LA ENSRÑANZA DE LA FILOSOFÍA 225

19 julio 2016 at 10:14 1 comentario

Esta agonía surrealista en nada conmovió a Sartre. El filósofo ocupa la escena intelectual durante la guerra y lanza sus toques de esgrima como si la batalla final fuera literaria.
No hablará de la persona de Bataille, porque para él esa persona no es más que un autor, es decir una firma literaria en el encabezamiento o en el final de un texto. Bataille es un género literario, miembro de una tradición ensayística bien francesa: el ensayo moral. Y como subespecie del mismo, lo coloca en un apartado con el nombre de “ensayo mártir”.
Pero Sartre no cree en el sufrimiento de Bataille, ni en su desesperación, ni en su deseo de serlo todo; en un juicio de máxima lo califica de farsante, y en uno de mínima de histérico.
“Ved mis úlceras y mis llagas. Y se abre de ropas”. Una vez que el lector quiere echar una mirada, se cubre nuevamente… de palabras. Dice que es una muestra pobre de un maestro del género como Pascal, el penitente matemático.
Percibe en Bataille una voluntad de decir rápidamente las palabras que le llenan la boca, un desprecio febril, un desorden jadeante, un simbolismo apasionado, una serie de gestos ampulosos de un exbicionismo incontinente.
El estilo batailliano va y vuelve entre lo sublime, inaccesible e inefable, y la cotidianidad en la que al autor hace cómplice al lector de una rutina personal. Dice Sartre que Bataille “se sentía cómodo con la voluminosa personalidad de Breton, demostraba fríamente la superioridad de sus teorías y luego, de pronto, relataba hasta los detalles más pueriles de su vida mostrando las fotografías de los restaurantes donde había almorzado, de la tienda en la que compraba carbón”. (“El hombre y las cosas”, Situations I, pag 108).
Por lo que establece entre autor y lector una promiscuidad retórica.
Sartre situa a su contrincante al lado de “Los pensamientos” de Pascal, “Las confesiones” de Rousseau, el “Ecce homo” de Nietzsche, “L`Amour fou” de André Breton, “L`Âge d`Homme” de Michel Leiris, toda una serie de geometrías apasionadas en las que ocupa su lugar.
“Se conocen esos famosos razonamientos helados y ardientes, inquietantes en su agria abstracción, que utilizan los apasionados, los paranoicos; su rigor es ya un desafío, una amenaza, su sospechosa inmovilidad hace presentir una lava tumultuosa. Así son los silogismos del señor Bataille: pruebas de orador, de celoso, de abogado, de loco, no de matemático” (ibid, 109).
Sartre dice que Bataille odia el lenguaje como lo hace todo místico que opone el habla a la existencia. Hablar es descuartizarse en sujeto, verbo y predicado. Pero por otra parte, “las palabras son instrumentos de actos útiles, por lo que nombrar lo real es cubrirlo y velarlo con familiaridad, hacerlo pasar de golpe a la categoría de lo que Hegel llamaba `das bekante´, lo demasiado conocido, a la vez que inadvertido”. ( 110).
Así como Racine, agrega nuestro filósofo, se preguntaba cómo expresar los celos en versos endecasílabos con rima, Bataille se pregunta cómo expresar el silencio con palabras. Por lo que nos encontramos con problemas pertenecientes a una estética determinada.
Sartre no hace más que intentar demostrar la inautenticidad de la experiencia interior de Bataille, que de experiencia no tiene nada; no hace más disimular sus pretensiones literarias con un relato sobre vivencias límites para expíritus exclusivos.
Se presenta como un mártir, un supliciado por vaya a saber qué, un ser que se siente desgarrado por su imposibilidad de ser todo, de estar pleno e iluminado, y que por esta falta insoportable decide jugarse por entero en una cama con una prostituta.
Pero nada le alcanza, ni siquiera esos atentados al pundonor. Por no poder serlo todo, lo que hace es elaborar un pensamiento totalitario, es decir indiviso, inefable, complejo y temible. Una estética totalitaria compuesta por espasmos breves a los que llama aforismos, con todo su desprecio por la alternativa democrática que construye pensamientos que se enriquecen progresivamente.
Bataille emprende un camino inverso al de Platón, su viaje es hacia la caverna del no saber, y en aquella oscuridad pronuncia palabras como risa, éxtasis, suplicio, agonía, como si algo o alguien le hubieran impuesto un destino sufriente.
Su libro no es más que un relato edificante confeccionado con una verba dolorosa. (113).
