Costumbres 4 (2006, correg 2019)

1 febrero 2019 at 10:09 8 comentarios

Felicidad JA JA

 

Ya sé que es un título horrible, pero por algo hay que comenzar. Hay muchas cosas que  debemos a Ortega Palo, además de alguna hija con bellos ojos oscuros, dos hijos talentosos, un tercero que compuso el gran himno “Timidez”, el festival de Sinatra, el recuerdo de Jacinta Pichimahuida, una sombrilla para Eduardo Duhalde  y discretos recuerdos para los tucumanos. La felicidad es un tema siempre recurrente. No tiene que ver con la alegría. Ésta es dinámica y potencial. Mejora nuestro espíritu, expande la coraza anímica, permite un mayor fluido mental y es comunicativa, por lo tanto, un sentimiento humanista.

Tampoco es el placer, y no sólo porque se trate en este caso de una sensación comparativa y recurrente. Freud, el genio maligno de Viena, precisó su mecanismo. El placer es relativo al displacer y a otro placer fantasmal. Así es, al menos para Freud, el mayor placer es aquel que fue. Lo primero es un placer perdido que vuelve como imagen reguladora y umbral de sensaciones alucinatorias. De todos modos no tiene mucha importancia. Nadie la pasa mejor suponiendo que la pasó bien ni ponderando que la puede pasar peor. Aunque no deja de ser cierto que a veces funcionamos como una máquina de calcular.

La felicidad tampoco es imaginable como un placer permanente, una especie de rictus abierto y congelado en la boca. Conozco a un mozo de una cantina que frecuento que tiene una sonrisa pegada como máscara mortuoria, da miedo. Prefiero el “have a nice day” de las muñecas de los malls del norte.  La globalización ha difundido la cortesía agresora que me llega cuando salgo con mi mujer y mis nietos a una cafetería de Palermo Hollywood y la moza veintiañera nos dice a los ojos: ¿ya eligieron chicos?

La felicidad tampoco es la buena onda universal. Todo lo contrario, el espíritu positivo obliga al que lo porta a depreciar al prójimo, siempre frustrado, resentido, amargo, negativo, mosaico, pentecostés, puteando por el aumento de la luz y de la sube, incapaz de apreciar los beneficios de la siembra directa.

Concebir al mundo como una red de ondas es una especialidad de depresivos, no hay ansiolítico que los ayude.

Ni siquiera la felicidad es la salud. Es buenísimo curarse, pero la salud tácita de un joven músico o de una joven diseñadora, o de un afortunado empresario que come  sal y chocolate, es algo tan normal que la desconoce. La salud no es registrable para quien no sale de una enfermedad.

Schopenhauer decía que la felicidad es estar en el Nirvana, le habían hablado de Buda. Pero como al filósofo le gustaba Carolina, una corista de Berlín que lo ratoneó años, buscó la forma de ser feliz sin ayunar, estirar los tendones hasta el aullido y decir Omm. Era un filósofo que ladraba no apto para la meditación. Llegó a la conclusión que aquello que detiene la rueda eterna del sufrimiento y del alivio, a la que llamó voluntad y nosotros deseo, es la belleza. Y única belleza que detiene la repetición deseante es el arte. Por eso, si queremos ser felices aunque fuere un momento, hay que ir al Malba y plantarse ante un Petorutti, hasta que nos salga el ¡guau!, en ese momento se ha detenido el tiempo, la fragua del deseo.

Nietzsche le contestó que confundía la felicidad con la siesta. Querer la nada por un rato, maravillarse, perder el estado de separación existencial y la conciencia desdichada,  fundirse en “aquello”, para el Hefaístos de la filosofía era ilusión de hipocondríaco. El Nirvana le sirve a los cobardes.

Propone otra cosa. La divinidad que invoca Nietzsche es Diónisos y no Buda. Lo que no quiere decir emborracharse y bailar, no es un bailanta helénica. Es más sutil, es irse de mambo con El anillo de los Nibelungos, claro, también es una forma de arte, pero no el  de contemplar siluetas excelsas, sino el de agarrar el corno a dos manos y soplarlo hasta el derrame, anunciar a los cuatro jinetes con un ejército de timbales, y, como dice Woody Allen, invadir Polonia.

