El profesor Michel Foucault 8

24 junio 2017 at 8:00 2 comentarios

Thierry tiene seis hermanos. Es el quinto. Por lo general se llevaban bien. Tenía preferencia por su hermanito menor. A pesar del deseo de Foucault de no seguir con los tema del culo, no puede evitar preguntar sobre el tipo de relaciones que tenían entre ellos en la intimidad. En una palabra, le interesa saber cómo funcionaba el deseo en el dominio intrafamiliar, qué tipo de fraternidad practicaban.
Thierry dice que se tocaban pero evitaban acariciarse el sexo, con la excepción de su hermanito menor. Con él le gustaba jugar, y siempre pensó que alguna vez harían el amor.
Foucault dice estar fascinado por lo que llama “gemelidad plural”.
Para el joven rebelde los niños son seductores, no son meramente objetos de la seducción de los adultos. Buscan a los mayores, se las ingenian para atraerlos. Cuenta que a los catorce años tuvo relación con un chico de ocho.
Esto en cuanto a las relaciones familiares hasta que se acaba nuevamente la cinta. Y Foucault propone hablar de la militancia política. Thierry es un militante maoísta, y valora lo hecho años atrás por “La gauche proletariènne” (La izquierda proletaria), un grupo de fanatizados que tuvo el apoyo activo de Sartre y la simpatía durante un tiempo de Foucault.
Pero el filósofo desvía el tema hacia el consumo de drogas. Lo hace porque una de las críticas que hace a la tradicional militancia revolucionaria es su puritanismo, un ascetismo que funciona como un aparato de censura ante toda forma de placer.
Hablan de los “yellow pills”. Al leer este nombre farmacológico, me pregunto, ¿qué era una yellow pill? No recuerdo, rebobino mi propia cinta mnésica y no se me ocurre nada. Tendré que consultar a mi familia, a mis descendientes, a mi cónyuge, a mis nietos no porque hablan con monosílabos…gracias! Me desasnaron con la ayuda de Google. Los Rolling Stones!!!

Mother’s Little Helper
The Rolling Stones

What a drag it is getting old
“Kids are different today, ”
I hear ev’ry mother say
Mother needs something today to calm her down
And though she’s not really ill
There’s a little yellow pill
She goes running for the shelter of a mother’s little helper
And it helps her on her way, gets her through her busy day

Un bajativo, un ansiolítico, que algunas supuestas señoras necesitaban para bancar frustraciones domésticas e insatisfacciones profundas, y que ese cantante, “¿cómo se llama ese andrógino?”, le pregunta Foucault a Thierry cuando hablan de rock… “ese inglés…”, Jagger, dice Thierry…
Hay que ser francés para no saber el nombre de Mick en los setenta.
Foucault dice haber tenido pocas experiencias con LSD – parece que con el tiempo no fueron tan pocas – y, agrega, siempre con productos de muy buena calidad, en las mejores condiciones y con gente especializada.
Por lo que cuentan Lindon y Guibert, en el departamento de la rue Vaugirard, muchos científicos no había.
Después pasan al tema de los “Popper”, que nuevamente tras consultas con el personal especializado que me rodea, me entero de que no es el correcto epistemólogo de “La sociedad abierta y sus enemigos”, sino un producto que se adquiere en venta libre en Londres, que viene en botellitas, que tiene una clientela gay, y que actúa como una especie de desenhibidor general, y produce un gran placer.
Eso es lo que interesa a Foucault en su conversación con Thierry, hablar de la idea de placer. ¿Qué es el placer? El filósofo dice que el placer es una determinada percepción de la realidad, es una relación con el mundo, una forma de ser en el mundo.
Acostumbrados como estamos los filósofos de hablar del ser para la muerte, de la voluntad de poder, del salto al abismo, y de otras bellezas metafísicas, este interés filosófico por comprender el placer más allá de los hedonismos de la ingesta, no tiene por qué asustarnos. Ya llegarán las malas noticias, no hay que perder la fe.
El filósofo señala que el placer es una conducta de gran realismo. Suponemos que no hablan de divertirse o de pasarla bien, y menos de felicidad, ese horizonte chato de los coachers ontológicos.
Y tampoco de sexo. Foucault habla de la desexualización del placer, más aún, de la desexualización de la cultura. Lo que implica dejar de hablar de represión y de liberación sexual. De terminar con la división de géneros, de no pedir igualdad, de abandonar el casillero de las identidades basadas en el sexo, de mandar al Edipo y los deseos incestuosos al horno de Guattari, de dar una vuelta de página a la apología del orgasmo reichiano, y de desatonomizar la localización del placer.
De dejar de adorar al gran Falo y la diosa Vagina, claro, Foucault insiste con eso, luego de quemar las iglesias, esos antros de la patología hipócrita y vengativa.
“Jugar”, una palabra que a Foucault le encantará emplear hasta el final, y que no sólo se origina en ideas de Wittgenstein, sino en su combate contra la castidad metafísica, que incluye las más variadas utopías, de Juan Casiano en adelante.
Thierry está totalmente de acuerdo con el maestro, y lleva agua para su molino. “Los homosexuales hacen el amor por placer y no por una finalidad hipotética de nueve meses”.
Ah…tan concentrados estaban en la percepción extrasensorial, que se olvidaron de la política, eso del poder, eso de la revolución, de la China de Mao…
Foucault dice que la gran novedad literaria de los últimos veinte años es “El archipiélago del Gulag”, de Soljenitsyne. Lo que tuvo efectos ciertos sobre el pensamiento de la política. No todos asumen que ese acontecimiento obliga a repensar la voluntad revolucionaria. Agrega que quien sí lo ha hecho es André Glucksmann que plantea la dificultad de organizar un estado socialista sin que una burocracia que se apropie del poder.
Mientras tanto el filósofo observa que se viven momentos de una tristeza generalizada, y que de ese fondo depresivo no surge ninguna energía revolucionaria. Nada nuevo asoma, es un cielo sin aurora, se discute la abolición de la pena de muerte, y las encuestas muestran que la mayoría quiere que siga vigente.
Foucault cree que para la gente la muerte de un preso es un acto de guerra, porque el fondo de la vida social es concebido como una guerra. Los marxistas nunca han aclarado el significado de la palabra “lucha” cuando hablan de la lucha de clases.
Thierry escucha, está de acuerdo que se vive un momento de reflujo, pero no le preocupa demasiado. Foucault sigue con una especie de inercia teorizante y reflexiona sobre la preparación de la sociedad para librar guerras. Hablan de las levas y de la conscripción. El filósofo dice que el ejército no tiene por función librar guerra alguna. Que las fuerzas armadas fueron creadas para los tiempos de paz. Cuando hay guerra, se obliga a la población civil a dirigirse a la matanza en nombre de la patria. Una vez la carnicería terminada, se piensa en el presupuesto militar y en el ministerio de defensa.
El libro publicado en 1978, termina con este ida y vuelta entre un entrevistador sin nombre y el joven homosexual revolucionario.
Para la reedición del 2014, hay un posfacio que se titula: Anagrama de un encuentro. Foucault y Thierry, habían querido en un principio darle al libro el nombre de “Letzlove”, cambiando de lugar las letras del apellido de Thierry.
En este agregado, el entrevistado, cuarenta años después, cuenta las circunstancias de la confección del libro. Y nos habla del famoso departamento de la calle Vaugirard. Seguimos así completando nuestra imagen del hogar foucaultiano. Tiene una moquette marrón oscura. Unas sillas Langue de Pierre Paulin, que se pueden encontrar en Internet, son formas zigzagueantes de colores vivos que dan más para tirarse que sentarse. Un piso con cerámicos cuadrados que suponemos en la cocina. Thierry habla del pequeño dormitorio con una colchón sobre un sommier, un cuadro con un dibujo de Copy en el que un pollo pregunta qué es el estructuralismo.
Thierry nos dice que un día se cansó de París y se fue a Australia, en donde conoció a Jackie, de la que habla como de una “elle”, por lo que deducimos que es una mujer. Se dedicaba a la restauración de muebles antiguos. Thierry aprendió el oficio. Los dos volvieron a París. Lo siguió viendo a Michel, pero con menos frecuencia. Dice que el filósofo no se sentía del todo cómodo con su nueva compañía, suponemos que era la de ella.
Pero, finaliza Thierry, Foucault era feliz, “al ver que yo llevaba a cabo aquello para lo cual estaba bien dispuesto: vivir”.

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2 comentarios Add your own

  • 1. Laura  |  24 junio 2017 en 9:41

    Pobres esas mujeres!!! Las de las pastillas amarillas! Deben ser mujeres criadas en reformatorios, es por eso, pobres

  • 2. federicomiguelquinteiros  |  24 junio 2017 en 21:04

    Impresionante Tomás su lectura y estudio sobre Foucault, gracias por compartirlo. Se aprecia, lo apreciamos

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