El intelectual específico (9)

2 enero 2019 at 23:19

Volvamos a Oppie.

Lo curioso, dice Monk, es que mientras Szilard, Fermi, Wheeler, Bohr, y otros físicos, establecían lo que ocurría con la fisión del uranio y los fundamentos de la futura construcción de la bomba, Oppenheimer – el padre de la bomba – contemplaba el colapso gravitacional de las estrellas en el espacio, en lo que pensaba iba a ser la mayor contribución a la ciencia en la historia.

En febrero de 1940, circuló un panfleto con el nombre de “Informe a nuestros colegas”, que presentaba la opinión de un grupo de discusión al que pertenecía R.O; los científicos que lo redactaron sostenían que las denuncias que muchos hacían al pacto germano-soviético, el establecido entre Stalin y Hitler, debía enmarcarse en la campaña que se llevaba a cabo en los sectores reaccionarios de los EE.UU contra los sindicatos y la clase obrera, oprimida por la política del New Deal.

El slogan del Partido Comunista era: aparten a los EE.UU de la guerra imperialista.

Aparentemente, el pensamiento de R.O era que la guerra era un fenómeno positivo porque iba a provocar un suceso liberador, la del aniquilamiento recíproco de las potencias imperialistas, y el consiguiente triunfo del modelo soviético del socialismo en Europa. De ahí que era necesario el apartamiento de los EE.UU y la derrota del imperio británico.

Quizás esto explique, sigue Monk, que R.O se apartara con su equipo de trabajo de las investigaciones sobre la fisión  nuclear. Pero una vez que Hitler invade Dinamarca y Noruega en abril de 1940, del colapso de Holanda y Bélgica en mayo, la caída de Francia en junio, ya era difícil pensar en la neutralidad de los EE.UU. Una Europa gobernada por Hitler, Mussolini y Franco, estaba lejos de configurar el tiempo y el espacio ideales para una Europa socialista.

Oppenheimer le dice a sus colegas que así como se desarrollaban los acontecimientos, lo que estaba en peligro era la misma civilización occidental ante el avance nazi.

Participa desde ese momento de las investigaciones sobre fisión nuclear y pone a disposición del proyecto atómico toda su sapiencia y talento.

A partir del verano de 1941, termina su carrera como científico creativo y se inicia una etapa diferente no sólo en su profesión sino en su vida.

De 1941 a 1945, Oppenheimer dirige el proyecto Manhattan en Los Álamos, una especie de pueblo de técnicos, científicos y militares, acompañados por sus familias, que en el mayor de los secretos se dedican a la investigación nuclear y a la fabricación de la primera bomba atómica.

Era una carrera alocada con la ciencia alemana a las que el Reich destinaba fondos para llegar primero a tener la bomba.  El campamento-pueblo estaba blindado y un ojo vigilante además de reglas estrictas controlaba el movimiento de las personas, la comunicación con el exterior y el peligro de espionaje.

El gigantesco laboratorio se prolongaba en una red productiva que llegó en momentos del primer lanzamiento a emplear ciento veinte mil personas, además de insumir miles de millones de dólares.

En los finales de la guerra, los alemanes en total retirada, la batalla del Pacífico no estaba decidida dada la resistencia de los japoneses.

A mediados del 45, la bomba ya estaba lista. Se llevaron a cabo algunos lanzamientos en zonas desérticas y se perfeccionaban detalles. La carrera para llegar primero a la fabricación de la bomba parecía ganada respecto de los alemanes, y, a pesar de ciertos rumores, la URSS no estaba aún en condiciones de tenerla.

Un informe conocido como Franck Report elaborado por científicos, pide en 1945 un control internacional sobre la producción nuclear y sostiene que no hay posibilidades de secretos en la materia.

Oppenheimer, con Fermi y otros, responden a este informe desligándose en tanto científicos de los problemas políticos suscitados por el poder atómico. (ibd, 435)

Se habla de arrojar la primera bomba sobre Japón para dar por terminada la contienda. La pérdida de vidas de soldados norteamericanos acelera los tiempos. Los comités de científicos junto a los militares y políticos, discuten sobre el modo, el lugar y los tiempos del uso de la bomba.

Algunos quieren arrojar la bomba en zonas desérticas y hacer todo lo posible para que el enemigo se dé cuenta de las consecuencias y del daño que puede infligir en caso de no rendirse y proseguir la guerra. Es la posición de Szilard.

Otros, como R.O., están a favor de no informar a los japoneses sobre el poder de la bomba. Harry Truman a la muerte de Roosevelt, asume la presidencia y está decidido a lanzar la bomba. El primero de junio de 1945 decide hacerlo sin preaviso.

El 28 de julio Japón anuncia que continuará luchando. Cuatro días antes, Truman comunica a Stalin que arrojará la bomba. El 5 de agosto hay elecciones en Gran Bretaña. El héroe de la guerra, Winston Churchill – partidario de lanzar la bomba no sólo por los japoneses sino como advertencia a Stalin del poder de los Aliados ante el avance soviético – , pierde  ante el laborista Clement Attlee que tendrá 393 miembros en la Cámara de los Comunes contra 213 del partido Conservador.

Churchill había sido el líder de la resistencia, de la no claudicación y del sacrificio. Attlee era la promesa del alivio y de un futuro en el que el interés del gobierno estaría concentrado en la cura de las heridas provocadas por la guerra.

