LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA 223

12 julio 2016 at 8:46 3 comentarios

Cuenta Michel Tournier: “Un día de otoño de 1943, un libro cayó sobre nuestras mesas, como si aterrizara un meteoro: “El ser y la nada” de Jean Paul Sartre.
“Ninguna duda nos estaba permitida: se nos había regalado un sistema. Nuestra alegría no tenía límites. Como los alumnos del Liceo del siglo IV ac, o como los estudiantes de Iena en el año 1805, éramos los testigos afortunados del nacimiento de una filosofía. Aquel invierno en plena guerra, oscuro y helado, lo pasamos envueltos en frazadas y con parches de piel de conejo atadas a nuestros piés, pero con la cabeza ardiente…”(ibid, 155).
Por su parte, Deleuze: “La tristeza de tres generaciones sin maestros. Nuestros maestros no son sólo los profesores de la enseñanza pública, aunque tengamos necesidad de profesores. En el momento en que llegamos a la adultez, los maestros son los que nos impactan con una novedad radical, aquellos que saben inventar una técnica artística o literaria y encuentran los modos de pensar correspondientes a nuestra `modernidad´, es decir a nuestras dificultades como a nuestros entusiasmos difusos. Sabemos que hay un único valor que nos diga que `ésto es arte´ o que `ésto es verdadero´: lo que es de primera mano, la auténtica novedad de lo que se dice, la pequeña música con la que se lo dice. Sartre fue todo esto para nosotros (para la generación que tenía veinte años durante la Liberación). ¿Quién podía decir algo nuevo si no era Sartre? ¿Quién nos enseñó nuevos modos de pensar?”(“L`Île Déserte et autres textes”, pag 108)
Sartre publica en un mismo año “El ser y la nada” y la obra de teatro “Las moscas”. Además escribe para la revista `Les cahiers du sud´ una serie de textos sobre varios autores entre los que destacamos los dedicados a Bataille, Camus y Blanchot.
Su escrito “Un nuevo místico”, dedicado a Bataille, es un texto fundacional. Lo es porque se trata de un enfrentamiento entre dos estilos de pensamiento que marcaron sendos surcos en la filosofía contemporánea. Pero además porque se ejecuta en la clave de un contraste tal y de una pureza sin grises, que nos permiten imaginar que aquel que quiera estudiar filosofía e inciarse en la disciplina, debería elegir en el umbral del Parnasso: ¿Sartre o Bataille?, y una vez hecha la elección someterse a las exigencias de uno u otro camino.
Ocurrió en los inicios de la filosofía con Platón y Aristóteles. Una fisura que determinó dos milenios en la historia del pensamiento. La opción era contundente. O se elegía la forma del diálogo o la del tratado, de la vivacidad de una oralidad simulada o la de la construcción proposicional cuya lógica es inamente, de las alegorías o la del silogismo, del cielo o de la tierra, y la respuesta determinaba la elección de la puerta de ingreso al círculo de la filosofía.
Lo mismo sucede con San Agustín y Santo Tomás o entre Kant y Nietzsche, no porque cada uno de ellos haya sido de una importancia sin igual, sino porque han conformado duplas que se potencian entre sí, se constituyen en enemigos íntimos, marcan estilos contundentes y se necesitan para resaltar cada uno su singularidad.
En este caso, la peculiaridad del enfrentamiento filosófico entre estos dos intelectuales no se limita a sus respectivos contenidos ideativos sino a la circunstancia del mismo: una guerra mundial y la de vivir en un país ocupado por el ejército nazi que los sometían a una vigilancia ideológica y a la acción de la censura.
Georges Bataille escribe “La experiencia interior”. Es la historia de un fracaso. El escritor es un místico ateo. Escribe Sumas Ateológicas. Gershom Scholem ya nos había advertido de los peligros del misticismo sin religión.
Por eso fracasa y choca contra la misma pared una y otra vez: la del lenguaje. Continua así una tradición. A pesar de la originalidad del idioma batailliano, su frustración remite a otra advertencia, esta vez de Platón, que en el “Fedro” afirmaba que una vez que el filósofo escribe, deja de ser sabio. La materialidad del alfabeto se rige por un principio de identidad, el armado sintáctico se compone de unidades discretas, y el conjunto de la intención comunicativa como de sentido, resulta de un sistema de discontinuidades articuladas.
El filósofo pierde la sabiduría que se define por la contemplación directa del Sol llamado Verdad, y sólo aspira a estar lo más cerca posible de su luminosidad aunque viva en las sombras.
Mal puede entonces un deseo de fusión perderse en una totalidad, fluir en una corriente oceánica, lograrse con la literatura en cualquiera de sus expresiones.
Por eso Bataille sufre, dice que no puede serlo todo, y que toda disimulación de ese dolor – al que llama `suplicio´ – es frágil respecto de la intensidad de su padecimiento. Ni una sonrisa irónica o escéptica, ni la complicidad de un guiño, la mueca de fatiga o el pretexto de agotamiento, ni los artilugios de la moralidad, de la actitud solemne, ninguna de las formas de la hipocresía, relativizan la sensación de abandono de un hombre que no puede serlo todo.
