Desde Budapest

6 abril 2017 at 11:13 20 comentarios

IDENTIDAD NACIONAL Y MODERNIDAD 1870-1945
(América Latina- Europa del Sur – Centro y Este de Europa)
Conferencia Internacional.
(Leído el 6 de abril de 2017, en la Universidad Reformada Gáspár Károly, Budapest, Hungría)

Tomás Abraham:
Composición de una identidad.
(Síntesis figurativa de un Judío nacido en Rumania; de lengua húngara; cultura francesa; hogar argentino)
I
No es fácil ser judío en la Argentina, pero fue mucho más difícil ser judío en Rumania y Hungría. No sólo difícil sino imposible. Mi madre, y yo, nacimos en Timisuara, mi padre en Sighisuara. Ella tiene rasgos serbios, mi padre, una estampa más bien germana. Eran bilingües, hablaban en húngaro y en alemán. Nunca los escuché hablar en rumano. De acuerdo a la novela familiar, la primera palabra que dije fue “bonat”, es decir “tren”, en húngaro. Una palabra que con una ironía de dudoso gusto, era todo un diagnóstico de lo que pasó con mi pueblo en la Europa de la Segunda Guerra.
Por uno de esos milagros o de esos azares que el destino dispone, mis padres, que vivían en Timisuara, sobrevivieron al genocidio. Los trenes que se llevaban a los judíos, estacionaron, de acuerdo a lo que me contaron, a cuarenta kilómetros del centro de la ciudad.
Mi padre fue enviado a trabajos forzados, los dos debieron someterse a la segregación impuesta por las autoridades por las que se restringía sus movimientos, les vedaban ciertos espacios, los separaban del resto de la comunidad nacional, pero salvaron la vida.
No así los parientes que permanecieron en Transilvania. Fueron asesinados por los nazis. La rama paterna, los Abraham, originarios de pueblos en los alrededores de Cluj, desaparecieron sin dejar rastros. No he podido saber quienes eran.
Mi bisabuela materna también fue asesinada, y ni sé su nombre.
Mis padres me enseñaron a hablar en húngaro, y no en alemán. Mi madre no quería que lo hablara, por lo acontecido en la guerra, aunque sus lecturas siempre fueron en alemán, y no en húngaro.
Cuando discutían un asunto que no quería que yo entendiera, lo hacían en alemán. Mi memoria conservó unas palabras que de poco me sirvieron para mi labor de profesor de filosofía: “jaiss”, por caliente, una advertencia para que tomara la sopa despacito; “fertig”, una señal por la que podíamos levantarnos de la mesa; “kistijand”, el saludo protocolar que mi padre ofrecía a las damas; “schluz!”, para dar por terminada una tarea…y unas pocas palabras más.
Mi padre a los veinticinco años decidió que el stalinismo no le ofrecía un futuro estimulante. Tenía una pequeña fábrica de calcetines, un oficio que le había enseñado su madre viuda que tenía muchas dificultades en llegar a fin de mes para abastecer su casa.
Mi madre pertenecía a una familia burguesa, que la envío a un internado en donde aprendió los rudimentos del francés, y se enamoró a sus quince años de mi padre que en su adolescencia completaba la mesa familiar, dando clases particulares a sus compañeros de liceo, y a otros más, como el hermano de mi madre. Así se conocieron.
El apellido de mi madre es Spitzer, que quiere decir Sacapuntas, o algo puntiagudo, en alemán.
En 1948, dejaron Rumania, y un 13 de octubre del mismo año, llegamos a Buenos Aires. Yo tenía un año y diez meses y mis padres veinte y poco más.
Mis padres no hablaban de Rumania. No tenían nostalgia. Jamás escuché en mi casa la palabra “refugiado”, ni “exilado”, éramos inmigrantes, como tantos otros millones de argentinos.
Un día, ya adulto, descubrí que en mi partida de nacimiento figuraba como “protestante”. Pregunté la razón de esa nueva identidad, y mi padre me dijo que era una exigencia diplomática ya que el cupo de judíos que la Argentina estaba dispuesta a recibir estaba colmado.
Fue una conversión de oficio.
