Inmigrantes (5)

21 junio 2018 at 10:16 1 comentario

Mientras tanto volvamos a Alberdi que de manera taxativa defiende su principal tesis: sin grandes poblaciones no hay desarrollo ni cultura. Todo es mezquino y pequeño. Las grandes empresas de producción son hijas de grandes porciones de hombres. Dice que un ministro de estado que no duplica el censo de los pueblos de nuestro territorio cada diez años, ha perdido su tiempo en bagatelas e inutilidades.

La historia de nuestro país le hizo caso y multiplicó por cuatro en cuarenta años la población. Y si tomamos en cuenta que en momentos en que escribe estas líneas el territorio agrupa a ochocientos mil habitantes, y en el censo de 1914  se contabilizan ocho millones, se habrá multiplicado por diez la cantidad de hombres en el lapso de un poco más de medio siglo.

Dice: “Hacer pasar al roto, el gaucho, el cholo, unidad elemental de nuestras masas populares, por todas las transformaciones del mejor sistema de instrucción: en cien años no haréis del él un obrero inglés que trabaja, consume, vive dignamente y confortablemente (…) Si se instruye al nivel del cantón de Ginebra o de la más culta provincia de Francia a un millón de habitantes, ¿tendréis con eso un grande y floreciente estado? Ciertamente que no: un millón de hombres en territorio cómodo para 50 millones, ¿es otra cosa que una miserable población?”.

Dejemos por un momento de lado esta fascinación que tenía Alberdi entre otros tantos por la mística luterana de los anglosajones, en los que subrayaban la paciencia viril y un cierto heroísmo pionero – que le hace confesar que no por eso “pretendo deprimir a los míos” – para comprender su obsesión por el “desierto” que definía a nuestro país.

“Qué nombre le daréis, que nombre merece un país con 200.000 leguas (960.000 km cuadrados) de territorio, y de una población de 800.000 habitantes? Un desierto.”

Comparemos. Hoy tenemos el triple de territorio, 2.780.000 km cuadrados, y 43.000.000 de habitantes, es decir, cincuenta veces más población.

De trasladar aquellas cifras haciendo equivalencias de densidad con la actualidad, hoy, en el año 2018, nuestro país en el mundo alberdiano tendría 2.400.000 de habitantes, o sea, menos de quienes hoy duermen en la capital federal, y en el resto del territorio, nadie.

Por eso dice que el desierto debe dejar de serlo en el menor tiempo posible y convertirse en un país poblado. “Éste debe ser el fin político y no puede ser otro”, escribe en “Las Bases” (cap XXXI, “En América gobernar es poblar”).

Para él, la población es el fin y es el medio al mismo tiempo, y subraya: “la ciencia económica pudiera resumirse entera en la ciencia de la población”.

Foucault sonríe.

De España, dice, hemos heredado el monopolio y el aislamiento. Luego de las guerras de la independencia, el país se fragmenta en los hombres del litoral, los del puerto, y los de tierra adentro. La lucha entre unitarios y federales podían ser consideradas como una lidia entre el campo y la ciudad, si se tiene en cuenta, corrige, que los jefes unitarios eran hombres de campo,  y los jefes federales como Rosas, Dorrego, Anchorena, fueron educados en la ciudad.

Para espantar a unos cuantos bienpensantes, Alberdi afirma que “somos europeos nacidos en América. A no ser por  Europa, hoy América estaría adorando al sol, o a los árboles, a las bestias, quemando hombres en sacrificio, y no conocen, el matrimonio”.

Totalmente cierto, gracias a la conquista y a la colonización, salvamos al monoteísmo que nos permite tragar una ostia que es un cuerpo divino, recitar más de seiscientos salmos por día al tiempo que exorcizamos al chancho, y taparle la cara a las mujeres. La idolatría y la mitología son infinitas y multiculturales.

Pero discutir así con Alberdi es de necios, como lo es la caza de brujas  para denunciar a todos aquellos que durante centurias se atrevieron a no compartir nuestros inapelables valores.

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1 comentario Add your own

  • 1. Alejandro A  |  21 junio 2018 en 12:46

    Arduo “Inmigrantes”. cuando uno logra acomodarse como para atajar algo usted ya pateó cuatro centros mas.
    Pero bueno, la idea de poblar ya había surgido con Rivadavia, quien implementa la enfiteusis con ese fín, poblar para además producir; sobre una tierra que cumplidos ciertos requisitos pasase a ser de quien la trabaje; Idea compartida por fisiócratas; socialistas utópicos y de los sectores mas moderados de la revolución francesa como Brissot,primero contrario a todo tipo de propiedad y luego moderado al respecto y vomitado (y guillotinado) como todos los tibios de este mundo.”No puede tener cultura quien no es propietario y sin propiedad no hay patria”

    Cuando hace algunos años Halperín Donghi escribe un libro sobre el tema de la población del territorio, de título casi inocente, le saltaron a la yugular diciendo que el tal desierto no existía, y que la supuesta creación de un estado metaforizaba maliciosamente la ocupación de tierras que tenían dueño; Si el desierto fuese una construcción ideológica, tambien lo es la “Pampa húmeda” que al decir de Mc Cann en 1824 era una llanura inmensa poblada de cardos y hoy produce el sesenta por ciento de los ingresos del país; Producto de la importación de mano de obra, de la implementación de tecnologías, y finalmente de la propiedad robada o legítima, No sé.
    Llama la atención la coincidencia de lo señalado por Abraham en Inmigrantes 4 sobre la desconfianza de Alberdi en la cultura; Héctor Agosti, un comunista que supo ser antiimperialista sin ser antiamericano, transcríbe una frase del epistolario de Sarmiento bastante parecido: “Ellos –los cultos- tienen la tierra y el colegio, el paisano la destitución y el facón…” y algo aún mas interesante y actual para nuestros tiempos: Criticando la decisión del presidente de Chile de traspasar la educación a los municipios: “,lejos de tener el propósito de ensanchar la educación, lo que quieren es que el contribuyente les pague la educación de sus hijos para no pagarla ellos…”
    Sobre la inmigración, Marx señala que la gran industria fomenta como en invernáculo la emigración y colonización de países extranjeros, puesto que convierte en supernumerarios a cierto número de obreros en los lugares donde se desarrolla , forzando al resto a buscar en otros sitios –y ambas américas fueron tierras de promisión – el sustento que se les negara en sus países de origen.

    Por mas pesado que nos caiga la sobrevaloración que Alberdi, y Sarmiento y Rivadavia antes, hicieron de la mano de obra extrangera, todos ellos parece que fueron precursores de un criterio que unos cuantos años despues tuvieron los principales ideólogos de la revolución rusa; León Trotsky que tambien tuvo a los estados Unidos como modelo de bienestar para los trabajadores rusos después que se lograra la conquista total del socialismo, vaticinó el advenimiento del Imperio americano, señalando como fuente de su fuerza e inspiración la conjunción en los puritanos fundadores, de las dos tradiciones revolucionarias inglesas, la democracia parlamentarista de Cromwell y el socialismo cartista, que proveía a aquellos emprendedores y aventureros -defensores de intereses de clase concretos- de los beneficios de la reforma religiosa luterana y de la revolución francesa. (Isaac Deutscher “El profeta desarmado” págs. 201 y sbs)
    Es decir, no hay desiertos ni pampas húmedas, sino mano de obra con talento y ganas de laburar.

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