El intelectual específico (12)

8 enero 2019 at 8:53 1 comentario

Los intelectuales específicos reales están lejos de comprobar la idea de Foucault de que en la actualidad la función del conocimiento puede resistir al poder dominante. Sin duda que es sensato pensar que en la medida en que las estrategias de dominación están articuladas a la investigación científica y a los recursos de la técnica, aquellos que conocen desde su interior los mecanismos de su elaboración teórica y de su aplicación, son los únicos que están en condiciones de perturbar su desarrollo.

Encarnan su contradicción interna y pueden constituir el eslabón débil de la cadena burocrática del poder, ya sea estatal o privado.

Ejemplos existen, los hackers, y hombres como Snowden y Assange, se han hecho conocer por divulgar los secretos de estado de las grandes potencias. Por eso son perseguidos. Así también fueron vigilados o expulsados los físicos atómicos en la URSS, y los acusados de traición y espionaje en los EE.UU, caso Oppenheimer.

Podemos pensar que en el futuro lo mismo acontecerá con los científicos que trabajan en áreas como la genética, la inteligencia artificial, la robótica y el sistema financiero globalizado, es decir los espacios del saber en los que el poder invertirá recursos monetarios y lo que esté a su alcance en materia de conocimiento.

Foucault a mediados de la década del setenta dejó de depositar sus esperanzas de cambio social en la movilización popular convocada por la militancia de izquierda.

Lo que sucedió en relación al tema del sistema penintenciario francés después de la organización del GIP (Grupo de Información sobre las Prisiones), terminó por desilusionarlo. En uno de sus viajes a Japón invitado a dar conferencias y a participar de varias entrevistas, nuevamente critica la acción política de los grupos de izquierda. Sostiene que llevan a cabo una empecinada carrera hasta la derrota final y una inveterada inclinación al fracaso. Cada vez que un objetivo parcial puede ser alcanzado, una reforma que ayude a mejorar ciertas condiciones, un éxito posible, lo boicotean y claman que siempre, en última instancia, favorecerán al sistema.

Este retroceso tuvo lugar durante el gobierno conservador de Valéry Giscard d`Estaing, quién había nombrado en el puesto a cargo del servicio penitenciario a una mujer dispuesta a implementar una serie de reformas por las cuales Foucault y sus compañeros habían luchado.

Foucault acusa a los movimientos revolucionarios de creer que su importancia política depende del número de descontentos. Todos los movimientos de extrema izquierda, agrega, de 1967 a 1972, siguen esta lógica. Nunca se intenta ganar para que el número de disconformes no disminuya. Señala que es un procedimiento rechazado por quienes luchan contra el poder cotidiano, sus acciones  no van por todo, ni consideran que el sistema recupera cada progreso que llevan a cabo en su luchas puntuales. (Sexualidad y política, entrevista  27/4/1978).

Pero si bien se puede considerar que el llamado intelectual específico puede cumplir un rol de contrapoder, la idea de que el “intelectual universal” ya es un personaje sobrante, hasta irrisorio, es discutible.

Sin lugar a duda, suponer que el intelectual universal es una especie de Sansón discursivo que seduce con su talento literario a la vez que remueve los cimientos del sistema político imperante, de soñar con esta figura, buscarla o emularla, es una creencia un poco ingenua.

Pero los ejemplos de Robert Oppenheimer como los de Gunther Anders y Claude Eatherly, muestran las dificultades o la imposibilidad de impedir que la burocracia estatal, los intereses corporativos, el poder militar, lleven a cabo sus cometidos y que anulen a quienes les resisten o a quienes sabotean su andamiaje. Saben cercar las zonas en donde  se producen conocimientos y los orientan de acuerdo a una estrategia que fija sus propios objetivos.

¿Qué hacen entonces estos personajes que circulan al interior del sistema de poder, o, como titula Ray Monk a su biografía sobre Oppenheimer: “Inside the center” (al interior del centro)?

Acuden a la opinión pública, el terreno de todos y de nadie, el de la circulación anónima y de la suma de pareceres. El talón de Aquiles de los grupos de poder que viven en la democracia liberal, y que con el dinero y las armas, con la penetración de su arsenal compran voluntades, tienen sus lobistas, sus portavoces, sus operadores, y pretenden manipular instituciones y a la misma opinión pública.

Pero esta opinión no es fácil de apresar o silenciar, es resbaladiza, sus canales de trasmisión están enjabonados, y por más que se difunda que el mercado publicitario, la caja boba, las redes sociales habitadas por caníbales y difamadores, la prensa adicta y hegemónica, la sociedad del espectáculo, a pesar de todos estos instrumentos de domesticación, es esta opinión llamada pública la que perfora “the wall”, y crea las líneas de fuga del sistema por el que pierde poder y licua autoridad.

Esta “opinión pública” tiene una historia (J.Habermas: “Historia y crítica de la opinión pública”, 1962, ed. Cast, 1981, pags 124 y ss). Se origina en las guerras de religión que desangraron a Europa en el siglo XVI, sucesos que motivaron a algunos filósofos ingleses a elaborar nuevos fundamentos políticos y morales para evitar en el futuro las matanzas en nombre de la fe.

Thomas Hobbes con su estado total y un contrato de delegación y representatividad de los ciudadanos hacia el gran Leviatán, pretendía encontrar la llave de la seguridad absoluta y el control del miedo al semejante. Dice Habermas: “la confesión religiosa es asunto privado, es un sentimiento privado carente de  consecuencias para el Estado: todos ellos tienen el mismo valor para él, la conciencia se convierte en opinión. Hobbes define la “cadena de opiniones” que va de la `faith´ (creencia) al `judgement´. Busca la nivelación de todos los actos de creer, del juzgar y del imaginar en la esfera del `opinar´ (ibid,125).

John Locke, dice el filósofo alemán, restituye el significado original de la palabra `opinión´, como estima que los otros tiene de nosotros (public esteem), se trata de nuestra reputación.

Ha sido, entonces, depurada estas acepción del antiguo significado del “mero” opinar, su apariencia engañosa, aparente, que desde la doxa griega inquieta a los filósofos frente a las trampas de la sofística y la retórica.

La opinión para Locke sin cumplir el papel de la censura institucionalizada, no deja por eso al fundamentarse en asuntos de reputación, de ejercer una presión sobre las conductas que no se amoldan a los usos y costumbres de la tradición.

El francés Pierre Bayle, adosa el fenómeno de la opinión al de la `crítica´. Un examen de los pro y los contra que toda persona puede realizar sobre cualquier cosa. La opinión, interpreta Habermas, se convierte en  razón destructiva.

Pero sigue siendo un asunto privado: Bayle distingue a la crítica, de la sátira y del `libelo difamatorio´. Para él, la crítica es culpable de rebasar las fronteras de lo político cuando se degrada a panfleto.

Pero este fenómeno tiene otras connotaciones. Dice Habermas: “En Inglaterra, a partir del panfleto surge, por la misma época, la prensa políticamente raciocinante”.

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1 comentario Add your own

  • 1. marlaw  |  8 enero 2019 en 11:21

    Lo bueno de Usted Profesor, es que cuando cava en un asunto, trata de ir hasta el hueso.

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