Pero soy judío, de eso no tengo dudas. El sello de identidad lo da mi apellido paterno, Abraham, el fundador del monoteísmo, y lo da la historia, ya que vivo por casualidad.
El azar de un nacimiento lo da la genética ya que somos el fruto de un encuentro entre un espermatozoide y un óvulo entre millones de desencuentros reales, pero, en mi caso, el azar también lo verifica el hecho de que de haber nacido un poco antes – nací tres años después del casamiento en plena guerra de mis padres – y si me hubieran parido a unos cuarenta kilómetros de mi ciudad, no estaría aquí contando esta mínima biografía.
Dije en un comienzo que no es fácil ser judío en la Argentina, pero es posible. Supongo que esta dificultad es universal salvo en Tel Aviv y en Manhattan. Mi familia y yo encontramos en mi país, es decir, la Argentina, la libertad. Es decir la hospitalidad.
Mi padre no fue “a hacer la América” como dice en tono de burla el antisemitismo vulgar, sino a deshacerse de la Rumania de la guerra y de la posguerra, es decir, de la opresión y del racismo.
Comenzó a fabricar medias en un taller del oeste del gran Buenos Aires, que con el tiempo se convirtió en una industria importante. Los productos se comercializaban en una zona en la que convivían armenios, sirios libaneses católicos y musulmanes, judíos sefaradíes y ashkenazis, y gallegos.
Mi padre, un hombre flaco y alto, llegó con mucha hambre al país, el paraíso de la carne vacuna. Cuando a la noche volvía en tren a casa, había almorzado un “puchero”, es decir un plato que en España llaman “cocido” y en Francia “pôt au feu”, que en la Argentina es una olla en la que se hierve una tonelada de carne vacuna, chorizo colorado, morcilla, rabo, panceta, y verduras varias.
Antes de llegar a degustar la cena familiar, el goulash o el “chirkepaprikash” (paprika de pollo) o el “töltötkaposta” (chucrut relleno con carne de cerdo) de mi madre – platos de digestión muy lenta – , se demoraba en la estación ferroviaria del barrio de Flores, para consumir una pizza de muzzarella, de acuerdo al gusto de la cocina nacional que es de raigambre italiana.
Como ustedes perciben he nombrado a una serie de identidades nacionales en este recuento anecdótico, como los sirios libaneses, los armenios, gallegos y vascos – estos últimos regenteaban las lecherías en la que comprábamos los yogures, las cremas y la leche – italianos, judíos, a los que agrego a los japoneses que eran quienes se encargaban de limpiar y planchar la ropa en sus tintorerías, y quienes ingresaron a trabajar a la fábrica de mi padre: los eslovenos.
Estos últimos habían emigrado de la Yugoslavia de Tito, muchos habían participado de la guerra del lado fascista, y hasta podíamos encontrar entre ellos a monarquistas. En todo caso, todos simpatizantes de los nazis, trabajadores empleados por un judío, en una Argentina peronista que recibía a judíos, unos conversos en los papeles otros no, y a nazis, algunos camuflados y otros no.
A este mundo plural de un país que en el censo de 1914 contaba en sus urbes más pobladas como Buenos Aires capital y provincia, y Rosario, más extranjeros que nativos, le agrego mi propia familia con mi mujer argentina, católica, cuyo padre proviene de Baviera, y su madre de Austria. Es mi esposa de hace más de treinta años que conocí con dos hijas de un primer matrimonio con un señor de ascendencia británica, con la que tuvo dos hijas, una nacida en Londres y otra en Nigeria, pero que tiene nacionalidad alemana por su madre.
Yo tengo una hija de un primer matrimonio con una judía eslava argentina cuyo padre vino de Odessa, que ya tenía una hija a la que crié, de padre criollo y ascendencia aborigen.
Y nos amamos.
Tener historias diferentes y geografías dispares, es una bendición, al menos por ahora y para mí.

