Laudatio a Agnes Heller

24 octubre 2017 at 20:25 3 comentarios

Laudatio en ocasión del doctorado Honoris Causa de la Universidad Tres de Febrero a AGNES HELLER

1)

Agradezco al Rector de la Universidad Tres de Febrero Aníbal Jozami el darme esta oportunidad de presentar a Agnes Heller, y no puedo dejar de mencionar la intensa actividad de Piroshka Csuri cuya incansable actividad hizo que este acto fuera posible.

Me han pedido hacerme cargo de la “laudatio” de la filósofa húngara, una palabra que podemos traducir por “elogio”, una figura de la retórica antigua, que recuerdo aplicada por Gorgias en el caso de Helena de Troya.

Pero en este caso no hace falta circunscribirse a la ficción argumentativa de un género que suma virtudes de un personaje más allá de su vida real. Nada hace falta inventar para encomiar la vida y obra de Agnes.

Hablamos de una luchadora, de una incansable combatiente comprometida con los valores de la verdad y de la libertad. Nos encontramos frente a una testigo de dos de los acontecimientos que han dejado una de las más profundas marcas en nuestra contemporaneidad: el nazismo y el stalinismo.

Fue víctima del primero, y durante los años de la posguerra fue miembro del partido comunista, militante de la causa revolucionaria, y luego disidente y exiliada.

Agnes reúne dos vertientes ideológicas, dos tradiciones filosóficas, a las que no estamos acostumbrados de asociar. Es marxista y liberal. Lo que no quiere decir que adhiera al humanismo marxista.

Su liberalismo no es Ilustrado.

Es por demás interesante la lectura crítica que hace de una corriente filosófica de cuna ilustrada que ha tenido y tiene gran peso en el panorama filosófico en épocas recientes. Se trata de un pensamiento que a partir de Inmanuel Kant intenta fundamentar teóricamente a la democracia republicana de los denominados países avanzados.

Esta tarea fue elaborada por Jürgen Habermas y por otros filósofos como Karl Otto Apel, quienes sentaron las bases teóricas de la ética comunicacional y la ética del discurso.

Podemos decir en síntesis que ambos sostienen que la democracia se fundamenta en procedimientos formales que garantizan que la enunciación, recepción y circulación de la palabra, debe darse en un marco igualitario para quienes participan en actos de lenguaje. Este formalismo es previo a la calidad de los contenidos en disputa y asegura la libertad de expresión de los participantes.

Se supone que hay una relación de simetría entre los agentes verbales. Esta racionalidad comunicativa se opone a la que estos filósofos definen como racionalidad estratégica que diagrama sus pasos de acuerdo a una contienda argumentativa en la que se busca la victoria ante un adversario.

De algún modo volvemos a resignificar con nuevas palabras la eterna disputa entre sofistas y filósofos allá lejos y hace tiempo en la Grecia clásica de los tiempos socráticos.

Agnes Heller no opone la racionalidad estratégica con fines utilitarios a la racionalidad  comunicativa con fines emancipatorios. No encuentra contradicción entre una supuesta voluntad de poder de la razón política y los valores universales enunciados por ideales emancipatorios.

Aquí aparece el marxismo de Heller. No por haber combatido el stalinismo ha borrado de su pensamiento algunas verdades provenientes de la filosofía de Karl Marx, insistencias teóricas que las realidades de nuestro tiempo no han desvirtuado del todo.

Agnes sostiene que en las democracias formales impera un sistema social de dominación. Por lo que no hay posiciones simétricas entre los miembros de una sociedad por más identidad ciudadana que ostenten. En un sistema así, las relaciones “discursivas” no pueden abstraerse  de las relaciones de fuerza. Nos dice que a veces, o con frecuencia, la palabra de los sectores más débiles, o, dominados, no es escuchada.

A pesar de que las condiciones formales de la argumentación estén establecidas, no hay garantía de que todas las voces se oigan. Para hacerse oír es necesario atraer la atención de las otras partes del mentado diálogo. Agnes dice que la parte dominante sólo puede ser movida a escuchar una argumentación que le resulta inconveniente a sus intereses si se la fuerza a prestar atención y a aceptar la reciprocidad de la situación.

