LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA 221

3 julio 2016 at 8:02 6 comentarios

Y ahora un apunte personal. Entre los años 1980 y 1982, me interesé por el debate desatado por Sartre en un artículo publicado en diciembre de 1943 con el nombre de “Un nuevo místico”.
El impacto de la fuerza, de la potencia, y de la frialdad quirúrgica del filósofo, eran letales. Sin concesiones. Era un furibundo ataque a “La experiencia interior” de Georges Bataille, publicada en el mismo año.
El poder de la prosa de Sartre nunca se mostró en toda su dimensión polémica como en aquellos textos sobre escritores como Camus, Mauriac o Blanchot, publicados en los años de la guerra para formar parte de “Situations I”, que tiene el subtítulo castellano de “El hombre y las cosas”.
Estamos frente a uno de los mejores escritores de filosofía, a la altura de un Nietzsche o del Marx de los escritos juveniles. En plena función de ataque. Por eso decidí bautizarlo con el nombre de “pensador navaja”. Cortaba al raz.
Por mi parte conocía el texto de Bataille, y sabía que su autor era una efigie apreciada por filósofos como Foucault y otros colegas de su generación. Fue un autor que impuso su presencia durante lo que se llamó “estructuralismo”.
Bataille fue un pionero de una nueva lectura de Nietzsche y de su rescate de las interpretaciones fascistas, un adelantado en su interpretación de la obra del marqués de Sade, y alguien que pensó a la literatura desde una metafísica de la escritura que fue dominante tiempo después.
Bataille junto a Klossowski y Blanchot, conformaron un trío que los jóvenes filósofos de la década del cincuenta del siglo pasado, leían o escuchaban en pequeños círculos, y que les dieron armas para deshacerse de la pesada herencia fenomenológica que los encerraba en un nicho sin salida con un único nombre de clausura: la conciencia.
Y el filósofo de la conciencia no era otro que Sartre.
Por lo que el ataque de Sartre a Bataille era la verdadera respuesta del legendario filósofo a quienes lo defenestrarían años después, una respuesta anticipada mucho más eficaz que sus reacciones humanistas en nombre de la praxis y de la historia en tiempos de su “Crítica de la razón dialéctica”.
Éste no es un asunto de entrecasa en las que se sacan chispas pensadores que se creen universales cuando en realidad parecen vecinos de una misma parroquia. Dejemos ese desprecio para la crítica norteamericana (Mark Lilla, por ejemplo) que nunca soportó a los hijos de Lafayette.
Lo que llamó mi atención hace más de tres décadas, es que esta contienda filosófica se llevara a cabo en un año en que Francia estaba ocupada por el ejército nazi y en la que sus instituciones culturales estaban bajo la tutela de censores alemanes.
En el año 1943 se publican “La experiencia interior” y “El ser y la nada”. ¿Cómo es posible abstraerse de una situación de guerra y de presencia cotidiana de un ejército nazi, es decir racista, que detiene y mata a compatriotas, que somete a una población, y elaborar, a pesar de todo, conceptos sobre el exceso de ser o el para sí de la conciencia?
¿Es una pregunta ingenua? Debe serlo. Lo que no puede ser ingenua es la respuesta. Exige una maduración infinita. No concluye. Despertó mi curiosidad que un entrevero teórico de tal calidad se escribiera y se publicara en momentos en que la vida cotidiana y el mero salir a la calle, estampaba en el rostro de cada uno la realidad oprimente de una ciudad regimentada y vigilada.
Los contextos tenían puntos en común. Yo, el lector de esta polémica, también vivía en una ciudad vigilada, censurada, y en cuanto al atributo de ocupación, la semejanza se apartaba, las realidades dejaban de ser tangenciales.
Nuestro país no estaba ocupado por tropas extranjeras ni era un invasor el que había colocado a modo de títere a un general nativo para que administrara el país. Sin embargo, sí notaba que el puente que comunicaba las dos orillas era la ambigüedad.
La gente se adapta a situaciones que para otros pueden parecer insoportables. Esta supuesta intolerancia no es más que un reflejo idealista. Ignora eso que se llama instinto de supervivencia y que no se reduce a un automatismo de tipo animal. Con nazis o sin nazis hay que acompañar a los chicos a la escuela, se debe ir al trabajo y viajar a horario en el subte, hacer la cola en la panadería por la carestía, no olvidar recados, tener los documentos en regla, y divertirse.
Todos los libros y la documentación sobre la vida parisina bajo la Ocupación hablan de la normalidad diaria. La primera reacción ante la rendición de las tropas nacionales había sido de pánico. Las rutas eran canales de piedra demasiado estrechos para tanta gente que huía con sus enseres sin destino cierto, por miedo a un invasor desconocido. Pero luego los ánimos se apaciguaron. No hubo violencia. Por el contrario, los alemanes respetaron a la ciudad y a sus habitantes, pactaron con un militar consagrado héroe de la primera guerra, sintieron que el mariscal Pétain garantizaba la seguridad de todos, y poco a poco retomaron la vida de cada día y de todos los días.
Por eso muchos pudieron aceptar que la derrota militar si bien era una afrenta al orgullo nacional, la responsabilidad de la misma bien se la podían adjudicar a los años de decadencia, de cobardía y de corrupción de una tercera república dominada por socialistas y por judíos. Ése era el pensamiento de un importante sector de la población que no pertenecía sólo a una derecha anticomunista, católica o fascista, sino a esas porciones de la mayoría silenciosa que por no manifestarse tampoco dejaba de tener peso.
Poco a poco la vida se fue reorganizando. Este gradualismo es necesario para que la costumbre se teja con porciones mínimas cada día. Hay una serie de nuevos gestos que hay que asimilar.
El shock había sido inevitable. Una derrota militar humillante y la entrada de tropas foráneas a la ciudad capital de un imperio seguro de sí, rememoraba la derrota de 1870, y sepultaba las glorias de Verdun.
La segregación a los judíos no se hizo esperar. Gerard Walter en “La vie à Paris sous l´ Occupation”, señala que por un decreto de 1942 emitido por el general Oberg, los judíos debían llevar la estrella amarilla y tenían prohibido circular por:
1) restaurantes y lugares de servicio de comidas
2) cafés, salones de té y bares
3) teatros
4) cines
5) conciertos
6) music halls y lugares de entretenimiento
7) cabinas telefónicas
8) mercados y ferias
9) piscinas y playas
10) museos
11) bibiotecas
12) exposiciones
13) Castillos, fuertes, lugares históricos, así como por monumentos.
14) manifestaciones deportivas ya fuerte como participantes o como espectadores
15) carreras
16) campings
17) parques
Agrega Walter: “una contribución útil al conocimiento de un doble problema surgido durante la última guerra, y que concierne en igual medida a civiles y militares es el acondicionamiento de la población de una capital enemiga ocupada por un vencedor, y el comportamiento de la misma en una situación en la que se ve obligada a un cambio radical y brusco de reglas de morales y materiales de su existencia (…) El resultado debe ser obtenido por todos los medios disponibles: persuación, coerción, corrupción, etc. La prensa estaba llamada a jugar un papel crucial para constituirse en el arma principal del arsenal de la guerra psicológica”.
Y esta domesticación en apariencia tuvo algunos logros. Dice el autor: “un periodista norteamericano de paso por París, notaba que “hay una cierta confraternidad entre los soldados alemanes y la población…Las tropas alemanas se comportan como turistas ingenuos, produciendo en los franceses un efecto de agradable sorpresa. Resulta gracioso ver a a cada soldado alemán con un aparato de fotos” (pag 36).
La vida continúa. No todo es guerra. El periódico “Aujourd`hui” un 8 de enero de 1941, dice que si el mundo como tal se nos presenta amenazante, incierto, oprimente, se lo puede tomar por uno de sus extremos, como si fuera un pañuelo, y acercarlo a nuestro corazón. Veremos entonces la calle en la que vivimos, nuestra aldea, la casa que habitamos.
“Las guerras terminan, Europa puede derrumbarse y reconstruirse una y mil veces, las palomas blancas continuarán a surcar el cielo de París y se posarán en el marco de nuestras ventanas con sus patitas triangulares, los árboles del barrio y los de las grandes rutas, bajo una corteza negra humedecida por las lluvias o surcada en hilos claros por la nieve fresca, albergarán siempre la savia protegida y perfumada de la primavera”.

