El gaucho (19)

14 abril 2018 at 15:46 5 comentarios

Repetimos: Eduardo Pablo Gutiérrez es el autor de Juan Moreira. La familia Gutiérrez supera a las familias Frondizi y Lugones por su importancia en la historia nacional. La saga familiar de los Gutiérrez es relatada por un eximio prologuista de los libros de Eduardo, nos referimos a León Benarós.

Nos cuenta que el escritor pertenecía a una familia de once hermanos. El mayor, José María, apodado “el cacique”, dirigía el diario La patria argentina, fue un triunfador nato. Jurisconsulto, legislador, periodista, secretario de Mitre, fundador de La Nación Argentina antecesor del diario La Nación, un patriarca insoportable para sus hermanos menores que decidieron separarse y fundar su propio diario: La Crónica.

El hermano Juan fundó el Conservatorio Nacional, era un melómano devoto, que en sus últimos años tuvo algunos desvaríos no muy graves. Muere en el año 1909.

Ricardo oscila entre el ejercicio de la medicina y el periodismo para finalmente dedicarse a la pediatría. Fundó nada menos que el Hospital de Niños, que lleva su nombre. Tenía una especial sensibilidad con los chicos, sostenía que junto a los medicamentos debían tener juguetes. La cura debía combinar el remedio con la alegría.

El hermano Julio fue un empleado administrativo en las empresas periodísticas sin demasiadas anécdotas que puedan resaltar el relato de su vida. Los hermanos gemelos que tenían nombres invertidos, Carlos Alberto y Alberto Carlos, el último crítico musical y gran ‘causeur’, el primero un prestigioso periodista y crítico musical.

Las hermanas de acuerdo al mandato de la época se dedicaron a las tareas del hogar. La única que vive en momentos en que Benarós escribe los prólogos a los libros que Eduardo dedica al Chacho Peñaloza, mayo de 1961, su hermana Rosa Eduarda, internada en un neuropsiquiátrico más por abandono que por ciertas visiones extáticas, le trasmite al prologuista los devaneos de su larga lucha ya iniciada por su madre por derechos de autor no pagados por los hermanos Podestá en la adaptación teatral del Juan Moreira.

Nuestro autor, Eduardo Pablo  – emparentado por su abuela paterna con  los Sáenz, por lo que llega por filiación a un gran descendiente como Dalmiro Sáenz – , fue a colegios ingleses. Benarós cuenta que uno de los rituales de ese tipo de establecimientos era el de “take a sign”. Estaba prohibido hablar en castellano durante los recreos. Para controlar la eficacia de la orden, un alumno recibía un cartel al toque de campana. Apenas escuchaba a un compañero decir una palabra en castellano le daba el cartel, y así se corrían unos a otros a la búsqueda de infractores. El que se quedaba último con el signo admonitorio era castigado de acuerdo a la costumbre con una serie de golpes en las manos o la cola con una varilla de madera.

Fue soldado durante diez años en las fronteras en las luchas contra los malones, pero se hartó de la carrera militar. Al no encontrar en medio del núcleo familiar y social un lugar de sustento, se dedicó de pleno a “mojar el pan en tinta”.

Eduardo Gutiérrez le dedicó cuatro libros al Chacho Peñaloza: El Chacho, Los montoneros, El rastreador, y La muerte de un héroe.

Esta enorme historia da cuenta de la vida de un caudillo singular. Una vez desprendido de la tutela de Facundo Quiroga, inicia su propia trayectoria en los llanos de la Rioja, y su lucha al frente del pobrerío que lo rodea, es larga, sufriente, hasta la extenuación.

Salvo Sarmiento que trata de encontrarle rasgos de un temple desalmado, lo que no consigue a pesar de su intento, todos los biógrafos casi sin excepción, coinciden en señalar su mansedumbre, la compasión frente al vencido, el no matar por matar, y sus propuestas de pacificación al gobierno nacional.

Así lo hacen José Hernández, como su biógrafo más actual Jorge Newton, el mismo León Benarós, y el cuarteto de Gutiérrez.

En “Los montoneros”, Benarós propone para analizar los acontecimientos en los tiempos de la guerra civil entre unitarios y federales, una `teoría de la crueldad’. Su idea no deja de tener un cierto parentesco con “El matadero” de Esteban Echeverría, si la leemos de acuerdo a la tradición como una alegoría del salvajismo en los suburbios de Buenos Aires en tiempos de Rosas.