Se percibe con claridad, agrega, el fondo cristiano de quien se educó y luego se escapó de un convento. Su necesidad de redención, es la de quien se lamenta sin consuelo ante el epitafio de una lápida inútil, una tumba sin despojo, en la que se grabó “Dios ha muerto”.
Bataille se suma a un elenco que se identifica con la filosofía del absurdo. Sartre enumera una serie de atributos con sus derechos de autor: el desgarrón en Jaspers, la muerte en Malraux, el desamparo en Heidegger, el suspenso en Kafka, y la manía inútil en Camus y Blanchot.
No se salva nadie, ni siquiera Camus a quien Sartre por aquellos años dice estimar especialmente, y a quien en un artículo de 1943 considera el escritor que publicó el mejor libro desde el Armisticio. Se refería a “El extranjero”. (“El hombre y las cosas”, 74).
Situado también en la gran tradición de los moralistas franceses, Sartre escribe. “El señor Camus tiene la coquetería de citar textos de Jaspers, Heidegger y Kierkegaard que, por lo demás, no parece comprender siempre bien” (76).
Y para poner las cosas en su lugar, y relativizar la originalidad de Camus, observa: “La muerte, el pluralismo irreductible de las verdades y de los seres, la ininteligibilidad de lo real, el azar, son los polos de lo absurdo. En verdad, no son estos temas muy nuevos y el señor Camus no los presenta como tales. Fueron enumerados desde el siglo XVIII, por cierta especie de razón seca, somera y contemplativa que es propiamente francesa; sirvieron de lugares comunes al pesimismo clásico” (75).
Sartre está decidido a poner las cosas en su lugar respecto de la ideología del arte que fue dominante en la entreguerra: el surrealismo. No se trata de las pinturas de Ernst, Dalí o Magritte, ni de las imágenes inspiradas en una máquina de coser y el paragüas.
En la literatura, una figura surreal es el silencio. Dice: “El señor Camus habla mucho, y en “El mito de Sísifo” inclusivo charla. Y, sin embargo, nos confía su amor al silencio” (83).
En la serie de textos que Sartre escribe y publica en los años 42-43 bajo la Ocupación, elabora lo que podríamos llamar su ideología de la literatura, a la que le dará una versión definitiva en “Situations II” con el título de “Qué es la literatura” (1947).
En aquel libro satura de explicaciones su idea de “compromiso” (engagement) que dará lugar a años de debates sobre el tema. Fue el paso previo a la segunda etapa de su concepcion sobre el arte de escribir que ofrecerá en “Les Mots” (Las palabras”) y en “El idiota de la familia”.
De la idea de que el escritor le habla a sus semejantes, que tiene la responsabilidad de hacerlo en nombre de los que no pueden leer ni escribir, y además, como portavoz de quienes tampoco pueden comer, su crítica radical a toda la tradición del arte por el arte, a los romanticismos de variada especie, esta crítica culmina en la imagen del artista como bufón de la corte burguesa, una sacralización que disimula la estafa de una clase dominante que premia a sus payasos.
Su escrito sobre Bataille es parte de estos inicios críticos, como lo es el publicado sobre Camus, y otro sobre quien será otro novelista y ensayista ungido tiempo después por los antisartrianos – Foucault entre otros – como una gloria literaria: Maurice Blanchot.
En “Aminadab” (O de lo Fantástico considerado como un lenguaje), Sartre elogia a Blanchot, encomia pasajes de la novela, y subraya su talento…de imitador de Kafka. Así culmina su escrito: “Blanchot es ingenioso y sutil y a veces profundo, ama las palabras y lo único que le falta es encontrar su estilo. Su incursión en lo fantástico no deja de tener importancia; es decisiva. Kafka era inimitable, permanecía en el horizonte como una tentación perpetua. Al imitarlo sin saberlo, el señor Blanchot nos entrega y pone al día sus procedimientos. Éstos, catalogados, clasificados, fijos e inútiles, dejan de asustar o de causar vértigo.”
En el texto, Sartre tampoco olvida la adhesión de Blanchot durante su juventud del jefe político de la derecha y fundador de la Action Française, Charles Maurras.

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1 comentario

  • 1. federico miguel (@fedemiguequinte)  |  20 julio 2016 en 9:58

    genial trabajo, interesante seria, como siempre, saber como y porque fue tan desplazado el maestro con este pensamiento….usted lo sabe mejor que nadie tomas, el hombre ya no era el objeto de estudio.


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