Bitácora 105 (Perfil 28/1/2018)

28 enero 2018 at 18:31 2 comentarios

El texto de Verbitsky es un ensayo panfletario, un género que el autor reinvindica  porque concibe al periodismo de investigación como un arma de guerra, que de por sí no ahorra artimañas cuando se trata de vencer a un enemigo. En este caso el gobierno provincial de Gerardo Morales y el gobierno nacional encarnado por Mauricio Macri.

Para lograr su objetivo pone en funcionamiento una serie de procedimientos que pueden ir por etapas o combinarse entre sí. Sesgar estadísticas y ofrecer los números convenientes al tiempo que se ocultan los que resultan molestos, extraer escenas y descontextualizarlas para que no tengan matices, simplificar al máximo los conflictos para que nadie suponga que pueden haber negociaciones o medios términos que diluyan un enfrentamiento que lleve a la victoria siempre, ignorar los dilemas políticos e históricos que exponen los límites de la acción política y no la signan con un imborrable sello de culpabilidad o inocencia, evitar claroscuros, pactos y complicidades entre adversarios políticos para mantener así la grieta entre dominados y poderosos o entre libertadores y cipayos,  canoñear con una avalancha de legajos, pliegos y prontuarios, mezclados con una interminable lista de nombres de juristas, abogados, funcionarios, parientes, acusados, cómplices, que empequeñecen el barullo de apellidos que debe memorizar un lector de las novelas de Dostoievski, en síntesis, sofocar y abrumar con datos precipitados que oficiarían de prueba..

El libro de Alicia Dujovne Ortiz “Milagro” es de otro tenor. El texto de la escritora argentina radicada en Francia está destinado a ser publicado en una editorial feminista francesa con un público lector que seguramente disfrutará esta presentación de una líder mujer indígena de un país remoto a la que la autora llama “la Evita Negra”, y que prolonga la serie de biografías que Dujovne Ortiz dedicó a Eva Perón y a Santa Teresa de Ávila.

Debe ser por su interés en mujeres heroicas y mártires que asocia la lucha de la Santa contra la Inquisición con la de Milagro contra el poder provincial.

Dice que Milagro es una nueva Tupac Amaru esta vez descuartizada encarnizadamente por un poder mediático y el odio visceral de Morales que hunden sus raíces en el proceso de colonización. Además explica el odio del gobernador por los celos ante su carisma.

A la pregunta sobre el ejercicio de la violencia por parte de la organización, responde que es la violencia normal, y si es cierto que mataron, y bueno sí, mataron…

¿Si se robó?, Y sí, pero hay que ver lo que hicieron con lo que robaron.

La autora también recuerda aspectos de la vida de Milagro. Fue una de las primeras mujeres malambistas, su formación política se la debe a Fernando Acosta, Nando, que se define como anarco-peronista, recuerda que su esposo es discípulo de Silo, que el perro Santillán la denunció por la muerte de su yerno pero que no fue adrede sino por una paliza (pag 54), que fue a Cuba pagada por ATE, para que transitara “por los caminos del Che y que allí pudo apreciar la importancia que tenía “la copa de leche” y “el horno de barro”, que luego implementaría en El Alto Comedero.

Cree que al estado argentino en tiempos de Kirchner le era útil que se encargara de contener a casi setenta mil desocupados, y que a pesar de ese apoyo positivo, no pudo evitar perder autonomía política desde el 2010.

En la página 121, en una entrevista por la autora, el reporteado Beto,  no se anda con sutilezas y compara a Milagro con Mandela y a Gerardo Morales con Hitler.

La escritora rescata las ceremonias ancestrales que la comunidad lleva a cabo, y el anuncio de que al Pachacuti  (Inca fundador de Machu Pichu) de la Oscuridad lo seguirá el Pachacuti de la luz. A pesar de esta invocación y de la recuperación de una cultura sojuzgada, reconoce que los collas casi no hablan quechua (pag 138), mientras los guaraníes son celosos de la suya. Estos últimos aparentemente están más cerca de Milagro que los collas a quienes parece bastarles con un poco de tierra y unas cabras.

