Quién es Paul Veyne? (seis)

6 septiembre 2017 at 9:35 4 comentarios

3) Veyne critica la noción panexplicativa de ideología a partir de lo que denomina “cotidianidad”. La vida de todos los días, el corto plazo, el fin de mes, lo que exige cada mañana, la rutina, la monotonía, la indiferencia hacia tantas cosas, la costumbre, el hecho que la mayoría de nuestro tiempo no pensamos en nada, la banalidad de lo excepcional, buscar a las chicas al cole, pagar la cuenta de gas, ver “Bailando”, ir otra vez a la casa de la suegra, cobrarle el cheque diferido al desgraciado que nos bicicletea…son muchas las facetas que describen a la vida ordinaria.

Así como Foucault escribe sobre la vida de los hombres infames para dar cuenta de aquellas palabras mínimas olvidadas por la historia de los pequeños seres sin destino sepultados en los archivos – quienes apenas sabían escribir – Veyne rescata del sin fondo de lo diario el otro lado de la épica redentora de las grandes gestas.

Es una de las expresiones de su escepticismo, y de su alegre nihilismo.

Nada sombrío hay en este recuento, todo lo contrario, da una  nueva versión del “lubridium”, aquellas escenas sarcásticas de los espectáculos romanos que nuestro historiador describe  en abierto desafío a la ley de Dios.

Se trata de otra ley, la de la burla, la benévola sonrisa irónica que Veyne prolonga en la filosofía de Montaigne y los escritos de Voltaire. Pero no por eso nos entrega un pensamiento blando, una especie de resignación del perdedor que se queda en casa mirando televisión o puteando por twiter.

Veyne es un batallador aunque no se sabe por qué pelea. No tiene un ideal por el que luchar, y sin embargo, no abandona la refriega. Su entusiasmo es desbordante,  porque sí. Otras de las cosas que nos dice es que las cosas más interesantes no tienen motivo. Cuando explica algunos fenómenos sociales por la acción repetitiva de la costumbre, y se le pregunta qué es lo que determina la costumbre, afirma que la costumbre se explica a sí misma.

Nos dice que los seres humanos no son razonables sino curiosos, y que algo es interesante cuando no sabemos por qué nos interesa. Sin duda que este tipo de personaje no hace más que irritar a las almas especulativas, a los saturadores de argumentos, todos aquellos que exprimen el cerebro de sus semejantes hasta hacerles conceder la razón a su acosador, en fin, hay psicópatas lógicos que no se conforman con doblegar a su interlocutor sino que no cejan hasta hacerle confesar que le han hecho un bien. El ideal es lograr la gratitud del humillado.

Ninguno de estos espíritus analíticos estima a Veyne. Y no hablo de los socráticos, porque el fundador de la filosofía, en la pluma de Platón, no se limitaba a descomponer los argumentos de sus adversarios en la palabra, sino que tenía la habilidad y el talento de no llegar a nada.

Era un sofista tan fino que ni siquiera era sofista, le decían filósofo, un ciudadano que confesaba su ignorancia, que no tenía la sabiduría de los grandes que ostentaban su majestad sacerdotal – como decía Nietzsche – y que a pesar de eso, tenía la manía de oler el engaño.

Veyne no cree en la condición humana preñada de metafísica. No es cierto, dice, que los hombres preguntan espontáneamente por el más allá. Las religiones no provienen de la angustia ante la muerte ni del temor a las catástrofes naturales, no se elaboran como una astucia psíquica. Por el contrario, son las religiones las que implantan tales angustias y temores.

Dice que la costumbre es fundamental para el funcionamiento de las religiones, sensibiliza la religiosidad espontánea y se impone por respeto y deber. Agrega que la religiosidad se ofrece como un presentimiento, una especie de indiferencia parcial y una adhesión lejana. Concluye que la fe también se administra.

Lo que sí proviene de un sentimiento de angustia es la necesidad de un postulado  intemporal y universal llamado Verdad. No es el logos lo que se define como universal sino un fondo arcaico instintivo ya que somos animales y formamos parte de la naturaleza.

Veyne define a la cotidianidad como la respuesta a la pregunta sobre el modo de existencia de los valores en nosotros. Nietzsche y Max Weber, agrega, definían al hombre como al ser entre valores.

La dispersión en el tiempo como la fragmentación del yo determinan la balcanización de nuestras conductas. Veyne rebautiza a este fenómeno con el nombre de “porosidad”.

Esta dimensión se opone al donquijotismo de lo anticotidiano, el dividir a los hombres entre héroes de caballería, revolucionarios, progresistas, y sometidos, cipayos, herejes y subversivos. El valor de lo cotidiano, el mundo de la porosidad, permite la despersonalización, es decir, el conocerse a sí mismo.

Es como si Veyne escribiera un nuevo tratado de la tolerancia pero no por respeto al diferente sino para alivianar el superyo y la mirada del otro. Terminar con el Juicio de Dios, como exclamaba Artaud. Nos dice que reconocer en uno el amor propio, la mala fe, el gregarismo, el querer vivir a toda costa, nos mejora moralmente. Pone una distancia respecto de nosotros mismos y nos ayuda a aceptarnos.

No es la doctrina de la mediocridad dichosa, sino una avanzada contra el puritanismo evangélico y la prédica higienista que siembra pesadillas para mejor recolectar sumisos.

Creer no es lo más importante porque es una exigencia que segrega conveniencias. Lo usual es la voluntad de creer, cuyo resultado son las creencias parciales.

Decíamos que el concepto de cotidianidad se opone al de ideología. Esta noción que Veyne califica de panexplicativa, está adosada a la idea de interés. Se llama ideología a un sistema de representaciones que justifica un poder, de ahí que cada acción humana debería estar motivada por el interés. Llámese egoísmo, codicia, dominación de una  clase sobre otra o rebelión de los oprimidos.

Para nuestro historiador esta idea supone un hiperracionalismo utilitario que cree que los actos de los individuos en una sociedad siempre están al servicio de algo o de alguien.

Veyne en sus textos sobre las fiestas romanas, desde el circo al teatro, analiza el fenómeno del evergetismo, una variante filantrópica a la que los notables se sentían obligados para honrar a su ciudad, resaltar su prestigio y darle felicidad al pueblo.

Sólo el racionalismo de tipo marxista o una versión cínica de los comportamientos sociales, insiste en que tal felicidad no existe  debido a que lo que quieren quienes detentan el poder es distraer al pueblo de los “verdaderos problemas” y amansar su derecho a la rebelión.

Es lo que Veyne llama pedagogía de cuartel en mentes progresistas.

Cuando analiza las causas por las que el mundo deviene cristiano con la conversión de Constantino en el siglo IV dc, nos habla de la banalidad de lo excepcional. No busquemos grandes causas para estar a la altura de tal acontecimiento. No era necesario este gesto imperial para conservar la hegemonía romana ya que no estaba en duda. Su cultura seguía siendo la medida civilizatoria. Pero su paganismo era una religión envejecida.

Afirma que la noción de ideología es panexplicativa por ser una ilusión intelectualista. Los pueblos no son individuos. Más importante que las fraseologías son las vivencias silenciosas, el peso tácito de lo cotidiano y el habitual gusto por los ideales. Para Veyne, las ideologías sólo convencen a los convencidos. Pero su verdadera función no es la de convencer sino la de agradar, producir placer, mejorar la imagen que tenemos de nosotros mismos. Las ideologías legitiman rebeliones, justifican la superioridad de los que dominan, y trasmiten a los dominados que no se equivocan al obedecer o desobedecer. Su elasticidad es abarcativa y polifuncional, decora a todos y todas.

Balcanización de las conductas, fragmentación del yo, morales intermedias, creencias parciales, valores encontrados, porosidad cotidiana, banalidad de lo excepcional, este representante de la ética fractal, nos obliga a preguntarle cómo es posible que un escépticos radical, una especie de cínico mediterráneo, un estoico sin destino y un ateo sin doctrina, no deja de ser un batallador incansable.

 

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4 comentarios Add your own

  • 1. Edson  |  6 septiembre 2017 en 12:27

    No se trata de que las cosas tengan lógica, sino sentido (aunque en el fondo, etimológicamente, sean equivalentes: lo lógico es aquello que da razón de algo), que es lo que Veyne desestima.
    La verdad es que para la estructura de lo cotidiano prefiero a Certeau.
    ¿Es la religión la que inventa a la muerte, y no al revés? Más que osado, este Veyne es un banal.

  • 2. marlaw  |  6 septiembre 2017 en 19:22

    Sin dejar de lado que los Emperadores Romanos, gozaban de la mala costumbre, de hacerse escribir historias, por encargo, hay demasiados puntos obscuros, demasiados interrogantes sin resolver, tanto con reaspecto al Emperador Constantino y sus supuestas razones, que lo llevarón a adoptar al Cristianismo, como así también al modo, en que este supuestamente se expandió hacia el interior del Imperio Romano, teniendo en cuenta, que ante la ausencia, de radio, televisión, e imprenta, en esos tiempos, dejaba como única posibilidad a la vía oral.Debierón ser muchos los testigos de Jehová de esos años vestidos con camisas blancas, corbatas, y pantalones oscuros, dispuestos a patearse, una gran parte del continente europeo, por caminos intransitables, para conseguir adeptos a la nueva fé, convenciendo a uno por uno.
    Además para ahondar las dudas, durante este período, se superpone la historia de la religíon, habitualmente acostumbrada, a arrimar las aguas para su molino, con la historia de Roma.

  • 3. marlaw  |  7 septiembre 2017 en 7:01

    Presumo que el problema que debe tener un nominalista, cuando ve que llueve en su jardín, y desea comprobar, sí también esta lloviendo en jardín de sus vecinos, es que o bién los debera llamar por teléfono, para preguntarles sí también está lloviendo, o de lo contrario salir a la calle a mojarse, para comprobarlo personalmente.

  • 4. marlaw  |  7 septiembre 2017 en 7:17

    En otras palabras: ¿Que pensará un nominalista, frente a la Ley de Gravedad?

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