El gaucho (6)

14 marzo 2018 at 11:51 Deja un comentario

Pueblo versus oligarquía es uno de los estabilizadores ideológicos de una mirada siempre la misma sobre nuestra historia. República versus despotismo es otra. Y civilización versus barbarie, la archiconocida.

En cada uno de estos casilleros se depositan los acontecimientos políticos y sociales a lo largo de años, décadas, y siglos. Lo más importante es mantener la estructura binaria del modelo.

Cuando algún personal gubernamental que le toca hacerse cargo de las riendas del estado tiene el atrevimiento de proponer otra matriz interpretativa, fracasa. Ocurrió en tiempos recientes con el alfonsinismo y su tercer movimiento histórico, antes con el frondizismo, con el menemismo y sus abrazos con las corrientes liberales y conservadoras.

Quien sorprende con una variación sobre el tema de las sucesivas grietas de nuestra historia, es nada menos que uno de los historiadores más invocados para justificarlas.

El título del tomo II de su clásico “Revolución y contrarrevolución en la Argentina”, Ramos la subtitula “Del patriciado a la oligarquía”. La palabra patriciado la aplica a los años de la constitución del estado nacional en tiempos de Roca.

Su connotación positiva es ensalzada por este historiador, que reconoce en el general presidente la obra maestra de trazar de una buena vez por todas las fronteras de la nación, y de salvaguardar el territorio de las ambiciones de los países limítrofes.

Roca no sólo se destaca en el ámbito de la política exterior y en el marcado definitivo de los límites, sino, además, en el impulso a través de una política inmigratoria, y de una política educativa que desde Sarmiento y Avellaneda, inició un crecimiento y un progreso que modificaron al país de un modo sustancial.

La interrupción de este proceso se debió a la conjunción de intereses antipatrióticos, una vez que terratenientes y el imperialismo británico desvían y se apropian de la ingente producción de riquezas en beneficio propio.

Frustraron el proyecto de una clase dominante que a pesar de sus  privilegios, siempre pensó en el país, y tuvo la generosidad de miras para contribuir a su engrandecimiento.

Aun cuando en aquellos años, no podía hablarse de república ni de democracia, ya que se votaba a mano alzada de acuerdo a las presiones de caudillos, jefes de distrito y delegados, ejercían sobre grupos de votantes que obedientes, la nación se fortalece y se organiza luego de medio siglo de luchas civiles.

Es significativo el uso de la palabra “patriciado”, y su encomio en la pluma de uno de los forjadores de la izquierda nacional. Su reconocimiento del valor histórico de las elites, refuerza con el ejemplo argentino, una concepción de la política en el que prima la aristocracia.

Aristotélico implícito, Ramos suma con lo sucedido a fines del siglo XIX, su aporte a la preferencia del filósofo griego por un régimen de gobierno aristocrático por encima de la democracia. Sabemos que Alberdi lo anticipó en esta misma preferencia, y que Sarmiento, por el contrario,  jamás se dejó seducir por la misión de las minorías esclarecidas.

Defenestrado el patriciado, domina al país la oligarquía que ningún régimen plebeyo es capaz de derrotar. Es lo que ilustran los acontecimientos en las primeras décadas del siglo XX.

“Plebeyo” parecer ser una palabra tan anacrónica para identificar a un grupo social, o a una población, como patricio. Son identidades premodernas, propias del prestigio de la senaturía romana y del Antiguo Régimen.

Designa en el caso argentino, el poder de las clases medias, clientela del radicalismo que aparentemente democratizó el país con el sufragio universal. En realidad, no hizo más, de acuerdo a Abelardo Ramos y otros pensadores “nacionales”, que legitimar el poder oligárquico con un disfraz parlamentario.

Si para algunos el golpe de estado del año 30 que inaugura la futura presencia política  de los militares durante los próximos sesenta años – hasta que Carlos Menem derrota a Mohamed Seineldín al mando del grupo de Carapintadas, anula por ley la conscripción y prácticamente desarma a las fuerzas armadas – , la proscripción del irigoyenismo plebeyo resuscitó nuevas ilusiones en quienes añoraban la aparición de nuevas elites en la conducción de la nación.

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