Inmigrantes (11)

4 julio 2018 at 13:25 5 comentarios

La biopolítica también puede ser una cuestión de números menos siderales. De hecho lo es si consultamos a la mayor autoridad en el tema para nuestro país, nos referimos a Fernando Devoto.

En “Historia de la Inmigración en la Argentina” hay un sin número de estadísticas que nos dan una imagen de la transformación de nuestro país en unas pocas décadas. No se trata de un cambio de régimen político, de una nueva política económica, o de la intervención de las fuerzas armadas en la vida de la nación.

De este tipo de cambios hay una abundancia que no tiene término. Se trata de una transformación absoluta. “La Argentina posterior a la Primera Guerra Mundial es otra Argentina”, dice Devoto.

Nos cuesta imaginar los alcances de este proceso porque nosotros en cuanto habitantes de nuestro país somos el resultado de aquel cambio. No podemos percibirlo. Lo recibimos solidificado, consolidado, como una normalidad.

Devoto dice que a partir de 1930, el país ya estaba integrado. Reconstruir tal como ocurrió en la realidad las etapas por las cuales se constituyó la nueva Argentina no se logra con los números, ni con las corrientes de opinión de la época, ni con el sainete ni el tango inicial, la literatura, ni con los movimientos políticos o las acciones de la civilidad.

Todos estos  factores sumados no completan el paisaje, no saturan la información ni congelan una imagen. Somos nosotros los lectores quienes debemos sorprendernos por los acontecimientos e imaginar de un modo recurrente lo que sólo quienes eran contemporáneos de los mismos percibían la intensidad y la puntillosidad de aquel presente.

Si bien es cierto que nuestra propia contemporaneidad es una nube de abejas zumbando a la que no podemos atrapar ni reducir, pero sí padecer, lo que nos ofrece la historia en cuanto “política del pasado”, no nos permite la vivencia de aquellos presentes, ni la tensión, la minucia, la densidad acelerada de otra actualidad, que aparece como un hecho puntual no recuperable.

Sólo podemos imaginar e intuir mediante semejanzas y comparaciones la vivacidad caótica de la construcción de una nación.  Por lo que quienes son contemporáneos a los acontecimientos históricos los “viven” sin atraparlos cognitivamente. Aquellos que los estudian años más tarde deben imaginar el caos vivencial del momento y admitir que no pueden reconstruir mediante un ordenamiento expositivo de la documentación, aquello vivido cuyo sentido se dispersa.

Esto no significa que el conocimiento no es posible, sino que va acompañado por la intuición y la imaginación, en desmedro de las pretensiones “científicas”.

 

Ante la avalancha inmigratoria sin precedentes en el mundo, la cuestión de la organización de la nación, no podía inspirarse en modelo alguno. Dice Devoto: “El Estado con nuevos instrumentos, pero también los movimientos políticos de masas, el nacionalismo, el deporte y la cultura popular, las formas de sociabilidad en las masas, el área de expansión urbana, ayudarán a la consolidación de ese objeto misterioso: los argentinos.”

La población europea en el año 1850 era de 200 millones de habitantes, sin contar la población rusa; en 1910 era de 240 millones.

Devoto dice que más de 55 millones de europeos fueron registrados atravesando el Atlántico hacia sus nuevos destinos americanos entre 1820 y 1924. Sólo de Gran Bretaña para el mismo período emigraron 19 millones.

Entre 1857 y 1914 nuestro país recibió 4.600.000 inmigrantes, que en 1895 constituían el 25,5% de la población total, mientras en los EE.UU el 14,4%. Canadá recibió 4 millones y Brasil 3.300.000.

Dos décadas después, en los EE..UU, los extranjeros representaban el 14,5% de la población, y en la Argentina el 30%.

Las causas de la inmigración tenía dos motivos fundamentales: la guerra y el hambre. El aluvión inmigratorio que tuvo nuestro país entre la segunda mitad del siglo XIX y las primeras décadas del XX, se debieron al hambre.

Las causas de la inmigración del sur y del este europeo, dice Devoto, se debían a la baja de los precios agrícolas, a la tecnificación en las zonas rurales, a una política de libre cambio que expulsaba mano de obra, a crisis puntuales como la de la papa que provocó hambrunas en Irlanda de donde emigró uno de cuatro irlandeses hacia los EE.UU a mediados del siglo XIX.

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5 comentarios Add your own

  • 1. marlaw  |  4 julio 2018 en 17:40

    En estos días, mejor dicho noches, estuve reflexionando, sobre ese movimiento migratorio, desde Europa hacia América, que comienza a crecer a partir de las primeras décadas del Siglo XIX, me decía que al margen de las razones que impulsarón a esas personas, para abandonar sus respectivos lugares de orígen, razones todas ellas que podrián llegar a caber, en una sola palabra: necesidad, me interrogaba también, sobre el papel que desempeñó el ingenio humano, con la invención de la máquina de vapor primero, y mas tarde con las distintas aplicaciones de esta máquina, a la navegación, a los ferrocarriles, y a la industria, para acelerar esta migración.