II
Hace unos años invité a mis padres a Rumania, fuimos los cuatro, mis padres, que no habían vuelto en medio siglo, mi mujer y yo. Llegamos a Budapest en donde estuvimos un par de días. Descubrí que no entendía el húngaro de los adultos ya que lo poco que recordaba del mío no se ajustaba a conversar con nadie.
Mi húngaro es infantil, y de acuerdo a la severa educación recibida, sé decir por favor, gracias, buenos días y perdón. Hay una palabra definitiva que jamás voy a olvidar: sämtelen, de difícil traducción, pero es algo así como irrespetuoso o sinvergüenza. El colmo de la falta de respeto.
A mi mujer que sí sabe alemán pero nada de húngaro, le sugerí que ante cualquier circunstancia sólo diga: nem ertag magiarul. No entiendo húngaro.
En aquella circunstancia probamos buenos vinos, comimos un goulash con violines – ¿se podrá alguna vez comer un goulash sin violines? – y fuimos a la gran Sinagoga en la que un guía nos contó la historia del templo y ante una pregunta que le hice sobre la suerte de los judíos durante la guerra, me dijo que muchos habían muerto de hambre y frío por la escasez y el clima. Una especie de calamidad vegetativa.
Ante tal blasfemia, les pedí a mis padres y a mi esposa que nos fuéramos de inmediato de la casa de Dios.
Yo quería saber quién había sido mi abuelo, el padre de mi padre, del que mi padre nunca hablaba. Había fallecido por una enfermedad cuando era muy pequeño, y un misterioso mandato materno silenció hasta su mismo nombre.
Pero mi padre tenía un padre y yo quería saber en dónde estaba sepultado. Así llegamos a Rumania y a Sighisuara.
Pero antes conocí mi ciudad natal, Timisuara. Me conmovieron sus sinagogas impecables por fuera y con candado. Sinagogas sin judíos. Asistí a un Shabat en el anexo de una sinagoga cerrada, en donde había poco más de diez fieles, y un rabino de apellido Neumann que mi padre reconoció. Todo era pobre y desolado.
En Sighisuara, ciudad hermosa, encontramos la casa de la infancia de mi padre, y me dispuse a buscar la tumba de mi abuelo. Había un cementerio judío, una sinagoga cerrada, y sólo un judío en la ciudad, Erich Raducan, un anciano sobreviviente de Auschwitz, al que finalmente pude ubicar.
En la posguerra se convirtió al cristianismo, quizás por temor a que la matanza nunca acabara, y luego recuperó su identidad. Estaba a cargo del mantenimiento del templo. Lo abrió para nosotros, mi mujer y yo, mientras mi padre estaba junto a mi madre en el hotel, bastante desinteresado del tema.
El anciano me abrió las puertas que daban al salón, y lloré. Nunca había visto un templo tan hermoso, el recinto del shabat de mi padre y mi abuelo, con el silencio de lo sacro, limpio, con paredes pintadas en tonos pasteles – que hoy repintaron de blanco – , dibujos de palmeras que evocaban a una Jerusalén oriental, panas de color bordó que cubrían el altar, sólo faltaban los judíos, todos exterminados.
El lugar estaba preparado para una hermosa ceremonia, pero no estaban los fieles. Ahí me di cuenta que el genocidio – no digo Holocausto porque no fue un sacrificio sino una matanza, quizás la más cruel en la historia de la humanidad – no sólo se definía por la muerte de los cuerpos sino por la eliminación de su memoria.
No hay más ritos, ni cantos, ni vestimentas, ni comidas, los nazis y sus aliados quisieron eliminar todos los rastros, todas las huellas, de la vida judía.
Ahí estaba el templo, vacío.
Gracias al anciano encontramos en un antiguo cuaderno escrito con pluma, tinta negra y letra gótica, el nombre de mi abuelo, Lázaro, con la ubicación de su tumba.
