El intelectual específico (13)

9 enero 2019 at 8:18 4 comentarios

Hay dos factores interesantes para comprender la intervención de la opinión pública en los tiempos modernos. Uno positivo y otro negativo. Por un lado la idea de “sentido común”, un saber distribuido generosamente entre todos que no requiere preparación previa sino la inmediatez de una experiencia compartida y rutinaria. Un saber que no necesita de tutores ni una brújula para orientarse.

Cualquiera sabe en dónde le aprieta su zapato, se lo siente, no proviene de una trasmisión ni de un instinto, sino de un cúmulo de elementos implícitos de la vida social que no necesitan aclaración.

El negativo, es que la opinión pública puede ser anónima, irresponsable, impune y reversible. JJ Rousseau fue una víctima de ella, de esa  maldita opinión de la que fue objeto y que intentaba de desautorizar sus escritos por acontecimientos condenables de su vida privada.

Su “Emilio” nada valía ante el abandono de sus hijos en los umbrales de las instituciones para niños expósitos. Voltaire supo sacar provecho de las domesticidades del divino Jacques.

La figura del intelectual universal es francesa. Tiene dos prohombres que marcaron en distintos períodos su cultura. Una es la de Emile Zola que fue centro de atención en el tránsito del siglo XIX al XX, y, luego, Jean Paul Sartre, que surge como animador de la escena filosófica y política en la segunda posguerra y en los tiempos que siguen a la “liberación”.

Respecto del primero, era la patria la que estaba en juego. El capitán Alfred Dreyfus es acusado de traición a la patria en 1894. Su condición de judío fue determinante en el hecho de haber sido elegido para ser juzgado, degradado y confinado en la Isla del Diablo durante diez años.

Después fue reconocido el “error” y se encontraron las pruebas que mostraron que el culpable de espionaje y de trasmitir información confidencial a la embajada alemana era otro militar.

La familia de Dreyfus, en especial su esposa y su hermano, intentaron desde el principio buscar ayuda, apoyo y servicios, en el poder judicial. Pero la avanzada antisemita y la del pensamiento nacional-católico, hasta los monarquistas, tenían la iniciativa política y aislaron a los partidarios de un juicio justo e imparcial (Frederick Brown: “Zola. A Life”. Ed, 1995, pags 713-807)

Los franceses derrotados en la guerra franco-prusiana de 1870, y la consecuente contienda civil entre ejército y comuneros, encontraron en el “affaire Dreyfus” un motivo de reinvindación soberana, un enaltecimiento del sentimiento nacional, y la necesidad de encontrar un chivo emisario en el que concentrar el resentimiento acumulado.

Francia se encontraba en un momento de auge de su imperio colonial, su bandera flameaba en varias partes del tercer mundo, era el principal competidor ultramarino de los británicos, sentían que estaban en condiciones de hacer olvidar la humillante derrota ante los alemanes, y, además, podían vanagloriarse de vivir bajo una república democrática que desde la caída del Segundo Imperio, regía la vida de una clase media orgullosa de sí bajo la égida cultural del positivismo y la educación laica.

Una gigantesca feria mundial, la Exposición Universal de París,  para conmemorar el principio de siglo y el poderío de Francia, sería la muestra ante el mundo del futuro de una nación cumbre, de una lengua. y de una cultura, de valía universal.

Para fortalecer los ánimos colectivos, era el momento de denunciar el grupo que intentaba debilitar el poderío de la nación y apropiarse de sus recursos: “el sindicato judío”.

Después de efectuada la denuncia y decretada en tiempo relámpago  la sentencia contra el capitán Dreyfus, tres años más tarde, en 1897, Émile Zola es invitado por la familia del convicto y de su abogado a participar de unos de los encuentros para encontrar algún medio que contrarrestara el bloque monolítico de los acusadores. El frente político-militar-judicial y civil, parecía no tener fisuras.

