Bitácora 103: Evo

24 enero 2018 at 22:26 4 comentarios

EVO

El gobierno de diez años de Evo Morales es una novedad política a nivel continental.

Son muchos los que alaban las dos presidencias del mandatario “cocalero” del altiplano, y lo curioso es que los elogios han trascendido las fronteras ideológicas. Evo es un símbolo y un ejemplo para Milagro Sala como lo es para sus enemigos. Para los bolivarianos es un adalid de la lucha contra el Imperio como es un administrador sensato, moderado y exitoso para los liberales de la economía.

Ha sabido complacer a unos y a otros. El ensayista Martín Sivak se ha ganado su amistad desde el momento en que publicó sendos libros sobre Juan José Torres y Hugo Banzer Suárez en los que mostró su interés por la revolución nacional boliviana desde la época de Paz Estenssoro.

En “Jefazo (Retrato íntimo de Evo Morales)”, Sivak – más conocido por su último libro “El salto de papá” – da testimonio sobre esta relación a la vez que describe con pincelada gruesa un boceto inpresionista del modo en que gobierna Evo.

No cabe duda de que se trata de un gobernante atípico ya que conserva en el ejercicio de la presidencia, rasgos de su labor llana de cuando era un militante y dirigente social.

En un país muy pobre, es un presidente pobre, pero tan pobre que a veces nos parece estar leyendo un libro de García Marquez con su universo realista y mágico en donde ocurren cosas extraordinarias, más aún en un continente habituado a que su literatura nos hable de `patriarcas´ y `supremos´ que tienen en sus manos el destino de sus pueblos sin ahorrarle a sus adversarios políticos los métodos de castigo más crueles que se puedan imaginar.

En una región en la que los gobiernos constitucionales a pesar de ejercer el poder en nombre de la ley, son avasallados por denuncias de corrupción, una época en la que se revierten proyectos de liberación en una sumatorio de casos de enriquecimiento personal y acopio de  privilegios, el caso de Evo es singular.

No parece interesarle enriquecerse, a pesar de que le interesa el dinero y mucho. Pero se trata de la gestión de los dineros públicos, lo que quiere decir es que considera que la instancia económica debe estar conducida de un modo preciso y riguroso ya que considera que su estabilidad en el poder depende de ella.

Era consciente de que no estaba preparado para gobernar una nación y que mucho debía aprender en el ejercicio mismo del poder. Sabía que carecía de recursos técnicos, no sólo a él sino a sus compañeros de militancia. Con el tiempo logró  equilibrar su discurso revolucionario con medidas afines a una política económica austera y previsora.

Un pueblo sojuzgado no sólo políticamente sino culturalmente, etnias como la quechua y la aymará silenciadas y oprimidas por una raza blanca que a veces elegía para presidente a candidatos cuyo acento conservaba la tonada yanqui de quien llevó a cabo estudios y largas residencias en los EE.UU, tenía por primera vez en su centenaria historia un mandatario que era uno de ellos.

Sivak cita al embajador norteamericano en Bolivia quien en el 2003 le decía al vicepresidente Mesa durante la presidencia de Sánchez Losada: “La elite ha gobernado muy mal. No he conocido un país tan racista como éste. Ustedes, que son la elite, hicieron una democracia de exclusión. No tienen autocrítica, no pueden constituir institucionalidad y viven de la corrupción” (pag 157)

Sivak no sólo entrevistó a Morales sino que lo acompañó en varios de sus viajes por Bolivia y reeditó la primera publicación de su libro por lo que el tiempo de relación y narración se extiende desde el 2006 al 2014.

El periodista nos presenta a un personaje atípico porque pareciera que la investidura no le hizo cambiar de vida respecto de los  tiempos en que era un campesino pobre y militante sindical de base.

No por eso crea un prototipo algo artificial al estilo del Pepe Mujica que no deja oportunidad de mostrar su humilde rancho o su chata desvencijada a la vez que dice que la mejor vida de un ser humano es la del que después del asado duerme su siesta bajo la  sombra de un árbol.

Durante la campaña presidencial el Pepe anunciaba que su meta era la de hacer del Uruguay una nueva Dinamarca por sus similitudes en territorio y poca población, pero gran diferencia en tecnología y productividad. Un objetivo que sorprendía a sus compañeros que soñaban con Fidel y Chávez.

