos que aún en Occidente las figuras de la espiritualidad estaban enraizadas en el terreno de la política.

El triunfo de la revolución islámica genera nuevas preguntas, y la represión que inicia, la xenofobia, la discriminación de las mujeres, no tienen por qué hacernos pensar que ya estaban germinando en el movimiento revolucionario.

Las decepciones que podemos llegar a sentir no tienen que hacernos olvidar el carácter irreductible de la sublevación de los pueblos. Aquí Foucault retrotrae las mismas impresiones que tenía Kant cuando sostenía que la revolución francesa no se calibra por su éxito o por su fracaso, ni por el terror, sino por el hecho de que persistirá como una virtualidad permanente que refleja un entusiasmo irreductible e inmemorial.

Foucault se define  a sí mismo como un intelectual antiestratégico, no se ubica en un lugar desde el que contempla los grandes conjuntos, calcula ganancias y pérdidas, sopesa los períodos, no acepta la investidura del estratega ya sea el de un político, un historiador, un militante o un revolucionario. Su actitud es la del respeto del carácter irreductible del sublevado y de su singularidad.

Se sitúa a una cierta distancia de la política, en los umbrales que limitan la embestida aparentemente irrefrenable de los dispositivos del poder.

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  • Hay algo más que el Poder

Decía en el comienzo que el tema de la “espiritualidad política” prestaba a malentendidos. Se lo acusó de ser un idealista irresponsable y amoral al apoyar un movimiento como el de la República Islámica; se le imputó haber estado ciego y sordo para no darse cuenta de que tenía en sus entrañas lo que produjo después en términos de violencia, represión y muerte. Hace pocos meses, en enero del 2026, la Guardia Revolucionaria del Estado Islámico asesinó a miles de manifestantes que protestaban en la calle por la situación económica y la censura política.

¿Cómo podemos llamar “espiritualidad” a cualquier movimiento entusiasta de las masas independientemente de sus valores y de su ideología? ¿Acaso la historia no está plagada de entusiasmos movidos por el odio y la voluntad de dar muerte a un declarado enemigo desde los tiempos de las Cruzadas hasta los totalitarismos de variados colores?

Por supuesto que Foucault puede ser inspirador, en mi último libro, “Pensar de nuevo”,  su idea de espiritualidad política me permitió estudiar el nacimiento de la democracia en las primeras décadas que siguieron a la revolución norteamericana en los tiempos emersonianos. La democracia como forma de vida.

No es lo mismo, aparentemente, una espiritualidad que baja de otra que sube, una que viene del Poder de otra que se le enfrenta. Para continuar con el derrotero de Foucault no es lo mismo una espiritualidad en Alejandro el Magno que la del desafiante Diógenes el Cínico. Lo que Foucault vio en Teherán a fines de la década del setenta es una espiritualidad que en su último curso llamó parresiasta, la que le dice que NO al poder.

Quizás tenga motivos Ghadari en afirmar que la experiencia de Foucault en Irán fue determinante en su viraje teórico de la temática del poder a la de la ética. Si así fuera, el filósofo necesitó ser testigo de un pueblo sublevado para descubrir otra dimensión a la del poder. Lo que dice haberlo sorprendido es el carácter “ambigüo” de la rebelión, su carácter anárquico a pesar de un vocabulario religioso que no discriminaba entre creyentes y los que no lo eran porque su función era la de amalgamar a la diversidad en una fuerza común.

El pueblo quería destituir al Sha, y Jomeini era la prenda de unión sin que su invocación significara un programa, un tipo de sociedad futura, o la repetición de otros procesos revolucionarios. Liberales, comunistas e islámicos tenían un deseo común que era terminar con el despotismo monárquico.

Este tipo de resistencia conmovió a Foucault porque ponía frente a frente a un pueblo desarmado frente a una de las potencias militares más importantes del mundo, la quinta según los especialistas.

No podemos evitar preguntar la causa por la que Foucault tuvo este despertar en Irán, cuando los levantamientos populares, las sediciones y las manifestaciones masivas contra el poder que reprime a sangre y fuego se multiplican en la historia, o cuando, ya más en la cercanía de Foucault, en su propia casa, en mayo del 68, una rebelión sin muertos, paralizó un país durante treinta días por la acción de la juventud que pedía una nueva forma de vida, una nueva sociedad, y un futuro que tampoco tenía un modelo en el que basarse.

¿Qué hubiera pensado entonces en términos de espiritualidad de haber presenciado los acontecimientos que dieron origen a la Primavera Árabe?

Es posible que a Foucault le interesara especialmente el proceso iraní porque se desarrollaba de acuerdo a un relato ajeno a la tradición revolucionaria europea legitimada por los valores de la Ilustración. De ser así, entenderíamos mejor que en su conferencia “¿Qué es la Ilustración’” de 1983, Foucault afirmara que en Kant, las Luces no se definían por al acuerdo racional sino por la voluntad de disentir y el coraje. 

Revirtiendo la lectura tradicional, señaló que Kant introdujo en el pensamiento filosófico occidental una idea de la modernidad como “diferencia”, y de ese modo circunscribió lo nuevo de la actualidad para darle contenido al presente. Refuerza este pensamiento cuando concibe el papel del filósofo de acuerdo a su lectura de Nietzsche como “diagnosticador del presente”.

Esta doble ambición, no sólo padece de una fuerte dosis de idealismo sino también de ingenuidad. Aunque parezca algo caricatural, finalmente lo que deja como testimonio Foucault de sus crónicas sobre la sublevación iraní es que lo que está más allá de una concepción totalitaria del poder que su panóptico podía dejar traslucir, me refiero al martirologio.

Creer que entregar la vida por un ideal desafía no sólo al poder sino a una concepción del mismo que lo hace inexpugnable, es olvidar, como él mismo acaba por señalarlo aunque de soslayo, que este enfrentamiento se lleva a cabo en nombre de un Poder superior, el poder de los poderes como es el del Todopoderoso Dios apropiado por la casta sacerdotal. Al menos bajo la dirección de Jomeini.

Llama la atención que en momentos en que Foucault estudia los primeros tiempos del cristianismo, cuando escribe sobre la vida en común de los monjes en los cenobíos y el pensamiento de Juan Casiano, da cursos sobre el paradigma monástico y el dispositivo confesional, es decir, cuando analiza las relaciones entre la verdad y la autoridad como el díptico del poder, nos entrega esta versión de la rebelión iraní tangencial a la figura del Amo en la fenomenología hegeliana o a una de las tantas investiduras del Héroe romántico.

Foucault sorprende cuando estudia el pasado de  un modo en que hecha luz en nuestro presente porque, justamente, disipa anacronismos, interpela desde una inquietud actual, pone en tela de juicio las ilusiones del progreso y de la espiral evolutiva hacia una idea del Bien, como lo hizo de un modo magistral al analizar el panóptico de Bentham y el modo transversal en que se instituyen los dispositivos del poder, o la ética en la cultura greco-romana a partir de la dietética, de la economía y de la erótica. Foucault nos habla de nuestro presente cuando se aboca al pasado de un modo en que renueva la tarea de los historiadores y analiza los discursos desde lo que llama una arqueología y una genealogía del poder y del saber. El periodista puede hacer un bueno uso de la tradición filosófica, el reverso no siempre da el mismo resultado.

4 octubre 2026 at 14:00 Deja un comentario

Un crimen

No encuentro otra palabra al menos por el momento para describir lo que me produce escuchar porque evito leer o ver, los comentarios sobre la detención o excarcelación o de un menor que tiene la edad de mi nieto.

Todos estos funcionarios que incluye a los que trabajan en ese ministerio de capital inhumano son racistas de la peor calaña, a los que agrego a todos los que tienen micrófono, cámaras, rotativas, computadoras, celulares, con el poder de intervenir en lo que se llama opinión pública que lagrimean de emoción ante la venida del Papa a la vez que piden que se aplique la ley de imputabilidad para menores que han sido abandonados, malheridos y vejados por un sistema económico y social que de público conocimiento ha destruido fuentes de trabajo, horizontes de prosperidad, instituciones educativas, contención social, durante décadas.

Un adolescente de catorce años!, por supuesto que puede manejar un arma y ser peligroso, por supuesto que las normas de la vida civilizada y los códigos de la moral universal le son ajenos, tan ajenas como  son para nosotros sus vidas.

Todo el tiempo hablamos de las líneas de pobreza, de los pobres, del conourbano, posamos ante gráficos de las encuestadoras con sus curvas azules, verdes y rojas que muestran el estado de miseria social que vive la Argentina que hoy penaliza a los menores y los asume como un problema del ministerio de seguridad, de seguridad!, y acusa al garantismo como culpable del desprecio y de la brutalidad de las autoridades libertarianas que se solazan porque no hay más piquetes de pobres manipulados por organizaciones que sólo tienen intereses políticos. Sí políticos, mala palabra porque pone en cuestión el poder, y eso sí que es peligroso para la libertad, hermosa palabra que la hicieron maldita estos que nos gobiernan y los voceros que amplifican su siniestra ideología.

