Disertación en la ciudad de Timisoara, Rumania. (diploma de Doctorado)

16 mayo 2018 at 1:07 20 comentarios

Disertación en la entrega del Doctorado Honoris Causa por la Universidad de Tibiscus en la ciudad de Timisoara, Rumania.

 

Estoy en la ciudad en la que nací. ¿Puedo decir que volví? No. Por una razón: no decidí irme, fueron mis padres, Francisco Abraham y Magdalena Siptzer, quienes decidieron dejar Rumania y viajar a la Argentina.

¿ Por qué Argentina? Porque unos primos de mi madre habían ellos también decidido emigrar de Tergomures en el año 1939 hacia la Argentina. Aquella decisión los salvó, todos los parientes que permanecieron en Transilvania, fueron asesinados por los nazis, nazis de Alemania y nazis de Hungría.

Fueron estos primos los que hicieron la denominada “llamada” que era indispensable para iniciar los trámites de la emigración.

Toda mi familia paterna fue víctima del genocidio, de la Shoah. Vivían en los alrededores de Cluj, en el pueblo de Hida, o Hidalmas. No sé cómo se llamaban.

Mi bisabuela materna también fue víctima de los nazis en Novisad, el Banato, hoy serbio. Ignoro quien era.

En mi familia no se hablaba de los antepasados muertos. Ni de Rumania.

Pero mis padres, que se casaron y vivían en Timisoara, se salvaron. Por eso nací.

Nunca supe por qué sobrevivieron, tanto ellos como el resto de la familia que vivía en Timisoara. Ha sido gracias al profesor Victor Neumann que pude obtener alguna información del contexto y de la estrategia del gobierno rumano de Ion Antonescu, que hicieron posible la sobrevida de mis padres y sus hermanos.

Mi padre decidió emigrar cuando se instalaba el stalinismo. Un régimen que duró cuatro décadas y que cayó después de la caída del Muro, y de una rebelión que se inició en diciembre de 1989 en esta ciudad.

Mi lengua materna es el húngaro. Un idioma que consideré que me era perjudicial, intenté con bastante éxito olvidarlo. Nunca hablé rumano. Aprendí el castellano, es mi puente con el mundo. Y estudié en francés, una lengua con la que pienso.

No tuve relación alguna con Rumania. Hasta los 22 años fui apátrida, y renuncié a la nacionalidad rumana. Me hice ciudadano argentino.

Mi primer contacto con Rumania fue a través del embajador rumano en Argentina Victor Alexander Micula, hoy secretario de estado. Me invitó a disertar en un encuentro organizado por las embajadas de Rumania y Hungría hace más de diez años.

Acepté y dije lo que pensaba. Que los dos países habían colaborado con el Genocidio al pueblo judío, y que seguían protegiendo a los antisemitas.

Micula me felicitó.

El segundo contacto se debió a la necesidad de renovar mi partida de nacimiento rumana que por extraños motivos no era válida. La embajada no tenía representación diplomática, y un empleado me dijo que sólo atendían rumanos. Que yo no lo era porque había renunciado a la nacionalidad, y que podía solicitar mi re-rumanización al gobierno rumano, previo examen de lengua e historia.

Una vez rumanizado, me debía presentar en Bucarest ante las autoridades competentes para ver si aprobaban mi perfomance.

No lo hice por razones que estimo comprensibles.

Tiempo después me informaron que la nueva embajadora rumana en la Argentina, Carmen Pegdorean, era una persona muy amable con la que se podía hablar.

Establecimos una relación de amistad que llega hasta hoy y seguirá gracias a proyectos comunes.

Mi tercer encuentro con Rumania se debe al nombramiento del embajador argentino en Hungria, Maximiliano Cernadas. Me contactó porque sabía de mi ascendencia lingüística con el húngaro, y tenía la ilusión de que podía ayudarlo a aprender el idioma. Fue un fracaso, por un doble motivo, primero porque, como ya lo dije, conseguí olvidarlo y no me es grato hablarlo, y segundo, porque se nace hablándolo, debe ser el idioma más difícil de aprender.

Pero a pesar de esto, establecimos una relación de amistad, y me invitó a una serie de actividades en Budapest en abril de 2017. Fui invitado a unas jornadas internacionales sobre Identidad. Mi ponencia se titulaba “La identidad de un judío, nacido en Rumania, de habla húngara, con estudios en Francia y su hogar en la Argentina”.