Para Spinoza la felicidad es el final de un enorme esfuerzo, por algo era judío. Primero el laburo, luego al cine. Es lo que decían mis queridos viejos en la primaria. “Terminá los deberes el viernes así tenés el fin de semana libre”. La verdad es que no entendía bien la estrategia, pero sabía que no era una cuestión de entenderla sino de aplicarla, si no quería llegar al lunes morado. Eran tiempos difíciles para todos. En fin, Spinoza, otro que tuvo líos con el paisanaje, proponía primero estudiar, un poco de todo, matemáticas, geometría, física, óptica, filología, la inmortal filosofía cartesiana, meter luego todo en el cubilete, batir la limonada y tirar los dados. Divino, exclamaba, la verdad es que queda divino, a esto lo llamó Orden. Todo está hermoso, cada cosa en su lugar, comprendimos porqué la piedra cae más rápido que el corcho, que los soretes vuelan en el vacío, sabemos pulir lentes,  entendemos con quien nos conviene juntarnos por la ley de la composición creciente de cuerpos afines, olemos lo que es baixo astral – no hay que olvidar que Espinoza era portugués – y, una vez que diagramamos todo con la regla y el compás del saber universal, el Premio!, el fin de semana de los justos y sabios. ¿ En qué consiste? Sencillo. Nos sentamos en el porche de nuestra casa en Benito Juárez, nos arremangamos los pantalones, cebamos el mate, y chupamos. Una cosa así, medio uruguaya, Spinoza, buen comerciante, la llamó Beatitud, es un sopor abarcativo, mientras la Rosamonte colorea el agua, un amargo mientras miramos a la vecina de enfrente, mejor dicho, a la hija de la vecina de enfrente, y así hasta que llame la Patrona con la sopita tibia.

Esto quiere decir que la felicidad para la metafísica del siglo XVII debe tener dos ausencias relevantes: que no haya enfermedad ni tristeza. Sin dolores de espalda ni penas en el corazón. Con esto basta si no fuera por la vocecita del Dr Merengue que nos recuerda el bolsillo. Pero de esto también se ocuparon Spinoza y sus colegas. Es pobre el que no labura, y no laburan los vagos y los ricos tampoco porque no son pobres. Para la época tener un trabajo significaba “obrar”, ser artesano, producir algo con las manos, y vender el producto. En Holanda el campesinado era el más próspero de Europa. Los molineros, los plantadores de tulipanes, los fabricantes de queso, los esquiladores, eran pequeños empresarios y no como en las sociedades vecinas, aldeanos al servicio de señores de la nobleza. Holanda era una república en la que Johannes Vermeer canjeaba pintura por pan. Por lo tanto podían pensar en la felicidad y no en los meros placeres pautados por el sexo estacional y las comidas grasientas como en Francia. Sin pobreza ni pereza, sin tristeza, ni enfermedad.

Recapitulemos entonces: sanos, alegres, y relativamente prósperos. Luz roja. Parar. Hay algo que falla, es evidente, nos olvidamos de lo elemental, de lo simple y evidente: la beatitud no la tiene cualquiera, se trata de la filosofía, y la filosofía desde Sócrates afirma que el ignorante jamás es feliz, nadie puede serlo embaucado por las sombras, los espejismos, las ilusiones, la insaciabilidad, la doxa. Sano, alegre y acomodado  puede serlo una bestia  rubicunda que descuartice a los hermanos De Witt, los demócratas de Amsterdam. Sanos, alegres y asegurados pueden ser las hordas que Spinoza llamaba multitud y que se llevan por delante todo lo que se les oponga en el camino.

Es necesario razonar, conocer, especular, para que la felicidad no sea bruta, fea, bestia, falsa. La felicidad debe ser “verdadera”, tener bases sólidas, fundadas, científicas. De no ser así,  no se sale de la animalidad, de lo “ imaginario”, para emplear el idioma de la facu.

La felicidad hoy ya no tiene que ver con la gloria, una de las formas más preciadas de la humanidad. Ser recordado para siempre, ser inmemorial, evocado por toda una humanidad de pie que nos canta el aleluya coral, este postrero resplandor vale todo lo que podemos imaginarnos de gozoso. Un decreto de necesidad y urgencia lo ha dado por terminado, nadie quiere la gloria, así es, estimado lector/a, cae de maduro, lo que importa es la fama. La diferencia es grande. Mientras la primera se basa en la voz, la segunda en la vista. Por la primera se corre la voz por todos los rincones del mundo cuando ya no estamos. Es la marca indeleble de nuestra ausencia. Por la segunda, somos la imagen total de todos los ojos del planeta, absoluta presencia.