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6 comentarios

  • 1. Marcelo Grynberg  |  3 julio 2016 en 10:17

    Ayer, 2 de Julio de 2016, falleció Elie Wiesel.

  • 2. Pablo Fasoli  |  3 julio 2016 en 14:35

    En el seminario de los jueves ,,creo que fue cuando hablaron de Kojève ,,en el analisis surgio la misma polemica ,,,como un pensador puede escribir sus ideas en un determinado tiempo historico como la segunda guerra en su caso y escribir ciertas cosas como si nada pasara o no comprometiendo su pensamiento a lo que sucedia ,,,como si fuera una obligacion etica para un pensador pensar su tiempo en vez de pensar el tiempo ( desprendido de los hechos ) ,,,tal vez se pueda dejar la laguna ,,,

  • 3. philo  |  4 julio 2016 en 17:57

    .

  • 4. Alejandro A  |  4 julio 2016 en 23:22

    Esa domesticación, efectivamente tuvo sólo algunos logros; Los Alemanes con sus cámaras tuvieron también una resistencia clandestina feroz, muchos de los que colaboraron fueron encarcelados o directamente ejecutados, y en poco tiempo el país fue liberado por los ejércitos aliados en cuya vanguardia venían los franceses libres.
    Lo raro vino después; Francia siguió siendo Francia, la misma que encerró con un cordón “sanitario” a los exilados españoles, se fumó con gusto un gobierno que cerró el camino a cualquier cambio, cuando todo el mundo allí se moría de amor por el comunismo.

  • 5. Aldo  |  5 julio 2016 en 19:49

    el presente en esa época no era lo espectacular de ahora , no había espectacularidad ni la cultura de la informacion ,el chisme-instante , como la que vivimos hoy día ,,, el nazismo se empiesa a pensar cuando se termina ,cuando muere ,,,,, lo que muere es lo que se piensa mas ” logicamente ” ,, lo que esta vivo se vive y se piensa ( instinto ) , pero lo muerto da a la historia su antorcha de oro ,,,,,, sin muerte no hay historia

  • 6. Alicia ines  |  7 julio 2016 en 0:52

    Si existe una fisura en un pensador, entre lo q vive culturalmente y lo q escribe eso por lo menos es raro y casi dificil de lograr.
    Un carnicero pude seguir cortando igualmente sus milanesas de nalga, pero un intelectual deberia poder pensar y proponerle a una realidad (con mas razon si es traumatica) una posibilidad, una alternativa, un movimiento q la separe de lo puramente real, a eso se dedica.


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