El gaucho (17)

10 abril 2018 at 12:36 7 comentarios

Los inmigrantes que llegaron a la Argentina por millones querían progresar, no sólo comer, tener un techo, dar educación a sus hijos, no sólo por necesidad y seguridad, sino también por libertad.

Y la libertad a la que me refiero no es la negativa que se limita con la libertad de otro, sino la positiva que es la de expandirse. La vital. La que quiere que su hijo sea Doctor, y no por arribismo sino por orgullo faústico, porque saber es poder, y el saber médico, por ejemplo, sirve para poder curar, y el saber jurídico sirve para poder defender a un desvalido frente a la arbitrariedad de un rico.

El deseo de adquirir y producir los bienes terrenales del hombre hace que los pueblos originarios del continente no sólo reinvindiquen su pasado sino que breguen por ser dueños de su futuro. Los chinos de hoy no duermen en una sabiduría taoísta y apuntan bastante más allá de las enseñanzas de Confucio y de los rituales del mandarinazgo.

Y también lo saben los aymarás de Bolivia que aprenden chino.

En nuestro país el progreso se llamó escolaridad obligatoria, lectura para todos, una prensa masiva y accesible, una cultura de la palabra escrita que incluyera a todos en los goces que deparan los bienes civilizatorios.

A eso se lo llamó modernidad, y ésa fue lo que Prieto llama estrategia de modernización de las clases dominantes. Claro que integraron a nuestro país en el mercado mundial, ¿cómo no iban a hacerlo? La “excepcionalidad” argentina – como la llama Oscar Terán –  es una pretensión vana. País marginal, alejado de los centros de poder, despoblado, su integración al mercado mundial tiene un valor neutral. Si produce un fenómeno poblacional que dinamiza a la sociedad, que la despierta y la pone en movimiento, que le aporta tecnología, crea lo que se llama una “oportunidad”.

Si nos hace dependientes de un imperio opresor y vampirizador, si seca nuestra inventiva, si se lleva nuestras riquezas y arruina nuestra tierra, es un enemigo colonizador.

Es muy posible que la generación del 80 haya diagramado ambos senderos, y que la historia subsiguiente ni siquiera diagramó algo nuevo. Ni tuvo la fuerza o la pericia de buscar un nuevo desafío.

Ya no se progresó. Pero no hay que entender progreso en el sentido de un iluminismo a la manera de un Condorcet para quien todo progreso es a la vez la evolución del espíritu humano. No es un progreso orientado por el Bien, sino un proceso irrefrenable y caótico con costos y beneficios desmesurados e inconmensurables.

Los bandos que se disputan la evaluación de la idea de progreso enarbolan cada uno sus insignias. Los que están a favor nos hablan de los avances de la medicina; los que están en contra, de las masacres de la guerra.

No ahorró sufrimiento ni vidas la denuncia de aquel progreso liberal. Por el contrario, el fascismo, el stalinismo, el nazismo, que se ofrecieron como alternativas al modelo de república parlamentaria y al paradigma representativo, se hicieron cargo de que se pensara que, finalmente, la democracia representativa “es el menos peor” de los regímenes posibles.

En nuestro país el progreso no derivó en matanzas sino en caos.  Y si insistimos con calificarlo como una era de progreso lo hacemos en el sentido no evolutivo sino contemporáneo de sí, por haber extremado lo que Schumpeter denomina la “destrucción creadora” al definir al sistema capitalista.

Todo cambio revolucionario – insistimos en que la generación del 80 fue revolucionaria – tiene costos. Si éstos se mide en genocidios como en Camboya, en millones de ciudadanos hacinados agonizando en el Gulag, en dictaduras con su ojo burocrático y un sistema panóptico que elimina todo tipo de desviación y disidencia, entonces esa revolución que todo lo cambió, fue nefasta.

En nombre de la emancipación organizo un sistema despótico que con su idea de Hombre Nuevo aplastó a generaciones de hombres reales.

Adolfo Prieto señala que en la medida en que las oleadas de inmigrantes e integraban al proceso productivo, los conflictos de clase le fueron concomitantes. Bajos sueldos, jornadas intensivas, provocaron la protesta obrera que se manifestó en siete huelgas en 1890, nueve en 1894, diecinueve en 1895 y veintiséis en 1896.

Además, una economía en una aceleradísima expansión necesitó financiación que hizo crecer la deuda externa, promovió una intensa actividad bursátil y un festival de bonos devaluados, que terminó en quebrantos y escándalos. Este proceso narrado por Julián Martel en “La Bolsa”, culminó en la revolución del 90 bajo la presidencia de Juárez Celman.