Me presentó Victor Neumann a quien conocí en aquella oportunidad, y mi conferencia, como hoy aquí, tenía componentes autobiográficos.

Los conferencistas que provenían de Rumania, Croacia, Hungría, intentaban explicar la singularidad del origen de los pueblos a los que pertenecían, y, en realidad, me parecía que intentaban evitar el problema. Me refiero, a que los orígenes son míticos, y que los relatos que hablan de un punto omega de la historia, son, como decía Talleyrand: une fable convenue.

Todos sabemos que no existe fin de la historia, pero algunos no aceptan que tampoco hay comienzo sino es por una multiplicidad heterogénea y caótica.

Por mi parte, expliqué por qué era difícil ser judío en Argentina, y por qué había sido imposible serlo en Rumania, y por qué siempre en Europa Central me presentaba siempre primero como judío. En Francia soy argentino.

Una de las autoridades académicas que organizaban el evento, visiblemente molesta, me interpeló diciéndome que no entendía mi insistencia en identificarme como judío en primera instancia si no era religioso. ¿Qué son los judíos? , me preguntó, ¿una religión? Un pueblo?. Era profesora de historia, quizás por eso tuvo el pudor de omitir preguntarme si éramos una raza.

Le respondí que si en lugar de preguntarme quiénes éramos los judíos, se preguntaba porque odiaron, persiguieron y mataron 400.000 judíos en Hungría, quizás podía encontrar ella misma una primera repuesta.

Allí, en Budapest, hablé con Neumann, y gracias a la generosidad del embajador Cernadas y del embajador argentino en Rumania Felipe Álvarez de Toledo, organizamos un viaje a Timisoara.

Aquí conocí a varios profesores de la universidad Oeste de Timisoara con los que mantuvimos interesantes conversaciones, y tuve mi primer encuentro con mi amigo Ciprian Valcan.

Mi siguiente encuentro personal es hoy.

Sin embargo, me permito suponer que la distinción que me confiere esta universidad no tiene que ver exclusivamente con haber nacido en esta ciudad. No creo que sea un mérito suficiente para otorgar un lauro académico.

No me creo acreedor de mérito alguno, pero sí del reconocimiento de llevar a cabo un trabajo que tiene que ver con la filosofía.

Estudié en Francia sociología y filosofía y conocí grandes maestros como Michel Foucault. Gilles Deleuze, Louis Althusser y Paul Veyne. Sólo doce años después de obtener un certificado de licenciatura y de magíster, ingreso a la Universidad de Buenos Aires como profesor titular de filosofía en la facultad de psicología. Mi labor docente siguió en otras facultades como la de Arquitectura y lo que llamamos Ciclo Básico Común, que es el primer año de ingreso a todas las facultades de la universidad de Buenos Aires.

No tuve labor académica oficial en los años anteriores que fueron los de la guerra interna de los años setenta y la dictadura militar de los ochenta.

Pertenezco a la tradición del intelectual público, que para mi es lo mismo que decir intelectual sin otro agregado. Se trata de una función basada en un oficio literario, científico o artístico, que tienen la característica de ser exógena. Es decir sale de sí misma, e interviene en los debates de opinión que circulan por la comunidad de pertenencia, que puede tanto ser la de la propia aldea como decía Tolstoy, como la de la nación o del mundo.

Por eso siempre concebí a la filosofía como una tradición directamente implicada en la política, en el viejo sentido griego de asuntos que nos son comunes.

La primera frase que escribí en mi primer texto de filosofía, fue una cita de Gilles Deleuze: son tristes los muros de la Sorbonne. Especifico: son tristes los muros.

Por eso me dediqué a pasear con la filosofía por todos los lugares en los que me permitieron introducirla, y en otros lugares en los que me entrometí sin permiso.

Desde dar cursos en las cárceles, invitar a Borges y Sábato a que hablaran en mis cursos, fundar un colegio de filosofía que funcionara como un centro cultural, buscar por la ciudad a apasionados de la lectura para que participaran de mis iniciativas teóricas y pedagógicas, no pedir antecedentes académicos en un país que cerró universidades durante años, nombrar profesores sin estudios completos ni siquiera de liceo para dar clases en la universidad, organizar un seminario abierto conocido como el Seminario de los Jueves constituido por decenas de miembros permanentes de todos los oficios terrestres, con el objetivo de mostrar que cualquier persona con pasión por la lectura puede aprender, enseñar y escribir sobre filosofía.