Ser famoso como Diego, Lio y Tinelli, Brad Pitt y Sol Pérez, no poder salir a comer, gastar miles de billetes en anteojos ahumados y vidrios polarizados, salir de noche y volver de noche, vivir como los murciélagos, entrar saludando al montón en los restaurants, sacarse a las modelos de encima como Cristiano,  gastar las suelas sobre alfombras rojas, vivir en barrios blindados, en fin, ser adorado como Marley, todo eso y mucho más, también es la felicidad….de las masas, de la cultura de masas, sí,  que no lo es lo mismo, claro, que la cultura popular, para evocar esta vez lo que dicen las chicas y los chicos de Letras.

Ser inmortal, hoy, amigos, ya no es una promesa de obispo ni un deseo celestial, depende del Genoma, dios mínimo, de la postergación del envejecimiento celular. Pero nadie querrá vivir para siempre, es demasiado doloroso, a lo que sí nos atreveríamos es a vivir  ciento ochenta años, con la fisionomía de los treinta y cuatro. Así será. Sobran los niños. La guerra del cerdo habrá sido convertida en la matanza del lechón, todos los cochinillos sobrantes, al horno. Habrá que administrar el chiquero. Será una humanidad de seres felices como chanches.

Ji ji

 

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Costumbres (3) Costumbres 4 (2003, sin correg)

8 comentarios Add your own

  • 1. silviacrescini  |  1 febrero 2019 en 16:51

    Me gustólo de la “bailanta helénica”

  • 2. marlaw  |  2 febrero 2019 en 2:14

    En los años sesenta se extrenó en Buenos Aires una película francesa llamada:La Felicidad Para mi fue un film con unos diálogos muy densos, los que no llegue a comprender, pese a verla en dos oportunidades. Lo único que puedo recordar de ella al margen de lo manifestado, es que se trataba de un film en colores, algo raro para el cine francés de esa época. En cuanto a Palito Ortega según se decía en esos años, este había compuesto: “La Felicidad”para alabar al Onganiato. Palito Ortega siempre se llevo bién con los milicos. A Frank Sinatra con su socio, cuyo nombre ahora no recuerdo, aunque lo escuché hablado en una oportunidad por radio, para tratar de justificar lo injustificable, con una voz un tanto engolada, también lo trajerón en plena Dictadura Militar. También recuerdo que Palito le llegó a solicitar a la Dictadura Militar, que esta le abonara el quebranto económico, provocado por haber traído a Sinatra a la Argentina. Eso salió publicado en las primeras planas de todos los diarios de la época.

  • 3. Rafaela Carra  |  2 febrero 2019 en 8:07

    Lo mejor de Palito fue y sera el racatacataca racatacataca y si…flor de señor de derechas al que hay que seguir agradeciendole la ayuda a Charly. Lo vi hara tres o cuatro o cinco años cuando acompañe a mi nieta mayor a ver a Celeste Carballo al Gran Rex, cantaron juntos un bolero, como el traste.
    Y bueno…asi las cosas…hay quienes se preocupan por lo que las autoridades han dicho o lo que sabe de y quienes se preocupan por lo que se dice de en determinados momentos y lugares y lo que eso conlleva. Hay chanchitos, hienas, gatitos, perritos, conejitos, ,toda clase de pajaritos…Hay lugar para todos en este mundo. En el Arca de Noe, no se

