Inmigrantes 19

4 agosto 2018 at 19:54 5 comentarios

De acuerdo a la enumeración de Tulio Halperín, que nos habla de una Argentina posible imaginada por Sarmiento y Alberdi, una Argentina verdadera de las primeras décadas del siglo XX, y una Argentina imposible que va desde la década del treinta y que parece no tener fecha de vencimiento, en estas tres argentinas es arduo ver a una misma clase

compuesta por una única elite manipulando a la sociedad a voluntad.

La división entre oligarquía y pueblo autorizó a varios analistas a dar por terminado el diagnóstico político de la historia nacional, pero es el mismo autor que haciendo de la clase media una entelequia omniexplicativa de la identidad nacional, introduce un factor constitutivo que modifica el esquema.

Sería aventurado suponer que la importante clase media fue tan sólo un factor pasivo del  proceso político argentino, y que sólo se dedicaba a enorgullecerse por vástagos doctorados y ahorros esforzadamente acumulados.

Argentina fue un caos en el que las elites se dividieron, las hay militares, las del agro, las de la industria, los sectores sindicales, en donde los grupos políticos confluyen y se fraccionan. No por eso reinaba una anomia o un sálvense quien pueda. Pero había contradicciones – palabra olvidada por quienes todo lo resuelven con la palabra “capitalismo” explotador – y conflictos entre personalistas, antipersonalistas, conservadores populares, nacionalistas, socialistas, liberales, la Iglesia Católica, y estrategias varias en relación al comercio de carnes, entre criadores e invernadores, entre exportadores de carne congelada y exportadores de carne enfriada, entre ganaderos de Santa Fe y los de Buenos Aires, entre trabajadores agrupados en sindicatos socialistas  y los comunistas.

Las políticas económicas era cuestión de litigio entre el grupo formado por el general Justo, con Prebisch, Pinedo y di Tomasso, que impulsan un control del estado sobre la economía mediante la creación de un Banco Central, la imposición del impuesto a las ganancias y la creación de la Junta Nacional de Granos, conflicto entre quienes instauraban estas medidas y los predicadores del librecambio.

Lo que queremos decir es que el estudio de la historia, y eso bien lo sabía Foucault, no deriva de una matriz conspirativa en la que el poder viene de arriba como en el absolutismo, ni se trata de un circuito entre espacios cerrados impermeables a todo cambio, sino que no es más, ni menos, que una relación de fuerzas.

Tampoco el poder es malo, una entidad represiva y explotadora, sino una energía de acción productiva.

No es cierto que la historia la escriben sólo los que ganan ni que el poder lo tienen los propietarios del capital. La dispersión existe, así como la resistencia, y los testimonios de las víctimas tanto de guerras, como de genocidios, como de grupos sociales en lucha. Ellos también escriben la historia y la producen.

¿Cómo se organiza una sociedad que en un par de décadas multiplica su población en progresión geométrica y recibe un impacto tal que debemos hablar de mutación cultural? No sólo se trata de una revolución económica por la expansión desmedida de su producción, por su total transformación demográfica, su crisis política, sino, aseveramos, cultural.

Hablamos de la forma de vida de una población que en ninguno de sus estamentos mantiene sus costumbres, sus expectativas de vida, su horizonte económico, su idioma, su gastronomía, su entorno urbano.

La biopolítica no es una cuestión biológica aplicada a la política. No es la otra cara de un disciplinamiento de los cuerpos individuales, esta vez aplicados a una población que será manipulada como una pasta modelable.

No se trata de remitir el biopoder a los genocidios y circunscribirlo a la muerte. Foucault en “La voluntad de saber”, su primera aproximación al tema biopolítico habla de un “hacer vivir y dejar morir”. Si hubiera querido remitir sus estudios sobre biopolítica a la función soberana de ejercer el derecho a la muerte para todo aquel que desafía o desobedece al poder regente, con el “hacer morir” era suficiente.

Pero hacer vivir requiere estrategias de gestión y administración que llamó “el arte de gobernar”, que en lugar de imponer un poder, incita conductas. Actúa a distancia, y en lugar de legitimarse y hacer uso del derecho y de la ley, Foucault sostiene que la estrategia disciplinaria requiere de la “norma”, es decir, de una política de regulación que se guía por una idea de homogeneidad y promedio estadístico.

