LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA 229

3 agosto 2016 at 17:51 4 comentarios

Veinte años después, en 1963, la revista Critique fundada por Bataille en la inmediata posguerra, le dedica un número de homenaje al escritor fallecido el año anterior. Participan R. Queneau, M. Leiris, P. Sollers, R. Barthes, M. Blanchot, P.Klossowski, A. Métraux, J.Wahl, y Michel Foucault.
El escrito de este ultimo se titula “Preface a la Transgression” (“Dits et Écrits I”, pags 233-250). Dos décadas después de la publicación de “El nuevo místico” de Sartre, otro filósofo toma la posta para revertir la situación.
Respecto de los contextos en lo que se publican estas intervenciones, una curva temporal marca la diferencia entre una Francia derrotada y otra que debe ceder ante una guerra cruenta en Argelia para dejar en manos de los norafricanos la independencia de su país.
Son dos derrotas de Francia, la primera infligida al país orgulloso de su tradición republicana heredada de los valores de la Ilustración y de la Revolución Francesa, y la otra señalando el irreversible desmembramiento del Imperio francés.
Lo curioso es que esta doble derrota fue ungida como una doble victoria gracias a la megalomanía tan eficaz como necesaria del general de Gaulle. Así como su figura en el exilio mantuvo la dignidad de su país ocupado por un ejército extranjero, con un gobierno nacional que colaboraba con el enemigo, y que en su retorno se autoproclamó como el libertador, del mismo modo veinte años después dio un golpe institucional para acabar con la IV República y otorgar la independencia a su antigua colonia.
La tremenda guerra de liberación de los argelinos, la violación de los derechos humanos de los franceses, las torturas, y, por otra parte, la resistencia de militantes anticolonialistas en Francia que muchas veces desde la clandestinidad denunciaron, se solidarizaron y fueron apoyo para los combatientes argelinos, todo eso fue sepultado por el gesto del gran general que se hizo acreedor de la gesta patriótica de sus ex colonizados.
Así como en la posguerra en Francia la izquierda vivió un momento de euforia al identificarse con los resistentes entre los que se contaban muchos comunistas, y soñó con procesos revolucionarios que en poco tiempo se canalizarían y fosilizarían de acuerdo con los intereses de las grandes potencias en el nuevo mundo bipolar, esta vez la misma izquierda se había quedado sin armas, sin consignas, y sin ideales.
Quien había decretado el fin de la guerra y el recocimiento de la independencia de la ex colonia, era un hombre de la derecha, y el partido comunista fue considerado un traidor a la causa argelina ya que contemporizaba con los intereses colonialistas si así le convenia a la estrategia de la URSS.
En este contexto, las ideas revolucionarias quedaron huérfanas de causas y de masas, y una nueva aurora filosófica se presentaba en el horizonte. Sus semillas germinaban de a poco en el campo literario y en los aportes de la fonología, es decir, en el espacio de la lengua.
Se inician los años del “saber”, casi una década de producción teórica en la que desde el psicoanálisis al marxismo, de la epistemología a la crítica literaria, conforman la segunda fase de una historia de la filosofía francesa que el profesor Vladimir Jankelevitch da por iniciada en 1943.
Un ciclo que de acuerdo a Alain Badiou (“La aventura de la filosofía francesa”, Bs.As, 2006), protagonista de esta nueva época, también acuerda en inaugurar con “El ser y la nada”, para extenderlo hasta “¿Qué es la filosofía?” de Gilles Deleuze, de 1991.
Foucault, de treinta y pocos años, ha de ser uno de los filósófos más importantes de esta nueva era; un activista incansable, tanto en el campo de la historia de las ideas y de la ciencia (“Historia de la locura en la época clásica”, 1960, “El nacimiento de la clínica”, 1963), como en la crítica literaria (“Raymond Roussel”, 1963).
Es a partir de esto último que Foucault encara su homenaje a Bataille. Su perspectiva sigue por dos carriles: por un lado una nueva visión sobre la sexualidad en relación a la tradición cristiana, y por el otro, la crítica a la soberanía del sujeto que enuncia el discurso filosófico.
