El profesor Michel Foucault 16

18 julio 2017 at 14:20 2 comentarios

Foucault quiere aclararles a los representantes de la palabra y de la ley del significante que su problema no es lingüístico, que por lo general analiza instituciones. Recibe la respuesta: lo institucional también es discursivo.

Vuelve con paciencia a reafirmar que la diferencia discursivo y no discursivo no es lo que lo guía, y señala que, por ejemplo, entre el programa y el proyecto arquitectónico del Liceo Militar y su construcción, no sabría distinguir lo discursivo de lo institucional.

Una vez inmovilizados en esta bocacalle que no alcanza a distinguir las palabras de las cosas, el grupo lacaniano emprende otro camino. Quiere discutir, aparentemente, la concepción que tiene Foucault del poder.

Digo aparentemente porque ya no les interesa defender el marxismo científico de sus años mozos, su postura política está en retaguardia y la prédica de convertir a los franceses en guardias rojos y adalides de una revolución cultural quedó en el olvido.

Ahora se trata de la subversión del sujeto y no tanto de la lucha de clases. Sin embargo, la doble crítica se puede componer en una misma partitura, ya que estiman que Foucault descarta la lucha de clases mediada por su ignorancia de la subversión mencionada.

Foucault dice de un modo terminante que el poder no existe. No trata de elaborar una teoría del poder al modo de un Boulanvilliers que sostenía que la soberanía se legitimaba por una  conquista, o de un Rousseau que la funda en un contrato.

Su último curso en el College de France, el de 1976, “Defender la sociedad”, estaba dedicado a la deconstrucción de la teoría contractualista de Hobbes, y a hacer de la filosofía de Nietzsche un arma crítica de la versión jurídica del poder.

Ahora les dice que tampoco elige la vía de Boulanvilliers a quien le dedicó varias clases de su último curso,  a él como a otros historiadores del siglo XVIII que se enfrentan a los defensores de la monarquía absoluta en nombre de la denuncia del despojo de la nobleza de origen. Foucault dice que el poder no debe pensarse como conquista sino como ejercicio.

Uno del grupo cita algunas frases que mostrarían alguna falta de claridad en sus proposiciones; Foucault se sonroja y pide perdón . Gerard Miller le dice que no entiende casi nada de su teoría de los micropoderes, y que no concibe un poder que al mismo tiempo no instaure una jerarquía tanto en lo material como en las decisiones.

Foucault responde: “como quieras”.

Pero esta vez no se calla.

Quiere introducir de un modo general la perspectiva de la que parte, habla de su crítica a las formas jurídicas del poder que no son más que negativas. Reafirma que su proyecto es afirmativo. Dice que el poder en Occidente se expresa en el derecho y no en la magia o en la religión como en otras culturas. Desea seguir con este tema que le resulta cómodo, pero lo interrumpen.

Esta vez es Gerard quien le habla del amor cortés y de esta manifestación de la cultura medieval en la que predomina la lengua, el orden significante y la retórica. Era un tema que había desarrollado Lacan en uno de sus seminarios.

Foucault responde con una referencia a los estudios del medievalista George Duby, quien analizó el amor cortesano partiendo de un fenómeno social que tenía que ver con la marginación de los hijos menores de los señores feudales quienes al carecer de derechos de herencia y de la posibilidad de fundar dinastías, moraban entre castillos homenajeando a damas casadas, solitarias en sus castillos, mientras sus maridos estaban de cacería.

Pero el orden significante es duro de roer. Me permito decir que escribí “La guerra del amor” hace un cuarto de siglo para estudiar el amor en los años mil, la figura de la dama cruel, y la manía de los lacanianos en reducir el `fin amour ´a la retórica y a  la lengua, un fenómeno cultural que no sólo incluye las observaciones de Duby sino otros elementos como el invento de la chimenea y el estribo, la cultura del al andalús, el acompañamiento musical de los trovadores, la rebelión de la secta de los cátaros, y unas cuentas cosas más que poco tiene que ver con las emisiones de la boca y los grafitos de la mano.

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Entrevista Una crítica a “El deseo de revolución”

2 comentarios

  • 1. federicomiguelquinteiros  |  18 julio 2017 en 15:08

    Ademas de La guerra del amor, se puede apreciar que ya lo venía trabajando profesor en “pensadores bajos” y “Foucaul y la etica”.

  • 2. Aldo  |  18 julio 2017 en 20:23

    nosotros no sabemos que es eso de tener Dioses Guerreros ,,,, nuestro Dios ama y sufre …. somo sujetos flojos , es como cuando el medico le dice a la madre ,,,” señora saque a este chico un poco al sol ,,, esta muy blanco ,, muy gringito “


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