Mi apoyo incondicional a las juezas y jueces que piden proteger a los menores.

22 septiembre 2026 at 11:06 Deja un comentario

UN ARTEFACTO LLAMADO URIARTE

UN ARTEFACTO LLAMADO URIARTE

Fui a la presentación de un nuevo número de la revista-libro “Artefacto” que publica Christian Ferrer y su cátedra de la materia Informática y Sociedad de la carrera de Comunicaciones de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA. No es una publicación universitaria a pesar de su origen sino una de cultura general, mucho menos general que universal, y menos universal que intelectual.

Intelectual quiere decir de lectura atenta, y atenta viene de atención, una facultad mental que está en franca decadencia según lo testimonian las últimas pruebas Pisa que comprueban un retroceso global de la adolescencia en los rubos de las matemáticas y de la lectura. El diagnóstico es paternal: las nuevas generaciones no prestan atención. Y leer esta revista lo exige, y en cantidad.

En la revista hay un dossier dedicado a Claudio Uriarte, fallecido en el año 2007 a los cuarenta y ocho años por un accidente doméstico. Se cayó bajando de la escalera de su casa. Lo conocí y lo publiqué en mi revista La Caja porque era una de las mejores prosas de ensayo de nuestro país. Lo sigue siendo.

Releo uno de sus artículos, el dedicado al director de orquesta von Karajan y me apasiona por el modo en que escribe, la intensidad, la fuerza de sus frases, y la calidad de la información desplegada. Y esta seducción se ve reforzada por el hecho de que no entiendo nada, no digo casi nada, sino nada, de la cultura musical de la que me habla.

Uriarte era un hombre de extrema izquierda, tan extrema que se encontró con la derecha y le gustó. ¿Qué le gustó de la derecha, mejor dicho, de su derecha? Que podía estar solo, es decir en el mejor lugar para pensar. Y de ahí darle duro a la izquierda y al progresismo que es el vagón al que se suben los llamados hoy en día “colectivos” que antes se decía rebaños.

Que la revista le dedicara un suplemento especial y lo completara con una larga entrevista que Christian le hace a Jorge Barón Biza, hijo suicidado del escritor Raúl Barón Biza al que Christian Ferrer le dedica un libro, un literato misógino, antisemita y homofóbico además de quemarle la cara a su mujer antes de suicidarse, muestra la orientación de la materia que se presenta como una reflexión sobre la técnica.  

Pero lo que más me conmovió de la velada es el viaje al que me invitó. Volví a mi siglo, a mis tiempos, a los del siglo XX. Porque yo soy un individuo formado y deformado en el siglo XX, en el lenguaje del XX, en sus ideas, en sus crisis, en sus referentes. En el momento del cambio de milenio yo había pasado la cincuentena, me había divorciado, ejercido el rol parental hacía un cuarto de siglo, haber sido profesor de filosofía casi veinte años, publicado unos diez libros, es decir era una persona mayor.

Y la revista tiene mi misma edad, no por los años sino por su cultura. No es de extrañar que no encuentre en su sumario un dossier sobre Inteligencia Artificial y sí un texto inédito sobre Lady DI, ¿de quién?, claro, de Claudio.

En la presentación insistían en la reinvindicación del papel, de las publicaciones de papel, pero no sentí un clima de nostalgia ni un encuentro de ex combatientes, sino un ambiente de comuneros, que no es lo mismo. Porque en esos sótanos se reunían esos carbonarios que elaboraban el futuro que no usaban la palabra “distopía” hoy rumiada con abundancia y menos esa libertad sádica de los libertarios de hoy.

Esas son las cosas de Christian, ser el titular de una cátedra dedicada a la Informática y publicar en papel, hablar de Barón Biza y recordar a Claudio.

20 septiembre 2026 at 11:02 Deja un comentario

NAZA

POR ODED BALABAN, PROFESOR EMÉRITO DE LA UNIVERSIDAD DE HAIFA

¿Quién hizo Naza?

No he visto la película. Escribo sobre lo que el gobierno de Israel no hace —y que le da a esa película toda su fuerza.

Oded Balaban — Universidad de Haifa — balaban@research.haifa.ac.il

Se cuenta —y la anécdota es probablemente apócrifa, aunque verdadera en el único sentido que importa— que durante la ocupación alemana de París un oficial de la Gestapo entró en el taller de Picasso, vio una reproducción del Guernica y preguntó: “¿Esto lo hizo usted?”. Picasso habría respondido: “No. Esto lo hicieron ustedes”. Guardo la escena, porque a la pregunta que hoy divide a Israel —“¿quién hizo el documental Naza?”— la única respuesta seria es la de Picasso: lo hizo este gobierno.

Empiezo por una confesión de método, no por una disculpa. No he visto Naza. No se estrenó en Israel, y no voy a pronunciarme sobre lo que no vi. Por eso mismo me aparto de los dos bandos que estos días opinan a los gritos sin haberla visto: quienes la condenan como “calumnia” o “traición” y hasta piden quitarles la ciudadanía a sus autores sin verla; y quienes la aplauden en automático sin verla. Mi tema no son sus fotogramas. Mi tema es el vacío que la rodea —lo único que puedo juzgar con pruebas—⁠, y ese vacío es obra de este gobierno.

Recordemos los hechos, que no están en disputa. Naza —נזא, sigla de nézek agaví, “daño colateral”, el número de civiles que se calcula que morirán en un ataque— es un documental de Yuval Abraham y Rachel Szor, los mismos que ganaron el Óscar de 2025 con No Other Land. Se estrenó en la competencia oficial de Venecia el 10 de septiembre y recibió la ovación de pie más larga en la historia del festival, unos veinticinco minutos; el jurado le dio su Premio Especial. Reúne los testimonios de veinticuatro israelíes —oficiales de inteligencia y soldados, con el rostro y la voz ocultos— sobre cómo se mató a distancia en Gaza. Son ellos, no yo, quienes hablan de una política deliberada y hasta pronuncian las palabras “crímenes de guerra” y “genocidio”.

Miren ahora la respuesta del Estado. No fue “investiguemos si esto es cierto”. Fue la amenaza. El jefe del Estado Mayor, Eyal Zamir, ordenó estudiar acciones legales y calificó la película de “libelo de sangre” —dos veces—⁠, pero enseguida agregó una frase que se puede leer de dos maneras: “No he visto la película, no sé a quién entrevistaron ni qué o quién está detrás”. La lectura fácil es que debería avergonzarlo: condenar sin haber visto. Cabe otra, más fina y quizá más real: que el propio jefe del Estado Mayor sienta la necesidad de aclarar que no la vio y que no sabe quién está detrás es una reserva —una grieta en el coro que repite la versión oficial—⁠, el reconocimiento a media voz de que el asunto no se zanja por decreto sino investigando. Dicho así, “juzgar sin ver” no afirma la culpa de nadie: advierte que sin ver —sin investigar— no hay veredicto posible. Su cautela es, casi contra su voluntad, un llamado a la comisión que su gobierno niega. No sería la primera vez que este jefe del Estado Mayor se distancia del primer ministro: ya chocó con él por la ofensiva sobre la ciudad de Gaza, advirtiendo por la suerte de los rehenes y por el desplazamiento de un millón de personas —tanto, que el entorno de Netanyahu lo acusó de “golpismo” y, según se informó, lo marcó para el despido—⁠. El ministro de Cultura pidió quitarles la ciudadanía a los directores por traición; Netanyahu habló de incitación y antisemitismo; se abrió una causa por traición. A los testigos les llueven amenazas de muerte. Una sociedad entera se moviliza no para averiguar si se mató a inocentes, sino para castigar a quien lo dice. El sociólogo Stanley Cohen llamó a esto “negación de las consecuencias”: admitir los hechos y rechazar su significado moral.