El novelista, ampliamente conocido por un masivo público lector, sus obras literarias se vendía por decenas de miles de ejemplares, sostiene que el camino emprendido hasta ese  momento estaba condenado al fracaso.

Ni en el ámbito jurídico, ni en el político podían batallar ya que no tenían las pruebas para dar un vuelco a la situación. La única posibilidad que les quedaba era recurrir a la opinión pública y a su portavoz, la prensa, para intentar movilizar a los ciudadanos y despertar la conciencia, ante el fraude jurídico cometido contra Dreyfus.

Zola comienza una campaña periodística en la que  denuncia el antisemitismo de varios sectores influyentes de la sociedad francesa, el racismo de los intelectuales identificados con el catolicismo y un nacionalismo retrógrado, basados en prejuicios animados por la sed de venganza y por una cobardía que denigraba los valores democráticos de la revolución francesa y la  inviolabilidad de los principios que regían los derechos humanos; esta batalla la libra en las columnas del  diario “Le Figaro” a partir de su primer entrega el 25 de noviembre de 1897.

Habla en nombre de la verdad y de la justicia. Dice: “el debate de la verdad por la justicia, no hay lucha más heroica” (Émile Zola: “Yo acuso”, ed cast, Leviatán, 1983).

El 13 de enero de 1898, escribe su célebre “Yo acuso”, en el diario “L`Aurore”, que se convertirá  en el modelo de un panfleto de denuncia de las maniobras difamatorias y persecutorias del poder dominante. Es una carta dirigida al presidente Felix Faure. La tirada fue de 300.000 ejemplares distribuidos en todo el país.

Denuncia a toda la casta militar y a sus cómplices, devela los vericuetos de un grupo de políticos y hombres de la cultura que en nombre del honor de la patria y del prestigio de las fuerzas armadas hicieron todo lo posible para silenciar y borrar las huellas que mostraban las falsificaciones de las pruebas contra Dreyfus; de una complicidad fraguada en el silencio que sostenía que era poco precio la condena de un oficial de menor jerarquía, además semita, si lo que se buscaba era proteger a quienes estaban a cargo de la defensa de la patria.

Zola produce una conmoción con su escrito tanto en Francia como en el extranjero, la opinión pública gradualmente cambia de orientación, el vicepresidente del senado se une a la causa de los dreyfusistas, una ancha grieta se produce en la sociedad entre los pro y los anti del condenado capitán.

La batalla cultural y judicial será larga hasta la comprobación de la inocencia de Dreyfus; todas las negociaciones para salvaguardar a quienes urdieron la trampa no tuvieran éxito, como tampoco lo tuvieron los intentos de compromiso para llegar a una mediación que satisficiera a todas las partes.

En 1902 muere Zola en circunstancias que nunca fueron esclarecidas. Un tapón en su chimenea a leña pudo haber sido la causa de que el monóxido de carbono se chupara todo el oxígeno ocasionándole  la muerte por asfixia mientras dormía. Esta versión accidental de su deceso no satisfizo a muchos que hablaron de un atentado.

Zola fue perseguido, difamado y amenazado durante el proceso. Era bígamo,y sus dos familias sufrieron presiones y debían tener custodia para protegerse de posibles atentados. El escritor debió refugiarse en Londres durante un año, ya que tenía sobre su cabeza una condena por haber atentado con sus escritos contra las autoridades y poner en peligro la seguridad nacional.

Este es el ejemplo de intelectual universal prototipo de la cultura francesa, un hombre de las letras que con su palabra puso en jaque a los poderes establecidos, modificó las relaciones de fuerza existentes y sentó las bases de una ética del intelectual.

Esta figura es para Foucault un resto inactual que ya no corresponde a nuestros tiempos, una investidura cultural y una moral arrogante que pretende fundamentarse en un injustificado elitismo humanista.

Escribir bien no obliga a pensar bien, y menos a dictaminar la justicia en nombre de la verdad. Un hombre de las letras no tiene ni los antecedentes ni la responsabilidad para convertirse en un agente fiscalizador.