La sexualidad recorría un camino llano y sin obstáculos en relación a un paradigma que se preocupa por la virginidad primero, luego por la conyugalidad, y, finalmente, por la procreación. Se trata de una vía natural que se continúa durante siglos, hasta que se interrumpe por las obras del Divino Marqués y las teorías psioanalíticas elaboradas por Freud.
Pero no por eso se restringía a un cadalso en el que reinaban los guardianes del puritanismo. Foucault dice que está vía natural sigue una línea que va de la mística y la espiritualidad, a la ebriedad, la penetración, el éxtasis, para culminar en el amor divino. Es un proceso sin solución de continuidad.
La versión moderna de la sexualidad modifica este modelo al encontrar la línea delgada del límite. Por eso el concepto fundamental alrededor del cual girará el texto de Foucault sobre el pensamiento de Bataille es el de `límite´.
Dice que el límite “no tiene otro más allá que el frenesí que la quiebra”.
La episteme contemporánea ha hecho de la noción de límite un pivot pluridimensional. Los saberes han establecido esta línea que Foucault califica de `delgada´ porque no tiene la solidez de una barrera sino la de una fulguración evanescente que dibuja un espacio intermedio, una frontera o zona de contacto, que borra territorios y propiedades. No se está ni adentro ni afuera, como si fuera una zona desmilitarizada de la libido, se transita por una zona neutra que para algunos esta minada.
Existe un límite para la conciencia que sustenta el funcionamiento del inconciente. Es la lectura psicoanálitica. Hay un límite que impone la ley que será el contenido de una prohibición concebida como condición de cultura. Una tesis que proviene de la antropología estructural. Y se yergue un límite en el lenguaje que “dibuja la franja de espuma que se deshace en las arenas del silencio”. Es aquí que aparece el pensamiento de Georges Bataille.
Existe una bisagra que establece la relación entre los límites del lenguaje con una sexualidad pensada como ruptura. Esta bisagra segrega dos nombres que dan cuenta de nuestra modernidad. Uno es el de `transgresión´ y el otro el de la muerte de Dios.
La transgresión no tiene el sentido de un acto que nos reenvía a la animalidad. Ni con la muerte de Dios todo debería estar permitido. No está tan lejos un acto del otro, ya que, señala Foucault, lo que no puede decir el misticismo lo dice el erotismo: ir más allá de Dios, e inaugurar el reino ilimitado del límite.
Bataille no hacía del término `transgresión´ el eje de su pensamiento. Vimos que decía suplicio, pecado, sacrificio, comunicación, pero poco uso le daba al vocablo empleado por Foucault.
De todos modos en este texto, se trata de apartarse de las dos caras de una alternativa moral, una positiva y otra negativa.
La última nos ofrece un mundo tentador en el que la transgresión congrega escenas violentas y gozosas, propios de una prensa amarilla dedicada al escándalo. Ambiente prostibulario, de policial negro, en el que la subversión, la marginalidad y el sadismo, son la ley.
Por el lado benefactor, la transgresión tampoco se resuelve en una lucha por la justicia que elige el camino de la violencia revolucionaria en aras de un mundo mejor y más igualitario.
Ni la contradicción dialéctica ni un anarquismo social y deseante explican la transgresión, a pesar de que Bataille no dejó de mencionar el crimen y las perversiones sexuales como formas intensas de la experiencia interior.
Sucede que Foucault lo “seca” a Bataille, separa sus humedades románticas, le quita lo que tiene de extremo, y lo conceptualiza. Lo instala en el mundo cartesiano.
Por esta vía, la transgresión se hermana con otra palabra que definirá todo un ejercicio de la filosofía: diferencia. De este modo la transgresión se desdobla en dos semantemas: límite y diferencia.
El ser de la diferencia se define como una afirmación no positiva. No afirma nada y rompe con la transitividad. Nos remite al nombre que tiene una revista con la que colaboraba Foucault, que le dedicó otro homenaje a Bataille: Tel Quel, cuyos animadores eran Philippe Sollers y Julia Kristeva. La publicación se llamaba así por una frase de Nietzsche que pregonaba estar en el mundo “tal cual es”.
