COSTUMBRES 1

25 enero 2019 at 15:02 3 comentarios

EL BESO AL ANALISTA (2007-Corr. 2019)

Lo menos que puedo decir es que tengo una rica experiencia analítica. En mis no tan largas  décadas de vida he concurrido al consultorio psíquico varias veces. Mis comienzos de la carrera de pacientazgo datan de mis quince años. No voy a dar nombres de mis analistas, o sí, los daré, menos el de uno muy querido que desdichadamente murió por un accidente, me refiero a Gilberto Simoes (uy…lo dí). Entonces, les presento al doctor Neumann, de guardapolvo blanco, señor especializado en adolescentes, y de la corriente “ fenomenológica ”, lo que en aquellos tiempos era una especialidad esotérica, claro, menos que hoy.

No les voy a contar intimidades, soy discreto respecto de mi vida privada, aquí lo que importa es el saludo de la entrada al pésimamente llamado consultorio. Por supuesto, no es un tradicional gabinete médico, pero no conozco otra palabra, además los analistas, como una novia que tuve, bah, una amiga, no, una cosa rara, perdón, no una cosa, una persona, me hablaba de su consultorio, era del gremio psi, como si fuera una persona viva: “ no estoy atendiendo a mi consultorio como debiera, etc ”, no atendía a los pacientes, sino a su consultorio.

Sigo, el saludo. No recuerdo el de Neumann, a lo mejor era con una mano enguantada en latex de goma. Tampoco el del hipnoanalista chino, a lo mejor cabeceaba al modo oriental. El primer saludo analítico que recuerdo es el del doctor Arturo Roldán, vive hace más de cuarenta años en España, de la calle Melo, que me habría la puerta con una mirada tierna. Saludo de mano. Me compadecía, ya éramos dos en esa autoestima compartida. Luego Osvaldo Saidón, ayer amigo mío, que si no recuerdo mal ni sé si daba la mano, era informal, pero miraba como un chico el segundo día de clase, no el primero, asustado, sino el siguiente, curioso.

Le sigue el emérito doctor Giarcovich, un lacaniano de barrio norte, lo mejor que tenía era el saludo, parecido al de los acompañantes de a bordo en los aviones, un saludo de bienvenida pero sin aspavientos. Las sesiones eran malas, por lo general, por suerte me di cuenta a tiempo después de ocho años.

Desembarqué en las oficinas del doctor Yanez, un señor kleiniano de la avenida Libertador esquina Libertad. Se ve que mi humilde persona estaba algo sojuzgada por acontecimientos apremiantes. Es curioso que no recuerde su cara porque siempre se me aparece la de Michel Piccoli, se le parecía, y no consigo atravesar con mi memoria la fina estampa del agradable actor francés. Finura austera compartida por mi doctor, que me recibía con un apretón de manos y una sonrisa amable, ya no de azafato de avión, sino más de ingeniero veterano y bon vivant, más entregado a su tarea. De todos modos lo mejor que tenía era su llavero abundante que tintineaba desde su cinturón. Me encantaba ese toque machista, piccoliniano y amable, pero demasiado burgués, al menos fue mi conclusión luego de cinco años.

Luego una incursión femenina con la Dra Kap…, muy contenedora, con el agregado que era tan discreta como Luis Ventura.

Dejo de lado al último, Julio, un tipo grande y juvenil, canchero, con algo de Gerardo Romano, pero humano.

Bueno, a todos los di la mano, menos a la mujer analista, en eso soy convencional, a pesar de que darle la mano a una mujer, y más si es hermosa, es muy sexy. Es otra cosa que admiro en los yankees, siempre la mano, hasta a les niñes.

El problema me lo planteó un amigo psicoanalista, se refiere al saludo, pero al saludo en estos tiempos. Los pacientes que besan, los pacientes varones que besan. Después de haber leído hace tiempo mis otroras notas sobre el beso entre hombres, me cuenta su mojada experiencia con  los que lo besan al entrar a su consultorio. Neuróticos de cuarenta años con barba in crescendo a las siete de la tarde, les abre la puerta y lo besan como si fuera su… no sabe, depende del paciente, habría que ver la fase de su situación transferencial, cada paciente es un  mundo aparte, la clínica trata de casos singulares, en fin, lo besan igual.