Dice: “este libro es el relato de una desesperación”. Lo curioso es que el mismo autor encuentra modos de convertir su estado crítico en otra cosa, en una suerte de superación por una vía non sancta.
Emplea lenguaje cristiano ya que uno de los conceptos mayores de su pensamiento es el de `pecado´, interpretado como la mancha o suciedad (souillure) en la que hay que caer para aproximarse a la divinidad. Una divinidad sin dios.
Pecar es algo malo, sin duda, Bataille no lo niega, por el contrario, es un mal afirmativo, activo, querido, y que se resuelve en la risa. La gran risa trágica que hace de Bataille un discípulo de Nietzsche.
En el sin fondo de la locura, en la orfandad de un universo risible que dice haber matado a un inexistente llamado Dios, en la órbita de una pérdida irreversible, emerge el espíritu trágico. La risa en su forma estridente de carcajada se hace escuchar desde el abismo dionisíaco.
Nos dice que la experiencia interior no se inscribe en ninguna confesión, es una vivencia desnuda y libre en el extremo de lo posible, que pone todo en tela de juicio, que trasmite un no saber a pesar de no ser inefable, y que no se fundamenta en creencias.
Una a-teología negativa que se expresa con privaciones y límites, y que se juega por completo en un deseo de “comunicar”.
Pero la comunicación tal como la entiende Bataille no se da entre un emisor y un receptor entre quienes circula un mismo mensaje. Son dos seres que `no son todo´ los que están en juego, y esta incompletud no los deja indemnes. No trasmiten una información ni un saber, sino un padecimiento, una herida, que deciden ahondar con el riesgo de perderse. Hasta de perder la vida, sucumbir y destruir el cuerpo.
Esta comunicación entre ruinas identitarias es lo más cercano a la fusión. El misticismo de Bataille se resuelve en la transgresión, es decir en la afrenta a la Ley y a la Prohibición, en la desobediencia.
El límite que el mandamiento establece para que no perdamos la categoría de individuos, junto a nuestra condición de humanidad, tiene que ver con la sexualidad y el crimen. Las leyes de la reproducción y la vida del prójimo. Por lo que la promiscuidad, las orgías, las perversiones, el crimen, el sadismo, la violencia entendida como borramiento de los límites, son los que nos pueden dar una idea del misticismo ateo que no puede serlo todo y que tampoco puede no desear serlo todo.
Toda comunicación que pretenda basarse en el entendimiento, en la racionalidad, no tiene efecto ya que todo decir modifica la visión. Toda súplica carece de respuesta desde el momento en que por el hecho de hablar “mis ojos se cierran”.
Bataille dice que en la experiencia interior se disuelve la filosofía. Reafirma: “El principio que me guía contra todo tipo de ascetismo es que lo extremo sólo es accesible por exceso y nunca por defecto” (pag 34).
Lo excesivo no puede expresarse con argumentos racionales. Bataille dice que las palabras son arenas movedizas y que será necesario inventar un yoga literario para liberarse del poder del lenguaje.
Quedan dos dominios en el que las palabras callan: el silencio y el soplo. Pero nada podríamios decir sin sonidos articulados, y sólos con esa nada vegetaríamos en el vacío lunar. Por lo que debemos encontrar una nueva forma de expresión en la que el sentido no se manifieste por operaciones separadas. Un relámpago, una irrupción violenta que no sea atrapada por el tiempo cansino de las frases y por los espejismos del reconocimiento cultural.

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3 comentarios

  • 1. Edson  |  13 julio 2016 en 3:38

    En mi opinión no hay tragedia en un mundo sin Dios. La tragedia se produce cuando el héroe comprende que no puede ser Dios. Que la distancia entre ambos es inconmensurable, y el error del héroe consistió en haber osado restañarla.

  • 2. Marcelo Grynberg  |  13 julio 2016 en 10:38

    Bataille: toda una potencia prehistorica, una regresion al mito.

  • 3. Pablo Fasoli  |  13 julio 2016 en 23:51

    Cuando Bataille fundo esa secta llamada “sin cabeza´´ y con la idea de llevar a cabo un sacrificio humano que la delego en otro de la secta a la ejecucion ,,en el fondo era para justamente destronar un poco las arbitrariedades del sentido ,,de hecho asi se llamaba la secta ,,,me parece fantastico que por el hecho de la posibilidad de ese sacrificio humano ,ya genero un acontecimiento en el cual ya no era necesario sacrificar a nadie y seguramente nunca realmente creo que la iba a llevar a cabo tampoco ,,por ya cierta liberacion de la expresion se habia echado a andar ,,alguna termica salto


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