LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA 220

27 junio 2016 at 16:39

El nuevo camino emprendido por Foucault se aparta en apariencia de la problemática del poder, su nuevo objetivo se define como “espiritualidad”, elige el tema de la confesión y las modificaciones por las que atraviesa el procedimiento de la penitencia, hasta recabar en los modos en que en la Antigüedad, en la cultura grecorromana, se lleva a cabo la misma tecnología concebida de acuerdo a dos parámetros: el uso de los placeres, en el platonismo griego, y el cuidado de sí, en el estoicismo romano.
Subrayo “en apariencia”, porque Foucault no deja de lado la configuración política en la que se construye la espiritualidad y la ética, por el contrario, las tecnologías del yo no son técnicas, no se circunscriben a meros instrumentos productivos sino a relaciones de poder que ponen en escena tanto a penitentes y pastores al interior de órdenes monásticas, y a discípulos y maestros en un vínculo disimétrico acorde a la jerarquía de la Polis antigua.
Pero lo que aquí nos interesa no es el derrotero llevado a cabo por Foucault en el desarrollo de su pensamiento, sino el modo en que superpone sus preocupaciones teóricas en el análisis político, en este caso, sus informes sobre la situación en Irán.
En el momento en que se interesa por el tema de la espiritualidad que obtura su modelo bélico para pensar el poder, a la vez que le permite una salida para continuar un pensamiento necesitado de nuevos aires, al hacer un análisis concreto de una situación concreta, confirma en el terreno lo que enuncia en la cátedra.
No se trata de un simple desplazamiento de modelos teóricos ni de un espejismo de un visionario apurado. Me refiero a un problema más amplio que intentaré de trasmitir con la mayor claridad posible.
Es parte de la tradición crítica hablar de los intelectuales y la política, o de los modos en que los acontecimientos históricos determinan o condicionan la elaboración de teorías. En el marxismo hablar de infraestructura y superestructura permitió un planteo simple aunque fallido. Nadie podía conformarse con una teoría del reflejo y someter a una pasividad total el dominio de las ideologías como meramente representativas de los intereses de clase. La torsión que pretendió darle el pensamiento dialéctico lejos de completar el modelo, no hizo más que encontrar una excusa para mantener la rigidez de esquema.
En la historia de las ideas, la mención de atmósferas epocales o concepciones del mundo, dibujaban un círculo de un diámetro gigantesco respecto de obras y autores singulares. Quisiera aquí proponer una vía alternativa, pero lejos de ser un modelo teórico, no tiene otra ambición que la de una descripción. Los paradigmas mencionados siempre pueden ser útiles para quienes desean pensar de acuerdo a un orden racionalizado o a los necesitados de teorías.
He señalado los cambios abruptos en la situación política mundial en correspondencia con otros cambios análogos en la producción de ideas en la filosofía francesa. En la posguerra durante una década primó el interés de los filósofos por la idea de revolución en un mundo bipolar. Sartre, Camus, Merleau Ponty y Raymond Aron, discutieron en sendas obras, los alcances, los límites y los peligros de una concepción del sentido de la historia que predecía un final emancipatorio.
Fue una dura e incansable discusión con el marxismo, que, de acuerdo a Sartre, era la filosofía insuperable de nuestro tiempo.
Durante la década del sesenta, luego de la decepción de Argelia y el fin del encantamiento generado por la “liberation”, la revolución se hizo teórica y dio origen a un cúmulo de obras de dificil comprensión por estar escritas en lengua estructural.
Mayo del 68 se hizo barricada no sólo contra el gran general patriota que hablaba desde la jerarquía de la vetustez y la vejez, sino contra el despotismo del saber.
Basta de teoría, al menos de la que se presentaba como ciencia y episteme. El deseo y el poder, la línea de fuga y el orden panóptico, mostraban los verdaderos rostros del sistema y de la rebelión. Al rigor de la teoría, se le opuso el extremo de la militancia. No se trababa del conquistar el estado, sino la de dar vuelta todo. Se lo llamó micropolítica y también microfísica. No era un órgano el que había que purgar sino la infinidad de microorganismos que habitan los recovecos edípicos, ni de embestir un poder central sino de hacer estallar instituciones diagramadas en red.
Brigadas rojas y guardias rojos, eran los emblemas de la solución final.
Y vino el Gulag, y las denuncias de los campos de concentración socialistas, con certificado de garantía de su existencia, con la pequeña ayuda de la muerte de Stalin. Fueron los”nuevos” fiolósofos que vieron en el marxismo y en su historia, no una épica, ni una tragedia, sino una novela macabra. Se hizo la dispersión, el horizonte perdió su línea, parecía un campo de refugiados en el que cada uno montaba su carpa.
