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8 agosto 2017 at 23:05 6 comentarios

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“El deseo de revolución”

Buenos Aires, 08 de agosto (Télam) Julieta Grosso

Desde Jean-Paul Sartre y Albert Camus a Michel Foucault y André Glucksmann, la filosofía francesa de posguerra ha funcionado como un radiactivo campo de ideas que obró como disparador y correlato del Mayo francés, la revolución cultural china y otras experiencias emancipatorias -la mayoría frustradas- que tuvieron lugar en la última centuria: esa imbricación entre pensamiento y acción es retomada por el filósofo Tomás Abraham en su libro “El deseo de revolución”.
Si algo destaca al siglo XX, además de los exilios y los desplazamientos de grandes masas de población que consignó como marca identitaria el escritor inglés John Berger, fue el ideal revolucionario que convirtió al mundo en un gran laboratorio social y detonó gestas emancipatorias como el Mayo francés o la revolución cubana, abastecidas conceptualmente por la filosofía francesa de posguerra cifrada en el pensamiento de Jean-Paul Sartre.
En las sociedades contemporáneas anida un “deseo de revolución” que trasciende el fracaso de muchas de las experiencias que buscaron vulnerar las relaciones de poder centradas en la explotación y la distribución desigual de la riqueza: la revolución es “un deseo, y como tal, no tiene fecha de vencimiento”, sostiene Abraham como una explicación posible de ese afán rupturista que perdura a pesar de su fallido campo fáctico.
En “El deseo de revolución” (Tusquets), el filósofo nacido en Rumania hace 70 años traza una genealogía que arranca en Sartre y recorre con su prosa picante las formulaciones de pensadores como Foucault y Deleuze para ponerlas en diálogo con la Guerra Frí­a, la descolonización y la independencia de Argelia, el archipiélago en el Gulag y la revolución cultural china.

No sólo eso: el autor de “La aldea local” y “Pensadores bajos” escudriña también la influencia de la tradición filosófica francesa en el campo intelectual argentino a través de autores como David Viñas, León Rozitchner, Juan Carlos Portantiero y Oscar del Barco.
El itinerario que plantea en el texto esboza en paralelo un recorrido por las filiaciones intelectuales del autor y las de una generación que definió su vocación a partir de Sartre y del existencialismo, una de las últimas modas que ofreció la filosofía más allá de los confines del pensamiento: “una forma de vestirse, un modo de fumar, la sexualidad, un estado anímico, la vivencia
de la soledad, un vocabulario”, enuncia Abraham.

¿Qué signos reactualizan hoy ese deseo de revolución asociado con la filosofía francesa? La idea del libro fue no sólo rescatar esa genealogía sino ponerla en diálogo con el presente no?

 

Ese diálogo era inevitable. El relato oficial de estos años lo imponía. Las referencias a Laclau, a Gramci, a la maravilllosa juventud, el reciclaje camporista, fueron hegemonicos en el campo cultural. Quise ahondar en el núcleo ideológico de ese relato, y encontré que las referencias filosóficas de elaboración más compleja y rica provenían de la filosofía francesa. Reforzado además por las insistentes invitaciones y alusiones a filósofos como Badiou, Rancière, Zizek, etc, que aportaban su formación lacanianomaoísta, o hegelianoleninista, o anarcostalinista, y otras hibridaciones.

 

– El libro abre y cierra con la figura de Sartre, paradigma de un pensamiento que definís como una de las últimas modas. Si bien sigue en la cima del paradigma de intelectual ¿En qué medida su ideario quedó encapsulado y tiene dificultades para ser resignificado desde la escena de presente? ¿La obra de Foucault -otro de las figuras cruciales en tu formación- sobrevella mehor su vigencia?

 

Sartre nos deja la formidable escritura de la década del cuarenta del siglo pasado, en especial “El ser y la nada” y sus derivaciones ensayísticas. Y nos legó sus últimas reflexiones acerca de la dificultad en encontrar una salida al ideal revolucionario de la fraternidad universal sin instalar un aparato de estado que gobierna mediante el terror.