Benarós extiende esta visión a toda la república durante la guerra civil entre unitarios y federales, sin culpar a ningún bando de su ejecución.

En este teatro de la crueldad lo que predomina es la degollatina. La lanza seca. La tortura colombiana. El despellejamiento. El corte de orejas. La violación. Benarós dice que “las vaquerías, el matadero, el saladero, son escuelas de insensibilidad y dureza”.

“Los montoneros” termina con una puñalada al coronel Sandes, el militar oriental famoso por ejercer el máximo terror, a la vez que se sometía a las más cruentas batallas de las que veces salía deshecho con su cuerpo que ya ostentaba cuarenta cicatrices.

Con la hoja metida en su cuerpo, Sandes sigue caminando hasta su casa a pesar de sentir una molestia en un costado de su cuerpo.

Eduardo es amenazado mientras publica en el folletín el listado de las vejaciones de Sandes, tal era la fama de este militar entre sus acólitos.

La persecución de Sandes en busca del Chacho, es continuada por el general Arredondo y rematada por Irrazábal, todos orientales.

El último libro de Gutiérrez, “La muerte de un héroe” describe el agotamiento y la desesperanza del Chacho y su tropa que desean rendirse. Proponen treguas y entregas. En el pueblo de Causete, San Juan, el Chacho se da cuenta de su destino al ver que sus tropas “se derrotaban”.

Derrotarse era la palabra que designaba la deserción y la huída de la tropa. Se consideraba un acto más digno que la de ser derrotado por el enemigo.

Gutiérrez nos entrega el relato de los últimos momentos del Chacho junto a su mujer, una heroína a la que llamaban “la Victor”, por Victoria Romero, también conocida por La Chacha.

Al llegar al campamento un emisario del general Arredondo, un tal Vera, le propone el Chacho rendirse a cambio de su vida, la de su tropa, y el respeto a su investidura. Una oferta que se merecía por la dignidad con la que había peleado y por el deseo  compartido de terminar con las guerras e iniciar juntos un camino de pacificación.

La Chacha huele a traición y le dice a su hombre que no crea en lo que le dicen y que no acepte el trato. Pero el Chacho está agotado y entrega su lanza.

De inmediato aparece la retaguardia de la tropa al mando de Irrazábal, y al ver al Chacho desarmado, sin decir palabra lo atraviesa con su lanza, y luego lo hieren hasta matarlo. Lo despellejan y cortan su cabeza y sus orejas, y la clavan en una pica.

La Chacha es detenida y encadenada, mientras se dirigen hasta donde está Arredondo. El general se indigna por lo        que considera una falta al cumplimiento de la palabra, detiene a Irrazábal al que envía a Buenos Aires, y libera a la Chacha.

El parte de la muerte del Chacho es redactado de inmediato  y le llega a Sarmiento, en ese momento gobernador de San Juan,  con la firma de Irrazábal, aunque se dice que era analfabeto, y que dicho parte en realidad fue redactado por el propio Sarmiento, quien había mandado a fusilar al Chacho una vez detenido para luego inventar una escena en la que no aparece como ordenante.

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5 comentarios

  • 1. j  |  15 abril 2018 en 14:15

    1863 y el Chacho estaba armado con una lanza. Una lanza! En los EEUU ya estaban combatiendo con fusiles Springfield y revolveres Colt. Que barbaros! como decia mi Papa.

  • 2. marlaw  |  15 abril 2018 en 15:27

    Sí su padre afirmaba lo que usted dice, ello es una muestra cabal, de que el refrán popular: “De tal palo tal astilla” continúa vigente.

  • 3. j  |  16 abril 2018 en 6:37

    Quizas un fusil le hubiera venido a mano en ese momento.

  • 4. Aldo  |  16 abril 2018 en 20:09

    hay que admitir que la literatura languidece cuando hay enumeracion de apellidos ,,,, es buena la biografia de Gutierrez , esta la historia para seguir pensando y conocer mas de esta gente

  • 5. j  |  17 abril 2018 en 5:28

    “…Irrazábal, y al ver al Chacho desarmado, sin decir palabra lo atraviesa con su lanza, y luego lo hieren hasta matarlo. Lo despellejan y cortan su cabeza y sus orejas, y la clavan en una pica…”


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