LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA 222

8 julio 2016 at 9:54 4 comentarios

La llamada “colaboración” estaba lejos de reducirse a una buena vecindad peatonal. Las relaciones económicas entre Francia y Alemania durante la guerra fueron de una enorme importancia para los nazis ya que contaron con mano de obra cautiva importada a su propio territorio, el 42% de su ingreso nacional provenía de su intercambio con Francia; y para los franceses también contribuyó en una fuerte actividad agrícola con un campesinado solicitado por una fuerte demanda en materias primas y alimentos. (ibid, pag 47).
A los cursos gratuitos de alemán se inscribieron seis mil candidatos en el primer mes. Conciertos de Herbert von Karajan y exposiciones del escultor Arno Breker amenizaban la actividad cultural. En su libro clásico “Un allemand à Paris”, Gerhard Heller, escribe que en setiembre de 1940 se firmó un acuerdo entre el sindicato de editores franceses por el que se comprometían a no publicar libros escritos por autores judíos, francmasones (después fueron agregados escritores comunistas) y todos quienes fueran considerados anti-alemanes. Sólo se someterían a las autoridades alemanas aquellos libros sobre los que hubiera dudas para no correr los riesgos de futuras confiscaciones con el perjuicio económico correspondiente.
En su hermoso ensayo “Le vent Paraclet” (1977), Michel Tournier, compañero de Gilles Deleuze, recuerda: “En verdad, la Resistencia fue convertida en un fenómeno de alcances nacionales después de la partida de los alemanes. Durante la ocupación, se restringió a un pequeño número de héroes cuyo coraje los destinaba a una masacre y cuyo desinterés los hizo alejarse de la carrera de prestigios iniciada después de la liberación. Haber participado activamente a la Resistencia y arrogarse el haber participado, implicaba dos psicologías bien diferentes, en realidad incompatibles.
“Los auténticos resistentes a menudo se sintieron sofocados, decepcionados, amargados, por la explosión del Mito de la Resistencia, dominante en la inmediata posguerra, que pretendía hacer creer que los jóvenes franceses se anotaban en la resistencia entre 1940 y 1944, como si hicieran un servicio militar en un ambiente de autointoxicación en una época poca gloriosa para la nación.”( 77-78)
Podríamos abundar en testimonios sobre la vida cotidiana en la Francia ocupada, para dar una idea del mundo en que Bataille y Sartre publicaban sus escritos y, en el caso de Sartre, estrenaban sus obras de teatro, como “Las moscas”, esa nueva orestíada con un gran éxito de público puesta en escena durante 1943.
Pero no se trata de hacer uso de las fuentes históricas a fin de derrumbar mitos acomodaticios para ungirse en una especie de Savonarola de la televisión. Decir que los pueblos son cobardes, que los franceses eran fascistas, y que Sartre y Bataille eran un par de colaboracionistas solapados que no hicieron más que ubicarse en un podio a su conveniencia, este tipo de denuncia al revés es una necedad. Infantilismo de protesta.
Decía que la situación francesa bajo la ocupación tenía ciertas características comunes con la de nuestro país en la época del Proceso. Tanto allá como acá en un determinado momento el poder existente tenía tal consolidación, que podía pensarse en una perdurabilidad sin final y la irreversibilidad de los tiempos presentes.
“Las urnas están bien guardadas”, o un “nunca más” volverán los partidos políticos corruptos ni el peronismo venal y terrorista, en los primeros años de la década del ochenta, entre el Mundial triunfal y la futura guerra de las Malvinas, soldaron a las fuerzas armadas en el poder; gobernaban ya sin represión física y con la autocensura de una cultura que había entendido el mensaje.
Por supuesto que había una intensa vida que nutría los chimentos sobre la farándula, se coronaban campeones mundiales de boxeo, se daban cursos de epistemología y psicoanálisis, hasta había disensos entre los que gobernaban que permitía creer en nuevos aires de libertad ya que se había ganado la guerra contra la subversión.
Las víctimas habían sido silenciadas, en el exilio las voces llegaban en sordina y a destiempo, y en nuestra localía ganaba la cotidianidad.
Pero no se vivía en un país de esclavos porque había manifestaciones de protesta obrera por los ajustes aprovechando las contradicciones de la misma junta gobernante. Tampoco se puede decir que los militares tenían el apoyo de las mayorías. No se adhiere a la existencia de las nubes, son, existen. Hay momentos en que el poder se hace natural. Es ineluctable. No se discute porque es lo que hay. Una densa nube de realismo conquista los espíritus. No es para llorar. Hablo de un fenómeno frecuente, el más frecuente que ofrece la historia.
Los libros de historia no pueden escribirse con capítulos de normalidad y conformismo, mejor hablar de mutaciones y revoluciones. No sólo porque parece más interesante sino porque también son reales.
Dije “parece más interesante”, pero no es que necesariamente lo sea. La historia de la conservación de lo que hay, de la conformidad con lo que existe, de la aceptación de lo que nos toca, es, lo dijo Nietzsche, humano, demasiado humano.
Y el ser humano que lo es en demasía, tiene tanto derecho de existir como el superhombre.
Bataille y Sartre era demasiado humanos, pero no eran colaboracionistas. Continuaron su labor “ a pesar de todo”.