No se trata de resignación, no es una derrota, es una victoria ante las operaciones de consuelo y los purgantes de la esperanza. Se afirma el mundo tal cual es para afirmarnos en él. La actitud no implica aceptación sino firmeza. Hace de la singularidad la marca de una diferencia.
La risa, otro de los ingredientes del pensamiento batailliano, es considerada por Foucault como la reacción inevitable ante la muerte de Dios. Declarar la muerte de un ser que no existe es irrisorio. Matar a Dios que no existe para que no exista es un acto que supera el absurdo de Sísifo.
En Bataille, el sacrificio y el éxtasis, son los efectos de esta falsa y auténtica muerte, porque una borra lo ilimitado que cercena la existencia y lo tensa en un cuerpo, y la otra manifiesta la presencia de Dios en el goce de una nada. Isaac, hijo de Abraham, Teresa de Ávila, los cuerpos del sacrificio y del éxtasis.
Dos son los filósofos que para Foucault anticiparon el pensamiento del límite. Kant lo hizo con sus Críticas en las que muestra los límites de la razón, la subordinación del entendimiento a los datos de las sensaciones y a la tabla categorial, la impotencia de la razón para responder a las preguntas que su mismo funcionamiento segrega, y una moral que desplaza al Bien en nombre de un imperativo formal.
El pensamiento crítico luego fue adaptado a las necesidades de una antropología que restituyó una moral humanista mediante una metafísica y una dialéctica que coronaron a la contradicción y a la totalidad. Así se silenció la filosofía inaugural del ser y del límite.
Y Nietzsche, quien nos conduce al mundo griego, es decir a la tragedia y a Diónisos, el sin fondo del volcán del que emergerán las formas de una apariencia que no será copia de esencias, desplegándose como un juego de máscaras.
Estos son los antecedentes del pensamiento de Bataille. Pero es necesario tomar en cuenta otra consecuencia que dejan sus escritos. Foucault la define como “el fin de la subjetividad filosófica”, y la resume así. “el fin del filósofo como forma soberana y primera del lenguaje filosófico” (pag, 242). Rompe incesantemente, agrega, con crudeza, lo que podía albergar de soberanía el sujeto filosofante. Bataille expresa sus ideas en varios formatos como el diario, el carnet, poemas, relatos, meditaciones, discursos demostrativos.
Esto en cuanto a la forma, en lo que respecta al contenido, Bataille al decir que no podemos ser todo, que en el erotismo existe la nostalgia de una continuidad perdida, que intentamos recomponer esta sensación de pérdida con los excesos, que la prohibición o las formas de la ley y el trabajo es lo que nos distingue de los animales a la vez que nos aleja de los objetos para poder analizarlos, que hay en la naturaleza un gasto de energía encarnado en las metamorfósis de los seres que va más allá de la conservación y del deseo de durar de cada ser en particular, y que el pensamiento se propone y exige pensar lo imposible, se hermana con otro poeta: Antonin Artaud.
No es por azar que en los homenajes que se le hace a uno y otro se complementan en más de una ocasión. Los dos inquieren sobre los límites del pensamiento, los dos lo corporizan, en ambos se manifiesta una insuficiencia.
Lo que Foucault llama `el fin de la soberanía del lenguaje filosófico´, quizás no se circunscriba a una disciplina ni a un privilegio usurpado por las ciencias, compromete al lenguaje mismo, a un insistencia en decir algo que no sea autorreferencial, más allá de laberintos y espejos, esas dos figuras de una retórica, que se fueron dominantes en aquellos años.
La relación entre Sartre y Bataille no se limitó al intercambio polémico de los años de la ocupación y la de la inmediata posguerra. Tiempo después, Bataille dedicará un capítulo de “La litterature et le mal” (1957) al “Saint Genet, comédien et martir”, de Sartre.
Aquel libro produjo una conmoción. El impacto prtovino de un volumen programado como un prefacio para las obras completas de Genet que tenía 700 páginas. Más de una vez Sartre incurría en la saturación argumentativa y la incontinencia literaria. Los tres tomos inconclusos del Flaubert, o aquel guión para una película de Freud que valía por su peso y volumen, o las miles de hojas inéditas de escritos sobre la moral o sobre la razón dialéctica, parecen provenir de un síntoma que oficia de pensamiento. Anfetaminas mediante.
Bataille que había empleado su tiempo en escribir sobre el suplicio, sobre los excesos y las transgresiones, no podía evitar pasar por el monumento sartriano dedicado a un ejemplo de la marginalidad, de la subversión y del mal, como el del poeta ladrón Genet.
Dice que el libro de Sartre es digno de interés, reconoce su dimensión monumental, y percibe un uso excesivo de la inteligencia; por otra parte señala que el lector es víctima de uan agresividad asfixiante que lo deja con una sensación de confusión a la vez que con un sentimiento de un desastre generado por lo que llama `un engaño universal´. No resulta claro en qué consiste esa trampa gigantesca. Una vez dicho esto pondera el libro por la luz que vierte sobre “la situación actual del hombre”.
Las ambigüedades se extienden, los reproches y las críticas apenas se endulzan con un atributo positivo. Por ejemplo, Bataille no puede desconocer que Sartre domina la escena filosófica francesa, cree que seguramente es acreedor de tal distinción, aunque, en tiempos en los que la cultura está en un franco proceso de descomposición y en la que nada bueno se espera en lo inmediato, considera que tal vigencia y prestigio poco sentido tienen.
Lo que no quita, piensa Bataille, que esté en presencia de uno de los libros más ricos en contenido de los tiempos que corren. Una obra maestra, agrega, aunque el destinatario de tanto talento no sea un gran escritor. Indudablemente, dice, no estamos ante un Pascal ni ante un Voltaire, sino, más bien, frente a un producto del esnobismo.
Sartre pudo ver con precisión que Genet debía ser beatificado, el nombre mismo de Saint Genet, muestra que en este caso se trata del Mal Supremo, de una soberanía establecida en nombre del mal radical. Sin embargo, reflexiona, el libro de Sartre es profundo a la vez que decepcionante, desborda de ideas pero no es más que el comienzo de un trabajo que aún debe llevarse a cabo.
Bataille dice que Sartre no encuentra la solución para pasar de una moral de la libertad a la moral común que impone una serie de obligaciones. Hace un torsión en su noción de `comunicación´, que en sus escritos sobre la experiencia interior describía como el lazo entre seres heridos e incompletos, para pensarlo ahora como un circuito que vincula a los hombres. Pero precisa que hay dos comunicaciones, una débil, la que se da en el mundo profano, en la prosa argumental, y en las acciones concebidas en términos de productividad; y la otra, una comunicación fuerte, que se concreta en fiestas, en dramas, en la sensualidad, en el amor y en las separaciones.
Señala que el desprecio que Sartre tiene respecto a lo que llama “sociólogos”, le resta lucidez, ya que si se despojara de ciertos prejuicios podría incorporar a su dilema moral, los aportes de Mauss y Caillois.
Gracias a esos trabajos, podemos pensar los rasgos diferenciales entre la humanidad y la animalidad, y la vigencia operativa de la categoría de la `prohibición (l`interdit), que nos lleva a pensar la soberanía y la transgresión.
Las prohibiciones relativas al incesto, al canibalismo, al contacto con la sangre menstrual, la obscenidad y el pudor frente a la desnudez, así como el crimen, no pueden ser soslayados por quien dice ocuparse de cuestiones morales.

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LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA 228 BITÁCORA 18

4 comentarios

  • 1. Marcelo Grynberg  |  5 agosto 2016 en 10:08

    Le recuerdo que Abraham no sacrifico a su hijo, sino que lo ató a la Ley. “Akedat Itzhak” se traduce como “la atadura “de Itzhak.
    En cuanto al resto del post: demencial …

  • 2. marlaw  |  5 agosto 2016 en 15:15

    Arnaldo Rascovsky El Filicidio

  • 3. Marcelo Grynberg  |  5 agosto 2016 en 20:27

    Bataille por el mismo: Ver

  • 4. Aldo  |  6 agosto 2016 en 17:53

    la busqueda del erotismo y la sexualidad es la busqueda de uno mismo , por que Socrates y los griegos hablan y parten desde la sabiduría ,( medio asexuada ),,, por que no hay pepa ? la seriedad de los griegos es antihumana es ,,, Fantasía ,,,,,, en el señor de los anillos tampoco hay sexulaidad ,, no hay humanidad , queda el hombre a lo ultimo de la fila


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