Homogeneizar no es igualar, sino forzar a una preponderancia, a una ponderación y no a una exclusión.

Es cierto, como dice Devoto, que no hay razones indiscutibles por las cuales debamos partir de la homogeneidad y no de la heterogeneidad cuando pensamos en la organización social. ¿Por qué debíamos hablar castellano los argentinos procederíamos de donde fuera, y no en los dialectos de nuestros padres y abuelos?

Halperín Donghi dice: “De la experiencia europea los inmigrantes no traen ni aún el manejo de la lengua nacional. Entre albañiles italianos se hablaban en español”. Además, agrega, si hablamos de la inmigración más numerosa, los italianos eran portadores de las ideologías más diversas, como la del nacionalismo liberal inspirado en Garibaldi y Mazzini, como  aquellos otros que eran devotos de la Virgen de Pompeya y de Santa Lucía.

Por lo que parece que incluso desde la vida cotidiana, la supervivencia y la comunicación, una lengua nacional se hacía imprescindible y la coexistencia de creencias una realidad..

¿Por qué debíamos estudiar historia argentina y no elegir la que nos fuera más familiar y cercana? ¿El guardapolvo blanco acaso reprimía las particularidades de los grupos nacionales de nuestro país, imponía una lengua silenciando otras, unas creencias sobre otras, o, por el contrario, distribuía ciudadanía universal?

¿Por qué no nos bastaba que se hubiera creado un Estado en tiempos de Roca, sin que tuviéramos la necesidad de pensar también en una Nación?

Son preguntas que quizá debamos hacer, ¿pero no es cierto también que nuestro país a pesar de la homogeneidad deseada debió al menos resignarse a que la identidad se le escabullera por todas partes, y que el argentino deseado, ya fuera rubio y de ojos celestes, morocho, de bigotes, engominado y de chambergo patricio, de paso acompasado y faso como compadrito de Palermo, o aindidado y corajudo de apellido Fierro, ninguno de ellos podían fundirse en uno solo?

La Argentina, al decir de Paul Veyne,  es porosa, y a la vez, para citar nuevamente a  Devoto, integrada.

Para decirlo esta vez al modo de Mary Shelley: quien desea buscar al verdadero argentino,  al aunténtico, inventado, disciplinado o esencial, se encontrará con Frankestein.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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5 comentarios Add your own

  • 1. marlaw  |  5 agosto 2018 en 18:10

    Lisandro de Latorre, el fundador del Partido Demócrata Progresista, estuvo muy vinculado al problema de las carnes. Como nota de color agregaría que Augusto Bonardo, un presentador de la TV muy pintón, que en la presentación de programas de Gala, solía vestir de Frac, también fue Demócrata Progresista.

  • 2. marlaw  |  5 agosto 2018 en 18:12

    ¡Ché vean el film Desobediencia! Y después me cuentan que ónda.

  • 3. marlaw  |  7 agosto 2018 en 5:23

    Puede que se trate de una coincidencia casual, pero en el día anterior a la publicación de esta nota,estuve buscando en un diccionario inglés-castellano todas las palabras derivadas de: homogéneo, por tal motivo su lectura, por un momento llegó a sorprenderme. En realidad todo viene a raíz de la movilización que provocarón en mí la lectura de las notas referidas a este tema, probablemente por ser yo también descendiente de inmigrantes, como la mayoría de nosotros.
    Con respecto a la homogeneidad, y no obstante lo dicho mas arriba, yo también pensaba que los países y las civilizaciones con una población homogénea, tienden a ser mas estables, y a perdurar en el tiempo. Pongo por caso el ejemplo de China, Japón y la India.

  • 4. marlaw  |  8 agosto 2018 en 0:24

    Indudablemente que el tema población, dado que todos nosotros formamos en este caso, parte de ella, es un tema movilizador, dado que nos remite a cada uno de nosotros, a nuestros orígenes, los que no se agotan, con nuestros padres, y van mucho mas allá de ellos.

  • 5. marlaw  |  8 agosto 2018 en 10:19

    Se nota que cuando escribo y nó me leo, repito las palabras, como sí se me quedarán pegadas.Es el caso del segundo “dado”, el que debería haber reemplazado por “como”

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