Hay una pieza que corona esta lógica y merece nombrarse, porque circula como si fuera una investigación: un dossier que “demuestra” que Naza es una “operación de guerra híbrida” de Hamás. ¿Cómo lo demuestra? No refutando un solo testimonio de la película —eso no lo hace, no puede—⁠, sino rastreando vínculos: el socio político de un director, el hermano de ese socio, una ONG, el fundador de esa ONG, una conferencia de hace diez años, una designación administrativa. Al final del rosario se anuncia la conclusión que ya estaba en la primera línea: la película es terrorismo. Es la falacia genética —descalificar algo por su origen y no por su contenido— hecha industria. Pero aunque cada eslabón fuera cierto —y muchos son designaciones del propio gobierno, no fallos de un tribunal—⁠, no movería un milímetro la única pregunta que importa: un testimonio sobre matar a una familia de noche es verdadero o falso con independencia de quién edite Wikipedia. Peor aún: para probar la “red detrás del film”, el dossier recicla una lista negra que el gobierno ya había dictado meses antes, en mayo, por un motivo del todo distinto —un artículo de opinión en el New York Times sobre presos palestinos—⁠, con la que vetó la entrada al país a cuarenta personas de una organización de derechos humanos. Se toma una proscripción vieja, hecha por otra cosa, y se la pega al documental como si fuera su radiografía. La función de todo esto no es probar que el film miente: es volver innecesario mirarlo. Si el mensajero es una red terrorista, uno se ahorra el mensaje. No produce un argumento, sino listas de proscritos. Eso no es investigar; es lo contrario de investigar. Un Estado seguro de su inocencia abre una comisión y responde; un Estado que fabrica dossiers de conspiración y listas negras confiesa que no tiene respuesta.

Se dirá —lo dicen incluso periodistas serios que sí la vieron, como Raviv Drucker— que Naza tiene fallas: testimonios sin un solo caso comprobable, sin fecha ni lugar, sin la otra cara. Puede ser; no lo arbitro, no la vi. Pero reparen en la trampa. El mismo gobierno que impidió que existiera un registro verificable —sin comisión, sin periodistas, sin examen público de lo que hizo su ejército— es el que ahora exige pruebas verificables a quien lo acusa. Fabricó él la única prueba que hoy desautoriza. Es romper el termómetro y negar después la fiebre porque “no hay medición”.

Hay algo que ninguna objeción a la película puede tocar, porque no depende de ella. El sociólogo militar Yagil Levy —el estudioso más riguroso del ejército israelí— tiene documentado, desde mucho antes de Naza, que Israel combate según una doctrina explícita: la “transferencia del riesgo” de sus propios soldados a los civiles enemigos. En la práctica: política de fuego agresiva, ataques aéreos que autorizan “daño colateral” —es decir, matar civiles— a una escala sin precedentes, y “zonas de matanza estériles” donde todo hombre que entra es blanco legítimo. El título mismo del film —nézek agaví, daño colateral— no inventa nada: nombra esa doctrina. Cuando un general formado en Hebrón, Yehuda Vach, declara que “no hay inocentes en Gaza” y lo vuelca en las políticas de fuego, no da una opinión: institucionaliza una orden. Podrán descartar cada testimonio anónimo de Naza; la doctrina que dramatiza ya está probada, y no por sus autores.

Aquí está la acusación, que no es contra la película sino contra quienes la hicieron posible. Un documental de testigos anónimos, sin fecha ni lugar verificables, es exactamente lo que queda cuando el Estado clausura toda otra vía de saber. Israel tuvo siempre la tradición de nombrar una comisión investigadora estatal inmediatamente después de cada guerra o desastre —la Agranat tras Yom Kipur, la Kahan tras Sabra y Chatila, la Or tras los sucesos de octubre de 2000, la Winograd tras el Líbano de 2006—⁠. Van casi tres años del 7 de octubre de 2023 —la guerra más larga de su historia— y este gobierno todavía impide que se forme: la bloquea, ofrece en su lugar una comisión a su medida, y su jefe repite que “no tiene nada que ocultar” mientras se ocupa de que nada se investigue. Negarse ahora, por primera vez, no es prudencia: es romper esa tradición a propósito. Se entiende por qué: una comisión seria tendría que explicar por qué se ignoró la advertencia del jefe de la inteligencia egipcia días antes del ataque —Netanyahu la llamó “fake news”—⁠, por qué se desestimó el plan de Hamás que Israel tenía en su poder desde hacía más de un año, el llamado “Muro de Jericó”, y por qué se desoyó durante meses a las jóvenes observadoras de la frontera. No es que no supieran: es que no quisieron mirar, entonces y ahora.

A la negativa a investigarse se suma la negativa a dejar mirar: van casi tres años y a los periodistas extranjeros se les prohíbe entrar a Gaza por su cuenta; se admite, a lo sumo, alguna visita de horas, escoltada por el ejército y con itinerario militar. Se prohíbe investigar y se prohíbe ver. ¿Qué esperaban que ocupara ese vacío? El universo detesta el vacío: cuando el Estado no investiga, otros investigan por él —cineastas, organismos internacionales, tribunales— y en la dirección que Israel, por haberse callado, ya no puede decidir. La opacidad no protege del veredicto: lo dicta. Quien silencia la prueba no puede quejarse del testimonio.

¿Por qué un gobierno prefiere la calumnia y la lista negra a una comisión? Porque ha vuelto ilegítima la pregunta misma. Hay una confusión que cultiva a propósito, sobre todo a semanas de las elecciones: identificar su política con la existencia misma de Israel, de modo que toda crítica a lo que hace el ejército se vuelva un ataque a que el país exista. No lo es. Se puede —se debe— sostener el derecho de Israel a existir y a defenderse y, a la vez, denunciar que lo que hace en Gaza y en Cisjordania son crímenes. Confundir las dos cosas no defiende al Estado: defiende al gobierno, y usa al Estado de escudo. El propio Levy describe el mecanismo: criticar al ejército como institución —que fija políticas y responde por ellas— se re-enmarca como un ataque a los soldados, y así se silencia a quien habla; “es una estrategia de encuadre muy eficaz —dice—⁠, y funciona”. Prohibir la crítica no es patriotismo; es el reflejo de quien tiene algo que esconder.

Que nadie diga que exagero el clima. En julio de 2024, cuando la policía militar intentó investigar la vejación de un detenido palestino en la base de Sde Teiman —siete costillas rotas, un pulmón perforado, el recto desgarrado, cirugía y una colostomía: eso no es una “calumnia”, es una historia clínica—⁠, la reacción no fue la vergüenza. Fue una turba, con diputados a la cabeza, que asaltó la base para defender a los agresores. El desenlace es todavía más elocuente: en marzo de 2026 el caso contra los reservistas se archivó, mientras la única persona hoy procesada es la fiscal militar que destapó el caso y autorizó difundir el video. Así funciona: al que muestra el crimen se lo juzga; al crimen, se lo absuelve. Naza no cae del cielo: cae sobre ese suelo.

Ese suelo tiene nombre. Es el de un gobierno cuyos ministros dicen en voz alta lo que en otras partes no se dice ni en voz baja. El ministro Amijai Eliyahu afirmó que arrojar una bomba atómica sobre Gaza es “una de las opciones”, y meses después lo repitió: “hasta en La Haya conocen mi posición”. Ben-Gvir llama a la “emigración voluntaria” de los gazatíes “la solución correcta”; Smotrich propone “reducir a la mitad” la población de Gaza en dos años y extender la receta a Cisjordania. Mientras tanto —lo documentan Human Rights Watch, Amnistía y la ONU— los colonos expulsan palestinos de Cisjordania con el ejército al lado o de brazos cruzados: decenas de miles de desplazados solo en 2025. A eso le dicen “voluntario”: fabricar condiciones tan invivibles que irse parezca una elección. Es la palabra que borra la coacción, como “daño colateral” es la palabra que borra al muerto.

Esa maquinaria de palabras que borran tiene su correlato en los hechos: la marca de este gobierno es la no-acción, y su no-acción es una elección. En Gaza se niega a que vuelva la Autoridad Palestina —“ni Hamás ni la Autoridad”, repite— sin ofrecer a cambio ningún horizonte político. En Siria, caído Assad, no ayuda a estabilizar al nuevo gobierno de al-Sharaa: le ocupa una franja más allá del Golán y lo bombardea —cerca de mil ataques aéreos en un año—⁠. En el Líbano, tras el alto el fuego, sigue golpeando, retiene posiciones en el sur y descalifica como “insuficiente” el despliegue del ejército libanés, el único que podría desarmar a Hezbolá; así alimenta el rencor antiisraelí hasta entre quienes detestan a Hezbolá. En todos los frentes, la única iniciativa es la destrucción y el bloqueo.

No es solo que no reconstruya Gaza: la deja caer a propósito. Esta misma semana se derrumbó un edificio de viviendas en la ciudad de Gaza —veintiún muertos, doce de ellos niños—⁠, con unos dos mil edificios más al borde del colapso, cientos de ellos de forma inminente. No es un accidente aislado, sino —en palabras de Haaretz— el derrumbe de toda la Franja. La reconstrucción está detenida, y la explicación que corre en Gaza es de una franqueza brutal: el proceso quedó congelado “hasta después de las elecciones en Israel”. Dos millones de personas hacinadas en media Franja esperan, entre escombros, a que a este gobierno le sirva.

El propio Secretario General de la ONU reiteró esta misma semana que la salida es el desarme gradual de Hamás y la retirada gradual de Israel de Gaza, con acceso humanitario pleno y un vínculo entre Gaza y Cisjordania hacia dos Estados. Es, punto por punto, lo que este gobierno rechaza: el obstáculo del arreglo tiene nombre, y no es Hamás.