Francia elegió el socialismo liberal, y comenzó a despedir el estado de bienestar. Ingresaba en la revolución informática y en la posmodernidad. Los filósofos buscaron a Dios a falta de Mao, del Ché, de Lenín, y otros se contentaron con otro Nietzsche: el del arte, no el de a guerra, sino el de la estética de la existencia: Foucault; o de acuerdo a sus anteriores análisis sobre lo que llamaba “expresión”, el estudio de los pliegues del barroco y la carne de la sensación: Deleuze.
Esta remembraza en miniatura que no va más allá de un anecdotario, pretende mostrar un hecho, que es un problema, salvo que sea una nada. Si llegara a ser un problema, esto no significa que deba tener importancia preadjudicada, es una propuesta para pensar, a quien le interese.
Por eso prefiero dejar de lado todo tipo de modelos solemnes que ordenan el caos en nombre de una teoría, para elegir una palabra de mi mentor, el historiador Paul Veyne: porosidad. Le agrego una imagen, o concepto, de la epistemología, de Gastón Bachelard: perfil epistemológico.
Digamos, entonces, que la filosofía tiene un bajo perfil epistemológico, o, con algo de humor, que el perfil epistemológico lo tiene bajo. Por lo que es sumamente permeable, al menos en el caso francés, es decir, en una filosofía caracterizada por su interés por la política, a los acontecimientos históricos, y actúa en consecuencia por los rápidos reflejos de sus encarnaciones, con la inesperada presentación de nuevos temas y voluminosos libros.
Sin embargo, esta misma característica que hace que los filosófos sean tan sensibles a su entorno, puede generar actitudes diametralmente opuestas.
En el primer caso, el de la extrema porosidad, un cambio de situación colectiva, la irrupción de un acontecimiento radical como suele serlo una guerra, una revolución, un magnicidio, una gravísima crisis económica, un descubrimiento científico que modifica el paradigma no sólo especìfico de una disciplina sino la vida de la gente, todo esto puede alterar el discurrir de un pensamiento epocal hasta darlo vuelta.
Si esto ocurre, no sólo se debe a que nuevas fuentes y materiales hasta el momento desconocidos se le presentan a los teóricos, sino por algo tangible y cercano. Ya nadie se interesa por lo que se interesaba. Hay una ruptura en lo que Hans Jauss llama `estética de la recepción´. Los focos de atención se orientan de otro modo.
Considero que Michel Foucault era sumamente sensible a estos cambios. No sólo estaba atento a los llamados de su curiosidad, sino al sistema de pulsiones de la comunidad cultural de pertenencia.
Seguir desarrollando el tema del poder en sus vertientes disciplinarias y panópticas, en un mundo en el que los vientos revolucionarios se acallaron luego de las denuncias del Gulag, de la lucha por los derechos humanos en Europa del Este, de las matanzas en el sudeste asiático y en momentos en que el desastre político provocado por los Guardias Rojos anuncia la nueva política económica y las reformas de Den Xiaoping; si se le suma la revolución informática que cambia los parámetros de los controles sociales además de la producción de bienes, en los que no se necesita la transparencia de un intramuros para lograr eficiencia y mejorar la productividad, y, para terminar, si el modo en que los conflictos se dirimen no se lleva a cabo bajo la forma clásica de la guerra entre ejércitos sino que introducen la guerra de guerrillas y el terrorismo, entonces, sin duda, un filósofo atento como Foucault percibe que en pocos años, el panorama mundial es otro, y la historia comienza a escribirse con nuevas partituras.
Pero ¿qué sucede si en medio de una hecatombe, de una ruptura total en la forma de vida de una sociedad, de una guerra o de una ocupación de un ejército invasor, los filósofos siguen tal cual, inmersos en sus especulaciones, o arman un debate sobre cuestiones que bien podrían tratarlas en un jardín de las delicias o en el lote empalizado del Señor Cándido?
Y no sólo eso, sino ¿qué más sucede si aquello que se discute en una lidia entre filósofos con una lengua abstracta y una apariencia verbal totalmente ajena a todo lo que sucede, no apunta al mismo tiempo a capas subterráneas que atraviesan la rutina monocolor de lo cotidiano?
Es decir, respecto de esto último, que a pesar de la superficie temática lo más lejano no deja de ser lo próximo y cercano.
Enunciada así esta preocupación, quisiera ahora retrotraerme a un período anterior del recientemente abordado con Foucault, y ubicarnos en Francia bajo la Ocupación alemana durante la segunda guerra mundial.
Habíamos dicho hace muchas páginas, que el profesor Vladimir Jankelevitch sostenía que la filosofía francesa era muy joven, que tenía apenas treinta y dos años de vida. Dicho esto en 1975, nos remite a 1943, es decir, para los aficionados a la filosofía francesa, es el año en que se publica un libro ejemplar: “El ser y la nada”, de Jean Paul Sartre.

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