El profesor Michel Foucault 23

14 agosto 2017 at 10:46 6 comentarios

Por un motivo de falta de recursos argumentativos, o por estar tentado por el dios de la risa, por asfixia, por tener el talón de Aquiles en la lengua, o por lo que fuere, cada vez que me toca hablar de Habermas, hago una parodia.

Como confesaba Foucault a la familia de Lacan en aquel inquietante encuentro en un salón oscuro, a veces dice cosas para divertirse, aunque nadie más se ría. Un salvavidas para que no nos trague la solemnidad y el higienismo retórico de la fiscalía epistémica.

Pero más allá de la risa y de sus sucedáneos, hay que admitir que Habermas no enjuició a Foucault por rumores o entretelones de pasillo, sino por leerlo con minucia, y dedicarle decenas de páginas en diversas publicaciones.

El filósofo alemán tiene la costumbre, o la generosidad, de ser un atento lector de sus colegas. Desde Adorno a Marcuse, de Bataille a Derrida, marcó diferencias, rescató virtudes, y señaló contradicciones, lo que más aprecia.

Para un filósofo como Habermas no hay satisfacción comparable a la de desnudar contradicciones en un adversario filosófico. Así nació nuestra disciplina. Los combates oratorios atenienses fueron la cuna de la filosofía.

Lo extraño es que Foucault jamás está interesado en continuar la misma tradición. No avanza con su dedo hacia el blanco para revolver en su interior los restos de una paradoja. Su estilo es indirecto. Abre un sendero tangencial a su replicante, y desde un otro lugar traza una nueva figura.

Damos un ejemplo. Habermas sostiene que Foucault es un estoico en su “arqueología”, y un cínico en su “genealogía”. Ninguna de estas dos acepciones es inocente o neutra. Por estoicismo entiende una postura resignada, indiferente y fatalista. Por cinismo una actitud  frívola, calculadora, oportunista.

Foucault en una entrevista deliciosa titulada “Le beau danger”, la única en la que habla de sí mismo, dice que solamente puede analizar discursos muertos, ya idos, silenciados, y recorrer así un campo de ruinas para imaginarlo vivo.

Paul Veyne lo dice de otro modo, define al discurso como la parte sumergida de un iceberg que nos es invisible porque viajamos parados en su superficie.

Frío y el silencio de la muerte es lo que trasmite Foucault. Su arqueología desdeña todo progreso, es discontinua, no completa los vacíos, no sólo no se integra a sí misma sino que se excede. Por lo que, aparentemente, hay en Foucault una distancia que para algunos resulta ajena y abismal, de un pensador que sobrevuela como un buitre los despojos de la cultura.

Ante esta calificación terminal, Foucault no discute, no polemiza, aborrece el sistema que enfrenta a adversarios en pugna que aspiran a silenciarse recíprocamente. Se va. Hay un silencio. Tiempo después aparece por otra puerta, una que nadie vio, y entrega su libro “El cuidado de sí”, una obra en la que habla justamente de los estoicos, de unos filósofos del imperio romano que piensan que la filosofía tiene que ver con un arte de vivir.

De acuerdo a su lectura, los estoicos no son pensadores resignados a un destino inexorable ya que hacen intervenir el azar, es decir, la contingencia, lo imprevisible, y por la existencia de esta rueda de la fortuna, los hombres no controlan todo, no  pueden programar los detalles de sus vidas, y deben estar preparados para enfrentarse a los vaivenes de la existencia, en suma, al dolor. Por eso deben pensar en un arte para existir ya que la sabiduría no alcanza, o mejor dicho, no se alcanza.

Foucault no se defiende, lo que hace  es cambiar de terreno, y revertir el denuesto de su crítico en nuevo problemas, con otros sujetos y en un escenario no previsto.

Respecto de la amonestación que lo encasilla en la lista de los cínicos, aquellos que como afirmaba Oscar Wilde, no respetan ningún valor porque lo único que les importa es el precio, Foucault tampoco contrataca.

Habermas insiste en afirmar que desde una perspectiva genealógica toda verdad está sometida a un poder, por lo que lo único que cuenta es la fuerza y el sometimiento del prójimo, lo que nos da nuevamente un Nietzsche fascista apto para megalómanos y foucaultianos.

