Quién es Paul Veyne?

23 agosto 2017 at 11:26 2 comentarios

En ocasiones Foucault le dedicó a su amigo Paul Veyne palabras de reconocimiento por guiarlo en sus estudios sobre la Antigüedad. Pero no abundó mucho más sobre su mentor que esas contadas y aisladas alusiones. Otro espacio y tiempo fue el que le entregó el historiador a su amigo filósofo. Textos completos como el que intituló “Foucault revoluciona la historia”, un encabezamiento para no dejar dudas sobre su valoración, libros como “Foucault, sa pensée, sa personne”, conferencias, entrevistas dedicadas a su pensamiento, y un lugar de privilegio en sus memorias, a las que define como recuerdos, en “Dans l`éternité je ne m`ennuirais pas” (En la eternidad no me aburriré).

Veyne lo admiraba, Foucault lo mencionaba.

En “El último Foucault”, un libro que organizé con colegas de “El seminario de los jueves”, mi texto se llama: El amigo de Foucault.

Escribí sobre Veyne. Lo considero mi filósofo preferido, a pesar de que su calificación académica sea la de historiador. Comparte con su amigo Paul Michel un problema identitario. Sólo que mientras Foucault hizo de su condición de sujeto una variable incontrolable y un arte del despiste, además de una histeria que decía padecer, al dejar sin respuesta a su interlocutor cada vez que se le preguntaba si era filósofo o si se reconocía en alguna otra disciplina, Veyne no duda de su vocación, de su afición, y de su profesión, la de ser historiador.

¿Foucault filósofo? De nuestra parte no hay ninguna duda, quizá el más interesante del siglo XX y de lo que depara el XXI. Pocos tan comentados como él. Va cabeza a cabeza con Heidegger y Wittgenstein, y puede ser que recortadas las últimas décadas, los supere en bibliografía en su honor y dolor.

Sin embargo, es difícil saber qué  piensa Foucault, porque no es él quien piensa sino sus textos. No existe un pensamiento de Foucault fuera de sus análisis sobre otros pensamientos.

Sabemos qué pensaba Sartre o Merleau Ponty o Lévinas o Heidegger, pero nada sabemos de las ideas de Foucault. Afirmar que es nominalista, que deconstruye los universales, es marcar un casillero casi vacío. Nos es imposible capturar su nominalismo del mismo modo en que nos apropiamos de la idea de libertad en Sartre, o la imagen que podemos tener del eterno retorno nietzscheano, o presenciar cómo los heideggerianos ponen los ojos en blanco cada vez que nos hablan del Ser, a los adórnianos persignarse cuando escuchan la palabra “entretenimiento”.

No hay ideas en Foucault del modo en que las hay en la tradición filosófica. Ni la del motor inmóvil, ni de la mónada, ni la de la lucha de clases. No hay concepciones del mundo en Foucault, ni siquiera conceptos tal como le gustaría a Deleuze.

La construcción de un concepto como “dispositivo” vale como tal si aceptamos que no haremos más que una enumeración de rasgos. Por más que los relacionemos, una vez establecido un orden que nos permite pensar un fenómeno, no nos llevamos gran cosa a casa, a nuestro hogar epistémico.

Lo aprendido se deposita en un fondo mnésico, funciona como una intuición intelectual, recordamos algunos de sus aspectos, pero es totalmente ajeno a cualquier tipo de axiomática.

No podemos adoptar una metodología de la investigación como con tantos epistemólogos, ni una filosofía de vida desde Foucault, como sí se hacía con Sartre, y hasta con Deleuze.

Foucault es una escritura. Sus cursos son una escritura oral. No está detrás, ni por delante, ni a un costado de sus grafismos. Aún en las entrevistas, que son centenas, habla como escribe. En sus clases diserta como escribe. Nunca abandona la formalidad y el protocolo de quien investiga, enseña y se expresa de acuerdo a normas retóricas que a pesar ser cambiantes están enmarcadas por las exigencias de un estilo.

Por eso nadie lo localiza ni se lo apropia. No tiene otro cuerpo que sus libros. No hay “mentalidad” en él, ni tampoco ideología. Por más militantismo que se le adose, se disuelve en innúmeras posturas. Es moderado y extremista. Entusiasta y distante.

Su confesión de que escribe para no tener rostro sino máscaras es una afirmación auténtica. Sabemos lo que piensa del cinismo por sus clases sobre la parrhesía en la que analiza los textos griegos. No tiene otro pensamiento propio que la lectura que hace de los textos antiguos. Pero no es un helenista. Su trabajo filológico tiene connotaciones políticas. Una política de la verdad, tal como define a la filosofía, sobre la base de un trabajo de interpretación y lectura de textos.

No podemos inferir si sus análisis sobre el arte de vivir estoico se aplican a una práctica que valora positivamente o que recomienda reciclar en el presente. Cada vez que se lo quiere ubicar en un lugar reconocible y hacerle decir que su libro sobre el tema se refiere indirectamente a la cultura californiana o la new age, lo desmiente de inmediato.

Foucault es el enemigo número uno de la nueva banda de coachers ontológicos.

Cuando escribe sobre las cárceles y participa de un grupo de denuncia sobre la situación de los presos en Francia, se cree saber lo que piensa porque nada hay más claro que un compromiso político. Lo que cuesta entender es que cada vez que investiga un tema es para dejarlo. No se casa de por vida. Le deja de interesar una vez que se le agota.

Para Kierkegaard es una personalidad típica de lo que llamaba estadío estético, el hombre del placer.

Foucault jamás se deja apresar por las trampas del pensamiento binario. No es hombre de llanura, necesita escalar, sin por eso ser un alpinista cuasiprofesional como Veyne. Sus subidas son simbólicas.

Su postura ante la tradición filosófica no dista de la labor de Nietzsche en “El nacimiento de la tragedia” o en “La genealogía de la moral”. Filología y conflicto de interpretaciones. La guerra de las palabras.  El orden del discurso.

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Rseña de “El deseo de revolución” Quién es Paul Veyne? (Dos)

2 comentarios Add your own

  • 1. marlaw  |  23 agosto 2017 en 13:56

    En este contexto, cobra sentido la frase del Profesor cuando anunciaba que estudiar filosofía, no se trataba de salir a cazar mariposas.

  • 2. Aldo  |  23 agosto 2017 en 20:57

    La palabra como guerra extingue al cuerpo ,,, cuerpos se enferman aunque viven mas tiempo , se indignan , se calientan ,,, la palabra apreso al hombre como ratón a laucha ,, No estaria mal que estallen las palabras y solo queden los cuerpo ,, ,, no hay ninguna bomba para eso ( por ahora ) ….aprender hablar debe ser traumatico

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