  • 2. Alejandro A  |  5 julio 2018 en 10:36

    Necesidades, Elan, Libido, energía vital y creadora común a todas las especies; Ganas de erguirse sobre la tierra y poseerla. Fundar un mundo nuevo sobre una tierra nueva que se creía al mismo tiempo el paraíso terrenal perdido por el pecado. Las frases “Tierra de promisión” “Sueño americano” o “Crisol de razas” no están en los libros por azar y deben tomarse literalmente por lo que significan: una promesa descomunal y excelsa capaz de dar vuelta la vida de millones de personas en un solo golpe y eso y mucho más fue américa desde el siglo XVI
    los informes que los navegantes enviaban a sus metrópolis después del descubrimiento convencieron a las cabezas pensantes de Europa que el hombre había redescubierto nada mas y nada menos que el paraíso terrenal, Edén que resultaba imperioso recolonizar, esta vez sin transgresiones ni vicios , como para construir aquí la ciudad de Dios, una civilización nueva que fuera el faro de la raza humana;
    En el centro de la poderosa corriente migratoria del siglo XIX viajó de incognito ese fuerte componente místico portado primero por aventureros y comerciantes, segundones y presidiarios, luego por curas , pastores y burócratas y cuando el impulso, luego de transmutado en diversos objetivos menores ,en la fase última mencionada por Abraham, por la clase obrera, en la búsqueda de trabajo bien remunerado. La quimera trastocó el curso de millones de vidas creando un continente nuevo con un océano en el medio, como un gigantesco lago. En el que hemos ido y venido a través de una patria propia -atlántica- muchas veces a través de generaciones y generaciones.
    El ya reputado John Locke escribió “Antes todo el mundo era como américa” garantizando la veracidad de la tesis edénica y Berkeley que directamente se vino a vivir a la costa este norteamericana, agregó una profecía medianamente cumplida: El cénit de las civilizaciones que han honrado la gloria a Dios a través de la virtud, sigue el curso del sol: primero La India y China, luego Mesopotamia y Egipto, Grecia y Roma, y ahora era el turno de américa.
    Contra lo que se pueda opinar España a lo largo de sus trescientos años de dominio, fundó más de treinta universidades – En Santo Domingo y en Lima dos, antes que los ingleses funden la suya en Harvard. Los jesuitas fundaban comunidades donde se promovía la autosuficiencia basada en el trabajo comunitario y el aprendizaje de las artes o recorrían a pie las costas de los ríos fundando pueblos poblados finalmente por indios.
    Todo aquel que vino a américa desde el siglo XVI en adelante lo hizo con el afán de fundar algo nuevo que dejara atrás definitivamente los males del pasado. Los recién estrenados liberales fundaron la primera república democrática, los masones impulsaron un ideario que promovía los valores de la razón frente al oscurantismo la fraternidad y la independencia de las naciones nuevas. los anarquistas y socialistas destruir el poder de las burguesías que los habían echado de Europa y construir una sociedad libre de explotación; La quimera cumplió alguna de sus promesas: hacia el año 20 del siglo pasado en argentina se podía viajar en tren desde buenos Aires a Paraguay -cruzando sin bajarse del vagón dos grandes ríos- y un viaje a Rosario se hacía en tres horas; En 1928 teníamos el quinto volumen –en moneda fuerte- de ahorros personales del mundo; Mal que les pese a muchos en los años 50 había una participación envidiable de la clase trabajadora en la distribución de la riqueza del país. Muchos inmigrantes se volvían a Europa después de las cosechas a llevarle el dinero ahorrado a la familia, para regresar de nuevo el año venidero. Hubo, hay, siempre algo mas que guita en nuestras acciones.

  • 3. marlaw  |  5 julio 2018 en 18:34

    Alejandro: Me agrada mucho su comentario.

  • 4. Alejandro A  |  5 julio 2018 en 22:14

    Muchas gracias Marlaw; Una alegría saber que hemos compartido aquel cine memorable. Supongo que a alguien que le gustaba Bergman tambien veía el nuevo cine italiano. Imaginesé las cumbres que hubiesen alcanzado directores como De Sica, Monicelli o Fellini, de haber nacido en Argentina…

  • 5. marlaw  |  6 julio 2018 en 13:56

    Si para mi la película mas memorable de Bergman, fue el Séptimo Sello, por la escena de la partida de ajedrez, que Max von Sydow, juega con la muerte, pero últimamente la película que mas me ha conmovido ha sido Midnight in Paris de Woody Allen, porque esa historia, tiene bastante que ver con un costado mío. Saludos.

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