Con Cora, mi mujer, fuimos al cementerio judío de Sighisuara, y nos encontramos con un caos de tumbas desparramadas, llenas de musgo, por lo que de poco nos servía la numeración de su emplazamiento.
Conseguimos una espátula y fuimos raspando las piedras hasta que logramos identificar la de mi abuelo. Se lo dije a mi padre que me miró incrédulo, lo obligué a acompañarme, y cuando vió la tumba, me miró, y me dijo: es mi papá!, y abrazó la piedra.
Dije que no es fácil ser judío en la Argentina. Por un lado por historia, ya que hay una tradición antisemita de mucho tiempo, nutrida por un nacionalismo católico que tuvo expresiones políticas variadas. La larga serie de gobiernos militares puso en el mando a sectores con simpatías al fascismo italiano, así como también al Eje durante la segunda guerra.
Como en otras partes del planeta el antijudaísmo es parte del sentido común de los estúpidos como bien dice el gran escritor Imre Kertezs, o, como lo decía Marx, el antisemitismo es el socialismo de los imbéciles, porque no conocía al populismo de hoy en día.
Pero al antisemitismo violento que se dio en mi país como en la década del veinte del siglo pasado en que hubo pogroms, y que se repitió en los ataques a judíos y judías en la década del sesenta en la que organizaciones como Tacuara y Guardia restauradora Nacionalista nos perseguían y estigmatizaban, un antisemitismo que en los ochenta se hizo conocer por el cautiverio del periodista Jacobo Timerman durante última dictadura militar, a este antisemitismo de alguna manera tradicional sin dejar de ser por eso nefasto, le siguieron los crímenes colectivos y los atentados.
Ya no se trata de historia sino de actualidad.
Los ataques terroristas a la Embajada de Israel como a la sede de la comunidad judía, AMIA, en la década del noventa, no sólo se destaca por la cantidad de muertos y de sus víctimas entre heridos y parientes en duelo, sino por el hecho de que no hay detenidos, ni tampoco se sabe nada de esos crímenes colectivos.
La muerte del fiscal Alberto Nisman hace poco tiempo, que denunciaba el acuerdo entre bastidores entre el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner y la república de Irán, una muerte que tiene todos los elementos para suponer un asesinato, de esta muerte tampoco se sabe nada.
Y esta realidad recién mencionada es sumamente peligrosa, porque da indicios fehacientes de que hay una conexión local muy bien articulada y protegida que se ampara en círculos de gran poder, vinculados o no a potencias u organizaciones foráneas.
Esto en lo que respecta mi país, que a pesar de estos atentados, nunca dejó de ser una tierra de recepción de inmigrantes, realidad acentuada últimamente por la gran cantidad de habitantes de países limítrofes que vienen a vivir en él.
Y repito “mi país”, porque es el único que tengo. En él decidí vivir, tener a mi familia, y apasionarme por los problemas de mi comunidad. Por eso adopté el castellano como lengua de expresión, con la que enseño y escribo mis libros.
Me eduqué en Francia, en sus universidades me formé y adquirí las bases culturales de mi quehacer profesional, en sus libros y aulas encontré a mis primeros maestros, en aquel ambiente compartí el deseo de revolución y el ambiente libertario que eclosionó en el mayo francés.
La filosofía francesa es una pasión que tengo, pero el castellano de la Argentina, su verbalización.
La lengua francesa me “deshungarizó”, en la medida en que aprendía un nuevo idioma, se borraba de la memoria la lengua materna, y fue durante este proceso que una vieja dolencia, una tartamudez crónica que me aquejaba de niño, se fue curando en la medida en que aprendía el francés y desaprendía el húngaro. Misterios de la psicolingüística no develados, creo, por los especialistas.