La autora le pregunta al marido de Milagro: “¿Y la incitación a desear, a querer más? ¿No hay algo de Evita en la tendencia de Milagro a dar `lo mejor´ para los pobres, no cosas simples ni prácticas, sino lujosas? ¿Ella sabe hasta qué punto se parece a Evita?”

Verbitsky en su libro también señala que la única lectura de Milagro en la cárcel es “La razón de mi vida”.

Dujovne Ortiz, no satisfecha con `evitizarla´, le encuentra una nueva identidad al calificarla de anarquista, y para darle un suplemento definitivo, agrega que es `mujer´, como si el género fuera un logro.

Nos interpela cuando dice: ¿a qué le teme el hombre en la mujer? A la ausencia de límites. (pag 212). Advierte que a Milagro se la quiere muerta, y brega por la lucha de MUMALA (Mujeres de la Matria Latinoamericana).

En síntesis, en esta serie de pantallazos dispersos en el que la autora de “Milagro” le hace pensar en Kurosawa y su película “Rashomón”, o en Santa Teresa de Ávila, o en Evita, en Ni Una Menos y Me Too, en el anarquismo, en Hitler y Mandela, más allá de estos raptos poéticos inspirados en un deseado feminismo puneño, hay pequeñas frases de sus entrevistados que contrastan con esta lírica, que señalan que había narcos en la Túpac, que a Milagro la cuidaban ocho grandotes, que los doce coches no eran de ella sino de sus hijos, de una frase de Elizabeth Gómez Alcorta, abogada del Cels que colaboró con Verbitsky en su libro sobre Milagro, con la que reconoce la violencia ejercida por la Túpac, que redundaba “en una política del miedo muy efectiva”.

Pero creo que hay unas pocas palabras que rescata la autora de “Milagro”, que llega al núcleo de su lucha: “el rico no tiene oídos para escuchar”.

Que el poder no vea lo que no le conviene, es normal. Que piense que su dominación es lógica y natural, se sabe. Que se convenza de que todo mejora con el tiempo y que el progreso beneficiará a todos, es moneda corriente. Que los conflictos se resuelven en una mesa de negociaciones, que la república se sostiene por un contrato unánime entre los representantes del pueblo que se define como Ley fundamental, se considera un principio constitutivo. Que es imprescindible lograr el consenso entre los grupos de interés, demuestra que existe la buena voluntad. Que hay un orden de méritos imposible de desconocer, se encomia como fuente de nobleza.

Pero que el poder sea sordo, pone en tela de juicio cada uno de los incisos que conforman una sociedad que se proclama diversa, plural, democrática, y abierta.

Para ilustrar esta tesis, me remito a una discusión entre filósofos.

La filósofa húngara Agnes Heller que fue militante comunista y discípula del filósofo marxista Giorgy Luckács, discute las tesis de Jürgen Habermas, el teórico de la ética comunicacional.

El filósofo alemán sienta las bases de una sociedad democrática en procedimientos que garantizan que la palabra sea un puente entre sujetos sociales que debe estar libre de censuras y asimetrías, y que se corporiza en una figura señera de las relaciones sociales, derivadas tanto del empirismo inglés como del contractualismo clásico: el diálogo y la conversación.

Para que funcionen las interacciones dialógicas los participantes deben aceptar las reglas de juego comunicativas en las que cuando uno habla el otro escucha y no sobrepone su palabra que hace del sonido ruido, que exista alternancia en el uso de la palabra, que todos tengan la predisposición y la sana intención de aceptar las razones del prójimo además de reconocer los propios errores, y que el valor más importante del conjunto sea la búsqueda de la verdad.

Heller dice que para que quienes dominan se sienten a hablar y dialoguen, deben darse cuenta que el otro existe, que hay un problema cuando no se perciben señales de su existencia por indiferencia, ignorancia o conveniencia. De un momento a otro, sin que nadie lo haya previsto, se produce  una interferencia que perturba la conversación, hay un ruido molesto.

Sucede que de improviso un inexistente interrumpe la imaginada conversación que a veces no es más que un soliloquio con varios personajes manipulados por un único titiritero (genial invención de la filosofia y del teatro griego), y los límites que impone la ley se muestran frágiles ante la embestida de quienes sin invitación se presentan al estrado. Hay un piquete que impide la libre circulación en la autopista legal.