Pero la no-iniciativa más grave es la más vieja, y explica el resto. Durante años este gobierno trató a Hamás como un activo y a la Autoridad Palestina como una carga —la fórmula es de Smotrich; la política la ejecutó Netanyahu—⁠, para mantener divididos a los palestinos e impedir que naciera su Estado. No fue pasividad: fue inversión. Desde 2018, con visto bueno israelí al más alto nivel, entraron a Gaza valijas de dinero catarí —cientos de millones de dólares, hasta mil quinientos o dos mil millones en total—⁠; un mes antes del 7 de octubre, Israel todavía le pedía a Qatar que aumentara la ayuda. El historiador Adam Raz, que reconstruyó esta trama, lo dice sin rodeos: la prioridad de Netanyahu “no es la seguridad de Israel, sino impedir toda posibilidad real de resolver el conflicto”; fue, escribe, “el cerebro y el arquitecto” de esa transferencia de fondos que mantuvo a Hamás en pie. El mismo gobierno que hoy destruye Gaza es el que, con tal de no dividir la tierra, construyó y alimentó al enemigo que dice combatir. Naza filma la secuela; el original lo escribió él.

Vuelvo a Picasso. Este gobierno quiere fusilar al mensajero: quitarle la ciudadanía, procesarlo por traición, llamarlo antisemita. Pero Abraham y Szor no “hicieron” Naza en el sentido que importa: solo apretaron el obturador. El autor de esa película es quien vació el lugar de toda otra verdad posible: quien se negó a investigar el 7 de octubre, quien cerró Gaza a los periodistas, quien archivó Sde Teiman y procesó a la fiscal, quien convirtió “daño colateral” y “emigración voluntaria” en política de Estado. A la pregunta “¿quién hizo Naza?”, la respuesta es la de Picasso ante el Guernica: no la hicimos nosotros; la hizo el gobierno. Naza es el autorretrato de Israel —y lo pintó, trazo por trazo, quien hoy pretende quemar el cuadro.

17 septiembre 2026 at 9:15 Deja un comentario

CENIZAS Y DIAMANTES

CENIZAS Y DIAMANTES

Tengo más mundiales en mi haber que Macaya Márquez. Los cuento desde 1954 cuando todavía tenía dientes de leche. En mi casa, mis padres, los dos, futboleros inmigrantes de lengua húngara,  hablaban de Puskas, Sandor, de Kubala, de la maravilla “magyar” que encandilaba a todo el mundo. Lo mismo que a la naranja mecánica veinte años más tarde, los alemanes no les permitieron levantar la copa.

Desde entonces padecí y me extasié con mi equipo favorito, del que soy fanático: la selección argentina. El llamado “desastre de Suecia” de 1958 llegó a mi niñez como una noticia importante pero aún no medía sus consecuencias que fueron enormes. Cambió el relato del futbol nacional, se abandonó el criollismo futbolero que dejó de ser sólo picardía para hacerle lugar a los sistemas. Mientras nosotros planificamos, pensamos en estrategias de la mano de técnicos como Osvaldo Zubeldía y el Toto Lorenzo, cerca nuestro, se erguía como estandarte el imbatible “jogo bonito” brasileño con su Rey Pelé.

Los años pasaron, tuvimos caídas duras como la del 74, la del 82, el 94, el 2002, el 2010, el 2018. Y la gloria de tres mundiales y dos veces finalistas. Lo que nunca tuvimos es un sentimiento de derrota, hasta de humillación, siendo finalistas como en el 2026.

Lamento no compartir el parecer de quienes consideran que haberle ganado a nuestro enemigo desde el año 1806 da por cumplidas nuestras aspiraciones. No es más que un nacionalismo folklórico bastante tonto.  

No se trata de la penosa final, sino de un Mundial que se ganaba a los tropezones. Un equipo que durante setenta minutos producía somnolencia y en los últimos veinte o treinta se despertaba furioso y salvaba la jornada. Ocurrió pocas veces. Estuvimos a un pelo de perder tres a cero con Egipto, de no ganarle a Cabo Verde, de estar sin recursos frente a Suiza hasta que por un error del árbitro le expulsaron a un jugador.

Scaloni sostenía que la posesión de la pelota era nuestro modo de defendernos, extraño modo de tener ambiciones de ganar. El Dibu gritó en el entretiempo del alargue de la final frente a España “jugar para atrás es de cagones!”. En la final no cruzamos la mitad de la cancha. Se habló de cansancio, de lo que no se habló es de la razón por la que llevamos veintitrés jugadores si no pensamos en recambios.

Un jugador de la calidad de Enzo terminó siendo expulsado por dar patadas. Julián deambuló solitario sin destino. Y la escena final, de espaldas a la ceremonia – ¿y el fairplay que le enseñó Pekerman a Scaloni y Aimar? –  con desprecio y sin reconocer al justo ganador, para terminar trompeando de un modo estelar frente a las cámaras a algunos de sus jugadores. Nunca pasó que se creara un sentimiento de derrota mal asumida y una imagen tan negativa siendo finalistas. En el mundial del 90, perdimos con Alemania con dignidad, en el 2014 lo mismo. Profunda decepción nos quedó de otros mundiales, pero la selección del 2006 era un buen equipo. No se trata de resultados, sino, también de cómo se pierde.

Se dice “dimos todo” como si hubiera otro modo de jugar un mundial en la selección. Hoy varios jugadores declaran que no saben si seguirán en la selección, ninguno festeja el subcampeonato, Messi renuncia a una selección que no existe – ¿hacía falta una declaración oficial? – . Scaloni no sabe si sigue. Se habla de amistosos contra Burkina Faso siguiendo la modalidad de estos últimos años de jugar amistosos sin riesgos, pero no se sabe con qué selección, con qué jugadores, con qué técnico.

Las teorías conspirativas, la de la inventada presión para que la selección perdiera,  no tienen ninguna importancia; sólo a Tapia se le ocurre denunciarla para querer distraernos con una cortina de humo en momentos en que la FIFA emitía el duro castigo a Paredes y Molina. 

La selección debe devolverle el honor a una camiseta gloriosa. Tener coraje y fe. Ojalá que siga Scaloni porque lo que hizo desde el 2018 fue grandioso. Lo que ocurrió en el último mundial seguro que le sirve de experiencia.

Yo soy hincha de la selección y de Vélez, en ese orden. No congenio con quienes me dicen que a ellos les importa su club y nada más que su club. ¿Por qué es así?, ¿por qué me duele la selección?, no sé. Es una pasión, un sentimiento. Desde el partido de la final abandoné una costumbre de años, la de seguir la Liga inglesa y la española para ver futbol de excelencia y a nuestros jugadores en clubes europeos.

Fue un mundial distinto, es cierto que otros también tuvieron sus singularidades como el del 94 con la expulsión del Diego, pero éste nos hizo retener el aliento. Nos mostraron el cielo como se hizo contra los ingleses, hasta que miramos incrédulos una final que no era tal.

Hay que volver a empezar, como en el 2018, con el agregado de logros cercanos que ayudan en la tarea. Un futbol sin selección importante nos retrotrae a épocas de decadencia. Nos limitará a un futbol local exsangüe subordinado a un futbol regenteado desde los clubes centrales y las corporaciones que inventarán campeonatos en los que la celeste y blanca no tendrá lugar.    

Argentina no es más que un semillero de futbolistas que se van antes de los veinte años. A mi equipo, Vélez, lo llaman “la fábrica”. Decenas de chicos separados de sus familias viven en la pensión del club. Su esperanza es debutar en primera para emigrar.

Tenemos el ejemplo de Gianluca Prestiani que debutó en Vélez a los dieciséis años y fue transferido poco después. Es un muchacho humilde de Ciudadela norte, cerca de Fuerte Apache, nieto de italianos de la Calabria y Sicilia, que fue suspendido por la UEFA Y LA FIFA por racismo. Gritó palabras como puto, maricón, o negro de m… a un Vinicius que se burlaba de su equipo, las mismas palabras que se escuchan en cada potrero de nuestro territorio y en boca de ídolos como Corbatta, Orteguita y Houseman, los parientes futboleros de Prestiani.

Los organismos del futbol internacional saben lo que hacen para compensar con demagogia el creciente racismo de su cultura y hacernos olvidar las masacres que en nombre de la raza y del color sometieron al mundo. Con las oleadas de sus expulsados construimos nuestro país. Hoy diez megaclubes cotizan sus patrimonios con muchachos afroeuropeos y latinoamericanos “oriundos”.