Nuestro filósofo hace lo mismo de siempre, se va, no vuelve, se calla, odia polemizar. Tiempo después se presenta una mañana en el recinto del College de France, como le era habitual, y anuncia un nuevo tema: la parrhesía.

Se trata de la palabra cínica, pero en lugar de enunciarse desde un poder que se ejerce de un modo amoral, por el contrario, Diógenes, su personaje más notorio, manifiesta un contrapoder frente a la dominación imperial.

El parrhesiasta es el filósofo que dice una palabra franca, de un modo directo, sin tapujos ni ornamentos retóricos, ante un poder al que desafía en una situación de peligro.

Quien enuncia una palabra parrhesiástica está en una situación inferior en términos de poder, y tiene una relación directa con su pensamiento, un vínculo de creencia que no admite rodeos, ni medias tintas, ni las trampas de la autocensura.

El cínico, de acuerdo a Foucault, lejos de ser amoral, tiene valores, su valor se llama “coraje”, y su meta es decir la verdad.

Ya sea con gestos, escándalos, palabras inapropiadas, todo tipo de irreverencias, bufonadas, o con una lengua filosa, el cínico confronta con los poderosos.

Nuevamente Foucault ha revertido los juicios de Habermas sin polemizar, sin discutir, tan sólo situándose en otro terreno creando un nuevo objeto teórico: la parrhesía, y un nuevo sujeto filosófico: el cínico que desafía el poder.

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6 comentarios Add your own

  • 1. marlaw  |  14 agosto 2017 en 19:20

    No sé si todo el tiempo Faulcault odió polemizar, quizá esta actitud se le pueda atribuir al último Faucault. En este sentido se puede ver en youtube una polémica entre Faucault y Noam Chomsky, en la que Faucault se muestra bastante arrogante frente a su interlocutor, en la que inclusive le solicita a este, que le hable en Francés para responderle.

  • 2. marlaw  |  14 agosto 2017 en 19:34

    Además no se polemiza no solo por no desear la polémica, en sí misma. También pueden ocurrir otros motivos, que pueden pasar en un sentido amplio, por no tener en cuenta al otro.

  • 3. Aldo  |  16 agosto 2017 en 15:49

    Habermas papam !

  • 4. Juan Chaves  |  17 agosto 2017 en 9:38

    Lo de la parresía es reformulable, porque no alcanza con que los inferiores sean francos con sus superiores, y las más de las veces no lo son, en tanto que los superiores debieran ser francos también, entre sí y con sus inferiores, pero además porque no reconoce que los inferiores también son poderosos, porque tienen potencia para hacer algunas cosas. Entonces, el peligro ser golpeado por haber enfadado a alguien mediante la franqueza existe para todas las clases sociales, e incluso en las relaciones entre los miembros de una misma clase. Además, la parresía no es sólo cínica. Tiene origen socrático, por lo que fue adoptada por las corrientes que lo sucedieron, e incluso las socialistas en la modernidad. Aparte, la franqueza no garantiza el acierto, ni el acierto la bondad de la expresión.

  • 5. Juan Chaves  |  17 agosto 2017 en 9:51

    Una cuestión que tuvo de malo la actitud de Foucault fue su provocatividad para con la izquierda marxista, entre otras faltas, lo cual respondió al maltrato que le dieron los marxistas, que también tenían sus delirios, como los siguen teniendo hoy en día para algunas cuestiones: es normal equivocarse, pero embronca. Nos falta acertar la comprensión de la realidad para resolver la cuestión del maltrato universitario y político, y más en general para optimizar el ordenamiento social. Es un tema al que se irá solucionando en parte y con crisis disruptivas, o sea que persistirá de otras maneras, y si es que no cambian aspectos mayores de la existencia humana.

    Otro asunto es el de la linealidad del progreso. El progreso no es continuo, ni perfectamente ordenado, ni todo bueno. Ni siquiera está garantizado. Hasta ahora viene sucediendo con quiebres, crisis y faltas tremendas, pero nos permitió nacer y sobrevivir, incluso sufriendo, y a muchos otros les aparejó dolores y la muerte, y placeres mientras que vivían, pero lo malo que tuvo fue por sus falsedades. El progreso contiene malos aspectos, que van en su propio detrimento y a los que se debe superar mediante su crítica.

  • 6. marlaw  |  18 agosto 2017 en 22:24

    Perdón. Pero a qué llamamos progreso, quizá a un cambio de paradigma???

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