III
He vuelto a Europa, hoy estoy nuevamente en Hungría. Tenemos conocimiento que aquí como en otros países de Europa y del otro lado del Atlántico, hay un clamor por levantar una barrera ante la ola inmigratoria proveniente de países de Asia Central y de África. Los cientos de miles de refugiados provienen de países en guerra, con poblaciones espantadas entre dos fuegos, de ex colonias abandonadas en el caos o en la fragmentación producida por el marcado de geografías artificiales al servicio de intereses imperiales, vienen de ciudades destruidas por los bombardeos llamados preventivos, sometidos por califatos al mando de mercenarios pagados por estados en competencia regional. Por eso son tantos los que huyen ante el hambre y la muerte.
Europa tiene un problema real, pero no son los inmigrantes, sino su estructura económico política de estancamiento que no logra incluir a sus propios habitantes. La tecnología mejora la productividad pero expulsa mano de obra. La medicina mejora la calidad y la duración de la vida de los individuos, pero no logra solventar el costo fiscal de sus mayores. Los jóvenes con sus diplomas ven su horizonte profesional cerrado. La globalización integró a millones de nuevos consumidores al mercado mundial, pero también permitió el ingreso de trabajadores precarizados que hundieron los salarios. Se creó un enorme poder financiero y se fomentó una sociedad desigual y de exclusión.
Además, la caída del Muro dio por terminado un siglo en el que ideologías universalistas se esfumaron. Pasó con el comunismo, pero también con el estado de bienestar, es decir con la gubernamentalidad socialdemócrata.
El fundamentalismo religioso no surgió de la nada o por una irrefrenable voluntad de salvación.
En los años setenta, después de 1967, la guerra de los seis días, da por terminado el nacionalismo árabe, el nasserismo, al tiempo que los ciclos de modernización de algunos países de la región, produjo una migración de las zonas rurales a la ciudad de millones de personas.
Nadie se hizo cargo de este proceso de urbanización forzada con sus secuelas de miseria y degradación. Ese desamparo fue el terreno en el que fecundó la prédica islamista.
Entre los años 1977 y 1981, asumen Menahem Beguin en Israel, Karol Wojtyla en el Vaticano, Ayatolah Khomeini en Irán, y Ronald Reagan en EE.UU. De alguna manera han contribuido en gran medida a diseñar el mundo de hoy.
El fin del stalinismo en sus diferentes expresiones, el del Estado de Bienestar, el ocaso de las ideologías emancipatorias tanto del marxismo como el de los valores ilustrados que componían el progresismo, el fin de los grandes relatos seculares como afirmaba Lyotard, va a dar lugar a un capitalismo salvaje al mismo tiempo que a un auge de los fundamentalismos religiosos.
Las ortodoxias se han puesto de moda, y los odios tribales manifestados como reinvindicaciones étnicas y luchas por nuevas soberanías y autonomías territoriales y lingüísticas, protagonizan el panorama internacional.
“Volver” es la consigna. El retorno de los nombres del dios monoteísta, de orígenes y de raíces míticas, de identidades étnicas, pregonando su exclusividad, acusando al infiel, estigmatizando al que se mezcla con otro que no es considerado prójimo sino alien, señalando como traidor a quien olvida el mandato ancestral, este llamado a volver a la cuna fundante, es un arma de guerra.
Se acusa a la Ilustración, al Iluminismo, por haber declarado el principio de igualdad y fraternidad, y engañar así a las minorías. Hannah Arendt que también criticaba ciertos aspectos de la ilusión igualitaria, diferenciaba la judeidad del judaísmo. Dice que antes de los tiempos emancipatorios de la era napoleónica, los judíos eran reconocibles en su identidad. Tanto por sus costumbres, como por la función que cumplían en la sociedad. Tenían su lugar en la diáspora.
Con la así llamada “asimilación” el judío comienza a ser buscado detrás de sus camuflajes que les dan nuevos apellidos, la conversión al cristianismo y su presentación en sociedad como hombres de talento universal, o como dice el filósofo y lingüista Jean Claude Milner, judíos de excepción.
Por lo que la pretendida emancipación inicia lo que conocemos como antisemitismo moderno basado en las teorías raciales, las teorías degenerativas, un veneno social que hay que purgar.
Milner, afirma que entre 1815 y 1933, se dan las condiciones culturales y políticas para explicar lo que aconteció después. Acusa a Europa de haber engañado al pueblo judío con la manzana de la igualdad y de haber generado las condiciones de los crímenes al pueblo judío cometido por los nazis.
Asumirse como judío de afirmación contra la trampa cosmopolita es lo que pregona Milner.
Al menos Hannah Arendt, por el contrario, eligió el camino liberal de la revolución norteamericana que garantiza la libre expresión, el habeas corpus que protege a los individuos del poder del estado, y el derecho irrestricto de las minorías a expresar su voluntad.