Estas semillas que exportamos, estos brotes que transplantamos, son la esencia de nuestro  futbol. No los vemos jugar en nuestras canchas, sólo vuelven a aparecer cuando los citan para vestir la camiseta argentina. Son los parientes exitosos de todos los muchachos que juegan en cientos de clubes del país. 

Ganamos tres mundiales, fuimos tres veces finalistas, abandonar la selección es, para mí, casi, digo casi, abandonar el futbol.

12 septiembre 2026 at 12:33 1 comentario

MALVINAS (1ro de abril 2012)

}Sería encantador decir que estoy en Puerto Argentino y no Stanley, pero nada realista. Este lugar de argentino no tiene nada y todo de una factoría británica. Luego de un par de días de estar aquí y llegando a una situación de encierro por falta de movilidad y compañía, en medio de la exacerbación local contra los argentinos que obligan a manejarse con discreción para no irritar aún más a quienes se sienten vejados, invadidos, agredidos, por nosotros – el plural se vuelve inevitable –, he tenido la dicha de encontrarme con colegas de otros medios nacionales y extranjeros.

La suerte me deparó la llegada desde el pueblo de Darwin del trío de France Press: Tomás, redactor uruguayo, Anthony, cameraman francés que vive en San Telmo, Martín, fotógrafo peruano que vive en Chile. Los tres de unos cuarenta años, trotamundos de agencia de noticias, vivos para los reportajes, alertas ante los detalles, rápidos para la primicia, es decir, para abreviar, todo lo contario de quien aquí escribe: un opinólogo ilustrado, o casi, que dice lo que piensa, piensa lo que los otros dicen, supone lo que no dicen, en lugar de callarse, escuchar y no opinar.

En realidad, aquí no se puede opinar mucho para no terminar en el agua como se dicen que terminan algunos marineros de los pesqueros que rodean las isla en busca de calamares, merluzas, y que parecen ser a veces tan maltratados a bordo que se arrojan por la borda- cuando no los arrojan – para llegar sin aliento a la costa malvinense como aquel tailandés que mató a otro marinero según él en defensa propia y que pasó un par de años en la cárcel de Malvinas junto a los otros dos reclusos sentenciados por abuso sexual.

Fue una suerte encontrarme con los muchachos de France Press, y con Mónica, una periodista brasileña nacida en California, casada con un argentino, que vivió años en Bélgica y Marruecos y que junto a Gabriel, un muchachón tierno, simpático y callado, argentino de familia uruguaya que aquí dice ser oriental para no tener problemas, están a cargo de un documental de cincuenta minutos. Ellos dos viven en una casa, Le Phone House, de una señora cuya sonrisa y cordialidad me desubicó después de la experiencia de la gerenta del hotel en el que pernocto – para quien soy un enemigo al que nunca le entiende nada a pesar de que practico un inglés aceptable que me corrige con grosería cada sílaba como para mandarla a enseñar lengua a la villa 21 –  y que es concuñada o algo así de los dos malvinenses que dejaron las islas tras dos argentinas, uno fue para Córdoba y el otro para Buenos Aires.

El amor no tiene fronteras.

No puedo dejar de hablar de los otros dos argentinos con los que formamos el pelotón patriótico la semana antes del dos de abril, Freddy del diario El Patagónico que se siente desilusionado por no haber encontrado estima alguna ni deseo mínimo de parte de los habitantes de ser algún día argentinos, y de Hugo, secretario de redacción de la revista  Gente, un pibe gaucho celoso de su trabajo que ya estuvo hace cinco años por acá y que lamenta no poder ser acompañado por aunque fuere un veterano ex combatiente de los nuestros para recorrer los campos de batalla.

Lo que sí vi es a dos veteranos de guerra ingleses que se niegan a hablar con los periodistas extranjeros, uno porque dice que nunca habla, el otro porque no quiere hablar. Me los encontré en la Iglesia anglicana el domingo que fui a misa para poder hablar – yo que sí necesito hacerlo aunque sea dos veces por semana –  con alguien, aunque fuere con Dios, que es políglota, por suerte no me los presentó Richard que es el párroco, pero que volví a ver en mi caminata semideportiva por las calles del puerto a las siete de la mañana, siendo superado por los dos ex soldados cuyo trote tenía un ímpetu tal que podrían volver a invadir las islas treinta años después.

Gracias al prelado el miércoles tengo algo que hacer – hoy es martes – aunque no me parece una actividad acorde a mi investidura. En vistas a la preparación de un baile popular en el mes de mayo, para comienzos de la primavera, ese día a las 19.30hs, se reúnen un grupo de muchachos y chicas, algunos mayores también, a practicar en un salón de la iglesia, danzas folklóricas escocesas, a las que el amable Richard me invitó no sólo a contemplar sino a  participar activamente. No estoy para ponerme polleras al son de ninguna gaita ni acordeón, más aún en un ambiente en el que más vale estar atento con los pantalones puestos, pero iré para juntar material, labor que me doy cuenta que debe llevar a cabo todo buen periodista.

No soy especialista en Land Rover y menos con el volante a la derecha y la palanca de cambios invertida, incapacidad llamativa en un lugar en el que sólo hay Land Rover y Jeeps, más alguna Toyota cuatro por cuatro, por lo que fue para mi toda una aventura meterme en un rodado de éstos junto a los amigos de France Press para saltar sobre los montes aledaños a Stanley – por fin salí de este Alcatraz lluvioso! – hacia una ceremonia en el que las autoridades de Malvinas reciben de parte de una empresa que desarma minas y limpia terrenos de restos bélicos, la entrega de predios aptos para ser caminados sin perder medio cuerpo.

Llamamos un taxi, una potente camioneta Mitsubishi conducida por una señora de agradable presencia que todo el tiempo hablaba por celular auricular con su “boss” al que le decía “honey” y “darling”, hasta nosotros recibimos algún “honey”, lo que no impidió entre tantas expresiones melosas que la Mitsubishi genial para lucirse en un country de Pilar se hundiera en el barro apenas entrábamos en terreno fangoso rumbo al ágape con viento y frío. Por suerte la solidaridad isleña hizo que con una soga desenterraran a la señora que renunció a seguir viaje por el monte, y luego de pagarle cinco libras nos dejó en manos de un señor que con su esposa manejaba una Land Rover de la época de Luis Vernet – ya que estamos en las islas hagamos un poco de historia – que a los tumbos nos llevó al encuentro.

Una buena parte de las fuerzas vivas de la Isla estaban allí, gobernador incluido, llegamos tarde al discurso y al canto patriótico, pero a punto para los sándwiches de atún y de huevo, y los cajones de cerveza. Los enviados especiales, los muchachos del jeep, los periodistas acreditados, se lanzaron como fieras, micrófonos y cámaras en mano, a reportear a diestra y siniestra. Ahí me di cuenta lo que es ser periodista, los seguí como pude pisando tierra movediza, con una libreta en mi mano para robar alguna información, acercarme a cualquier entidad notoria, y garabatear algo.

La atracción de la jornada eran el grupo de negros de Zimbabwe empleados por la empresa multinacional Bac Tec que desarma minas en todo el mundo. Así que lo único que hice fue sacarme una foto con los muchachos africanos que quizás salga en el diario tratando de recordar si alguna vez había visto jugar a su selección de futbol

Así anoté el nombre de Filemon Conanbembe, un negro grueso que había desarmado minas en medio planeta, y del único blanco del grupo, Gay Lucas, que se presentaba como el Ceo del la compañía, feliz por el trabajo concluido y a la espera de nuevos contratos ya que las cifras que se calculaban de las minas sepultadas en la isla aún no desactivadas llegan a miles.

Señales rojas distribuidas por doquier en toda la isla circunscriben las áreas por donde no hay que caminar. El terreno limpiado era un circulo de unos cincuenta metros de diámetro que era una `manga´ o ´corral` de piedra para ovejas construido hace siglo y medio que los campesinos kelpers usaban no sólo para encerrar ganado sino para esparcimiento, para degustar sus  ` barbecues´ con dos grados bajo cero. Llamaba la atención el apilamiento de rocas en esa muralla circular, una obra de enorme esfuerzo sólo entendible por la falta de madera. Lo que no se entiende es que casi todas las casas sean de madera a pesar de la falta de madera, lo que supone la importación de premoldeados residenciales de la lejana y vieja Inglaterra.

Dejo un momento este cuaderno de bitácora porque tengo una cita con el gobernador al que no tengo idea de preguntarle otra cosa que dónde está el baño.

No me fue mal. Hablamos de todas las cosas que no me interesan con amabilidad y dos tazas de té que aquí degusto con frecuencia sin temor a que me vuelva impotente de acuerdo a una creencia que siempre tuve vaya uno a saber por qué.