Por supuesto que la filósofa húngara parte de una premisa que es la de que la sociedad capitalista no es igualitaria, que más allá de procedimientos formales que distribuyen equitativamente derechos, los mismos no pueden ser usados y disfrutados por igual, y que existe una estructura de dominación.

Quienes reinvindican derechos, denuncian mecanismos de opresión, luchan por mejorar su situación, con frecuencia son meros fantasmas sin cuerpo que deben atraer la atención de quienes dominan. Obligarlos a mirarlos primero, y escucharlos después.

El poder y quienes lo ejercen están totalmente ocupados en mantenerlo y reforzarlo, se amacan dulcemente en un ensueño de inercia positiva, y nada quieren saber de que en una sociedad democrática irrumpan acontecimientos de incomodidad, de inoportunidad, que obligan a los que administran lugares y funciones, a desplazar sus focos de atención y mirar adonde no miran y escuchar lo que no oyen.

Por eso no hay contradicción entre diálogo y violencia o entre revolución y gradualismo, pero sí una tensión que no se resuelve de una vez por todas, con una dinámica de acuerdos y choques entre grupos de interés y voceros ideológicos que bregan por imponer sus puntos de vista.

No sólo es necesario que haya un respeto unánime por las reglas de procedimiento que permiten la resolución de los conflictos, sino la aceptación de que hay desproporción y asimetrías en nuestra sociedad, y que la posición de sus miembros es desigual y que el poder de decisión no está distribuido equitativamente.

Lo que sucedió en Jujuy, en el NOA – sostiene Milagro Sala – es que el poder fue sordo, y, agregamos ciego, pero no de una doble discapacidad natural, sino de una estrategia se dominación que no dio lugar a otras voces y cuerpos.

Para hacerse ver y escuchar, los grupos aborígenes y mestizos crearon un espacio de poder nuevo, inédito. Recibieron recursos y fondos financieros del gobierno nacional, pero en lugar de usarlos, consumirlos, y disfrutarlos, los hicieron productivos, demostraron que podían organizarse por sí mismos, crecer como entidad, y recuperar historias, mitos, creencias, identidades, silenciadas durante siglos.

Los excesos, la censura, la represión, el autoritarismo, la corrupción, no fueron mayores en la Túpac que en la sociedad dominante del orden civilizatorio en el que vivían, por el contrario, aportaron modos de hacer y de vida colectivos, ignorados y reprimidos por el poder consuetudinario.

No crearon un paraíso artificial ni una maqueta estática que no se modificaría jamás, sino iniciaron un proceso que podía abrirse para democratizar aún más su proyecto. ¿Por qué no? ¿Quién puede sostener que la labor de Milagro Sala mantendría su propio orden político tal cual para siempre? ¿Quizás, una confederación de comunidades podría algún día no muy lejano tener un gobierno colegiado?

¿Por qué ignorar que en el orden de la representación hay culturas en las que la personificación del poder pertenece a una simbología tan real como otras formas de delegación de la autoridad?

Una sociedad como la nuestra que abunda en idolatrías, adoraciones fugaces y continuas, que fabrica tótems al por mayor, fetiches públicos y privados, fanáticos de todo tipo, exigir a las comunidades precolombinas que se constituyan en una socialdemocracia a la escandinava, con sus rubios y su vodka, es utópico, ucrónico, e hipócrita.

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Bitácora 104 (Publicado en Perfil 28/1/2018) Aquellos deseos, o sueños, o ilusiones…del 2011

2 comentarios

  • 1. sebastian audicio  |  9 febrero 2018 en 14:28

    Los argentinos todavía estamos purgando haber sido llevado de las narices por tipos como Verbitzky y demás seudo intelectuales para votar al perfecto desconocido Néstor Kirchner en 2003 y firmar nuestra sentencia de 60 años de atraso, zafarrancho económico, pobreza, miseria, dolor y tristeza congénita

  • 2. marlaw  |  22 febrero 2018 en 19:23

    Yo no lo voté porque consideré que esa elección era solo una interna entre peronistas.


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