Entonces, como dicen algunos, si debemos denunciar el proyecto emancipatorio que nace con la declaración de los derechos humanos universales, con su fundamento filosófico basado en el liberalismo del siglo XVII, en el contrato social del XVIII, y en el deseo de revolución del siglo XX, ¿qué alternativas ofrecen?
Volver a las fuentes religiosas del monoteísmo. Es lo que hacen filósofos que predicaron la revolución cultural en los setenta, y que después del Gulag, de la lucha por los derechos humanos en Europa Central, luego de la matanza en Camboya y lo que aconteció en Vietnam con los “boat people”, dejan el maoísmo, y se convierten al judaísmo ortodoxo como Benny Lévy, se hacen adeptos al Islam como Christian Jambet, o al gnosticismo cristiano como Guy Lardreau. Todos fueron jóvenes del mayo francés que decepcionados por el fracaso de los ideales revolucionarios, y sobre la base de su formación filosófica en las mejores instituciones de Francia, justifican el Retorno a la palabra divina.
Otros que también dejaron sus antiguos ropajes revolucionarios, no claudicarán en su intensidad belicista, y optan por un democratismo de guerra. Apoyan las guerras preventivas, los bombardeos a poblaciones civiles a pesar de los llamados daños colaterales que los expertos consideran inevitables, y lo hacen porque diagnostican que vivimos tiempos de guerra entre los valores de un Occidente democrático y el terrorismo fundamentalista de grupos asesinos.
Sin duda que vivimos tiempos difíciles, no sólo por los conflictos que hay en el mundo con su inusitada violencia, no sólo porque nuestros estados de ánimo se alteran en la medida en que recibimos información al instante de cada acontecimiento del planeta – la globalización sensitiva también modifica nuestro pensamiento – sino porque no hay soluciones perfectas para los problemas que se plantean.
Considero que un intelectual, cualquiera sea la profesión que ejerce, ya sea periodista, científico, filósofo, que no ocupa un lugar de responsabilidad política o un cargo ejecutivo, debe ser cauto.
Es fácil condenar, denunciar y predicar en nombre del Bien sin proponer nada concreto. Hay dilemas que tienen un costo a veces difícil de asumir. Me parecería frívolo de mi parte decir que las fronteras deberían abrirse sin ningún tipo de contención, o de argumentar que a la circulación irrestricta de capitales le debería corresponder la de las personas.
Hay países que tienen serios problemas estructurales que pueden agravarse con medidas supuestamente humanitarias y generar actos de violencia que todos quieren evitar.
Pero lo que sí creo necesario, es denunciar todas las formas de racismo, condenar todo tipo de estrategia demagógica que usa viejos prejuicios para canalizar odios colectivos en busca de chivos emisarios; como también, debemos denunciar a un llamado revisionismo histórico que no sólo es un fraude cognitivo sino un acto inmoral, como el que pretende silenciar responsabilidades en las matanzas y genocidios de nuestro reciente pasado.
Si hay quienes estiman que los ideales emancipatorios ya no son válidos, o que viejas utopías de confraternidad han sido un engaño, y predican una vuelta a la tradición religiosa o étnica, tienen todo el derecho de hacerlo, mientras no sea el principio de una cruzada a la vieja usanza inquisitorial.
No hay infieles a ningún mandato divino, ni herejes ni traidores a una Causa cualquiera que ésta sea. Las guerras religiosas, o de creencias, masacraron a un tercio de la población europea hasta la paz de Westfalia. En nombre de la fe hubo una campaña de exterminio de las poblaciones originarias en América.
Si la defensa de Occidente, de sus valores, se interpreta como una cruzada, o una contracruzada, termina con un Leviatán, en un gobierno absoluto que exige el sometimiento de todos a cambio de la llamada Seguridad.
Nadie tiene el derecho de apuntar con su dedo en nombre de la voluntad divina. Nadie tiene el derecho de separar buenos judíos de malos judíos, judíos de afirmación de judíos de negación, de acuerdo a su fidelidad a una historia o a una cultura.
No hay una Verdad que autorice una muerte o una segregación.
Soy judío, nací en Rumania, mi lengua materna es el húngaro, mi hogar está en la Argentina, no hay nada malo ni bueno en eso. Uno es lo que hace, no es ni su origen, ni es enjuiciable por su nombre, su fe, o su ideología, ni por su identidad o por su sistema de identidades.
Somos una multiplicidad, la unidad que nos identifica es una variación continua. Decir Yo es una conquista, siempre y cuando sea un punto de partida y no de llegada. Vivimos “desde” nosotros, pensamos desde nosotros, escribimos desde nosotros. No lo hacemos “para” otros ni para nosotros. La palabra “sentido” que significa nuestros actos indica una dirección, el sí mismo es un movimiento centrífugo que nos transforma.
Por eso la idea de identidad refleja una mismidad de retaguardia, el miedo a dejar de pertenecer, o el temor a ser dominado o invadido por extraños. La historia reciente ha demostrado qué tipo de consecuencias se producen cuando estos temores son manipulados por jerarcas sin escrúpulos.
Gracias