La prueba es que publicamos siete libros en las principales editoriales del país.

Instalar el Seminario en un teatro con espectadores para estudiar y discutir en público, con la participación de todos los presentes, temas como Platón, Nietzsche, Shakespeare, Kafka o historiadores y escritores argentinos. Ser columnista de actualidad política en los periódicos de mi país,  jamás integrarme a grupo político alguno salvo una vez que me ilusioné con un candidato socialdemócrata que no tenía chance alguna de figurar, escribir más de veinte libros con temas de mi interés que van desde Fernando Pessoa, a Richard Rorty, Michel Foucault, Witold Gombrowicz, Primo Levi, escribir sobre programas de televisión y sobre futbol.

Nada es ajeno a la filosofía, no hay temas importantes y otros menores, sólo hay, como dice mi maestro Paul Veyne, cuestiones”interesantes”, que por lo general son los que no nos rinden ningún beneficio salvo el de alimentar con energía ideativa nuestra máquina de soplos pensantes.

Tanto Gilles Deleuze como Michel Foucault han sido mis maestros. El primero por la música de su pensamiento y porque fue quien me autorizó a escribir. Hay que escribir sobre lo que no se sabe, eso decía Deleuze, pero sí sobre lo que pensamos. Para eso hay que darse cuenta que pensamos, y para pensar, entre otras cosas hay que desear, desear pensar, o sea, crear dificultades en donde se dice que no las hay.

Deleuze me enseñó que los animales lo primero que hacen es buscar la salida, y que frente a los sistemas tan seguros de sí, hay que encontrarles las líneas de fuga. Su concepto de rizoma es una consigna de libertad para conectar series “caoerrantes”, como él dice, en las que los valores de coherencia y rigor no fiscalizan su pertinencia.

Foucault le puso letra a esa música y me enseñó todo lo que sé. Es mi maestro de historia de la filosofía, la relación que establece entre la verdad y el poder, limita a las dos instancias y permite que haya una zona de cierta incertidumbre y de riesgo, que es la alegría del pensar.

Y también debo mencionar a quien despertó mi vocación, Jean Paul Sartre, recuerdo su estilo satírico, cruel, intransigente de sus primeros escritos, el haber creado mis ídolos literarios, a una ciudad mítica como París, y finalmente, su muerte, la que describo en mi último libro, porque aquel filósofo que todo lo sabía, adepto a una ideología sin fisuras, se pone en tela de juicio en el final de su vida, se pregunta sobre todo lo que pensó y no pensó, y se declara perdido.

Una muerte ejemplar como la de Sócrates, esta vez de un filósofo que se quedó sin mundo de las ideas.

Considero que la filosofía es un arte de la ignorancia porque de la imposibilidad de un no todo saber, genera el pensamiento. Kant llamó a este ejercicio dialéctica trascendental para demostrar la imposibilidad de la metafísica como ciencia. Mostró sus límites, pero al mismo tiempo su necesidad y su función crítica.

Además soy escritor de filosofía, mi género literario es el ensayo. Ya lo dijo el maestro Giorgio Colli: Platón inventó a la filosofía como género literario, con personajes y situaciones imaginarias para un público indiferenciado.

Nos diferencia del filósofo griego, que mientras el autor de “El banquete” condenaba a la escritura como una prostituta que se entregaba a cualquiera, un materia corrompible con fecha de vencimiento, lejos de la verdad a la que podía accederse por sentidos más puros como el oído y la vista, nosotros escribimos con placer y le damos un valor imperecedero con la ilusión de desafiar a la mortalidad con letras impresas.

El ensayo filosófico es un género literario; transforma la intensidad literaria que se logra con la vivacidad de los personajes, de la intriga y del espíritu de aventura, en una escritura teórica pero con la misma tensión narrativa.

Al contrario de un Poe o de un Borges, que construyen la ficción con una lógica precisa y minuciosa, en el ensayo, a la voluntad de verdad y a la entrega de información documentada, se la desestructura con una intensidad polémica y con la presencia de la voz del autor.

Nietzsche, en este sentido, fue un maestro, además de Montaigne y, en fragmentos Descartes, Spinoza y Rousseau.

Esto en cuanto a mi trabajo teórico y académico.

Ahora Timisoara.

Me interesa Timisoara porque hay aquí un grupo de intelectuales que luchan por una Europa democrática. Que resisten a las avanzadas xenófobas. Que están dispuestos a hablar del horror que fue la segunda guerra mundial, y a analizar el modo en que se sembró el odio en la entreguerra del siglo XX.

Aquí  hay un grupo de intelectuales que han conseguido gracias a una labor incansable conducida por Simona Neumann, a declarar a Timisoara, capital europea de la cultura. Pero no hay que ser ingenuos. Esta lucha es minoritaria. Luego de la caída del Muro, el mundo sufre un doble proceso de redimensionamiento. Por un lado se fragmenta de acuerdo a las reacciones de etnias y regiones que reinvindican razones históricas separatistas. Por otra parte, el proceso  de globalización parece irreversible, pero en lugar de profundizar las ideas emancipatorias que liberaron a millones de seres humanos de las tutelas despóticas, introducen nuevas formas de opresión política, y políticas económicas que avasallan derechos duramente conquistados durante siglos.

Competitividad, precarización y segregación, son las exigencias de un mundo que parece no pertenecer a todos los que lo habitan.

Por eso considero que la lucha por una Europa cosmopolita, de respeto de las minorías, no sólo depende de análisis rigurosos del presente y de las tendencias que se vislumbran, sino también de la remoción de los cimientos que han enterrado por razones de conveniencia los horrores del siglo XX.

Ha habido una política del olvido y de la excusa. Países de Europa Central no asumen responsabilidades de lo acontecido en la segunda guerra mundial, y silencian el mayor genocidio de la historia. En Polonia mencionar el tema es un delito. Otras naciones se autovictimizan y se presentan como cautivas de alemanes y rusos, para justificar medio siglo de una historia en la que niegan complicidades y activa participación.

Por eso creo que es importante que se rescate del olvido un hecho como la historia y la tradición del Banato, y de Timisoara en particular.

Súbdita de dos imperios como el Otomano y el Austrohúngaro, fue un escenario en el que convivieron pueblos, lenguas y religiones.

Por supuesto que no siempre esta coexistencia fue armónica. Lejos de serlo. Los judíos sólo  pudieron disfrutar por muy poco tiempo de la libertad naciente.

Este año se conmemoran los cien años del Tratado de Trianon. Para muchos rumanos es una fecha memorable, para otras naciones no tanto. Pero no me refiero a razones territoriales en disputa entre húngaros y rumanos, nosotros, los judíos, nunca fuimos invitados a esa discusión. Éramos parias con cualquier dueño que nos tocase.

Hablo de las semillas de odio que se sembraron en la entreguerra, durante la llamada Gran Rumania,  con las consecuencias que todos conocemos. Ya no hay prácticamente judíos en Rumania, hay pocos, y con una actividad pionera conmovedora.

 

 

Nosotros en Argentina también tuvimos una Guardia de Hierro, un movimiento de la derecha nacionalista de un sector del peronismo, violenta, aunque lejos estuvo de cometer los asesinatos que llevó a cabo la Guardia de Hierro rumana, pero que también ha sido y es nefasta en mi país.

Para ser aceptados en Argentina, mis padres debieron fraguar  nuestras partidas de nacimiento y en lugar de hebreos, el formulario decia la palabra “luterano”.  Había cuotas de recepción de judíos en la posguerra. En mi nueva partida de nacimiento rumana no se especifica la religión.

Sin embargo, Argentina es quizá uno de los países que históricamente ha sido el más inclusivo y el más hospitalario de los que conoce la humanidad.

Con un poco de humor, podemos comparar lo acontecido en mi país – que no tiene más de doscientos años de historia – con la gesta de Alejandro Magno, un sincretismo que posibilitó la existencia de Roma como la de la cristiandad, al conjugar al mismo tiempo la herencia judía y la griega.

Desde 1870 hasta 1914, Argentina multiplicó cinco veces su población por la llegada de un aluvión inmigratorio del sur y del este europeo que no tiene antecedentes ni comparación con otras regiones. Ni los EE..UU, ni Canadá ni Australia, se le pueden comparar.

Pasó de 1.800.000 a 8.000.000 de habitantes en algunas décadas, en un país que tiene una superficie que multiplica diez veces la de Rumania.

En los principales centros urbanos había más extranjeros que nativos. El país se italianizó, cambió el idioma, las costumbres, la gastronomía, todo se modificó. Fue una invasión pacífica y cultural que obligó a repensar la nación y su sistema de identidades.

Aún lo estamos haciendo, y ese hecho no ha sido ajeno a las convulsiones históricas que ha tenido la Argentina hasta hoy.

Por eso apenas son  imaginables los efectos políticos y culturales de esta revolución social.

Argentina es un sedimento de culturas, que se relacionan de acuerdo a las poblaciones que ocuparon su territorio.

Antes del llamado “descubrimiento” de América por Colón, y de la llegada de los primeros españoles al Río de la Plata, habitaban las región numerosas tribus indígenas dispersas por su territorio.

La conquista fue un verdadero genocidio debido por un lado a la guerra contra los indios, y por las enfermedades masivas que los nativos contrajeron por el contacto con los europeos.

Los hijos de la conquista y de la colonización, constituyeron el segundo sedimento poblacional. Son los descendientes del español y la india, y del indio con la cautiva blanca. Mestizos que fueron protagonistas de la historia argentina durante la guerras de emancipación y de las guerras civiles durante medio siglo, desde 1820 a 1870,  que se conocen con el nombre de “gauchos”.

Y luego la ola  inmigratoria. Indios, gauchos e inmigrantes, son las tres capas poblacionales de la argentinidad.

La hospitalidad argentina es un hecho continuo. Lo es hoy porque el país recibe miles de inmigrantes de países vecinos, de Bolivia, Paraguay, Chile, Uruguay, Venezuela, Perú, que reciben documentación casi de inmediato y atención gratuita en hospitales, y educación gratuita en escuelas y universidades.

Y en un país con 30% de pobreza.

Por supuesto que esto no significa que no haya segregación, ni que el racismo o el antisemitismo sea inexistente, todavía no vivimos en un planeta en el que la idea de humanidad fraterna, sea una realidad en alguna parte del mundo.

Pero podemos decir que efectivamente mi país es una sociedad abierta, claro, con enemigos.

Digo mi país, y ahora digo mis ciudades, me refiero a Buenos Aires y Timisoara. Por lo que también digo Rumania.

Hay una tradición que nos une, pero más importante es que nos una el futuro. Para acercarnos a un futuro deseado, estimo que el honor que me confieren con esta distinción, y el encuentro que tendremos en el mes de noviembre en Buenos Aires por invitación del gobierno argentino a Simona y Victor Neumann, y a vuestro vicerrectror Ciprian Valcan, será el primer paso de una amistad  y de un proyecto compartido que, espero, nos una por mucho tiempo.

Gracias de corazón.

 

 

 

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Entrevista con Fantino La disertación en Timisoara, Rumania.

20 comentarios

  • 1. j  |  16 mayo 2018 en 10:59

    Quiero ser el primero en felicitarte. Un discurso honesto y valiente.

  • 2. julioguzmancesar  |  16 mayo 2018 en 11:47

    Emociona leerlo cada vez que nutre el texto con sus raíces…

  • 3. ldebenedetti  |  16 mayo 2018 en 11:50

    “Fue una invasión pacífica y cultural que obligó a repensar la nación y su sistema de identidades.
    Aún lo estamos haciendo, y ese hecho no ha sido ajeno a las convulsiones históricas que ha tenido la Argentina hasta hoy.”

    Un concepto interesante y que explica las paradojas del ser argentino.

  • 4. Elena Di Corrado  |  16 mayo 2018 en 19:01

    Siempre es una lección de vida leerlo Gracias

  • 5. elmunyeco  |  17 mayo 2018 en 9:07

    Está buenísimo lo del premio y el discurso! Qué jefe que es usted!

  • 6. Marcelo Grynberg  |  17 mayo 2018 en 10:18

    Felicitaciones Tomas.
    Que sombría y terrible historia la de Europa del Este.