Si la finalidad de acción es la argumentación y a forzar a la otra parte a ‘prestar atención’, entonces la lucha de clases, dice Agnes, no puede ser concebida exclusivamente en términos de acción estratégica: la parcialidad en favor de la razón está incluida en el concepto de éxito.

Por lo que fuerza y discurso no se contraponen, por el contrario, se entrelazan. No hay una oposición entre desinterés universalista y lucha por reinvidicaciones parciales.

Heller concluye que no puede haber reciprocidad formal ni consenso sin una acción colectiva inserta en una voluntad emancipatoria, y, por lo tanto, toda acción  es al mismo  tiempo, comunicación, lucha de clases y proceso de ilustración.

Para evitar largos circuitos teóricos, todos sabemos lo que significan “la calle”, las “redes” y la “pantalla”, en la caótica polifonía de nuestra actualidad `política. En el ágora del siglo XXI no todos están sentados alrededor de una mesa de negociaciones.

Además, agrega Heller, el marco regulatorio de una “conversación” igualitaria no puede establecerse desde una cumbre ilustrada que aplana diferencias y la diversidad de formas  de vida. Es necesario que haya un valor complementario a la voluntad de consenso.

La filósofa nos sorprende cuando nos remite al empresario utopista Robert Owen, que habla de caridad. El forjador del trabajo de ocho horas en una época en que la revolución industrial imponía condiciones de miseria a la clase trabajadora, no tenía sentimientos religiosos, por el contrario, debido a su laicismo tuvo serios inconvenientes para llevar a cabo sus proyectos con la clase dirigente inglesa. Pero habla de este variante de la compasión.

Heller rescata este valor despojado de la conmiseración cristiana y lo traduce – admitiendo su insuficiencia semántica – en términos hegelianos como la necesidad de reconocimiento de las necesidades de nuestros prójimos. Es decir, un camino para que los otros se conviertan en semejantes y próximos.

De este modo, nutre con un poco de carne sensible a la fría argumentación formal de la nueva escuela de Frankfurt.

 

 

2)

Agnes hace una distinción entre liberalismo e Ilustración. Es una diferenciación análoga a la que puede hacerse entre empirismo y racionalismo trascendental. El utilitarismo y su pariente liberal en lo que concierne al tema de los valores, recorren una escala de conveniencias y de gradientes de placeres. Se supone que nadie quiere sufrir por sufrir. Y si alguien pregunta la razón por la que el ser humano prefiere la salud a la enfermedad, o el placer al dolor, el empirista responde “porque sí”. Es una verdad autoevidente. No hay regresión lógica ni trampa paradojal que mueva al discípulo de Hume de su certeza de que hay cosas indiscutibles que no merecen más gasto de energías neuronales.

Evidentemente se ha ahorrado inquirir sobre ciertos aportes del descubridor del Inconsciente que habla de la compulsión a la repetición, de la pulsión de muerte, y de lo que su intérprete francés llama “el goce”. Ni tomamos en cuenta el “mal radical” kantiano ni los mandatos del divino marqués.

Lo cierto es que el Ilustrado no ceja en buscar razones para todo, garantías semánticas, rigores sintácticos, reglas axiomáticas, corolarios necesarios y fundamentos consistentes.

Agnes recuerda que los padres fundadores de la revolución norteamericana y redactores de su Constitución, proclamaron que los hombres son libres, no porque hayan nacido libres ya que no es una verdad empírica sino un valor trascendental, ni porque sean depositarios de una razón universal sino porque se trata de una verdad autoevidente. Para precisar recuerda que se habla de verdades que se las “interpreta”como evidentes (self evident).

Para la filósofa húngara, lo que se opone al Totalitarismo no es la democracia sino el liberalismo, que en sus términos significa la descentralización del poder,  controles y rendición de cuentas de los dineros públicos, libertades políticas, de prensa, independencia del poder legislativo, imperio de la ley.

