El intelectual específico (4)

23 diciembre 2018 at 8:08 1 comentario

Cuatro años después, en diciembre de 1976, Foucault publica un artículo en el semanario “Politique Hebdo”: La función política del intelectual.

Es en este texto que define al intelectual específico. Por lo que apreciamos, no ha suprimido de su léxico la palabra intelectual. No se enrosca en una interminable diatriba sobre la pertinencia, la actualidad, la decadencia o la muerte de una figura histórica.

Régis Debray escribió un panfleto preciosista, “IF” (Intelectual francés, ed, 2000) contra la persistencia de este sustantivo inventado por Saint Simon en el año 1821, así como textos de J.F. Lyotard o Pierre Nora que anuncian el fin de un personaje cultural en gradual desuso y una caricatura postrera de sí mismo, todos ellos y otros que acompañaron y vendrán, embisten contra la supervivientes anacrónicos de una pose arrogante.

Foucault mantiene la palabra, pero intenta darle otro significado y otro cometido.

Pero el punto de partida parece ser el mismo. Es el fin de la autoridad del hombre de letras. Sentencia que se desplaza entre filósofos, como Peter Sloterdijk, que reconoce el fin del humanismo, traducido en sus términos: una cultura basada en la grafía y en la comunicación entre una elite de notables que se distingue por su pericia en la gramática; a Régis Debray, en su largo y tedioso epitafio a este mestizaje entre “Horacio y Espartaco” que engendra al intelectual; sociólogos, como Pierre Bourdieu, que denuncian la usurpación mediática – frívola y comercial –  del trabajo del pensamiento de los cientistas sociales, todos ellos ilustran la inquietud de quienes ven el fin de una época y la aurora no del todo promisoria de una nueva, no por su en nada lamentada desaparición, sino por los que aún se arropan en sus gastadas vestiduras, y por quienes los sustituyen de un modo caricatural.

Foucault se desentiende estas polémicas, a pesar de que se sume a quienes, de una forma o de otra, percibe la disolución de una función secular que para muchos inauguró Emile Zola en julio de 1898 cuando lanza su “Yo acuso” en el caso Dreyfus.

Michel Foucault comienza un viraje en su forma de pensar. Deja de arremeter contra la justicia burguesa. Su libro “Vigilar y castigar” marca el fin de una etapa en la que muestra el modo en que funcionan los dispositivos de poder-saber.

Aparentemente, los resultados y los cambios institucionales producidos por las corrientes antipsiquiátricas, los efectos políticos que podían haber tenido sus libros sobre la locura y sus investigaciones sobre el poder psiquiátrico, junto a colegas como Robert Castel, o, incluso, por la resonancia expansiva del Antiedipo de Deleuze, no se trasladaron a la lucha contra el régimen carcelario y a una crítica radical de la razón punitiva.

Foucault ha publicado en el mismo año “La voluntad de saber”, el primer tomo de un proyecto que lleva el nombre de Historia de la sexualidad. Otra presentación inesperada en el pabellón de los historiadores, que ya habían tenido sus resquemores con la historia de la locura como después con la extraña  historia de las prisiones en “Vigilar y castigar”.

Foucault sabía que no podía esperar demasiados elogios de una corporación tan celosa de sus recursos eruditos y de la minucia de los datos. Un Paul Veyne, o una Michelle Perrot o Arlette Farge, eran de los pocos del gremio en secundar las investigaciones del filósofo.

Pero lo que Foucault quizás no esperaba era que sus amigos de izquierda como Gilles Deleuze entre otros, dieran un paso al costado o callaran sus críticas por consideración sin por eso disimular que le daban la espalda, ante una nueva versión que daba del poder.

La crítica foucaultiana a la yunta poder-represión, su idea de que el ejercicio del poder tiene efectos positivos, afirmativos, fecundos, que nada tienen que ver con el bien y menos con el mal, sino con la proliferación de discursos, de instituciones y tecnologías, no fue bien recibida.

Foucault no sólo criticaba la teoría negativa del poder basada en la represión y la censura, sino que, además, llevaba a cabo una radical deconstrucción, o genealogía, del concepto de deseo.

Lo que llama “problemática de la sangre” que diferencia del dispositivo de la sexualidad, incluye en su encuadre a las obras y al pensamiento de quienes muy poco tiempo atrás rendía homenaje como sus maestros. Nos referimos en especial a George Bataille, Pierre Klossowski, y a todos los miembros del surrealismo teórico que escribían novelas y ensayos en los que las ideas del mal y la transgresión, presentaban ardores e intensidades que desafiaban los límites de lo humano.

Los encantos de lo prohibido, del incesto, del canibalismo, de la mutilación, del sacrificio, de la prostitución, aquella “experiencia interior”.

Foucault se aleja de esos antepasados, como también de aquel ícono, el marqués de Sade, a quien acusa de ser un “sargento del sexo”. Aquel fantasma llamado sexo que en ex seminaristas como Bataille, o devotos de la religión del Crucificado, como Klossowski, los llevaba de la exigencia de virginidad a los excesos de la orgía, esos vaivenes del puritanismo que al no saciarse con la pureza intentaba purificarse con el demonio, en el nuevo pensamiento de Foucault, lejos de todo lirismo, asume la sequedad de las políticas demográficas, de los sistemas educativos que desde el siglo XVIII se concentran en el control de la conducta infantil por estar el niño tentado por el auto-toqueteo y la masturbación, como luego pondrá su manto de sospecha sobre las versiones charcotianas de la histeria femenina, y describirá las taxonomías cada vez más finas de las desviaciones y las ‘anormalidades´ de ciertos sujetos definidos como perversos.

La masturbación, la histeria, las perversiones, las poblaciones y las razas, son los sujetos de esta primera entrega de la historia de la sexualidad que construye puentes entre la confesión cristiana y el psicoanálisis, de las convulsiones de la poseídas del medievo a las pacientes de Charcot.

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El intelectual específico (3) Bitácora 152 Cráter

1 comentario Add your own

  • 1. Santos Krikorian  |  24 diciembre 2018 en 12:37

    Buen desayuno…

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