Inmigrantes (7)

25 junio 2018 at 9:20 1 comentario

Pero salgamos del dormitorio del abogado y aboquémonos a su vida de vestido.

Nos llama la atención el temor de Alberdi de volver a Buenos Aires, incluso después de Rosas. Sabemos que el caudillo bonaerense exceptúa a Alberdi de su lista de salvajes  unitarios, en reciprocidad al respeto que le profesaba el tucumano por haberles enseñado a los nacionales la virtud de la obediencia.

Pero tampoco quiso volver a pesar de los pedidos de su jefe político Justo José de Urquiza, que, como tantos otros, encontró en “Las Bases”, el acta fundacional de la patria, y ante la suma de conocimientos de Alberdi, y su maestría en cuestiones prácticas y en problemas de economía, le ofrecía el ministerio de Hacienda, o al menos una presencia activa en asuntos constitucionales.

Pero sucede que Alberdi no sólo hablaba de economía política sino que tenía éxito y prestigio en su profesión, lo que le permitía una vida acomodada en Chile, y una digna subsistencia en París. Por lo que, aparentemente, veía poca utilidad en volver a un país en el que las luchas intestinas, las divisiones políticas y las amenazas permanentes, no le garantizaban una vida acogedora.

Prefería ser algo así como un diplomático sin cartera, o un embajador plenipotenciario, para defender los intereses de la nación ante las potencias extranjeras. Una ambición de difícil cumplimiento porque la nación no era una sino al menos dos, y sus intereses correspondían a este fraccionamiento.

Una de las escenas más cautivantes del libro de García Hamilton es el encuentro de Alberdi con Juan Manuel de Rosas en Londres. El ex jefe político viaja de su residencia de Southhampton deseoso de conocer personalmente a Alberdi y conversar con él. Dos argentinos departen amablemente en el extranjero sobre ciertas novedades nacionales, Rosas, de tez blanca y pelo castaño claro ya encanecido – rasgos que se destacan quizá para contrastar el prejuicio por el cual un capo de tutti capi y mandamás de la Mazorca debía ser oscuro con mirada de asesino –  habla de las dificultades con su pequeña granja y de ciertas injusticias para con él en su tierra. Pero no deja de reconocer los gestos generosos de Urquiza para que pudiera disponer de al menos una parte de sus bienes.

Estos detalles, como la visita de Alberdi al austero San Martín y su amistad con su yerno Mariano Balcarce, nos dan la imagen de un Alberdi medido como su prosa, prudente, y bastante escéptico sobre las añoradas soluciones de la trama harto compleja que atrapa a su país.

Bastante diferente es la visión que nos ofrece el eximio historiador Tulio Halperín Donghi sobre el mentado Alberdi.

En la colección “Biblioteca del Pensamiento Argentino”, el historiador prologa con extensos estudios preliminares tres volúmenes de la colección, dos de ellos abarcan el período de 1910 a 1945, y el primero, el que nos interesa en este momento, el de 1846 a 1880, es el que se conoce con el título de “Una nación para el desierto argentino”.

Interesado como estuve hace algunos años en el pensamiento de un intelectual de una calidad excepcional y de una erudición temible – una vez un cientista social me dijo que cuando se discutía con Halperín no se podía hacer otra cosa que matarlo porque “lo había leído todo” – una vez le dediqué un ensayo que titulé “Aproximaciones a una dilemática”.

La palabra “dilema” era un orientador que me permitía una primera lectura de una obra con la riqueza que tiene la de Halperín, porque la construcción de su narración nos presenta a los protagonistas de nuestra historia ante dilemas permanentes, es decir, obstáculos que exigían pagar un costo para poder sortearlos.

Ante los dilemas se debe tomar una decisión, lo que no siempre implica haber hallado la solución, que es lo que exige un  problema. De este modo el decurso de la historia lejos de ser la de triunfadores, próceres, héroes o mártires, es la de seres que debieron perder sus rostros, padecer ambigüedades, contradicciones, ver deformados sus ideales, y apostar a la incertidumbre si querían perdurar en la lucha política.

Por lo que la historia que nos cuenta Halperín no es la de los ganadores ni la de los perdedores sino la de los “magullados”. No por eso son todos iguales, no se trata de una enfermería en la que los vendajes convierten a todos en momias indistintas. El historiador tiene sus preferencias, por ejemplo, no oculta su admiración por Sarmiento a quien califica como “lo más parecido a un genio” que dio nuestro país, y su apreciación crítica de Alberdi.

El texto que inicia la serie de estudios preliminares, “Un desierto para la nación argentina”, es, desde mi punto de vista, una reliquia, un caliz semántico, un tesoro que si imaginamos el día en que nuestro país periférico y marginal – como lo define el mismo Halperín – debe enviar una sonda al espacio para dar testimonio de su existencia – de modo análogo al envío galáctico que se hizo como acto de presencia de nuestro planeta con una fórmula algebraica y una sonata de Bach ejecutada por Glenn Gould – no puede faltar.

Para resaltar aún más mi admiración, si debo rescatar del próximo diluvio universal tres libros de mi biblioteca, los que elijo caben en la palma de una sola mano, y no lo hago por razones prácticas sino teóricas: “El nacimiento de la filosofía” de Giorgio Colli, “El orden del discurso” de Michel Foucault, y “Una nación para el desierto argentino”, de Tulio Halperín Donghi.

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1 comentario

  • 1. Sergio Rossi  |  25 junio 2018 en 13:31

    Gracias por la recomendación de los libros. Me quedé pensando en qué 3 libros me llevaría yo.


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