Son tres las olas emancipatorias que Agnes Heller enumera que han permitido alcanzar un mundo de derechos y libertades: a) la de los judíos y los esclavos; b) la de los trabajadores, los pobres, los analfabetos, y su correlato jurídico en el sufragio masculino; c) la emancipación de la mujer y el sufragio universal.

 

3)

El presidente de Hungría es Viktor Orban. Es otro constructor de Muros. Su campaña anti-inmigratoria es conocida y su popularidad le permite ganar una elección tras otra. Agnes Heller es una adversaria intransigente de su política. Combate su proyecto de crear para su país lo que define como una democracia no liberal (iliberal democracy). Pero dice que Orban no tiene ideología. Su “relato”es una excusa. Lo único que le interesa es maximizar su poder. Para él no hay verdad o mentira, ni bien ni mal. Sólo le interesa discriminar lo útil de lo perjudicial, y valora el triunfo sobre todas las cosas.

Tampoco lo considera populista. No cree que la categoría de populismo sirva para describir procesos políticos. Es otro universal indefinido – como diría Foucault – que sirve para todo, por lo que es un vacío analítico.

Para Héller, en la sociedad de masas todos los partidos victoriosos son populistas. Sólo les interesan los números.

 

4)

 

El Holocausto o el genocidio del pueblo judío es adonde su pensamiento vibra con toda su intensidad. El padre de Agnes fue asesinado por los nazis. Ella y su madre se ocultaron y lograron salvar sus vidas. Cuatrocientos mil judíos fueron asesinados por los nazis en Hungría.

Agnes ha escrito un par de textos sobre uno de los más grandes escritores del siglo XX: Imre Kértész. El autor de “Sin destino” dice que su novela no es sobre el Holocausto. El relato autobiográfico que narra su captura en una calle por los nazis en momentos en que la  madre le pidió que hiciera un mandado, y su inmediato envío a los catorce años al campo de exterminio de Büchenwald, no es sobre el Holocausto.

Agnes coincide con el escritor en que la matanza del pueblo judío no es representable. El Holocausto es una referencia. La diferencia, nos dice nuestra filósofa, radica en su peso especifico. Poco importa quién ha sido el personaje histórico detrás de un personaje de Shakespeare como el rey Lear. Los críticos podrán polemizar sobre el tema en vano. Lo que verdaderamente interesa y lo que nunca deja de tener vida es el personaje.

Del mismo modo poco aportaríamos a nuestra sensibilidad e información develando la verdadera identidad de la costurerita que modela un cuadro de Vermeer. Pero no ocurre lo mismo con una pintura de Mantegna sobre la pasión de Cristo ni con el Moisés de Miguel Ángel. Aquí las referencias trascienden la representación.

Agnes dice que para Kértesz en “El Holocausto como cultura”, la historia de la civilización tiene tres símbolos trascendentes: Sinaí, Gólgota y Auschwitz. El último niega a los anteriores.

Los nazis quebraron el pacto con su propio mandamiento: debes matar!

Heller se pregunta por qué los nazis en momentos en que era imprescindible concentrar todos los esfuerzos en la guerra, en lugar de cargar los trenes con material bélico, los usaban para llevar a los judíos a los campos de la muerte. Su respuesta es enigmática. Dice que los nazis querían matar a Dios, necesitaban eliminar a los testigos de la muerte de Cristo. Debían dejar lugar a los dioses germánicos, y al Führer.

La deificación del hombre exigía suprimir de la vida al pueblo elegido por la divinidad monoteísta. La solución final.

El genocidio no tiene explicación para Agnes. Mejor dicho, tiene todo tipo de explicaciones que no despejan su absoluta incomprensibilidad.

No se explica por el antisemitismo. A un antisemita del siglo XIX, o a un antijudío del medioevo, o a un oficiante de la inquisición, no se le habría ocurrido un plan burocrático con una base productivista para eliminar de la faz de la tierra a todo un pueblo y sus descendientes, aún los conversos y los no judíos que tuvieran relaciones con una persona judía.