Foucault tiene la actualidad de una triple vertiente que por un lado apunta a los fenómenos de la exclusión y la marginalidad por sus trabajos sobre la locura, la prisión, y sobre los llamados anormales;  por otra parte sus aportes aunque fueran mínimos en relación a la biopolítica, y, finalmente, a sus últimos libros que tratan del arte de vivir.

Por eso estos aportes despiertan más interés.

 

– La idea de revolución guió el curso de la historia a lo largo del siglo XX vinculada a distintas experiencias de gobiernos socialistas ¿Cómo impactó el fracaso de estas experiencias sobre el deseo revolucionario? Hacia donde se redirige la expectavia revolucionaria hoy si tomamos en cuenta experiencias como la primavera árabe o el movimiento de los indignados en España?

 

A estas primeras experiencias que mencionás las llamaría comunistas, y no socialistas, ya que el socialismo no dejó de conservar los aportes republicanos y los derechos individuales cada vez que fue gobierno, ya sea en su implementación escandinava, europea, uruguaya, chilena u otras. Admitió la pluralidad de los grupos políticos y la diversidad social. El socialismo con un aparato cultural y educativo basado en la filosofía de Marx, como ocurrió en la URSS, en la China de Mao, en Cuba, o en Europa Central, es el comunismo del siglo XX.

El impacto del fracaso y la decepción que produjo fue mayor. Lo que no quiere decir que esas ideas no persistan en grupos político-culturales que insisten en su vigencia y no toman en cuenta su fracaso. Encuentran excusas de diversa índole, rescatan virtudes o sostiene que vivimos una tregua hasta que esos regímenes vuelvan con un nuevo brío.

Por supuesto que hay y habrá multitudes, pueblos, grupos, minorías, que se sublevan y se sublevarán. Pero ya no existe el universalismo legitimado por una verdad y un sentido de la historia basado en una ciencia como el materialismo de Marx, y la idea de un Hombre Nuevo en un mundo en el que la propiedad colectiva de los medios de producción genere una humanidad fraterna en la que el dinero desaparezca.

La indignación y el reclamo son puntuales, se pide un nuevo orden global, una ecología política administrada por una ONG planetaria, pero ya no con una clase redentora que termine para siempre con la explotación, sino con supuestas multitudes que se fusionarán mediante una resistencia extendida. Este deseo no tiene la persistencia del ideario comunista del siglo XX, porque no se funda en una Verdad. Lo que lo hace fugaz, intermitente, y disperso.

 

– Si pensamos en el fracaso de las experiencias socialistas que en la mayoría de los casos sólo sirvieron para quebrar un orden e imponer otro que en mayor o menor medida también significó resignar las libertades individuales y aceptar una lógica de poder acaso tan opresiva como la anterior ¿El capitalismo sigue siendo un sistema a combatir o en realidad hoy la lucha está en morigerar sus efectos?

 

El capitalismo está más fuerte que nunca ya que se inició una etapa de expansión con China la India, es decir, 2500 millones de habitantes que producen nuevas riquezas y consumen nuevas mercancías. Es un nuevo mundo y un nuevo mercado mundial. No hay ni un solo país que diagrame una planificación centralizada sostenida por una burocracia estatal. Lo quiso hacer Venezuela con malos resultados y una violencia generalizada. Pero no hay un capitalismo sustancial, se modifica a sí mismo. Ni es el industrial de la máquina a vapor y las ciudades obreras ni el fordista, ni el de los treinta gloriosos de la posguerra.

Por otra parte la tecnología tiene una aceleración que cambia los parámetros según  los cuales vive la humanidad. El rubro “comunicacional”, el de la ciencia aplicada a la vida, auguran un futuro que nos difícil descifrar con nuestro modo de pensar y nuestra cultura actual. Son nuevos conflictos y nuevos presentes, que no pueden jibarizarse con la palabra capitalismo. Un mundo sin dinero y sin propietarios no es imaginable, al menos por ahora.

 

– Hay una relación inevitable entre revolución y violencia: podemos mencionar una larga tradición en ese sentido que incluye el Gulag, la revolución china, Camboya, Cuba, etc… ¿El deseo de cambio es necesariamente violento porque el poder siempre es refractario al cambio? ¿En qué medida es posible pensar que el fracaso de los movimientos revolucionarios que produjeron tantos muertos en  Yugoslavia, Rusia o China se deba principalmente a esa violencia?

 

No se trata de violencia, una palabra elástica que todo lo describe y todo lo justifica. Se dice que hay violencia cuando hay hambre, cuando hay desigualdad, cuando hay tiranía, cuando hay terrorismo, cuando hay censura, o sea, siempre.

El problema es el del modelo de la guerra civil, última etapa del camino revolucionario. Frente al poder militar y financiero, hay quienes sólo creen en una resistencia que se apodere de dinero con el narcotráfico que permite la posesión de armas, o con terrorismo. Una especie doble invertido del poder oligárquico. Es la salida suicidaria. La muerte generalizada.

Sin embargo, la resignación, si bien no es la muerte total, es la muerte en vida. Me pregunto si existe la creatividad en política para hallar una alternativa a la guerra civil. Ejemplos como los de Ghandi y Mandela, como Sarmiento, Roca, Perón y Frondizi, nombres que sólo un puritanismo político no puede unir. Todo creador en política debió soportar un costo. La idea de educación popular y de un país laborioso e industrial, exigía dureza. La de una Argentina integrada al mercado mundial que multiplicó por cinco la población en cuatro décadas, no podía evitar el caos; la de un jefe político que hizo sentir a la clase trabajadora que era parte de la nacionalidad, recibió la condena de las antiguas elites; y la del último intento de una Argentina industrial integrada al mundo y con instituciones democráticas, fue demolida de modo casi unánime con el grito de “traicion”. Me interesa el tema de la creatividad en política.

 

– Las revoluciones que motorizó la filosofía estuvieron históricamente asociadas a la conquista de un espacio público tangible. Hoy que parte de la interacción social se ha trasladado al terreno de la virtualidad ¿De qué manera gravita sobre la idea de revolución, sobre todo si tomamos en cuenta fenómenos como el de la primavera árabe, que tomó cuerpo justamente a partir de la convocatoria en la redes?

 

Las redes son un factor de información y movilización, no sé si de organización, es decir de perdurabilidad. Son fácilmente infiltrables, y falseadas. Es un mundo nuevo que muta todo el tiempo. Genera billonarios y mantiene a la gente mirando para abajo o al costado, especialmente cuando conduce rodados. Un peligro.

 

– La tradición filosófica francesa que recuperás fue leída en la Argentina a partir de autores tan disímiles como Masotta, Correas, Sebreli, Rozitchner o Viñas, entre otros ¿De qué manera estos pensadores conectaron a grandes rasgos ese pensamiento con la escena local?

 

Masotta, Correas y Sebreli, tomaron de Sartre su idea de bastardía que desarrolló en su libro sobre Jean Genet, al que bautizó como comediante y mártir. Le agregaron la novelística de Arlt, con lo que configuraron un ideal lumpenburgués y fabricaron su odio a la clase media de la que provenían. Rozitchner y Viñas, en distintos momentos, se surtieron de Sartre, de su idea de compromiso, de situación, y de llamado a la violencia legítima e irrestricta.

