El intelectual específico (10)

4 enero 2019 at 6:50 1 comentario

Oppenheimer conocía los secretos de la fabricación de la bomba atómica dado que las investigaciones se llevaron a cabo bajo su dirección. Era parte de un selecto comité apadrinado por el Departamento de Estado que reunía a los científicos que prosiguieron en la posguerra el programa nuclear.
Por sus opiniones sobre política exterior y sus propuestas sobre el control internacional de armas nucleares, generó las sospechas de que su intención era debilitar el poder armado de su patria a favor del enemigo en la incipiente guerra fría.
Para probar su labor de espía, comenzó a ser espiado, y para impedir que develara los secretos militares, se dispusieron todos los recursos para develar un secreto que bien guardado debía tenerlo como agente de una potencia extranjera.
Foucault entendía que entre las capacidades de las que podía hacer uso un intelectual específico, además de su competencia en áreas estratégicas que interesaban al poder, era su posibilidad de estar cerca de uno de los ejes de lo que lo sostiene: lo que no dice, su secreto.
Ningún poder revela ni sus intenciones ni sus artimañas que conservan y refuerzan su dominación. El zorro y el león de Maquiavelo son una pareja indisoluble. Foucault pensaba que la resistencia en un mundo en el que en toda dominación está implicado el conocimiento, y la potencia de la información – lo sostiene a mediados de la década del setenta del siglo pasado – quienes participan y colaboran con su desarrollo son aquellos que pueden trabarlo, denunciarlo y formar grupos ya sea de saboteo o presión, cuando la humanidad o su parte oprimida están en peligro.
La idea de intelectual específico es contemporánea de su preocupación por el tema de la biopolítica, es decir, de un poder que “hace vivir” y “deja morir”, pero que también, y no es contradictorio, “hace morir”.
Lo que está en juego en tiempos en que el filósofo pensaba estos temas, una realidad que percibía y que no ha ido más que invadiéndola en los años posteriores a su muerte, es la vida de las poblaciones.
Estos conjuntos humanos no sólo se miden sólo por su cantidad o por su extensión sino por su concepto. Se trata de la especie humana. Tanto la guerra nuclear como la guerra biológica, la experimentación que concierne a la creación de vida con métodos artificiales, las posibilidades de manipulación de los genomas, el calentamiento global por la emisión de gases, el peligro del deshielo y de las inundaciones, la aplicación de la ingeniería genética y la inteligencia artificial al cuerpo humano, hasta las políticas del terror del que son víctimas masivas las poblaciones civiles bombardeadas, hace que sea la vida misma de la humanidad o la de grandes conjuntos humanos la nueva encrucijada política del presenta y futuro.
Oppenheimer, nombrado en su texto por Foucault como ejemplo de intelectual específico, fue una víctima del dispositivo militar y científico del poder para el que trabajaba. Mientras le fue funcional, actuó con total libertad, cuando pretendió pensar y actuar a contracorriente de ese mismo poder, fue neutralizado y perseguido.
Pero no fue su única víctima.
Una vez que el 6 de agosto de 1945, fue lanzada la primera bomba atómica, y después del bombardeo nuclear de Nagasaki, los pilotos que llevaron a cabo su misión fueron condecorados y ungidos como celebridades nacionales.
Eran héroes de guerra, se convirtieron en un símbolo del fervor de una sociedad que festejaba una victoria definitiva luego de tres años de tremendas batallas contra el enemigo nazi y el ejército japonés.
Hubo un piloto del comando aéreo que no se consideró a sí mismo un héroe, era Claude Eatherly. Su función en la misión encomendada era la de pilotear uno de los aviones de reconocimiento climático que debía dar el visto bueno al aparato que lanzaría la bomba.
De vuelta a su casa en el estado de Texas, Eatherly se denunció a sí mismo, se acusó de ser un criminal de guerra, responsable de la muerte de doscientas mil personas. Tanto a sus compañeros de misión, como a sus superiores, les parecía que lo único que estaba haciendo era un penoso escándalo, justificado, quizás, por una dolencia de posguerra. Una especie de fatiga, o stress, ocasionado por años de tensión.
El hombre siguió con su autoincriminación ante la indiferencia general, lo que agravó su dolor íntimo. Vivía una pesadilla en la soledad en medio de una realidad que le parecía calamitosa ya que la muerte de decenas de miles de personas y las enfermedades a veces terminales de otras decenas de miles de civiles, se celebraba con gloria y alegría.
No podía ser culpable, porque para serlo necesitaba del reconocimiento de los otros, y del juicio de sus semejantes.
En el año 1950, intenta suicidarse. Tres años después, para ser enjuiciado, y al no poder lograrlo por el mega-asesinato del que fue coautor, decide cometer delitos menores no excarcelables. Falsifica un cheque. Programa atracos. Entra a un banco para robar. No se lleva el dinero. Violenta cajeros y deja los billetes tirado por todas partes.
Durante cinco años, de 1954 a 1959, comente raterías de toda índole sin lograr su objetivo. Finalmente es declarado insano. Protesta, él es culpable, debe ser juzgado por crímenes de lesa humanidad, no es ningún enfermo. Es un caso más, a pesar de la distancia, de lo que Foucault analizaba en sus estudios sobre el poder psiquiátrico y el nacimiento de la psiquiatría forense.
Es un ser patologizado, no importa lo que hizo sino quién es.

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El intelectual específico (9) LOS VIAJES DE MICHEL FOUCAULT

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  • 1. Carola  |  6 enero 2019 en 11:17

    Muy interesante!! Sigo aprendiendo.

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