 Linda residencia la del gobernador a la que llegué relajado hasta que me di cuenta de que no sabía su nombre ni lo sé aun, en donde me invitaron a sentarme en una silla que junto a profuso mobiliario de las salas y antesalas es de estilo neoclásico, es decir feo. Desde la arañas de bronce, a la moquete azul sobre las cuales dormían alfombras floreadas, hasta el placard en la que colocaron mi campera comprada hace veinte años en una fábrica de avenida Forest, placard que es lo único que me llevaría de la isla por lo amplio que parecía y por lo estrecho que es el que tengo en mi casa, todo se daba como lo previsto, me refiero a que no pasaba nada mientras una secretaria se excusaba de que el gobernador estaba un poco atrasado y que me invitaba con un nuevo té con cookies en una vajilla de porcelana blanca con bordes dorados.

Elegante el gobernador con su traje oscuro con chaleco y llavero largo con la cadena fuera de su bolsillo, al que me presenté como un diplomático sin cartera, profesor de filosofía rumano de la universidad de Buenos Aires, acreditado por el diario Perfil a cubrir el impresionante desarrollo de las Falklands islands como la venturosa futura Hong Kong del Atlántico Sur.

En realidad, en vísperas del viaje, y por el apuro del mismo ya que entre la invitación y mi pié en el avión apenas pasaron unas horas, aproveché el poco tiempo que tenía para repasar algunas escenas de una película de Peter Sellers que siempre ha sido mi modelo para las misiones secretas.

Una cosa señaló el gobernador anteriormente secretario de embajada en Hungría por lo que al decirle yo que es mi lengua materna me lanzó algunas palabras en esa lengua de la que sólo recuerdo “no quiero más sopa” y “en dónde está el perrito”, es que antes de la guerra, la economía malvinense era de tipo feudal. El gobierno británico para implantar en la isla una mínima fuerza económica otorgó por una ley de enfiteusis grandes extensiones de tierra a propietarios ingleses para los que trabajaban de aparceros los kelpers. Los nativos eran los gauchos de los ingleses. Luego gracias a la guerra cambia la política, se llega a un acuerdo con los viejos propietarios metropolitanos y se subdivide la tierra para que la trabajen los locales que cuidan a su medio millón de ovejas astutas, por necesidad de supervivencia, en alimentarse de lo poco tierno que puede tener un endurecido arbusto.

El nuevo sistema va tan bien que mal ya que en extensiones más pequeñas esta tierra dura como una roca y de pasto seco como paja arreciado por vientos y heladas, necesitaría de una tecnología de punta de la que los nuevos propietarios carecen en su mayoría.

De ahí que cobre sentido el reportaje que Mónica la brasileña y Gabriel el argentino declarado uruguayo le hicieron a un “farmer” cercano al aeropuerto, que tiene su finca en medio de la nada, y en la que cría unos chanchos, ovejas y pocas vacas, solo, sin personal que es muy caro, salvo un señor que por política social del gobierno isleño que le paga su sueldo trabaja para él por ser considerado “alcohólatra”, sin posibilidades de encontrar empleo ni de asistir a alcohólicos anónimos porque acá todo el mundo se conoce, que le da una mano a su patrón que a su vez cuida que no se tome toda la cerveza de la despensa.

Es toda una revolución la de criar chanchos en medio de una población para la que la panceta es lo que el pan ácimo para los judíos, para dar un ejemplo contrastante. Se me ocurrió calcular la cantidad de tocino que se ingiere aquí y el negocio que se puede hacer con proveedores uruguayos que saben del tema ya que nuestro hermano oriental lo usa para abrigar sus salchichas en los frankfurters y en la carne de sus chivitos, y llegué a una  cifra de importancia. Estos cálculos lo hago cuando tengo tiempo libre y cuando leo que Uruguay según versiones no comprobadas burla el bloqueo comercial que impone nuestro país a la isla y que provoca el odio de sus habitantes porque no sólo les encarece los alimentos sino que puede dejarlos como realmente sucedió: sin huevos!

Por recomendación de Tomás el periodista uruguayo de France Press leo el número que tengo del Penguin News para informarme de algo que a pesar de recorrer el diario no había observado. En la maratón bautizada como la más ventosa y sureña del mundo realizada en Puerto Argentino en este mes de marzo se llevaron los principales galardones atletas argentinos. La victoria por equipos fue para el equipo argentino integrado por veteranos de guerra: Fernando Marino, Luis Escudero, Pedro Cáceres y Marcelo Vallejo. El grupo se llama: Dimos Todo. Creo que este logro deportivo que es algo más que deportivo merecería una atención más importante que la que se le dio.  La maratón de mujeres fue ganada por Claudia Camargo que casi le gana a todos los varones, segunda Carolina Rossi y tercera Marina Moro, todas argentinas. El tercer puesto para varones fue para el argentino Pablo Ureta.

Combinamos con el trío de France Press ir al cementerio de Darwin en donde están enterrados los soldados argentinos. Me acoplé a la propuesta porque quien nos habría de llevar es Sebastián  Sacodo, el argentino radicado en la isla que está a cargo del cuidado del cementerio. Los muchachos salían de su propia entrevista con el gobernador quien les manifestó que nada había que negociar con los argentinos porque todo estaba claro: ellos eran independientes y nada más debían consultar para confirmar que lo eran. Sin embargo desestimaba realizar una consulta popular o referendum porque aun sin confesarlo ante extraños, cree como otros que sí lo manifiestan, que la mayoría prefiere ser británica.

El viaje de una hora y media hasta Darwin muestra una vez más la dimensión de la isla, su enorme magnitud que a pesar de dejar ver el mar a lo lejos, se extiende por llanuras deshabitadas, montes rocosos, y un clima inclemente de frío, viento y lluvias que ahora en marzo ya se siente.

Hablé todo el viaje con Sebastián de treinta y dos años que vive hace once años en la isla, se casó con una  malvinense, dos hijos, una que va a la secundario en Stanley y el menor a la primaria. Tiene tres trabajos, el regular en la municipalidad, el segundo como guía turístico con su Toyota con tracción delantera modificable para no sé qué porque nada entiendo del tema, y el cuidado del cementerio de Darwin.

Los veranos va un mes con su familia a Buenos Aires a visitar padres y hermanos. Pero llegamos al cementerio en una zona en la que se combatió con ferocidad, cerca de Goose Green y otros nombres que vuelven a la memoria desde su origen de treinta años.

El rectángulo en el que una tras otra se siguen las cruces blancas en las que cuelgan rosarios y flores artificiales, también tienen algunas cartas recubiertas de plástico  que leí en donde hermanas les escriben a sus hermanos muertos diciéndoles que los extrañan, que recuerdan cuando se probaban el uniforme y la madre se lo ajustaba, y que la vida ya no es igual sin él. ¿Sentimos nosotros lo mismo? ¿Qué la vida sin esos más de doscientos que están allí y otros cuatrocientos que no están allí, ya no es la misma para los argentinos?

Las tumbas en las que dice “soldado argentino sólo conocido por Dios” es una muestra del abandono que padecieron miles de muchachos que murieron de hambre y de frío. Quien llega a Darwin ve a pesar de cuidado del cementerio financiado por el esmero que ponen en encontrar apoyo los familiares de la víctimas, siente el abandono de quienes no buscaron la guerra, que se la impusieron en una región que sólo a unos aventureros además de sádicos, se les ocurrió enviar a miles de soldados no adiestrados, sin logística, sin alimentos que salían a robar por las noches en las pocas granjas cercanas, y tantas cosas que los que han leído los informes apenas pueden creer.

Me decía Sebastián que llevaba con frecuencia veteranos a recorrer los lugares a los que habían combatido y que algunos no querían ir al cementerio a saludar a sus compañeros, no lo soportaban, otro sí querían ofrecerles su saludo.

En las placas al fondo de la hilera de tumbas están los seiscientos cincuenta nombres de los caídos en las batallas,  los nombres criollos, los García, González, Gomez, Lencina, Fernández, Estevez…se suceden por orden alfabético encabezados por Juan Omar Abraham, con quien no me une parentezco ninguno.

Triste, todo es triste, decir que una muerte así ha sido una muerte inútil no se puede decir porque trasunta un escepticismo que es insultante, pero si no es el furor que a uno le llega al ver la irresponsabilidad, el maltrato, la manipulación, la indiferencia por la vida del otro que se dice que hubo de parte de altos mandos respecto de muchachos sin apoyo logístico, con depósitos de comida en los almacenes del puerto que jamás les llegaban y anécdotas horrorosas de las que pueden enterarse quienes así lo quieran, si no es el furor, es la tristeza, el luto.

Sebastián antes de irnos le saca unas fotos al cementerio para enviárselas a familiares para que de ese modo renueven su contacto con sus hijos y hermanos muertos.