Cuando yo escribía en mis cuadernos líneas como éstas durante los años ochenta, y estudiaba materiales sobre la ocupación francesa, vi interrumpida mi labor con la guerra de Malvinas. La fiesta de Malvinas, o lo que sería el fin de la fiesta.
La patria.
Los franceses también tenían una patria durante la guerra, y por haber sido derrotados por su enemigo consuetudinario, no por eso todos sintieron que la perdían. Por el contrario, para muchos la habían perdido en la entreguerra; aquella nueva `belle époque´, `des années heureuses´, no había sido otra cosa que una década infame.
Los frentes populares, el judío Blum, el pacifismo cobarde, la degeneración en el arte, la corrupción política, los desfalcos financieros (el caso Stavisky), toda la tercera república fue la muestra evidente de la decadencia francesa.
Para muchos la derrota fue autoinfligida. Los alemanes no tenían más que pasear por París, no encontrarían obstáculos.
Hitler no era el carnicero como quedó signado en los libros de historia. Era el artífice de un milagro alemán, además el denunciante de que un gusano metido en las entrañas de Europa corroída hasta la podredumbre.
La democracia parlamentaria no tenía defensores. Ellos también querían guardar las urnas.
Intelectuales de brillo como Drieu la Rochelle, Lucien Rebatet, para no hablar del loco de Céline, o el fanático Brassilach, sostenían la ilusión de que un nuevo amanecer se anunciaba.
Un historiador como Philippe Ariès, maestro en la materia de Michel Foucault, era un hombre moderado, respetuoso de las costumbres y de las libertades ajenas, pero no creía en la democracia liberal, ni en la democracia `tout court´. Disfrutaba de la extravagancia de ser monarquista.
“Al individualismo democrático yo le oponía la comunidad tradicional restringida, el sentido de la solidaridad de un pequeño grupo (…) la sociabilidad.
“El sentido de la pequeña banda, de la colectividad forjada en las solidaridades de la vida cotidiana y de la costumbre.
“Este modelo correspondía a un ideal de sociedad existente en mi entorno de amistades: un estado en el que el rey era el representante de Dios, y como Dios dejaba hacer (laissez faire), e intervenía muy de vez en cuando, casi por milagro, se vivía en una sociedad de comunidades libres, con suficiente vacío intersticial” (“Un historien du dimanche”, pags 52-61)
De ahí que su pensamiento sobre la guerra fuera el siguiente: “No pensábamos que lo que se jugaba fuera sólo una derrota militar, o una modificación de fronteras – por más grave que se considerara – o una ocupación extranjera, sino de lo que se trataba era de un cambio en la moral y de civilización. Y así ocurrió” (ibid 74)
Pongamos un paréntesis para quienes desde su ponderación exquisita no veían con malos ojos lo que acontecía a su alrededor.
Entonces nos preguntamos: ¿cómo es posible que intelectuales de talento, en uso de una lucidez fuera de lo común, dispuestos a discutir todo lo concerniente a lo que cada uno sostiene sobre la condición humana, puedan conservar la serenidad, el aislamiento mental y la sensibilidad acotada, para hacerlo en medio de una ocupación militar por parte de un poder fascista, asesino y racista?
La respuesta no es simple, de serlo sería una escapatoria para reforzar prejuicios mediocres. Acusar de insensible, frívolo, cobarde, a quien escribe en lugar de entregarse a la lucha armada, o la de señalar con el dedo fiscalizador a quienes publican aceptando la censura previa, ignora algunas sorpresas que puede deparar la realidad.
Lo que debatieron en más de una ocasión Sartre y Bataille dejó huellas, y el combate de ideas que llevaron a cabo tuvo en efectos en un doble sentido.
Décadas más tarde los argumentos de uno y otro campo seguían esgrimiéndose a partir de las posiciones de ambos. Lo veremos, por ejemplo, en el tratamiento directo que le da Michel Foucault. Pero por el otro lado, los dos no estaban tan alejados de la realidad en la que vivían en los tiempos de la guerra.
No es que usaran metáforas ni elisiones o barroquismos para sortear la censura. Decían lo que pensaban en los térmimos en los que pensaban. Y lo que creaban con un lenguaje filosófico como Sartre en su ontología fenomenológica y Bataille con su experiencia interior filosofante, era una prosa fuera de lo común, tanto por su contenido como por su forma.
De ser colaboracionistas hubieran panfleado a granel sumándose a la ingente cantidad de palabras que justificaban el orden existente. Pero su lengua venía de otro lado, de un mundo nuevo, aún no decodificado, de un pensamiento que horadaba la opresión ideológica del enemigo.
Porque los nazis eran enemigos de los dos, enemigos victoriosos y dueños de la escena. ¿Por cuánto tiempo? En 1943 no se sabía, quizás para siempre. No se descartaba como dice Ariès que fueran los conductores de una nueva civilización, o los forjadores de una Europa al fin unidad y reconciliada con sus valores propios, como lo afirmaba Drieu.
Aunque resulte extraño decirlo: Bataille y Sartre escribían como si los nazis no existieran. “Como si”, porque no dejaban de respirar el mismo aire que sus compatriotas. Pero insuflaron un nuevo oxígeno, y lo hicieron batallando entre sí, en pequeños reductos, ante pocos invitados, en publicaciones por fuera del perímetro vigilado como “Les Cahiers du Sud”, editado en la costa Mediterránea ocupada por las tropas de Mussolini.

