LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA 226

23 julio 2016 at 8:23 4 comentarios

Nuestro filósofo intenta demoler a todos los pensadores que se situan por encima del mundo y diagnostican su enfermedad. Afirma que están todos dentro del mundo y los juegos a los que se someten para salir y volver a entrar que juzgan como desgarros y heridas imposibles de suturar, no garantizan buena literatura, y menos aún aceptable filosofía.
Si es una verdad de perogrullo que no se hace buena literatura con buenos sentimientos, tampoco se logra con dolores crónicos.
Bataille asume que su pensamiento es contradictorio, como no deja de serlo uno de sus mentores, el ambiguo Kierkegaard. Sartre si bien reconoce que el filósofo danés no deja de ser una autoridad, dice: “Pero no hay motivo para admirar esas contradicciones; si el señor Bataille las ha encontrado en sí mismo es porque las ha puesto en él, introduciendo por la fuerza lo trascendente en lo inmanente. Si se hubiera atenido al punto de vista del descubrimiento interior habría comprendido: 1), que los datos de la ciencia no participan de la certidumbre del `cogito´ y que deben ser considerados como simplemente probables; si uno se encierra en la experiencia interior, ya no puede salir de ella para contemplarse luego desde fuera; 2), que, en el dominio de la experiencia interior ya no hay apariencia, o más bien, que la apariencia es en realidad absoluta. Si sueño con un perfume, es un perfume falso, pero si sueño que siento placer al respirarlo, es un placer verdadero. Uno no puede soñar su placer, no puede soñar la simplicidad o la unidad de su Yo. Si se los descubre es porque existen, pues se los hace existir al descubrirlos; 3) que el famoso desgarrón temporal del Yo nada tiene de inquietante. Pues el tiempo es también enlace y el Yo en su ser mismo es temporal. Esto significa que lejos de ser anulado por el Tiempo, necesita del Tiempo para realizarse. En vano me objetará que el Yo se deshace en jirones, en instantes, pues el Tiempo de la experiencia interior no se compone de instantes”. (122)
Esta larga cita muestra que Sartre está decidido a atacar a su contrincante desde todos los ángulos. Él es el filósofo de la conciencia, presentada como un agujero del ser, una nada que impide toda esencia identitaria, que nos separa de nosotros mismos y de las cosas, y que tampoco permite la pasividad del que recibe un atributo o padece un estado. “Si tengo conciencia de mi dependencia, la dependencia es objeto y la conciencia es independiente” (123).
Además esa vindicación del “instante” es otro lugar común que parte del instante intuitivo cartesiano, luego el instante de la mística, el instante angustiado y eterno de la libertad kierkegaardiana, el del goce gidiano o el de la reminiscencia proustiana.
Nadie puede salir del mundo para describirlo siendo parte de él. Sartre escribe que la piedra que cae, si pudiera sentir, no descubriría en su propia caída la ley de la caída de los cuerpos. Experimentarían la caída como un acontecimiento único. Esta ley sólo será considerada como la de la caída de los otros cuerpos.
Quienes por inducción de observaciones empíricas establecen una ley y luego por analogía se colocan bajo su imperio, son los sociólogos. Lo que no es extraño ya que, dice Sartre, Bataille fue fundador del que llama “extraño” Colegio de Sociología en la que se invocaba el nombre de Durkheim y en nombre de una moral laica del siglo XIX se robaba la noción de “sagrado” para adaptarla a fines personales.
Por esta afición a la sociología, Bataille llega a identificarse con la supuesta intensidad metafísica de las fiestas primitivas. Encuentra en ellas una alternativa a nuestra sociedad productiva y utilitaria; en los rituales en los que en la cima de las pirámides se desangran los cuerpos y se exhiben los corazones aún palpitantes, le da a Bataille imágenes fuertes, que para Sartre no son más que pensamientos blandos. (128).
Esta literatura extrema es una reminiscencia melancólica de las experiencias de los jóvenes de los años veinte en la primera posguerra, con tóxicos, deslices eróticos y vidas jugadas a cara o cruz.
Este mundo maravilloso se convierte en un viaje del que siempre se vuelve, en una palabra: una experiencia. Y una vez el retorno concretado, la verdadera vida de Bataille, la de ser un empleado de la Biblioteca Nacional, leer pergaminos medievales, hacer el amor sobre sábanas almidonadas, comer en fondas de buen precio, una vida media y resguardada que para intensificar lo que sólo perdura, tiene momentos como los que cita su adversario: “Bataille, en una fórmula de la que no podría reprocharme que me ría, confiesa: “me crucifico a mis horas´” (131).
Su experiencia interior deriva del humanismo nietzscheano, que Sartre describe como el de una criatura abandonada que se rebela contra la creación, un mártir del absurdo que se crea nuevamente a sí mismo, un ser desafiante, el de la risa divina, el sátiro dionisíaco. A este llamado se le suma retazos de Schopenhauer, su dolorismo, y la afirmación gratuita del valor metafísico del sufrimiento.
La nada absoluta de Bataille es la contracara del ser absoluto, por lo que le da el premio de haber inventado frente a un panteísmo blanco de Spinoza, un panteísmo negro en el que la noche es total. Y Sartre, agrega: “Y este es el momento de aplicarle a nuestro autor lo que Hegel decía del absoluto schellingiano: de noche todas las vacas son negras. (137).
Bataille es igual a los animales acorralados que reaccionan con una falsa muerte para salvar su vida. Este místico sin destino ante un callejón sin salida se evade con una especie de desvanecimiento extático. La risa, esa gran risa de centauro, es triste, depresiva, no nos hace reir en ningún momento. Y su mala fe pasional no propone nada, ni sirve para nada, “es como beber alcohol o calentarse al sol en la playa”. (140)

Bataille responde en un brevísimo texto incluído en “Sobre Nietzsche”. Dice: “estoy contento de contemplarme bajo la luz acusadora del pensamiento lento” (Sobre Nietzsche, pag 220).
No quiere polemizar. Entiende que dentro del esquema de Sartre el filósofo lleva las de ganar. El problema es el esquema. Bataille no busca la razón ni quiere tenerla. Su preocupación no es la coherencia. Si sus argumentos no cierran es porque su pensamiento discurre como un arroyo que desborda y se pierde. Sartre es cuneta y represa, no soporta a los seres indefinidos. Bataille no cree ni estima la lógica propocional sostenida por una cadena de definiciones. “Se me puede reprochar acabar en Dios y luego en el vacío! Tales reproches contradictorios apoyan mi afirmación: no acabo nunca” (223).

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4 comentarios

  • 1. Aldo  |  23 julio 2016 en 13:31

    la pregunta por el ser debería dejarse de lado en el pensar ,, Bien se podría señalar aquellos q lo piensan como ” locos ” ,,,,,, pero ya estamos en otros tiempos ,, el ser y la nada , debilitados por la nueva dimensión del universo ,,,, ” el hombre “

  • 2. federico miguel (@fedemiguequinte)  |  23 julio 2016 en 14:03

    tremendo profesor, revelador, y completamente glamoroso, mas sabiendo que lo tuvo tan cerca, tan rodeado de sabiduria

  • 3. Pablo Fasoli  |  24 julio 2016 en 13:14

    Que afilada la navaja ,,,sacrificado Bataille ,,,igual adhiero a su arroyo de contradiccion

  • 4. Marcelo Grynberg  |  24 julio 2016 en 15:32

    Habiendo filosofos tan interesanres, para que perder el tiempo
    (que es escaso) con Bataille ?


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