El profesor Michel Foucault 19

28 julio 2017 at 22:20 2 comentarios

¿Puede afirmarse que la sociedad civil atravesada por la lucha de clases es la guerra continuada por otros medios?

Miller le pide que identifique a los sujetos que se oponen entre sí, y Foucault con una generosidad e ingenio que es parte de su gracia y de su elegancia, le dice: el sujeto es todos contra todos, todo el mundo contra todo el mundo, y si lo que acaba de decir no es suficiente, añade: “además, siempre hay algo en nosotros que lucha contra otra cosa en nosotros mismos”.

Esto no es Hobbes, más bien parece excusa como la de preguntar dónde está el baño y enfilar hacia la salida. Miller no lo deja escabullirse y vuelve como un yoyó, le dice que el elemento último de ese “todos”, es el individuo. A lo que a la manera de un maestro zen le responde: no, el subindividuo.

Ante esta respuesta de Foucault, el yerno de Lacan sabe que está ante otro mago, que su suegro no es el que tiene el monopolio de la finta y el esquive. Nuestro filósofo no conocía a nuestro Nicolino Loche ni a Dominguín, pero inconscientemente los imita.

Miller lo mira, ¿subindividuo? ¿y eso con qué se come? Su hermano, Gerard, toma la posta, y le dice que toda su teoría del poder, eso de la estrategia, de las necesidades y peligros, todo eso que antes le parecían tan confuso, ahora le parece todo lo contrario, pero aún peor, sospechosamente claro. Foucault quiere ofrecerles un esquema bien ordenadito, como su panóptico, esto por aquí, lo otro por allá, mueve las piezas del tablero y fija las posiciones, explica lo sucedido el domingo con el diario del lunes, y desbarata el gran quilombo universal. No da lugar para el caos, lo neutraliza.

Bien!, dice Foucault, está de acuerdo con el menor de los Miller. Por eso baja un momento las armas y dice que no está satisfecho con su libro sobre la sexualidad. Su ambición es mostrar que los saberes que pretenden legitimarse en un valor de verdad, han hecho del sexo una clave identitaria desde el siglo XVIII, porque es desde ese siglo que tenemos “sexo”.

¿Qué?, exclama Jacques Alain, nuevamente alterado y poco habituado a los juegos nominalistas. Primero lo del subindividuo, y ahora la novedad de que el sexo aparece hace dos siglos. ¿Antes qué? ¿Ángeles? ¿Querubines?

No, responde el maestro, antes no había sexo sino “carne”. Y aclara que el responsable de que esto así sucediera no es otro que Tertuliano. El hermano mayor de los Miller, Jacques Alain, le pide explicaciones. No lo van a correr con Tertuliano y otros Padres de  la iglesia de los primeros siglos de la cristiandad. No lo sorprende la búsqueda de operadores para borrar la ruptura en el campo del conocimiento producida por Freud, y la ignorancia de que el corte epistemológico del psicoanálisis y de la teoría del inconsciente marcan un antes y un después en la historia de la sexualidad que pretende escribir Foucault. Ya lo hizo con Marx en “Las palabras y las cosas”. También metió en una misma bolsa epistémica a la economía política inglesa y al materialismo histórico. Ahora le toca a Freud. Escuchar que entre Tertuliano y Freud se puede trazar una línea de continuidad, o que todo se resuelve contrastando dos palabras como carne y sexo, es ir a pescar sardinas con dinamita. Con un único cartucho hay miles de especímenes panza arriba.

Foucault responde que esa historia de las rupturas puede ayudar a quienes buscan un lugar desde donde partir pero estima que tiene un valor relativo. Lo que sí observa en la historia que trata de elaborar es que en un momento dado se puso en marcha una maquinaria formidable llamada “confesión”, que tiene al psicoanálisis como punto de llegada.

No hacía falta más para patear el tablero. Decir que el diván es un confesionario, y que la oreja del analista es parecida a la del fraile, es mostrar a la nueva juventud psicoanalítica supina y ridícula ignorancia.

Acaso no es una premisa básica que en el análisis hay un sujeto supuesto saber y un paciente sin puerto seguro, mientras en el confesionario dos individuos están enlazados por la verdad.