  • 7. Alma carolina  |  17 mayo 2018 en 20:04

    Conmovedor e impactante. Saber que cruel es muchas veces el ser humano discriminando sin sentido.Felicitaciones por el reconocimiento, muy emocionante volver al lugar de nacimiento de esa forma.

  • 8. marlaw  |  17 mayo 2018 en 21:07

    Hola Marcelo: La sombría y terrible historia, aconteció en Europa del Este, en Europa del Oeste, y en Europa del medio.Pero me pregunto de qué nos deberíamos escandalizar nosotros, los argentos, que procedemos de un país, en el que cundió: “El Algo Habrán Hecho”.-

    Profesor se valora su tenacidad, por alcanzar lo que se propone.

  • 9. Marcelo Grynberg  |  18 mayo 2018 en 9:40

    Que tal Marlaw. Si, la sentencia “homo homini lupus” viene aplicandose desde siempre y en todo lugar. La naturaleza pareciera ser hostil a la vida. “La vida no vive”. Pero no perdamos la esperanza. Saludos

  • 10. Marcelo Grynberg  |  18 mayo 2018 en 10:04

    Respecto a “homo homini lupus” recien Wikipedia me recordo que:
    Sigmund Freud agreed with the proverb, writing in his Civilization and Its Discontents, “Men are not gentle creatures, who want to be loved, who at the most can defend themselves if they are attacked; they are, on the contrary, creatures among whose instinctual endowments is to be reckoned a powerful share of aggressiveness. As a result, their neighbor is for them not only a potential helper or sexual object, but also someone who tempts them to satisfy their aggressiveness on him, to exploit his capacity for work without compensation, to use him sexually without his consent, to seize his possessions, to humiliate him, to cause him pain, to torture and to kill him. Homo homini lupus. Who in the face of all his experience of life and of history, will have the courage to dispute this assertion?”

  • 11. Aldo  |  18 mayo 2018 en 14:34

    Hasta a Rumania ,,,

  • 12. marlaw  |  19 mayo 2018 en 1:06

    Marcelo: Gracias por evocar a Sigmund y su :”Malestar en la Cultura”.

  • 13. Daniel Lesnaberes  |  22 mayo 2018 en 6:46

    Muchas gracias! excelente v análisis puesto en palabras! Otra lección de y por la filosofía! Gracias!!!

  • 14. marlaw  |  24 mayo 2018 en 15:30

    Profesor: Su última nota FOTO, no se puede ver

  • 15. ANA LUISA Artesi  |  29 mayo 2018 en 7:29

    Felicidades por los honores Tomás!! y gracias por tu disertación, me desacomoda las anteojeras!!

  • 16. marlaw  |  30 mayo 2018 en 1:58

    Fútbol: Según lo afirma Le Monde, esta mañana, la Liga Francesa de Fútbol, espera exceder, el millón de Euros, por derechos de retransmisión. Business son business.

  • 17. Gustavo Berti  |  2 junio 2018 en 18:08

    o saludo Tomás, conmovedor su discurso,buena mezcla de lo abstracto en la realidad concreta. Acá tampoco queremos hacernos cargo de nuestra historia reciente. Pareciera que únicamente tuvimos ángeles combatidos solo por ser buenos. ¿Cuando y quienes harán la autocritica?

  • 18. marlaw  |  4 junio 2018 en 14:38

    Durante la última dictadura militar al verbo: “chupar” que en lenguaje coloquial, su utiliza para describir la acción de tomar un mate -bombilla mediante-, o bién para beber un Moscato, o cualquier otra bebida alcóholica, y del cual deviene el significado de: “chupado” como sinónimo de beodo, también se utilizó como sinónimo de secuestrar personas, y hacerlas desaparecer.
    En este sentido viene a mi memoria que un bar que frecuentaba con regularidad durante esa época, había un asiduo concurrente, a ese establecimiento gastronómico que tenía por costumbre jugar al ajedrez, en ese lugar, y cada vez que este tomaba una pieza de su oponente, invariablemente pronunciaba la palabreja “chupo” para describir la acción de apropiarse de la pieza de su rival. Palabra que pronunciaba con siniestro desparpajo.

  • 19. Claudia  |  6 junio 2018 en 20:03

    Felicitaciones profesor!!!

  • 20. Alejandro A  |  8 junio 2018 en 21:49

    Un discurso memorable profesor Abraham; Esta es nuestra historia.


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