 

– ¿Cómo se encarnó ese deseo de revolución en la última década de la Argentina? Más allá de cierta impostación del kirchnerismo para ponerlo en escena, evidentemente se activó algo del orden de la nostalgia o el deseo que volvió a conectar con el ideario que propició la efervescencia de los 70…

 

A diferencia del gobierno de Evo Morales, por ejemplo, que ha cambiado radicalmente a su país, el kirchnerismo fue una propuesta mediocre de mediocres. El mismo Lula que provenía del sindicalismo, trasmitía un deseo de justicia, más allá de que se lo comió el sistema de prebendas al que se sometió por fuerza o con ganas, no lo sé. Hasta Chávez que asume el poder después de la debacle del sistema de partidos políticos venezolano, se ve su origen popular al lado de su gente. Pero al ser un militar, su idea de un ejército junto al pueblo, culmina en el terrorismo de Estado, lo quiera o no. No acepta la diversidad, la oposición, impone la fuerza, y no logra un consenso más amplio porque divide a la sociedad en amigos y enemigos.

Su admiración por una Cuba dictatorial en decadencia fue un grave error. Pero lo que ocurre en su país, tiene las culpas bastante distribuidas, más aún luego del golpe con el que lo quisieron anular.

Hasta en el Chile de la Concertación y en el Uruguay del Frente Amplio,  a pesar de las metes regresivas de grupos que aún sueñan con los comunismos arcaicos, hay tendencias democráticas socialistas.

En nuestro país, el matrimonio Kirchner fue una dupla oportunista, sin convicciones democráticas, con una megalomanía que no cejaba hasta lograr la eternización en el poder, que usaba la caja pública como privada, y que distribuyó espejitos de colores blanco y azul para mejor pulir su narcisismo. Muy poco para rescatar.

 

 

– En el libro citás una carta de Oscar del Barco muy polémica en su momento en las que sostiene que quienes apoyaron a movimientos como el ERP, a Montoneros o las FAR son en cierta medida asesinos en tanto simpatizaron con acciones que produjeron las muertes de muchos ¿En qué medida creés que es atinada su visión de la reponsabilidad igualitaria frente a la violencia? No hay gradaciones éticas posibles entre quien mata y entre quien adhiere a una organización que enarbola al crimen como herramienta legítima pero no participa del ejercicio de la violencia?

 

Del Barco escribió una carta saludable y algo equivocada. Fueron los primeros cristianos quienes afirmaban que no sólo el acto era pecaminoso sino su mera evocación imaginativa. Hasta los sueños debían auscultarse en busca de la falta. El filósofo cordobés fue seducido por filosofías espiritualistas y patriarcales como la de Lévinas, e hizo de una denuncia política un recuento teológico. De todos modos, brindo por su gesto valiente, y me sumo a su denuncia de toda la intelectualidad que hizo de una fase trágica de nuestra historia un penoso comercio ideológico.

 

 

 

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6 comentarios Add your own

  • 1. claudia garcia astorga  |  9 agosto 2017 en 0:00

    brillante el maestro

  • 2. marlaw  |  9 agosto 2017 en 7:00

    Sin lugar a dudas, el brillo de esta entrevista, que es inocultable, y que a mi juicio adquiere el carácter de un documento, de algo para conservar como refllejo de esta época, al margen de la calidad intelectual del entrevistado se debe también a la persona que entrevista, que con sus preguntas demuestra ser alguién que ha leído, y que sabe.En este sentido se puede apreciar como en otras entrevistas la figura de Tomás Abraham há quedado si se quiere opacada, por la calidad de quién lo entrevista.

  • 3. marlaw  |  9 agosto 2017 en 7:01

    No la conozco pero se nota que Julieta Grosso es una grande del periodísmo.

  • 4. Gustavo Berti  |  9 agosto 2017 en 19:36

    Muy buena entrevista con una muy buena interlocutora.

  • 5. Aldo  |  10 agosto 2017 en 15:16

    ojala no haya fraude el domingo y nuestras instituciones y república sigan tan encipidas como desde la llegada de la democracia con el padre Alfonsin , el padre de los democratas ,, por la republica , los votos y atenerse a derecho ,,, y a ser feliz

  • 6. marlaw  |  12 agosto 2017 en 0:18

    Si este finde desean despejarse de las tensiones les recomiendo esto.

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