Todos estos avatares que conciernen a la figura del intelectual universal ocurrieron allá lejos y hace tiempo. Mucho más cercana y determinante fue la presencia de Jean Paul  Sartre en los tiempos de formación del joven Foucault como de toda la generación de la segunda posguerra.

Desde 1945 a 1960, en esos escasos quince años, Sartre fue el núcleo polémico de la cultura filosófica francesa; tres lustros que se diluyen desde la mirada vertical del águila con la salvedad que las cantidades en bruto no calibran la medida de los acontecimientos  históricos.

Fue la época de la guerra fría y de la recuperación del prestigio cultural de un país vencido y ocupado por las fuerzas nazis, que llevaba consigo un doble lastre. El de la mentada “colaboración”, la de un sistema no sólo político que administró la nación junto al ocupante, sino también cultural, ya que desde los tiempos de Zola hasta los de Drieu la Rochelle, Brassilach, Rebatet, Céline, y tantos otros, el fascismo y el antisemitismo, fueron una atracción y una oportunidad de despliegue artístico y militante de la alta cultura francesa.

Las obras de teatro de Sartre como también sus novelas, sus ensayos como el de la “Reflexión sobre la cuestión judía”, sentaron las bases de una modificación de la memoria histórica, un lavado de vergüenzas, y la posibilidad de una apuesta al futuro.

Un porvenir socialista, emancipador, un nuevo proyecto político.

Esta nueva etapa cultural se fundamentaba en una filosofía “fata en casa”, con las modificaciones que Sartre había hecho del legado de la filosofía alemana, la de Hegel y Heidegger, en su notable y vivaz “El ser y la nada”, y un anuncio que fue terminante por dividir las aguas en la consideración pública de la función del intelectual en la sociedad moderna: la literatura comprometida.

La fenomenología existencial que gira alrededor de la idea de conciencia en libertad, el pregón del compromiso literario que conmina al escritor a elegir su campo de acción y expresión respecto de la sociedad dividida en clases, este movimiento de pinzas, marcó el territorio filosófico y literario de los jóvenes filósofos de la posguerra.

Fue un campo de batalla a la vez que un corral. Y un imán. Foucault se plegó al movimiento parricida que pretendía despojarse del lastre del mandamiento sartreano, fue partícipe de un impulso teórico que propuso nuevas metas y un cierre de cuentas con el pasado, sin culpa, sin saldo deudor y sin superyo literario, de la mano de Alain Robbe Grillet en línea sucesoria de Georges Bataille, y de Gaston Bachelard y Georges Canguilhem en nombre de la yunta entre ciencia y filosofía; esta doble vertiente literaria y epistemológica fue el encuadre de su obra mayor “Las palabras y las cosas”, y de su labor teórica que bautizó con el nombre de “arqueología del saber”.

Pero Foucault no era sólo un esteta, ni un diletante aficionado a subir escaleras al infinito, perderse en espejos reduplicantes, y entonar el himno a la sagrada escritura. Le duró poco tiempo. Su primer libro sobre la historia de la locura era una marca indeleble. La racionalidad se definía no sólo por los nuevos paradigmas y por sus rupturas con el universo mítico, sino por lo que excluía. Por su voluntad de poder.

Esta veta nietzscheana era parte de su genoma filosófico. El tránsito por esa zona desmilitarizada entre el legado sartreano y el marxismo dogmático que lo liberó de compromisos, fue breve. El filósofo propone pero el mayo francés dispone. Foucault se lanza a la batalla cultural desde la filosofía, pero en nada quiere parecerse al totem bajo cuya sombra tantos se fundieron.

No quiere ser un intelectual universal que juzga al mundo, ni un predicador de causas justas, ni un delegado de quienes no pueden hablar. Es otro tipo de intelectual el que puede cumplir una función crítica con el necesario pudor que le permita reconocer sus límites.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El intelectual específico (12) Otra voz

4 comentarios

  • 1. Alicia Teran  |  9 enero 2019 de 11:34

    Excelente!