Foucault replica que no lo ve tan así, el pecador no tiene la verdad, la ignora, debe hacer un intenso trabajo hermenéutico sobre sí mismo para auscultar en qué rincón de su alma, el deseo le tiende trampas. Ese deseo que se le presenta en los sueños, en pensamientos involuntarios, en imágenes tentadoras.

Pero admite que Freud tuvo un papel importante en la historia del saber desde el siglo XIX en adelante. Mientras las mitos raciales se apoyaban en las doctrinas médicas evolucionistas y las teorías de la degeneración sobrevaluaban el papel de la herencia, Freud, dice Foucault, dio vuelta como un guante ese tipo de teorías. Revalorizó el incesto. Dignificó a la familia en desmedro de la raza.

Miller cree que el invitado se divierte con ellos, es un provocador risueño que le da placer fabricar teorías algo estrambóticas. ¿Qué lo motiva a jugar ese rol? Debe tener  sus razones pol…

¿Políticas?, completa Foucault; ¿polémicas?, repite. No, terminantemente no, no es lo suyo.

Pero le advierten que bien sabe que la historia del sexo no es la historia del pan. Tal cual!, confirma el invitado. Tal cual. El sexo no es el pan ni el codo, en otra época la locura cumplió el mismo papel, una verdad que es la cifra que identifica a un sujeto, a la razón, al hombre. Un día, sigue, se descubrió que el sexo no tenía que ver con los placeres sino que develaba la verdad del sujeto. Tertuliano…

Otra vez con Tertuliano!…interrumpe Miller.

Lo digo para divertirme dice Foucault. “Y si no tuviéramos ganas de reírnos”, dice el analista silvestre en nombre propio y de su familia, “¿qué nos podrías decir?”

No están para divertirse. Ese positivista feliz se hace el gracioso. Dice pasarla bien. La intervención de Miller es más que buena. Quiere pensar en serio, y ver cómo se las arregla Foucault para pensar sin alegría.

Ahora sí, interrumpamos un momento,  respiremos un segundo, pido un paréntesis, voy a saltear una línea …para marcar la pausa.

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2 comentarios Add your own

  • 1. rodolfo lópez  |  31 julio 2017 en 13:44

    “¿Puede afirmarse que la sociedad civil atravesada por la lucha de clases es la guerra continuada por otros medios”?

    Para Diego Corán Oria, Jorge Soldera y otros del elenco, claro. Si no, no se hubiesen atrevido a inyectar semejante mensaje a pibes desprevenidos -de entre 5 y 10 años- que simplemente asistieron durante estas vacaciones de invierno a un espectáculo infantil en el teatro 25 de Mayo, V Urquiza..
    “El Botella” pudo ser el bello espectáculo musical que anuncia el programa -debió serlo-, por el cual llevé a mis sobrinos nietos al 25, pero es un panfleto miserable, encubierto y traicionero.
    No sería nada que el barco de fantasía idealizada haya sido “fabricado en 1945 y de allí navegue hacia el futuro”, o que el protagonista -10 años, huérfano- se llame Juan, su mejor amigo Domingo, apellido P…, y haya una noviecita francesa Eva, lo grave es que la isla pobre de la que provienen los personajes infantiles está dominada por especuladores financieros, que ocultos en leyes permisivas manejan a los policías y todo lo pueden, Deberá ser contra ellos la justa lucha por un mundo mejor…Juan todavía es un nene pero crecerá….. Y entre otros mensajes -no tan subliminales- se incluye una larga burla al himno a D. F. Sarmiento, cantada a coro por los pibes y treinta personas más. Es difuso el símbolo de los padres desaparecidos del nene, murieron por ideales, por mantener en su lugar figuras de héroes de Museos. No entendí bien
    Autoridades del 25 de Mayo, de los circuitos que lo incluyen, no mientan en las síntesis de los argumentos, o váyanse al carajo.

  • 2. marlaw  |  2 agosto 2017 en 23:44

    Miller le pide que identifique a los sujetos que se oponen entre sí, y Foucault con una generosidad e ingenio que es parte de su gracia y de su elegancia, le dice: el sujeto es todos contra todos, todo el mundo contra todo el mundo, y si lo que acaba de decir no es suficiente, añade: “además, siempre hay algo en nosotros que lucha contra otra cosa en nosotros mismos”.

    Todo este párrafo se podría considerar como un ejemplo de lo que en el psicoanálisis freudiano se define como: “proyeccion”

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