  • 4. marlaw  |  2 febrero 2019 en 17:59

    Rafaela: Los que fuimos seleccionados para ingresar al Banco Nación, después de haber aprobado los respectivos exámenes de ingreso, y los de Salud Pública allá por el año 1970 también, antes de ocupar nuestros respectivos puestos de trabajo, debimos hacer, hacer un curso de capacitación bancaria,que duró un par de meses, en un lugar que se le llamaba: “La Escuelita” ubicado en los altos de la Agencia Congreso, ubicada esta, en la esquina de Avda.Callao y Mitre. (En el Banco a las sucursales de la Capital Federal, ubicadas en los diferentes barrios, se les llamaba “Agencias” en lugar de Sucursales). Los instructores eran dos hombres mayores, que ya peinaban canas, los que nos dispensarón un trato muy afable y cariñoso. Nos tratarón virtualmente como si fuéramos sus hijos. En el último día de clase, estos se pusierón mas serios, y con voz grave nos dijerón mas o menos estas palabras: ” Miren muchachos, el Banco es como una selva.En él están todos los animales, desde El León, que pone el pecho y da la cara, hasta la Hiena, o la serpiente que se arrastra.. (la enumeración del mundo animal, fue mas larga). Cuando finalizarón nos dijerón: “cuídense”.-

  • 5. Carola  |  3 febrero 2019 en 1:05

    No sé si tiene que ver pero hace unos días leí que en Finlandia, en los supermercados, reciben objetos rotos (bicicleta que no funciona), los compran, los arreglan y luego los venden. Los finlandeses se van felices porque ayudan a la ecología, y la gente ahora descubrió un trabajo nuevo en una sociedad abarrotada de cosas para consumir.
    Tengo otro aporte: estamos leyendo con mi nieta un libro de los años 70 escrito por Charles Schultz, se llama “Felicidad es…” y en cada página el perrito, Snoopy, explica conceptos trascendentes. Felicidad es saltar sobre un montón de hojas secas, dice, y nosotras coincidimos.

  • 6. rodolfo lópez  |  3 febrero 2019 en 1:27

    Costumbres 4 es un tratado filosófico sobre la Felicidad; lo voy a seguir leyendo porque me interesa el tema pero no puedo referirme a lo dicho en él. Pero puedo hablar de Palito Ortega, que alegró, aún con canciones algo melancólicas, mis 10,12 años. Fue el mejor del Club del Clan por méritos propios, cierta calidad en la llegada al oyente -que conmovía- fue algo nuevo entonces. “Decí porqué no querés”, “Un muchacho como yo”, Changuito cañero”, “Yo no quiero media novia”, “Bienvenido amor”, “Camelia”, “Corazón contento”, incluso “Yo tengo fe” o “Me permite”, me alegraron en años no muy felices..No el rock ni los Beatles, fue Palito el que me arrancó una sonrisa..Nobleza obliga.
    Pero es curioso, por eso este comentario, la canción “La Felicidad” es justamente la más triste de su repertorio, un batifondo superficial.
    Los hijos heredaron la calidad artística y la sensibilidad, bapuleadas y populares, de Palito..
    .
    .

  • 7. marlaw  |  12 febrero 2019 en 11:12

    Esta mañana, me desperte sintiendo un intenso bienestar. No sé sí a esto se le puede llegar a llamar felicidad, pero sí no lo es, se le parece bastante.
    En mi caso esta sensación de bienestar, se encuentra provocada por el descenso de una temperatura agobiante soportada durante mas de cuarenta días. Pero no solo se trataba de “la calor”, sino también de volver a contar con la posibilidad de poder respirar con normalidad. Con baja presión , alta humedad y altas temperaturas, me he sentido agobiado hasta lo indecible, y decir que me sentía como una piltrafa humana resultaría demasiado poco.
    De esa diferencia entre un calor sofocante y una temperatura mas apacible, que nos hace sentirnos mejor dentro de nuestro propio cuerpo, también depende al menos en parte la sensación de felicidad. Formo parte de los que se conforman con muy poco.

  • 8. Sergio Rossi  |  14 febrero 2019 en 13:37

    Ja, ja, te salió redondo este articulo Tomas. Me encantó. “Nietzsche le contestó que confundía la felicidad con la siesta”. Buenisimo. Yo lo reivindiqué a Palito, no tienen por que gustarme sus canciones ni su ideología, pero el tipo es un emprendedor con buenas intenciones y logró criar muchos y buenos hijos. Intentó ayudar a su provincia, a Charly, cantó, apostó a negocios y algunos le salieron mal… Para mi es un gran tipo.
    Creo que debería haber una ley que regule la capacidad de crítica de las personas, según su capacidad de hacer cosas. Es increíble como juzgamos todo, y cuando mas cómodos y apoltronados estamos, más juzgamos. Mierda, ahora caigo en la cuenta que esto también es un juicio.

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