Después se resignó a no repetir u olvidar su referencia escandinava.

Morales también parece ambicionar una Bolivia moderna pero equitativa. Ansía distribuir los bienes terrenales del capitalismo avanzado entre sus pares. No necesita mostrarse aborigen porque lo es. Practica ceremonias tradicionales, se viste con los colores vivos de sus ancestros, aunque no sabe hablar ni quechua ni aymará.

Habla del “no estar”, un forma de ser que se identifica con la naturaleza y con lo que llama “derechos cósmicos” (pag 272). Estos jirones metafísicos no le impiden defender con uñas y dientes la extracción de petróleo en nombre de la protección del medio ambiente y la defensa de la Madre Tierra (ibid 176) frente a la avanzada de su colega Lula que pregona el uso de los  biocombustibles.

Libró una dura lucha contra los poderosos concesionarios de la energía con el fin de  nacionalizar las fuentes de producción, entabló la guerra del gas y la guerra del agua, y resistió lo que llama la nueva estrategia del Imperio que consiste en sustituir el enfrentamiento de la guerra fría contra el comunismo, por la del narcotráfico.

La coca es para lo bolivianos, dice Morales, lo que la hostia para los católicos. Y con la hoja de coca, planta sagrada, se fabrican cremas, shampús y panes.

En lugar de someterse a planes como los de la “coca cero” que deja sin trabajo y sin ingresos de campesinos bolivianos, pide que se controle la producción de gaseosas cuya composición no carece de estimulantes.

Evo sigue un plan en el que prioriza la reforma agraria, la nacionalización de los hidrocarburos, el control de las tarifas de servicios públicos, la austeridad fiscal y la lucha contra la corrupción.

Lo complementa con valores tradicionales de su cultura como el no robar, no mentir y no ser flojo.

Hizo buenas migas con Caracas y Teherán que le permitió conseguir tractores, y gracias a un crédito de trescientos millones de dólares, pudo lanzar el primer satélite boliviano a la estratósfera.

Hecho sideral en contraste con otros ingredientes pintorescos que aporta Sivak, como la de que Evo pida buscar un lustrabotas en la plaza frente a la casa de gobierno porque sus zapatos están sucios y no acordes a una reunión importante, o que busquen en una gira alojamiento en cabañas porque ahorran veinticinco dólares, o que la habitación en la que duerme esté iluminada por una bombita desnuda, o que observe que esos hoteles cinco estrellas en los que debe pernoctar de tanto en tanto no son nada en relación a cuando lo hacía bajo mil estrellas.

También es simpático que el presidente le pregunte si “coliseo” se escriba con `s´ o con`c´, y que cuando Sivak se interesa si vió la película “Bolivia” del argentino Adrián Caetano, le responda que una sola vez fue al cine a ver una película sobre Pelé, y que se sorprendió de que la pantalla fuera tan grande.

Nada candoroso hay en estas imágenes de un político bien avezado que no transitó por los carriles habituales de la formación política. Evo se distanció de la izquierda tradicional, del foquismo y de la reinvindicación de la representación partidaria.

Personificó al sindicalismo campesino y a los marginados por la democracia excluyente de las décadas en que predominaba el consenso de Washington. No solamente debió enfrentarse a la derecha reaccionaria y a los grupos de interés del occidente santacruceño que lo amenazaban con la fragmentación, sino a quienes desde la izquierda le pedían medidas más radicales y duras.

Por ejemplo el dirigente Quispe que deseaba reemplazar el ministerio de asuntos indígena por otro ministerio de asuntos blancos, y la de crear en La Paz una reserva para blancos.

Evo se encontró con un país con una economía en la que 70% de su población activa vivía de la informalidad, con un salario mínimo de 65 dólares por mes, una migración del campo a la ciudad que creaba poblaciones marginadas para las que urgía encontrar una solución  que para él era vital si se quería constituir una sociedad integrada.

Dice: “Hay un problema campesino que es el paso del campo a la ciudad. Hasta que no se resuelva ese problema, no se resolverá el problema de Bolivia” (165).

En pocos años, Bolivia crecía a una tasa de 6,5% por año, con una inflación controlada y un presupuesto balanceado. La participación estatal en la economía había pasado del 7 al 24%, después de que el estado se arrogara el monopolio de la exportación de petróleo.

En diez años las exportaciones pasaron del dos a diez mil millones de dólares, con unas reservas en el Banco Central del 60% del PBI, seis veces mayor que las que tiene la Argentina con dólares adeudados.

Si bien es cierto que los números posteriores a la publicación del libro de Sivak editado en el 2008, muestran que estas reservas hoy conforman el 30% del PBI, tres veces la Argentina, hay que tomar en cuenta que en diez años de gobierno de Evo, el país pasó de 11.000 millones de dólares de PBI a 38.000, un crecimiento asombroso e inédito en el mundo de hoy.

El FMI dice que Bolivia tiene la relación más alta a nivel mundial entre reservas y tamaño de país. Pensar que Evo reconoce que “acabo de entender lo del déficit fiscal y lo del superávit: antes de ser presidente no lo sabía. Desde 1970 en adelante el estado siempre tuvo déficit”, y agrega que en trece años se gastaron la escalofriante cifra de 250 mil millones de dólares en gastos reservados.

Hay casi pleno empleo, la construcción crece al 10% anual, la pobreza bajó del 24 al 14%, y la pobreza extrema rural del 63 al 43%.

Estos datos que aporta Sivak en su libro están lejos del realismo mágico, y bastante cerca de un realismo político de un líder que supo comprender la diversidad de la sociedad boliviana más allá de su lucha por el reconocimiento negado durante siglos a las mayorías. Así sedujo a las élites de santacruceñas.

Pero siguen los conflictos, tanto la Central Obrera Boliviana, como la Confederación de Pueblos Indígenas, se oponen a sus políticas y bregan por medidas que tome  en cuenta sus intereses y defienden sus derechos que consideran ignorados. La popularidad de Evo sube y baja como en cualquier democracia que depende de la volatilidad de la opinión pública que no garantiza la permanencia ad aeternum en el gobierno.

Evo busca promulgar una reforma constitucional que le permita seguir en el poder. Ante las críticas por esta aparente ánsia de perpetuación, confiesa que en la región en la que le toca vivir y gobernar, “lamentablemente, veo que los movimientos políticos se centran en las personas” (ibid 37).

Los problemas subsisten en el país ya que a pesar del auge del precio de las materias primas, la economía sigue el modelo extractivo de riquezas y no se ha diversificado. Es una estructura frágil a merced de la demanda de unos pocos países.

Por otra parte, el gobierno no ha podido, dice Sivak, hacer productivos el disenso y el debate interno por plegarse a una especie de “centralismo democrático” que como siempre tiene más del primero que del segundo.

Lo que acarrea por consecuencia la aparente imposibilidad de sucesión en el poder.

Evo disfrutaba del juego de paleta y de lo que llama los viernes de soltero, pero nada lo captura más que el futbol. De ahí que no sorprenda que se haya cumplido su sueño de convertirse en jugador profesional, el primer presidente que cobra un  sueldo por jugar en un club de futbol.

El Sport Boys lo contrató a sus 55 años con un sueldo de 214 usd, para jugar junto al Bichi Fuertes y al Ogro Fabiani.

 

 

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Entry filed under: General.

Biopolítica de la Argentina (5) Bitácora 104 (Publicado en Perfil 28/1/2018)

4 comentarios Add your own

  • 1. Aldo  |  27 enero 2018 en 12:41

    Hay un día del año que Buenos Aires se convierte en una fiesta de colectividades bolivianas peruanas chilenas ,, mucha dansa comidas festividad sueños de hermandad , hasta seguramenente alguna emoción de reconocer a esos pueblos , sus historias , gente mansa sufrientes . Pero con que alegría bailaban , tocaban la guanala , si ,hasta se sacan fotos con ellos , porteños jovenes de rastras ,chicas jovenes también con polleras o pantalones gruesos, pelo atado y muy femeninas a la hora de reir y de bailar al compas de la guanala o señoras y sus maridos que llevan a sus nietitos que los pone con los bolivianitos chiquitos y por supuesto sacan fotos ,,, una tarde , me imagino donde Buenos Aires y el resto latinoamerica se deben de sentir mas que hermanos !!!

  • 2. Aldo  |  27 enero 2018 en 12:43

    Buenos Aires es su casa hermanos latinoamericanos !

  • 3. David  |  27 enero 2018 en 19:00

    creetela

  • 4. Sergio rossi  |  2 febrero 2018 en 13:30

    Buen relato. Dan ganas de comprar el libro de Sivak.

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