Me contaba su vida en la isla. No se siente cómodo con los visitantes argentinos que parecen interesarse en el chisme y meterse en sus cosas, preguntarle qué es ser un argentino en medio de una comunidad extraña, si lo odian, si lo aman, no quiere que se entromentan en una vida que lleva con discreción, trabajando dignamente como argentino que hizo su lugar en las Malvinas, haciendo su casa con un crédito hipotecario que paga con sus tres sueldos y su mujer kelper con otros dos trabajos, como empleada en una compañía pesquera y unas horas en Lan los sábados.

Me dice lo mismo que dicen quienes se van a vivir a barrios cerrados, los que se alejan de las grandes ciudades, o quienes nunca salieron de ciertos pueblos. “Acá se vive tranquilo”, por los chicos, por la seguridad, porque no hay drogas, sin miedo, por la buena educación accesible. La sociabilidad es mínima, no son frecuentes a pesar de ser una   población pequeña en la que todo el mundo se conoce las visitas intempestivas a las casas ni las reuniones en casa de amigos. Es la costumbre europea de vivir puertas adentro y salir a emborracharse a los pubs.

Kelpers viene de Kelp que es un alga que flota alrededor de la isla. Algunos según Sebastián prefieren que los llamen falklanders o islanders, pero otros no se ofenden con el término. Hay que tomar en cuenta que hasta la guerra, los lugareños se sentían como ciudadanos de segunda categoría respecto de los británicos. Hoy todo cambió. Abunda el dinero en las arcas del municipio, el que reciben por las licencias de la pesca que les permiten llevar a cabo obras de infraestructura y mejorar educación y salud. Pero tienen un sueño a mi juicio delirante. Dicen que con las regalías petroleras recibirán desde el año 2016 diez mil millones de libras anuales, unos tres millones de libras, o cinco millones y medio de dólares por año y por habitante, y creen que los podrán disfrutar solos sin que nadie les perturbe el festín regalado y sin que cambie su modo parsimonioso y centrípeto de vivir.

Su horizonte administrativo es Noruega en que el dinero va a un fondo común destinado a planes de muy largo plazo.

O es un divague de pueblo chico o puede la isla llegar a convertirse en un nuevo paraíso fiscal, un sitio de extracción formidable de riquezas en manos de los más poderosos intereses corporativos y custodiado por las fuerzas armadas británicas  – que ya tienen un presencia importante –  solas o acompañadas.

No somos al parecer los argentinos quienes constituirán su preocupación futura en caso de ser tan ricos, sino aquellos que luego de despreciarlos durante décadas, los protegen con aparente desinterés.

9 septiembre 2026 at 11:21 Deja un comentario

EL HUMANISMO PERONISTA

EL HUMANISMO PERONISTA

Felipe Pigna le hizo una entrevista a Jorge Asís de una hora y media. Le presté especial atención. Creo que Asís es un personaje interesante. Reúne una serie de características bien nítidas, precisas, de lo que es un porteño peronista. Me puse en su lugar, al decir de los idealistas  me puse en el lugar del otro. Realicé un desplazamiento hermenéutico para comprender la realidad nacional desde su lugar. ¿Por qué? Porque creo que es un hombre de fina sensibilidad, no siempre, a veces juega al plomero que destapa secretos ajenos y degrada de un modo vulgar, pero no considero que ése sea su principal aporte a la cultura nacional. Asís, el Turco, me permite pensar al peronismo como un humanismo.   

Y lo hace desde la picaresca. Asís divide al mundo político entre pícaros y racionales. Sostiene que en un país de pícaros los racionales fracasan. Cuando dice “pícaro” no dice tramposo, sino especialista en rebusque. Es propio del hombre que está abajo, el que poco o nada tiene, y que para zafar inventa cualquier disparate con tal de obtener alguna ganancia.

Ésa es otra palabra que seduce al Turco: disparate. Se trata de un atrevimiento, de una audacia, que no respeta las normas, es un acto transgresor y al mismo tiempo creativo. Es propio de perdedores. Lo manifiesta en su novela “Los reventados” como en su franca risotada cuando recuerda su candidatura a vicepresidente en la fórmula con Rodriguez Sáa.

Con el puntano enfrentaban a fines de los noventa a Duhalde y Palito Ortega, una disputa que es bueno no olvidar para quienes creen que nuestras excentricidades políticas nacen en el 2023. Asís dice que a los que querían organizar un debate entre él y Palito por la tele, les aceptaba el encuentro con la condición de que fuera para saber quién canta mejor.

¿Por qué Asís me instruye en pensar al peronismo como un humanismo? Porque la idea de sociedad que propone incluye varias felicidades. Es un hedonismo diversificado. El utilitarismo del siglo XIX que acompañaba a la revolución industrial afirmaba que el fin de la política era lograr la mayor felicidad para la mayor cantidad de gente posible, pero lo que sostenía esta filosofía es que la felicidad es la misma para todos. Para el peronismo no es así.

La sociedad está dividida en clases sociales, hay ricos, clase media y clase obrera. Si no gusta la división establecida por el marxismo, hagámoslo por ingresos y dibujemos la pirámide que grafican las consultoras con sus letras de la A a la D.

La felicidad de los ricos es tener un Mercedes último modelo, el penthouse en Barrio Parque, un  refugio atómico, una bodeguita propia en Cuyo, el de la clase media ir a Miami, jugar al paddle con los amigos y prohibirle a la nena el uso del iphone durante la cena, el del obrero tener un crédito a tasa razonable para hacerse la casa, veinte días de vacaciones en un hotel del gremio, buena escuela para los hijos y que la obra social funcione. El obrero no aspira a un Mercedes, no le importa, ni a un palco en la cancha de Boca, es tribunero. Para el peronismo este diagrama es deseable, cada uno con su felicidad. Alianza de clases se decía en el primer peronismo.

Lo que Asís llama “los racionales”, es lo que otros designan con el nombre de republicanos o liberales. El modelo de sociedad que proponen es el de la equidad, es decir economía de mercado, apertura comercial, mundo de emprendedores, iniciativa privada. Equidad es una palabra blanda, de contención, de distribución no irritativa, para no decir igualdad porque ésta la reservan para el derecho. Los peronistas no hablan de equidad, prefieren justicia social, otro nombre para la felicidad diversificada. Los racionales afirman que todos somos iguales ante la ley, porque para los racionales todos, pobres y ricos, somos ciudadanos. Por separado la parte social deriva del juego entre actores económicos que buscan su propio beneficio y eligen en libertad las prestaciones convenientes.

Para Asís un ejemplo de político racional es Federico Sturzenegger, de quien recuerdo que en un encuentro en la Universidad di Tella hace unos veinte años para confeccionar un “Libro Blanco” fui invitado a participar – en verdad no sé que hacía ahí porque no figuro en la publicación y no recuerdo haber escrito nada ni hablado – sobre un tema que creo que era la de encontrar un camino común para hacer de la Argentina algo grande . En su intervención Sturzenegger imaginó a su soñado país viviendo con su familia en el sur cordillerano al borde de un lago, en una casa entre otras viviendas confortables y de cuidado diseño, en un pueblo construido alrededor de una estancia a la que llama “La Federica”.  Escucha en su celular los acordes de un tango que anuncia una llamada en la que su socio le dice que deben firmar un importante contrato en la ciudad de Córdoba esa misma tarde. Son las nueve de la mañana de un día soleado de un país moderno. Gracias a una ruta impecable de trescientos kilómetros hasta el aeropuerto del Calafate, llega a tiempo para el vuelo, puede hablar desde el mismo avión con sus colaboradores porque la conexión por wifi es perfecta, apenas arribado hace tiempo para discutir aspectos puntuales con su socio, firma el contrato, y prefiere no volver esa noche aunque pueda hacerlo porque, cito: “la Filarmónica de Córdoba tocaba las composiciones de un músico argentino aprobado por los públicos del mundo. Buen programa para celebrar el contrato”  (Libro Blanco, edición de AAPRESID, Asociación de productores de siembra directa).

Este es el país ideal de un señor racional de acuerdo a la terminología de Asís: estancia, lago, ruta, avión, contrato, concierto.

Ahora me levanto de su asiento y me siento en el mío. Me pregunto por qué el Turco no quiere hablar de kirchnerismo. Como si para él se lo hubiera tragado el peronismo. Pero yo conozco a varios que me dicen yo soy kirchnerista, no sé si peronista, o yo soy cristinista, como hay quienes se diferencian al revés, soy peronista, no kirchnerista.

Creo que el kirchnerismo existe, fue y es un movimiento hegemónico en el siglo XXI. Néstor y Cristina han sido los políticos más importantes de los últimos veinte años. Su modelo no era el peronismo de la primera época sino el chavismo. Siempre estuvieron enamorados de Chávez, de Fidel también pero no eran comunistas. Eran bolivarianos. Lo siguen siendo a pesar de lo que ha sucedido en Venezuela, porque como citó Sarmiento en el Facundo: “on ne tue point les idées” (las ideas no se matan).