Sin embargo, Prieto rescata una reflexión de Ernesto Quesada: “Sujeto a errores y a desviaciones, el sistema económico que informaba a ese proceso disponía también de los recursos necesarios para corregir sus propios defectos y hasta para anticipar la naturaleza y la oportunidad de sus posibles conflictos”.

Que un sistema pueda autocorregirse debe ser una ley cuasibiológica. Así como hay enfermedades crónicas existen los procesos regenerativos y los que por homeóstasis recuperan su equilibrio.

Pero el capitalismo económico financiero que hace eclosión en la Argentina no supera sus crisis por la acción de algún termostato. No vuelve a funcionar como antes. La acción de Carlos Pellegrini después de la rebelión de las masas en las calles que da origen a la Unión Cívica lideradas por Leandro N. Alem, debió extremar la imaginación política para que el país no caiga en default.

La fundación del Banco Nación, como su postura a favor del desarrollo de la producción industrial, y, fundamentalmente, una moneda regida por una ley de convertibilidad con el oro que mantuvo su valor de $2,27 por peso oro durante catorce años, permitió un nuevo proceso expansivo de la economía.

Pero no perdemos de vista a nuestro tema, el criollismo, porque, aunque parezca paradójico, el criollismo fue una expresión de la ideología del progreso.

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El gaucho 16) Intratables

7 comentarios

  • 1. marlaw  |  10 abril 2018 en 13:53

    En realidad del gaucho, salvo el conocido en el plano literario, las nuevas generarciones sabemos bastante poco, como también sabemos bastante poco de los “espósitos” y del origen de los apellidados Espósito. En lugar de este, conocimos en cambio al peón rural, al mensual, que se engalana, con sus mejores “pilchas” los días de cobro, para visitar el pueblo de las cercanías, donde él reside, al que llamamos “paisano”

  • 2. marlaw  |  10 abril 2018 en 14:12

    Hablando de paisanos, llega a mi memoria otro paisano, el que popularizara con sus canciones, el cantante Italiano: Nicola Paone, llegado a la Argentina en la década de los 50s: ” Uuueeeh Paisano Uueeehh, paisano como está”, y la otra canción: “La Cafetera di la Vicina semaratina chi fa blu,blu”

  • 3. Aldo  |  10 abril 2018 en 15:08

    pero aun asi y todo ese pasaje rural se mantiene oculto acá en argentina ,,, yo siempre cuento una anecdota que me paso al ir de invitado (…. ) a un campo , veo las vacas de cerca y me preocupe un poco , pregunte ,,, ” no muerden , no ” ,, Puede ser que me halla dejado llevar por el instinto que se tiene ante los perros ,, lo primero que uno pregunta es si muerden si son juguetones ( los perros te lo hacen saber al instante) , pero y las vacas ? tienen esa mirada entre indiferente y de cierta superioridad ( serenidad ) ? como saberlo ? uno podria relacionarlo por el hecho de que si comen pasto no hay peligro , pero las relaciones no son ( inmediatas ) llevan su tiempo , para luego concluir finalmente en que si ,, si comen pasto , no hay peligro ! esto lo pudo haber enseñado la maestra en esas laminas de cadena alimenticia etc ,, pero no es un tema el rural que lo dominemos del todo , aca la gente como una ves dijo Abraham ” estan pescando “,, pero de campo y toda su mistica se conoce pero no se comprender muy del todo

  • 4. marlaw  |  11 abril 2018 en 9:18

    https://www.lanacion.com.ar/2124357-los-municipios-kirchneristas-entre-los-mas-favorecidos-con-obras-por-maria-eugenia-vidal
    Lo importante no es la nota. Lo importante es la fotografía, que suguiere múltiples interpretaciones

  • 5. elmunyeco  |  12 abril 2018 en 8:58

    E turulú!!!

  • 6. marlaw  |  12 abril 2018 en 18:56

  • 7. marlaw  |  18 abril 2018 en 7:57

    Hablando de migraciones, habría que recordar, que a principios del Siglo XX, la Argentina, recibió también cientos de trabajadores golondrinas provenientes de Europa, especialmente de Polonia, para acometer las grandes obras públicas, que se comenzaban a hacer en la Ciudad de Buenos Aires, especialmente en materia de ferrocarriles, y subterráneos.


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