El gaucho (11)

20 marzo 2018 at 9:08 8 comentarios

“Muerte y transfiguración del Martín Fierro” tiene dos tomos con fecha de publicación en 1948. Como dice Christian Ferrer en su monumental e imprescindible ensayo “Ezequiel Martinez Estrada, La amargura metódica”), mientras el poema tiene unas setenta páginas, su intérprete escribió novecientas, más aún que las seiscientas de Ferrer.

Martinez Estrada es un bahiense que atacó a los argentinos en una campaña sin tregua hasta que se murió. Sus incursiones al desierto a la manera de Rosas, Alsina y Roca, tuvieron un final original, en lugar de conquistar aquel mentado vacío  para la civilización, con la fuerza de sus palabras no hizo más que desertificar su entorno hasta quedarse casi solo.

Decimos “casi” porque siempre tuvo admiradores que lo llamaban “maestro” por razones que no le hubiera gustado escuchar: o por su antiperonismo, o por un malentendido llamado liberalismo.

Ferrer lo entendió bien; por su formación erudita en las corrientes del anarquismo, supo  ver en Martinez Estrada un temple anarquizante, que lejos de  ser un atributo político o ideológico, es, podríamos decir, parte del genoma espiritual del intelectual como figura histórica.

En este sentido, Martinez Estrada, como Michel Foucault, son anarquistas. Postura que disgustó a Sebreli en “E.M. Estrada, una rebelión inútil”,  en el que lo acusa de no ser un staliniano orgánico o un sartreano en su peor momento, y de merodear sin rumbo.

Con maravillosos libros  sobre Sarmiento, Nietzsche, y Horacio Quiroga, Ezequiel Martinez Estrada después de encarar a la argentinidad con “Radiografía de la Pampa” y “La cabeza de Goliat”, con este libro sobre el Martín Fierro, cierra un ciclo en el que alcanza a precisar su diagnóstico  sobre nuestra nación, nuestra tierra, su historia, y su merecido destino.

No hay queja en este autor, ni denuncia, y menos esperanza. Es un médico a la manera nietzscheana, por eso diagnostica una enfermedad, enumera los síntomas y localiza una lesión.

Le da  un nombre: resentimiento, nuevamente, Nietzsche.

El gaucho es un resentido, pero no por la mala conciencia que el filósofo alemán distribuye entre quienes en la cultura occidental y cristiana hacen de la culpa una política para someter y domesticar al prójimo, sino que, esta vez, es un resentido con razón de serlo, por ser víctima y no patrón.

Odia al padre que violó a su madre, lo odia por haberlo desconocido y abandonado, odia al indio que se le parece, y odia al blanco que lo explota y desprecia. Es portador del encono del mestizo, dice Martinez Estrada.

Pero el poema de José Hernández, señala, no trata de los gauchos, de esos seres dispersos de las pampas, sino de “el gaucho” como figura alegórica, y así considera que lo diagrama su propio autor.

Emplea conceptos psicoanáliticos como `Imago`, `Transferencia`, y lleva a cabo un

psicoanálisis silvestre tanto del protagonista del poema como de su creador, y de la relación entre ambos.

Su propósito es presentar “una psicología del hombre disconforme”, lo que sería casi una autobiografía. Pero este carácter indómito de Fierro, es doblegado por su propio autor en “La vuelta”.

Martinez Estrada acusa a Hernández de someter a su gaucho a una relación de patrón a jornalero. Hernández es el patrón y Fierro su peón. Esta segunda parte de la obra, dice, en lugar de estar destinada a los gauchos, le habla a jueces y políticos.

Hay una traición de José Hernández, que hizo una malversación de su enorme talento literario para convertirlo en una preceptiva del buen pobre que da consejos como padre y amigo.

Don Ezequiel lleva a cabo un pormenorizado recuento de los parajes e imágenes del poema, nos vuelve a presentar a la manera de Sarmiento en el Facundo, a la pulpería, a la llanura, al caballo, a la vaca, al rancho, a la frontera, al fortín.

Pide que nos detengamos en los nombres de los personajes que rodean a Fierro como Vizcacha, que evoca a una cueva, y a Cruz, marcado por tantos como una intromisión inexplicable que parece determinar el decurso de la acción.

Es el gaucho malo, el homicida, el amigo de Fierro cuya muerte le duele en lo más profundo, aquel que decide su partida a la toldería como el retorno al punto de partida.

Martinez Estrada dice que Cruz es otra cara, en realidad un reverso, o una inversión, lo que, llamativamente, permite abundar a Christian Ferrer de este modo:

“Ni patriota ni héroe helénico; el gaucho era – cómo decirlo – medio homosexual. Borges lo había notado: `Martinez Estrada vio algo de pederastía en el Martín Fierro’.”

Amistad diabólica, su doble, un anti-él, una caricatura. Ferrer recuerda que Fermín Chávez juzgó imperdonable la sospecha de Martinez Estrada cuando escribía: “La defensa de Fierro por Cruz está maculada de sospechas muy graves (…) Más específicamente, la amistad entre Cruz y Fierro sería `un problema de difícil diagnóstico’”.

Dice Ferrer: “La posibilidad perturbó a Martinez Estrada que se sintió obligado a añadir esta oscura aclaración: “El tono viril de las costumbres del gaucho rechaza otra interpretación que la ingenua que surge de la lectura sin malicia del texto literal”.”

Pero, nada de esto le interesaba particularmente a M. Estrada. Su afición preliminar a la poesía explica el detalle con el que analizó la composición de Hernández, y la admiración que le producía su logro.

Tampoco su mirada era la de un antropólogo interesado en formas de vida arcaicas ni su inclinación fue la de elaborar un análisis comparativo entre períodos de nuestra historia. Su libro no es una botella al mar sino una piedra que lanza a los argentinos.

Aquel resentimiento del que habla no necesita de un caballo ni de un rancho, Fierro no es aquel enano fascista que habita el cuerpo de todo argentino de acuerdo a algunas reflexiones que circulaban durante la dictadura del Proceso.

Pero Martinez Estrada no es más clemente en su visión de la Argentina. Decimos “visión” por el diámetro de apertura y por el largo plazo que interpreta. Hay un bicho, una especie de alien maligno, que corroe las entrañas de la nacionalidad.

El gaucho es una de las hélices de este adn enfermizo. No es un héroe, subraya, mantiene la “h” pero en el comienzo de la palabra haragán. Como si el gauchaje fuera la clientela del nuevo régimen nacional y popular. La consecuencia de esta nueva versión hace del peronismo una corporación de forajidos, una organización de caciques al servicio de una nueva tiranía.

La montonera – como la “mas-horca” (como la deletrean algunos)-, es parte de la barbarie americana que al actualizarse se inspira en el fascismo. Nos dice que la supuesta rebelión del proletariado del conourbano, o la base del nuevo régimen peronista, nada quiere cambiar, ninguna faceta de las relaciones sociales modificar, no revoluciona nada, simplemente odia al patrón porque no es patrón.

El resentimiento siempre vuelve. Nuestra historia refleja el desfile de las máscaras que adopta. Por eso Fierro no es rebelde, a lo más, es desdichado. José Hernández convirtió un problema social en otro sentimental.

Y, por si este diagnóstico no fuera suficiente, agrega que no es de extrañar que la herencia española nos haya legado la combinación de haraganería y fraude.

Christian Ferrer ha subtitulado  su libro sobre Martinez Estrada: “la amargura metódica”, quizás no esté del todo errado el refuerzo atributivo. Porque es metódica su condena, dividida en trozos, eslabonada, repetida, obsesiva, agresiva.

Tiene la furia de Sarmiento, pero carece de sus deseos de grandeza. El sanjuanino tenía un proyecto, se inspiraba en otros ejemplos, sabía construir, gozaba con los pequeños resultados, tenía espíritu práctico.

Pero cuando escriben se cruzan e intersectan. Ambos tienen una relación a las patadas con su hogar, con su nación. Con la salvedad de que las patadas de Martinez Estrada han sido simbólicas, mientras las del Padre del Aula…

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8 comentarios Add your own

  • 1. marlaw  |  20 marzo 2018 en 22:17

    Yo pensaba algunas cosas en mi fuero íntimo, pero leyendo esta nota advierto que Martinez Estrada, se me adelantó, con creces

  • 2. marlaw  |  20 marzo 2018 en 23:32

    En toda amistad profunda, se pone en juego, “una componente homosexsual” Pero existe una notable diferencia, entre quién elige por vocación ser homosexual, de aquel otro que no lo es. En medio de toda esta cuestión, aparece una palabra acuñada por el psiconálisis, que establece precisamente la diferencia. Esta palabra se denomina: sublimación. Y la amistad entre dos hombres, como también entre dos mujeres, es un sentimiento donde esa componente se encuentra superada, y se “sublima” precisamente por medio de la amistad, que se traduce en una recíproca admiración, en respeto , inclusive en afecto, pero que en ningún caso, aparece en este caso el deseo erótico como necesidad, o como sustento de ese vínculo. Existe de por medio una elección, del mismo modo en que existe una elección ante el deseo de matar a un semejante, deseo que brota ante una ofensa proferida por el otro, que nos ciega, y nos impulsa a satisfacer nuestros instintos, pero que no obstante, en lugar de ceder a esa tentación homicida, postergamos y dejamos de lado nuestra animalidad, para elegir en cambio ser personas.

  • 3. marlaw  |  21 marzo 2018 en 0:13

    J.J. Sebreli ha tenido la gran suerte, de que ningún erudito de renombre, haya malgastado su tiempo, en criticarlo a él, escribiendo un libro a tal efecto, pero de todos modos, a Sebrelli también le cabe, un camión con acoplado, en cuanto a las críticas de las que puede llegar a ser acreedor

  • 4. carlos  |  21 marzo 2018 en 14:02

    Pido disculpas si ya la han mencionado anteriormente, pero para estas ocasiones, siempre resulta grato recordar la famosa frase de nuestro autor universal: “Sospecho que no hay otro libro argentino que haya sabido provocar de la crítica un dispendio igual de inutilidades”.

  • 5. Alejandro A  |  21 marzo 2018 en 17:20

    Se entiende claramente porqué la obra literaria “Martin Fierro” y su autor son universales; un libro impensable en una literatura abierta y provocadora como la norteamericana del siglo XIX no hubiese permitido un héroe como el de Hernandez y si ese libro se hubiese piblicado en la argentina de hoy, -de supuestas libertades y toleradas transgresiones- el autor ya estaría preso con pitos y cadenas.
    Extraordinario el párrafo sobre la supuesta relacion entre Fierro y Cruz; para mi que Martinez Estrada lo escribe para exorcizar algún deseo propio
    Volviendo a la literatura universal de aquellos tiempos, el héroe de Moby Dick -quizás uno de los otros yo de Melville- está enamorado de su compañero de habitacion en Nantucket que además es un hombre de color y encima caníbal… este destacado autor no ocultó jamås su condición y solía escribirle encendidas cartas de amor a su colega Nathaniel Hawthorne a quien le propuso ir a vivir juntos. ¿Porque allá queda bien y aquí es sospechoso?

  • 6. marlaw  |  21 marzo 2018 en 22:47

    Me provoca un grato placer intelectual re-leer esta nota. Siento que por un instante, le coloca un telón y me permite dejar atrás, toda la mediocridad reinante en estos tiempos.

  • 7. carlos  |  23 marzo 2018 en 22:16

    Atribuir un componente homosexual a la viril amistad de Fierro y Cruz, tiene la misma seriedad intelectual que atribuir similar comportamiento en Batman y Robin. O en el Gato y el Zorro.

    Claro, que el “sagrado energúmeno”, “la estatua aficionada a hacer declaraciones”, “el negador a la marchanta”, “el macaneador”, “el intérprete del pensamiento imperialista”, era una suerte de “Frondizi de la literatura”: por los motivos más diversos, nadie lo quería, o nadie lo terminó queriendo.

    De haber escrito unas páginas más, nos hubiésemos encontrado con el gaucho Martín Fierro haciendo caídas de ojos y escenas de celos a lo Rodolfo Valentino en “Los cuatro jinetes del Apocalipsis”

  • 8. Sergio Rossi  |  24 marzo 2018 en 8:34

    Una vez empecé a leer sobre por qué a la gente le causan gracia los chistes. Era interesante, pero empecé a analizar los chistes en vez de disfrutarlos y no me gustó ni medio. Tal vez con el Martín Fierro me pase lo mismo, me gusta tanto su lectura, que creo que prefiero quedarme en su interpretación ingenua.

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