Asís dice en la entrevista que el peronismo no es una doctrina sino que es pragmático. Es raro hablar de pragmatismo, parece que tuviera el sentido de justificar hacer cualquier cosa. De hecho no es otra su historia, la del peronismo. Agrega también que la política es tener la Caja, nada más. Pero yo sé que detrás de su cinismo hay una moral humanista, ésa que resulta de su picaresca.

Admito que mi temperamento político nada tiene que ver con cuestiones de picardía, tampoco llego al extremo del canciller alemán Helmut Kohl que decía que lo eligieron porque ofrece la misma impecable impresión que un vendedor confiable de coches usados. Pero la picaresca es un género literario, lo leemos en el “Lazarillo de Tormes”, en “El buscón” de Quevedo o en “Muerte a crédito” de Céline, no sólo eso, va micho más allá de la viveza criolla, tan analizada en otras épocas, nos viene de la moral de la risa, de los albores del Renacimiento, del elogio de la locura de Erasmo, de los carnavales de Rabelais, de la fiesta de los sentidos, de las aguafuertes de Arlt, de las viñetas de Oberdán Rocamora, de bien lejos nos habla el humanismo peronista.   

2 septiembre 2026 at 10:08 Deja un comentario

EL NUEVO ANTISEMITISMO

EL NUEVO ANTISEMITISMO

Recientemente se realizó un encuentro en la ciudad de Haifa, Israel, que tuvo como invitado de honor al filósofo francés Bernard Henri Levy. Filósofo transhumante, autor de libros brillantes como el que dedicó a Sartre o sus escritos sobre Althusser – de quien fue alumno – , polemista en varios rubros desde el momento en que publicó su primer libro sobre la lucha por la independencia nacional en Bengla Desh con la que inicia una trayectoria de corresponsal de guerra a la vez que testigo comprometido de conflictos en distintas partes del mundo, lo que hace hasta el día de hoy a sus setenta y ocho años, personaje mediático y mundano que lo hizo protagonista de eventos sociales de la “gauche caviar”, autor de una interesante novela sobre los últimos días de Baudelaire, conocedor de la historia de la derecha francesa a la que denuncia en un libro por cada paso que da desde el caso Dreyfus hasta el día de hoy en el que combate a la Agrupación Nacional de Marine Le Pen y Jordan Bardella, escritor de un estilo que combina agresividad panfletaria de su admirado Sartre y destreza académica, hombre de talento, odiado por la izquierda global y la local desde los días en que fue presentado en sociedad como parte de la camada de lo que se llamó “los nuevos filósofos”, izquierda representada en nuestros días por otro de los blancos de sus ataques, me refiero a la “Francia Insumisa” de Jean-Luc Mélenchon, resumiendo, y por si hay que etiquetarlo para satisfacer la pereza ambiente y el deseo de grieta, es un liberal de izquierda.

Volvamos a la Universidad de Haifa en la que se realizó el encuentro titulado “Conferencia sobre el antisemitismo contemporáneo”, que lo tuvo como figura principal. Decía que BHL – como es usual abreviarlo – es un liberal de izquierda, un rótulo que en los países centrales con historia colonial e imperial tiene connotaciones específicas. En lo que respecta al funcionamiento de la sociedad francesa y la europea, es liberal, y en lo que concierne al resto del mundo es un belicista irresponsable que en nombre de la democracia adhiere a las cruzadas que arrasan ciudades, dejan ruinas y cementerios en donde antes había comunidades activas con personas que después de los bombardeos no tienen casa ni trabajo, diezman a sus poblaciones con cientos de miles de muertos inocentes y un tendal de inválidos, muchos de los cuales conforman los contingentes de los hoy llamados migrantes que arriesgan sus vidas en el Mediterráneo.

Apoyó a la OTAN y a los EE.UU en las guerras e invasiones en Irak, Afghanistán, Libia, lo hace en Ucrania, en todo lugar en que la democracia según su parecer está amenazada. Para él, el peligro de hoy se cierne desde la China, Rusia, Turquía, desde Irán. La coherencia liberal le hace oponerse a Trump por ser un ejemplo más de autocracia.   

Fue invitado para hablar de antisemitismo. Del nuevo. Dice que el de hoy no es el de ayer. No se pide la eliminación de los judíos por pertenecer a un pueblo deicida, ni es la casta maldita que aspira a dominar el mundo, ni los usureros enquistados en el mundo financiero que se aprovechan de las necesidades del común de la gente, para él, el antisemitismo actual se define por el antisionismo.

Se pone en tela de juicio el derecho de los judíos a habitar su propia tierra y de esta manera se somete su supervivencia al arbitrio de quienes demostraron a lo largo de la historia su voluntad de exterminarlos.

Este nuevo antisemitismo, dice, no es el de los cruzados, ni el de los vengadores, ni siquiera el del racismo, sino el de los buenos sentimientos, el que representa a las víctimas absolutas, a los palestinos.

Este antisemitismo se manifestó el 7 de octubre del 2023 después de la matanza perpetrada por Hamas cuando mediante imágenes y videos se mostraron las decapitaciones de bebés y las violaciones de mujeres, que al ser hechas públicas fueron puestas en duda, hubo un escepticismo generalizado, y se exigió más pruebas para certificar la veracidad de los hechos.

BHL sostiene que se confirma una vez más de que a los judíos se les pide pruebas suplementarias cada vez que son víctimas de persecuciones, pogroms, genocidios. No se les cree del todo. Frente a una masacre de judíos siempre hay un negacionista.

No estoy de acuerdo con su posición. El 7 de octubre no es la fecha determinante de la guerra que se libra, es un punto de partida pero no uno de llegada. BHL olvida otra fecha decisiva, el 8 de octubre, más aún, el 8 de octubre hasta el día en que da su ponencia, el 9 de julio del 2026. Un tiempo de casi tres años en el que se ha matado a decenas de miles de civiles en Gaza, demolido ciudades, expulsados de sus hogares a cientos de miles en el Líbano, aterrorizado a comunidades y familias en Cisjordania. Ni una sola vez Levi nombró a Netanyahu, ni una sola vez se interrogó sobre las relaciones especiales que el  gobierno de Israel mantuvo con Hamas para dividir a la dirigencia palestina, ni una vez se refirió al descuido de la seguridad que hizo posible la incursión criminal aquel día de octubre.

Por supuesto que todos, en especial los judíos,  tenemos el derecho de interrogar la doctrina sionista una vez que Israel se convierte en una potencia colonial que impone un apartheid. Este asunto de la limpieza étnica y de la segregación no es un asunto de antisemitas salvo que se piense que en Israel hay multitudes de antisemitas entre los judíos israelíes que salen a la calle o denuncian en medios gráficos y audiovisuales la política criminal del gobierno de Netanyahu.

Interrogar el sionismo no es negar el derecho a la existencia del estado de Israel sino la de tomar nota de la crisis en la historia del sionismo que implica la política de ocupación, segregación y eliminación de civiles indefensos. Ni una sola vez BHL pronunció la palabra Palestina ni siquiera tomó en cuenta la existencia de los palestinos.

Respecto a la dudas sobre la matanza del 7 de octubre, no resulta evidente que las mismas sean parte de una actitud inalterable siempre que la comunidad judía es atacada, también puede ser parte de las famosas teorías conspirativas que sectores de buena o mala fe enarbolan a conveniencia  cuando un poder colonial o imperial es desafiado.

Sucedió con las Torres Gemelas cuando se especulaba que eran G.W. Bush y el mismo Pentágono quienes fraguaron el ataque para iniciar la guerra del petróleo, o con el 7 de octubre. No se trata necesariamente de que a los judíos nunca nos creen. La gravedad del asunto no es por los que no creen del todo, sino por lo que sí creen en la obscenidad de ese crimen y lo justifican, lo contextualizan y lo explican. Estos son los peores.

La posición de BHL respecto de lo que acontece en Israel es tan aventurada e irresponsable como lo fue su apoyo a la invasión y bombardeo de las ciudades y de los países que una vez derrocados  los déspotas como Khadafi o Hussein, se fragmentan, inician una guerra civil sin resolución, generan nuevos déspotas sangrientos, dejan inerme a sus poblaciones, y, caso bastante frecuente, ven sus recursos expoliados.

El nuevo antisemitismo existe, me remití a sus expresiones en escritos anteriores (“Racismos”, 1/7/2025),  en donde hago un comentario sobre el libro “La solitude d¨Israel” de BHL), (“Palabras de David Grossman a las que adhiero”, 3/8/2025) “Gaza”, 14/8/2025), “El fin de la emancipación sionista”, 5/8/2026), “En síntesis”, 25/7/2026) es un tema para pensar, pero no en la dirección que le imprime Bernard Henri Lévy.

28 agosto 2026 at 21:35 Deja un comentario

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