No se explica por el totalitarismo ya que la represión totalitaria se expande al azar y es indefinida en su matanza, en lugar de acotarse a un pueblo o raza. Auschwitz tampoco se explica por la Modernidad ya que la misma es también causa de resistencia al Holocausto por su defensa de los derechos humanos y su prédica tolerante y plural.

Tampoco el uso de la tecnología en cuanto tal, ya que, sostiene Agnes, su empleo no tiene un valor moral neutral. La define como un dispositivo cuya función es un máximo out put y un mínimo in put. Si no hay una guerra nuclear que destruya el mundo es porque tal cálculo no es imperativo.

Como Agnes lo dice y repite, podemos explicar Auschwitz, pero jamás comprenderlo. Es incomprensible. Foucault lo definía como perteneciente a lo “abominable”.

Nuestra filósofa señala que decimos “nunca más”, pero agrega: “sin embargo…”. Aunque Auschwitz no se repita, puede ocurrir algo similar. Lo que una vez ocurrió es parte de la imaginación, y lo imaginable puede volver a ser real.

 

 

5)

Quinientos kilómetros separan al lugar de nacimiento de Agnes de mi propio lugar de nacimiento. Budapest de Timisuara (Rumania). Compartimos la misma lengua materna, el húngaro, idioma que he tratado de olvidar metódicamente con bastante éxito.

El genocidio es un trauma en la sociedad húngara. Los húngaros confeccionaron un relato por el que se muestran como víctimas de rusos y alemanes. Niegan complicidad y protagonismo. Bien dice Agnes que los pocos cientos de alemanes enviados para organizar la llamada “solución final” no eran suficientes para exterminar cuatrocientos mil judíos.

Si estoy vivo es porque mis padres al residir en la provincia del Banato, no fueron enviados al campo de la muerte. El gobierno rumano negoció su supervivencia con Hitler argumentando razones de tipo económico. No convenía desmantelar industrias y bases productivas cuya gestión en manos judías era necesaria para el esfuerzo de la guerra.

Pero en Transilvania que fue ocupada por alemanes y húngaros no se salvó nadie, no sobrevivió ni un solo miembro de mi familia paterna.

Es muy difícil hablar de estos temas en Hungría. Tuve la experiencia este año en Budapest. Ni siquiera los miembros de la comunidad judía quieren hablar de lo sucedido. Por eso no hay rastros de Imre Kértész, salvo su tumba, en la capital húngara. Casi nadie quiere hablar de un judío húngaro que desnudó a sus compatriotas como él lo hizo. Su premio Nóbel no forma parte del nacionalismo que Orban manipula.

Gracias a Agnes pude contactarme con algunos críticos y escritores que tuvieron contacto con aquel gran escritor.

Mi laudatio termina aquí, con un agradecimiento a Agnes Heller. Ella es testigo de lo que sus correligionarios no quieren hablar. Saludo la presencia de Agnes Heller, una filósofa que junto a otras como la sin igual Hannah Arendt y la eximia Simone Weil, han sido un eje primordial del pensamiento de la libertad de nuestra historia.

 

 

 

 

 

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El profesor Michel Foucault (30) Bitácora 84

3 comentarios

  • 1. Marcelo Grynberg  |  24 octubre 2017 en 22:40

    Respecto a: “De este modo, nutre con un poco de carne sensible a la fría argumentación formal de la nueva escuela de Frankfurt.”

    Se refiere a las contribuciones de Axel Honneth en su re-elaboracion del tema de “la lucha por el reconocimiento” ?
    Por que dice que es “frio” ?

  • 2. marlaw  |  26 octubre 2017 en 18:07

    “Sin Destino” Una novela de Imre Kértész, también se puede leer. El que busca, encuentra.

  • 3. marlaw  |  6 noviembre 2017 en 3:08

    El Diario La Nación, en el día de ayer 05/11/2017, publicó una extensa sobre Agnes Heller, incluída también un fotografía de ella, por lo que, también tuve el placer de conocer su rostro. Sí tuviera que emitir algún juicio sobre ella, diría que se trata de una mujer dueña de una integridad, y una valentía absolutas.


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