  • 2. andrea sansone  |  9 enero 2019 de 17:55

    Realmente excelente!!!

  • 3. Luis maria  |  10 enero 2019 de 20:13

    Voy a llegar un poco tarde en estos comemtarios 1/13, creo sin embargo que es bien claro que la opinión pública es manipulada permanentemente. En el caso hiroshima :tapa de sucesivos time se puede ver y leer Hongo producido por la detonación acompañado del las fecha 6/8/45 ” y la hora junto a la expresión ¡¡¡Mi Dios que hemos hecho…!!!” “¡¡¡Oh god what have we done !!!! Atribuída a los tripulantes del avión. Posteriormente : todo el hecho fue subsumido en una interpretación contraria a lo que mostraba ser : poder de exterminio de la humanidad utilizado bajo la argumentación de método para salvar vidas que la prolongación de la guerra convencional no aseguraba. Victimización de la tripulación, sin embargo, el periodismo libre americano también produjo la Entrevista al comandante piloto del enaola gray quien afirmó a contracara de lo publicado : “Si tuviera que hacerlo lo volvería a hacer…”, el hecho de que la fortaleza volante llevara el nombre de su madre es, tal vez, entonces la génesis de cualquier problema psicológico antero/posterior pero no lo fue seguramente sobrevolar el objetivo que durante el primer minuto posterior al estallido arrojó 100.000 muertos y que, en razón de sus afirmaciones parece no haber dimensionado jamás-. La manipulación siguió, cuando se publicaron junto a por separado historias de los tripulantes comola del l artillero de la fortaleza que arrojó la bomba y que los medios transformaron a través de una campaña de prensa en una especie de Robin Hood que robaba a los ricos y le daba a los pobres y el arrepentimiento del resto de la tripulación hecho voz viva … En una palabra la manipulación de quienes ejercen el poder parece no tener límites ni tiempo y el dinero,a veces, no forma parte del escenario sino de las bambalinas.
    Por eso, frente a los resultados obtenidos por la Comisión Crew en 1917 que lograra la participación en la primera guerra mundial de los EU cuyo pueblo se oponía, hace que “el miente miente que algo quedará de Goebbels”… fuera una especie de Villa Miseria del manejo de la comunicación estatal a cargo de la gobernanza de turno. El poder de crew nutrido de licenciados en Filosofía, sociología, psicología, linguistas, etc fue enorme.
    Por su parte David Belko, insta al gobierno estadouindense a sustituir a los supuestos espías de la Cia en las embajadas por especialistas en comunicación, si acaso se pretendiera que los extranjeros interpretaran el ideario de libertad de los Estados Unidos y voy a mencionar dos hechos coincidentes en este país: el embajador Terence Todman quien preguntado sobre unas declaraciones que hiciera… responde ..”.Esos que dicen tal cosa son unos Chantas…”” Queda claro el embajador usa una palabra del argot porteño y seguidamente su reemplazante en la embajada, concurre a ver los partidos de fútbol de su cuadro elegido en argentina : San Lorenzo De Almagro (no boca ni river) nó los poderosos, eligió un cuadro que reperesentaba al hombre de barrio… porque según él los colores del cuervo eran los de la bandera de su país. No hablaba castellano.

  • 4. Luis maria  |  10 enero 2019 de 20:36

    Pareciera que el manejo de la opinión pública estuviera destinado a sustituir el concepto sociológico de sociedad como cuerpo transformándolo en un individualismo metodológico representado por Alice, Jhon Walter, etc como decía Margaret Thacher. En esta concepción, ellos son la sociedad son los que sienten dolor angustia, amor satisfacción etc. y no los grupos, cuyas expresiones pueblo , nación , sociedad seguida de un accionar concreto resultarían u ejercicio bastantes antropomórfico.


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