Me decía que no sabía como cambiar la actitud de inicio sin que marcara con un acto el análisis, para que no diera lugar a una interpretación, que no pareciera una brusquedad. Se sentía sin salida. Beso con el se comienza, es beso con el que se sigue, hasta el fin de análisis.

Me pidió, este amigo analista, que escribiera esta nota, para que los pacientes varones de hoy, tanto los que pagan quinientos pesos como los que abonan tres mil, no besen a sus analistas varones. Que les permita darles la mano. Sé que esta nota dará lugar a un debate en los medios freudianos, lacanianos, hasta gestálticos. Muchos abogarán por el saludo húmedo en nombre de una versión acuosa del inconsciente. Los jungianos hablarán de sentimiento oceánico de la vida, los kleinianos del jugo de la mala placenta que nos hace soñar con una mamá devoradora con un enorme botox en el labio, los lacanianos dirán que la palabra beso remite a grueso, por lo tanto al Falo.

Pero yo soy filósofo, kantiano. Me gusta el suelo firme y la cosa en sí seca. Les aseguro que el saludo de mano no sudada del analista, para atravesar el umbral del mundo del inconsciente, es la mejor contraseña para un buen viaje a los misterios del profesor Freud.

 

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El Dr Alberto Barengols Costumbres 2 (2006, corr., 2019)

3 comentarios

  • 1. marlaw  |  26 enero 2019 a las 16:18

    ¡Grata sorpresa Profesor! Antes de leer esta nota, yo habría jurado, que en su caso, Usted era una de esas personas, a las que se les llama: “refractarias” al psicoanálisis. (Yo me continuo sorprendiendo, con Usted.)
    Una de las cosas que se terminan, por aprender con largas jornadas de análisis, es que en nuestras relaciones interpersonales, ya sea que estas se traten de la relación que establecemos, con nuestro analista, con nuestra pareja, o con nuestros amigos mas cercanos, la suerte de estas, se define en el momento de la elección. Pero por lo general, ese momento, en nuestra conciencia, se refleja como una suerte de: “Agujero Negro”, porque esta jugada, se resuelve, en otra instancia de nuestra psiquis, a la que llamamos inconsciente.
    ¡Cosa de Mandinga! Yo también comencé a entreverarme con el psicoanálisis, a los 18/19 años, allá por 1960., cuando en el ruedo tallaban, nombres, como el de Enrique Pichón Riviere, o Mario Bleger. Mas tarde aparecerián los Grimsom, etc.
    En otro órden de cosas, jamás en la vida, se me habría ocurrido, besar a un analista. (entre caballeros, siempre me resultó una mariconeada, y en el caso de tratarse de una mujer, un avance innecesario) salvo para el caso de unos primos hermanos míos, que pertenecen a la rama mas itálica de mi familia, que besaban a todo el mundo, porque eran sumamente efusivos, y demostraban su cariño de ese modo.
    Tampoco recuerdo haber estrechado con asiduidad la mano de quienes fuerón mis analistas, en general los saludos fuerón casi siempre de carácter verbal. Con el tono de voz, las palabras, y la mirada, también se puede expresar afecto, sin necesidad de acudir a la franela. Para mí siempre há sido mucho mas elocuente, una mirada, que un abrazo. Entre el simulacro y el sincericidio, prefiero este último.
    Cambié el sexo de mis analistas, cuando comencé a percibir, que con los varones, rivalizaba demasiado, algo que cuando fuí mas jovén no me sucedía. La figura de mi padre fue algo muy denso y muy pesado.
    Con mi última analista de la que llegué a estar perdidamente enamorado, en un momento de la transferencia, como si fuera un chiquillo, cuando ya transitaba los cincuenta y pico, teníamos una relación bastante particular. Ella, que para no delatar su nombre, apodaré: “Dulcinea”, cuando yo llegaba para la sesión, salía al balcón y desde alli, me arrojaba un manojo de llaves, para que yó abriera las puertas, en ingresara a su castillo.( En algún momento, se me habrá pasado por mi cabeza, huir con las llaves, y dejarla encerrada, pero de hecho, núnca intenté hacerlo.)

  • 2. marlaw  |  31 enero 2019 a las 19:12

    Tardíamente hago una corrección. No era al Bleger economista al que yo me refería, sino al psicoanalista, su nombre era José, no Mario.

  • 3. carolax  |  1 febrero 2019 a las 10:25

    Marlow, tenés un blog propio? Parece que te gusta escribir.
    TA, lindo tono intimista el de hoy. Te extrañábamos.


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