Anuncios

Entry filed under: General.

Entrevista de María O`Donnell Bitácora 72

20 comentarios

  • 1. Berti Alicia Gustavo  |  6 abril 2017 en 11:49

    Fantástico Tomás. Mis abuelos maternos eran judíos de Odessa y emigraron, no se bien porqué a Argentina y fueros con los gauchos judíos en Entre Rios y luego a Córdoba, mi madre judía nació en la primera década del siglo “20 en Argentina y se caso con mi padre un agnóstico no judío. A mi me llamaron media res toda la vida, despreciado por unos y otros y solo me siento argentino. Creo que el racismo existe en todas las religiones o comunidades o naciones.

  • 2. philo  |  6 abril 2017 en 13:23

    Profe, ahora entiendo porque usted me resulta familiar, uno de mis abuelos era serbio, seguramente usted y yo somos primos!!!

    Otra profe, en esos momento que uno webea por la red lo encontré en facebook
    que pasó con esa biblioteca abigarrada que tambien le quedaba?
    Se mudó o la ordenó? parece un templo, es más creo que alguna mano femenina estuvo detras, demasiado ordenada, muy espectacular, de revista

    la verdad no me gusta, no le queda

  • 3. Aldo  |  6 abril 2017 en 14:11

    Mi abuelo hace unos años en Rosario caminaba bajo un obra en construccion y por donde el pasaba alado se cae una masa , se salvo de milagro . En mi caso evito pasar por debajo de las obras , par el simple hecho que me puede pasar lo de mi abuelo pero no con la suerte que el tuvo ,,.. Un poco la vida tiene mucho de genes de historia y palabras ,,, mi ” yo” me dice no pasar bajo una obra u otros peligros,, despues, lo demás, es lo desconocido , el accionar de otros sobre todo en lo que es el estado de animo tiene tambien que ver ,,, el ” yo y los otros ” ,,,,es para largo

  • 4. Aldo  |  6 abril 2017 en 14:22

    Hay gente que opta las soledades mas extremas ,,, ermitaños se vuelven

  • 5. Marcelo Grynberg  |  6 abril 2017 en 15:07

    Respecto a “Uno es lo que hace”, que si no recuerdo mal es
    una afirmacion de Sartre, me parece un tanto exagerado. No siempre hay libre eleccion para hacer lo correcto o lo mas conveniente. Lamentablemente aun vivimos en el reino de la Necesidad mas en el de la Libertad.

  • 6. Marcelo Grynberg  |  6 abril 2017 en 16:10

    Ref: Hungria
    Ya que esta por alli, hara un año o dos que algunos colegas de trabajo me comentaban del siempre renovado antisemitismo de la sociedad hungara (pese a los poquisimos judios que alii aun viven). Algunas consignas absurdas eran: “judios: la universidad es nuestra …” Adorable …
    Que impresion tiene HOY de Hungria ? (Oy, oy, oy 🙂

  • 7. Marcelo Grynberg  |  6 abril 2017 en 16:19

    Una mas y no molesto mas. Va el link de un articulo del pagina 12
    del 2013, con cometarios sobre estos temas.

    https://www.pagina12.com.ar/diario/elmundo/4-217105-2013-04-02.html

  • 8. Pablo Fasoli  |  7 abril 2017 en 6:07

    recomiendo este documental de Adam Curtis,que aparte de estar hecho con buen gusto ,,y cuenta todo el proceso historico del poder de los ultimos tiempos ,,,,mucho me remite a foucault con toda la cuestion de la subjetivacion ,,, los subs en ingles de youtube coinciden muy bien ,,,,vale mucho la pena como la venganza de el padre del actual Assad cuando Kissinger le jugo una mala pasada y creo el hombre bomba para el ayatollah komeini y de ahi hasta la web ,los bancos y trump

  • 9. philo  |  7 abril 2017 en 10:00

    “Cada hombre es lo que hace con lo que hicieron de él”
    es la frase

    “Los hombres se equivocan si se creen libres; su opinión está hecha de la consciencia de sus propias acciones y de la ignorancia de las causas que las determinan” Baruch Spinoza

    “Yo soy yo y mi circunstancia” José Ortega y Gasset:

    “El hombre es lo que puede” Philo

    y sorry…. Tambien se escribe TAN BIEN…(burrita)

  • 10. Marcelo Grynberg  |  7 abril 2017 en 10:26

    Philo: si, si, me habia olvidado de la segunda parte de. En realidad la 4ta. pregunta Kantiana” Que es el hombre” sigue aun sin respuesta (creo).
    Saludos

  • 11. marlaw  |  7 abril 2017 en 16:37

    Profesor:Mas o menos en la misma época, en que llegó Usted con su familia, también arribó a nuestro país otro refugiado rumano, que en la década del 50, adquiríó cierta notoriedad. Me refiero al autor de La Hora 25, Constantin Virgil Gheorghiu. Ya en nuestro país Virgil Gheorghiu, escribió otro libro: La Segunda Oportunidad. que fue un panegírico al Peronismo, y a la figura del General Perón.