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4 comentarios

  • 1. marlaw  |  8 julio 2016 en 10:56

    No se, yo en un momento de meditación, mirando el mar en Villa Gessel me llegué a preguntar sí no era mejor haber muerto, que vivir en un mundo tan hipócrita.Era lo que realmente sentía

  • 2. Marcelo Grynberg  |  10 julio 2016 en 10:08

    Excelente el post (sobre Baremboim), y muy interesantes las subsiguientes discusiones del 23 de Enero de 2009. Lo menciono aqui por que alla no se pueden agregar mas comentarios.

  • 3. Silvia Ponce  |  17 septiembre 2016 en 15:58

    De Gaulle sabia que no había una resistencia importante numéricamente hablando, Malraux, escribíó que se sumo en el 43,cuando le encontró sentido al sacrificio por que solo la ayuda aliada podia frenar a los nazis,Vernant dice que debe su vida a un anónimo que le dejo un mensaje, Camus agradece a las prostitutas su protección, Char fue maqui desde el 40 ,así como Jean Moulin,que fue llevado al Pantheon en 1964,los ejércitos coloniales franceses si se opusieron a obedecer a Vichi desde el principio, el mito fue una brillante construcción política posterior al 58 ,cuando Francia estaba al borde de la guerra civil, no una cuestión de prestigios, De Gaulle prohibió expresamente ser enterrado en el Pantheon francés, renuncio después de Mayo del 68 ,en resumen a lo que voy y por la actualidad no por la historia ,es a que se perdió la relación entre los intelectuales y la política, creo que los hechos actuales hablan por si mismos. Prestige en francés seria seducción y sin seducción no hay política ,en mi opinion, sedujo Kojeve pero era agente de la KGB…detalle no menor !

  • 4. Tomás Abraham  |  17 septiembre 2016 en 17:05

    quizás lo que se perdió no es al intelectual, sino a la revolución…También podemos pensar que se perdieron los políticos, vista su impotencia. Además del periodista analista de la actualidad, cuya confección se hace con tecnologías que no lo necesitan…en suma, se perdieron muchas cosas. c`est l
    a vie.


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