En 1942 había sido elaborado el Plan Beveridge, que para Foucault constituyó un hito en las relaciones entre la medicina social y la biopolítica (M. Foucault, “La medicina social”, 1976). Beveridge sienta las bases sociales de lo que será conocido como el Estado Benefactor, que durante tres décadas será la columna vertebral de la socialdemocracia.

“From craddle to the grave”, de la cuna a la tumba, el estado se haría cargo de las necesidades básicas en materia de previsión y seguridad social de la población. Una sociedad con miles de inválidos y viudas, esperaba un resarcimiento por tanta penuria y carestía.

Es lo que prometía Attlee al aplicar el plan Beveridge, un médico que entre sus preocupaciones sanitarias incluía un aspecto que fue importante en la primera mitad del siglo pasado: la eugenesia.

La selección de los mejores ejemplares de la especie humana, y la neutralización y eliminación de sus especímenes defectuosos, no fue una política exclusiva de los nazis. Se implementó en los países escandinavos y en los gobiernos que consideraron que era un deber mejorar la raza humana.

El mismo sanitarista que instauró el seguro para desocupación, propuso que aquellos individuos impedidos de trabajar, perdieran su derecho a la ciudadanía y su capacidad de paternidad.

Una composición entre política social y eugenesia también se dio en nuestro país con la labor de Ramón Carrillo durante el primer y segundo gobierno peronista.

Volvamos a la bomba.

Se eligen cuatro ciudades pero Hiroshima es la única que no tiene campos de prisioneros de guerra norteamericanos. La cuadrilla a cargo del operativo se compone de siete aviones, uno con la bomba, tres para avizorar e informar sobre las condiciones climáticas, dos para documentar con imágenes fotográficas la explosión, y otro de repuesto.

Al mando está el coronel Paul Tibbets. El avión que arrojará la bomba bautizada con el nombre de “Little boy”, se llama Enola Gay, en homenaje a la madre del coronel. El 6 de agosto de 1945 a las 8.45 de la mañana, el coronel anuncia: hemos arrojado la primera bomba atómica en la historia.

La población de Hiroshima era de 255.000 habitantes. 70.000 de 76.000 edificios fueron dañados. Una ciudad de escombros. 66.000 muertos, 66.000 heridos.

Trumman estaba encantado y Tibbets condecorado. A los pilotos los trataban como “celebridades”. R.O no quiso anticiparse a los resultados de la bomba, de la que era su artífice, pero confesaba que estaba seguro de que “a los japoneses no debe haberles gustado”. Y lamentaba no haberla usado antes contra los alemanes.

La segunda bomba sobre Nagasaki, mató a 40.000, e hirió a 60.000, pero por los efectos posteriores de la radiación la cifra se elevó a 70.000 muertos..

Oppie extrae una lección de esta doble hecatombe, una enseñanza positiva. Toma conciencia de que la bomba es un arma tan terrible que se convertirá en una verdadera herramienta para la paz porque la guerra se convierte en una imposibilidad.

Comienza de este modo, y de acuerdo a esta nueva convicción pacifista, a bregar por un control internacional sobre la fabricación de las armas nucleares, la limitación de su uso con fines bélicos ahorrando la vida de las poblaciones civiles (de ahí que consideró que en la guerra de Corea era necesario en caso de usarla, de delimitar objetivos militares).

No está de acuerdo en que el conocimiento para producir armas nucleares constituya un secreto de Estado. Se opone al monopolio de los EE.UU, o de grandes potencias sobre el arsenal nuclear, e insiste en que más allá del uso de los descubrimientos de la ciencia, por principio, la investigación científica necesita libertad y no secretos.

Pide una reunión con Truman en la que trata de convencerlo de compartir la información confidencial sobre la bomba atómica y la que se está produciendo, la de Hidrógeno, con la URSS, un encuentro después del cual el presidente le pide a sus colaboradores que no le manden más a esta clase de “hijos de puta”.

El director del FBI comienza a sospechar de R.O, de su campaña por la paz, está casi seguro de que es un comunista que quiere debilitar el poder de los EE.UU en favor de la URSS.

Buscan antecedentes, intervienen sus teléfonos. Lo apartan en tiempos de Eisenhower del grupo de científicos que tenían acceso a los secretos militares, y la cacería de la que va a ser presa, comienza el 9 de febrero de 1950, cuando el senador Joseph Mc Carthy, da la lista de 205 personas miembros del Partido Comunista que aún trabajan en el departamento de Estado.

Oppenheimer había desplazado a Einstein en la consideración publica al concentrar el afecto colectivo de una ciudadanía que le agradecía el fin de la guerra y la victoria final. Después, una vez acusado de espionaje, las portadas de las revistas y los titulares de los diarios, lo condenarán como a un enemigo público hasta que el presidente John Kennedy restableció su honor y reconoce el daño moral que le infligieron.

Oppenheimer dictó cursos, conferencias, dicen que desde 1949 nada nuevo aportó a la ciencia, fue a Japón y se entrevistó con el emperador Hirohito, y legó unos mandamientos que resumen su conducta de vida: conocimiento de sí, coraje, humor, algo de caridad.

Dice que no se arrepiente de la bomba sobre las ciudades japonesas, lo hubiera ordenado nuevamente, “volvería a actuar como lo hice”, pero reconoce un pecado cometido: el del orgullo, igual que Adán, que se apropió del fruto del árbol del conocimiento en desobediencia al mandato divino.

Pero no sabemos a qué se refería R.O. porque sus referencias eran otras, como esta que le gustaba citar en momentos en que se  destruía Hiroshima: “me convierto en la Muerte, destructora de Mundo” (Bhagavad Gita)

 

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