  • 12. marlaw  |  7 abril 2017 en 17:07

    Cuando era chico y estudiaba geografía, siempre me confundía con los nombres de Bucarest y Budapest.

  • 13. rodolfo lópez  |  8 abril 2017 en 13:58

    Me inclino ante “cada hombre es lo que hace con lo que hicieron de él”; gracias por recordar esa Verdad.

    Sentí intriga siempre y fascinación por Hungría y los húngaros. Nada que ver con religión o política sino por cómo imaginaba eran ellos.
    Criado en Tigre yo, mis viejos cantineros en clubes de remo, a los 5 años recuerdo a Gessa y Anita dueños del restaurante húngaro al lado del club del suizo, de los que mis viejos se hicieron muy amigos. Gessa era divertido (¡los hacía reír a mis viejos!) y era un bohemio. Anita era adorable, gordita y simpática; le pasaba a mamá recetas húngaras, un goulash que mi paladar recuerda todavía.
    Con el tiempo regentearon “El Cazador”, fino famoso parador de Escobar. Veo aún a Gessa paseando entre las mesas colmadas de clientes tocando su violín, tal como lo cuenta el profesor (Tomás: sin violín no es posible), y sonriendo elegante a las damas.

    La triste realidad posterior fue que Anita y Gessa se separaron. A esa altura eran para mí sólo un recuerdo infantil; pero me negué y me niego a reconocerlo.

    .

  • 14. marlaw  |  9 abril 2017 en 19:23

    Según se afirma los Húngaros o magyares, serían un pueblo de origen indo-europeo, que no guarda ninguna relación, con los restantes pueblos que habitaron el continente Europeo. Muchos de ellos son pastores, y guardan una gran aficción por los caballos, probablemente porque se establecieron en una llanura, o quizá sea al revés. Su idioma tampoco tiene relación con las demás lenguas, del continente. Los campesinos húngaros usan una vestimenta muy similar a la de nuestros paisanos.Me refiero al uso de la bombacha.Según se cuenta, por el año 1870, un barco Inglés, trajo a estas tierras, los rezagos de uniformes militares usados en la Guerra de Crímea, y de este modo luego se popularizo el uso de la bombacha, entre los pobladores de la campaña.

  • 15. LISA  |  11 abril 2017 en 1:57

    Es lo más lindo y lúcido …que leí en los últimos tiempos.. historia política.. familiar, racial.. humana.. universal e individual.. con el contenido afectivoque eso conlleva..
    No es fácil ser judio en Argentina .. lo entendí cuando yo católica tuve 3.. con un apellido innegable.. no son religiosos.. son judios!
    Tomas sigue con los seminarios de los jueves??
    Hoy me divertí, reflexione .. un montón de emociones leyendo las bitácoras .. Me gustaría poder compartir si los seminarios continúan . Gracias por tanto placer

  • 16. Carlos  |  11 abril 2017 en 22:43

    Identidad: “Yo soy yo y Gasset” José Ortega

  • 17. Aldo  |  12 abril 2017 en 14:14

    ademas , sin el conde Dracula que seria de Rumania ? o la zurda de Hagi ?

  • 18. Juan Martin Masciardi  |  14 abril 2017 en 17:36

    enorme texto profesor.

  • 19. Alicia ines  |  16 abril 2017 en 14:12

    Me gusto mucho, un recorrido intimo, emotivo, una sintesis historica y filosofica y una serie de puntuaciones brillantes sobre la libertad y sus aplicaciones.

  • 20. Pipo  |  5 mayo 2017 en 2:48

    Como siempre Tomás, un mapa con infinitas rutas para recorrer, confeccionado con la historia sentimental como soporte.
    Muy bueno y gracias por sacudir la tendencia rutinaria.


Categorías

Comentarios recientes

marlaw en
marlaw en El profesor Michel Foucault…
Tomás Abraham en
Marcelo Grynberg en
julioguzmancesar en

Calendario

abril 2017
L M X J V S D
« Mar   May »
 12
3456789
10111213141516
17181920212223
24252627282930

A %d blogueros les gusta esto: