El gaucho (9)

17 marzo 2018 at 9:14 1 comentario

Pero, no hay que olvidarlo, el gaucho es un cantor. Un hombre solitario que al caballo que monta se le suma la guitarra que afina. Cuando Martín Fierro decide irse para siempre e internarse en el desierto, abandona su guitarra, fue un modo de despedirse de la convivencia entre los hombres.

El gaucho habla poco, pero entona seguido.

Quien inmortalizó al canto gauchesco fue José Hernández, para muchos ha sido el vate de la nacionalidad. Vimos como Lugones en “El payador” lo encumbra a la altura de los fundadores de la civilización occidental.

Tulio Halperín Donghi escribe “José Hernández y sus mundos” (1985). Nada de lo que publica este historiador es inocente. Tiene una finalidad polémica. Ya en su primer libro “Echeverría”, en lugar de elogiar el coraje ilustrado de aquellos hombres de la generación del 37, pretende mostrar sus vanas utopías al intentar convertir a la pequeña ciudad embarrada del Plata, en una París iluminada.

Es su modo de poner en ridículo el apostolado de los intelectuales que creen que se instruye a un pueblo del mismo modo en que se educa a un párvulo. Si rescata a Sarmiento entre estos creyentes socráticos que conjugan en un mismo modo conocimiento y moral, la verdad y el bien, es porque el sanjuanino podía ser bruto a su manera. No le tenía asco al matadero, y a veces oficiaba él mismo de matarife.

Halperín se dispone a derrumbar uno de los mitos de nuestra cultura, el que opone Hernández a Sarmiento. Por un lado el que ensalza la figura del gaucho para denunciar  su extinción, y aquel que propuso no ahorrar su sangre si de civilizar se trataba.

Puede sorprender que comience el libro mencionando a Fermín Chávez quien sostuvo que el poema volaba por las alturas de la sabiduría universal. Lo prueba su escrito “Martín Fierro entre Wittgenstein y Vico”.

El tipo de asociaciones que Chávez establece entre Hernández y Wittgenstein es parte de la historia de la patafísica. Nos dice que para el filósofo austro-inglés, así lo llama, pensar es un recordar: el pensamiento es una memoria, “porque nadie podría experimentar un hecho como algo terrible o algo banal, si ello no fuese el eco de la inquietud o la indiferencia que ya están dentro de uno.”

Aparentemente, no dice otra cosa el Martín Fierro, Chávez cita unos versos:

“Es la memoria un gran don,

Calidá muy meritoria…”

Y así sucesivamente, aporta varios ejemplos en el que tanto Vico como Wittgenstein pertenecen a la tradición martinfierrista, que tienen, además,  una familia ampliada, perfectamente ilustrada cuando al cotejar la pasión con la fría razón, dice: “pensamiento que en resumidas cuentas, de la mano de Hamann y de Kierkegaard, de Marechal y de Evita –entre otros-, nos ayuda a abrir un boquete en la pared racionalista para oxigenar por él los existentes de carne y hueso ellos, aquel gaucho marginado y amotinado”.

Halperín en el prólogo en su libro sobre José Hernández menciona a Chávez porque años atrás había expresado su desacuerdo con quienes sostenían que de la vida del autor del Martín Fierro se sabía muy poco. Considera que fue una refutación acertada, pero esta coincidencia no excluye que Chávez sea de aquellos entre los que menciona Halperín como inventores de uno de los tantos mitos de la historia.

Dice Chávez en “Hernández y los hijos del país”: “Dos ideas sociales contrapuestas dominan todo el proceso cultural y político de la Argentina, en el siglo pasado, a partir de la irrupción rivadaviana. Una, apenas intuida y firmemente aceptada por el pueblo, se define por su identificación con la tierra y con el hombre americano; la otra, influida por el racionalismo y el iluminismo, se vierte sobre el país como un ánfora espuria de la cultura, desbordante de maniqueísmo. La primera se alienta del genio nativo, de lo facúndico que imprime sello peculiar a nuestra fisonomía, como dice bien Saúl Taborda. La segunda se proyecta bajo consignas de verdadero genocidio, levantando banderas de civilización e invirtiendo el viejo concepto griego de barbarie.

Dos hombres simbolizan, a mediados del siglo, esas dos ideas contrapuestas de país: José Hernández y Domingo Faustino Sarmiento”

Halperín alejado esta épica de la patria y del pueblo,  toma a Hernández por las astas y lo baja a tierra. De poeta lo convierte en periodista. Recorre su ideario por sus contribuciones en varios medios de prensa, y subraya la constancia de una de sus mayores ambiciones, la de pertenecer a la elite de la generación de los ochenta.

En una palabra, ambicionaba lo que Sarmiento despreciaba.

Por eso remite la grieta entre Hernández y Sarmiento, a otra de las fantasías consoladoras y vengativas que se enuncian en nombre de los desposeídos. Lo adjudica a otra finta de un neorrosismo que no ceja de empeñarse en embanderarse en causas perdidas. Sucede cuando la historia se escribe como una “fable convenue”, de acuerdo a su cita de Talleyrand.

Anuncios

Entry filed under: General.

El gaucho (8) El gaucho (10)

1 comentario Add your own

  • 1. rodolfo lópez  |  17 marzo 2018 en 21:59

    No sé cómo serán los Gauchos que siguen, del 1 al 8 creo que fueron estupendos, los leí varias veces; sobre el 9 arriesgo:
    Halperín, en su prólogo sobre Hernández, hace lo que hizo Chávez asociando a J.H. con la patafísica (¿es una broma?): hablar de cualquier cosa menos del libro mismo. (Está claro que no tiene sentido escribir sobre Hernández sino es por su obra, MF).
    Halperín, pretendiendo diferenciarse de la “épica de la patria y del pueblo”, y “las dos ideas sociales contrapuestas predominantes” y lo que sigue de Chávez es aquí, lamentable y paradigmáticamente, el propio Fermín Chávez.
    ¿Qué importancia puede tener que Hernández haya sido periodista (¿?), o un envidioso perdedor desclasado, si fuera ese el caso. Para escribir una genialidad se necesita tener talento, no ser una buena persona. (Hay además muchos casos de escritores de una sola gran obra).
    J.H. habla por sus versos, que son generosos, imaginativos, cuentan una historia que generaciones de lectores transformaron en Mito (en el mejor sentido de la palabra, que se usa a veces en forma peyorativa) y esos versos no convocan a venganzas, y no tiene la culpa J.H de que más de un siglo después lo peloteen de un lado para otro, según convenga, no a los críticos especializados o a las autoridades literarias (¿Borges quizá?) sino a los sociólogos politólogos enfrentados a los violentos setentistas revisores de la historia.
    Sintetizando, a esta altura -2018- es mejor sumar; Hernández más Sarmiento. Y disfrutar la lectura del Facundo y de Fierro. Es posible.

    Fuera del blog no leí a T Halperín Donghi, cuando fue citado le agradecí su claridad para exponer la reciente historia argentina, sus razonamientos tendían a desactivar la virulenta carga agresiva latente, tendían a entender y a distender, y tendían por eso a la paz. No lo hace aquí. Se enreda con los setentas y les da la razón. Martín Fierro no puede ser bandera de enfrentamientos, dentro de 150 años se seguirá leyendo cualquiera sea el destino argentino.
    Existe un registro, el afectivo, que los intelectuales niegan o no pueden entender, y no cualquiera puede superar ese obstáculo .
    .

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s

Subscribe to the comments via RSS Feed


Archivos

Categorías

Calendario

marzo 2018
L M X J V S D
« Feb   Abr »
 1234
567891011
12131415161718
19202122232425
262728293031  

A %d blogueros les gusta esto: