LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA 219

21 junio 2016 at 16:59 4 comentarios

La decepción de Kapusinski contrasta con las ilusiones de Foucault. Los dos estuvieron en el terreno an momentos distintos aunque apenas separados por unos pocos meses. Convergen en su rechazo al régimen tiránico del Sha, pero no tienen la misma mirada respecto de la dirección de la insurrección.
Es cierto que la perspectiva del periodista es posterior a la caída del monarca y que el filósofo lleva a cabo su reportaje en los umbrales de su derrocamiento. Pero además, parten de puntos de vista diferentes. Para comenzar, el polaco resalta la lucha de la izquierda y de los comunistas contra el Sha, mientras Foucault percibe sobre todo la religiosidad del movimiento.
El filósofo nos habla de “espiritualidad”. Su curso anual lo lleva a interrogarse sobre ese tema. Aquello que comienza a descubrir en sus investigaciones sobre lo que define como “Seguridad” le hace reflexionar respecto de la idea de “gobierno” como una política destinada a conducir a una población de acuerdo a determinadas normas. Se le abre un nuevo panorama.
Al estilo de un filósofo del siglo XVII, vuelve a plantear las relaciones entre el alma y el cuerpo. No parte como en la época clásica de una discusión con la escolástica a partir de una idea de sustancia. No se trata de la opción entre el monismo y el dualismo.
Foucault busca una línea de fuga en sus anteriores análisis del poder en que la organización de la vigilancia desarrollada en el panóptico, suponía un dispositivo de dominación rígido y completo. No había lugar para un contrapoder ni resquicios para variadas formas de resistencia.
Mostrar que los ideales ilustrados y el proyecto positivista que estarán en la base del republicanismo futuro, descansan sobre una política de control de los cuerpos, una anátomo-política en la que prima la visión del organismo como fuerza de trabajo; analizar la estrategia de las llamadas ciencias humanas como un saber destinado a esta misma perspectiva y no a garantizar la cientificidad de una antropología centrada en un sujeto libre y fundante; todo el estudio que llevó a cabo en “Vigilar y Castigar” no dejó de ser, por estas razones, además de otras, una herramienta crítica para todos aquellos que no se tragaban el sapo del orden y del progreso.
Pero el sistema teórico estaba demasiado bien armado y no permitía matices. Estaba estancado en su perfección. El dispositivo de saber y poder se conjugaba en un único modo y no desentonaba en ningún momento.
Fue la `historia´ – para decirlo al modo sartriano – la que removió el andamiaje. En momentos en que Foucault dicta su curso sobre “Seguridad y Territorio…”, los ecos del mayo francés dejaron de resonar. Había nuevas voces. Por lo tanto nuevos oídos.
No fue tanto – ya lo dijimos – el resultado de una particularidad temperamental del filósofo que no podía pensar si no cambiaba de lugar, o que temía aburrirse si escribía sobre lo que ya sabía para sólo reconocerse a sí mismo. La trampa especular.
Cuando dice que es un “experimentador” que escribe para modificarse a sí mismo, no se trata de una pose o de una coquetería. Sus cambios de rumbo implicaron un arduo trabajo. Basta con dar cuenta del viraje entre “La historia de la locura” y “Las palabras y las cosas”, o el paralelismo entre “Raymond Roussel” y “La mirada clínica”, para saber que estamos frente a un filósofo que puede interpretar varias partituras y que en lugar de bloquearse por saturación, emprende nuevos rumbos.
El `estado policía´del siglo XVIII tiene por función asegurar el bienestar general siempre y cuando estuviera asegurado el orden político de la monarquía. Cuando se habla de cuerpos lo que está en juego es una administración de las cosas y de la gente. Importa la salubridad, el pago de impuestos, el movimiento de mercancías, el valor de la moneda, el orden público, las formas de impartir la justicia.
Ya no es la “carne´ cristiana perteneciente a una metafísica en la que la trascendencia recorre un orden vertical que va de lo celestial a su materialización terrestre; ni de una espiral continua que une la caída original a la contemplación de la luz. No es la salvación lo que marca el destino sino la felicidad que depende de la fortuna.
Existe el azar, la contingencia es la regla en el mundo mercantil. El orden feudal aún podía diagramarse de acuerdo a una relación de fuerzas en un espacio cercado que dependía del control territorial. Pero una vez que los burgos abren sus compuertas y la circulación de ríos y mares une puertos, las variables en disputa se multiplican y la dominación política ya no deriva de las extracciones de valor ni del poder militar.
Nace el universo de las riquezas, y su creación, la producción de bienes, la generación de valor, requieren nuevos conocimientos. Foucault percibe que junto a una razón de estado que debe elaborarse para fundamentar a los estados monárquicos y diagramar la centralidad en su gestión, una vez que el poder no es bendecido por su otro rostro espiritual y las virtudes del que manda no son prioritarias para una nueva filosofía política, lo que hay que pensar no es en el accionar del Príncipe ni en la preservación de un orden estamental.
El comercio global es un objeto teórico ductil, maleable, cambiante, flexible, circunstancial. No depende sólo de la voluntad de quienes deciden la marcha de las cosas, sino que se regula de acuerdo a una serie de causas y efectos que son parte de su naturaleza.
Nuestro filósofo da cuenta de que es la economía política la disciplina que estudiará el nuevo orden mundial, y que se caracterizará por un sentido práctico cuya pertinencia se medirá por sus resultados.
Por eso Foucault estima que la mera noción de poder es insuficiente si se quiere analizar la forma de la implementación de esta razón de estado en el funcionamiento de las sociedades. Propone entonces, la idea de `gobierno´, un sustantivo que debe dejar traslucir su forma verbal: gobernar.
Cuando Foucault en años anteriores afirmaba que el poder no se posee sino que se lo ejerce, en este caso, gobernar es un ejercicio de un poder en tiempos en que la primacia es la de la economía mercantil. Se trata de inducir, estimular, desviar, promover, trabar, atraer, toda una economía de la incitación que no puede reducirse a la imposición de una fuerza sobre otra.
Gobernar es conducir conductas, dice Foucault. Conducir no es lo mismo que mandar, ni lo mismo que ordenar o reprimir. Se trata de guiar, llevar a que los individuos adopten posturas sin que sean coercitivas. Que decidan de acuerdo a sus propios intereses, que calculen costos y beneficios. El estado no tiene por función exclusiva la de controlar a los sujetos, sino de promulgar medidas que permitan lograr resultados.
Cuando Foucault anuncia el curso siguiente al de “Seguridad…”, y lo llama “El nacimiento de la biopolítica”, sus lectores esperaban que desarrollara un asunto apocalíptico, la puesta a punto de una tesis por la que demostraría que la modernidad se define por el cercamiento de las poblaciones por todo tipo de medios. Desde la violencia más cruda y letal como los campos de concentración, a la acción de una medicina productora de virus y bacterias para exterminar millones de habitantes; los foucaultianos intensos deseaban más elementos analíticos que develaran el peligro de una tecnología creada con fines persecutorios, recursos para identificar a todos en cada uno de sus gestos y dejar así la imagen de un planeta dominado por el sadismo de un capitalismo avanzado y racista.
En lugar de esto, Foucault presenta en su curso de 1979 la historia de la escuela económica liberal, tal como la elaborara una escuela alemana contraria al estatismo de la entreguerra del siglo XX. Y se detiene con singular interés en la creación de la economía social de mercado en la posguerra alemana. Le interesa ese ejemplo, porque Alemania es un país ocupado por las fuerzas aliadas, seccionado en su territorio, sin autonomía política.
Quiere aportar una nueva óptica para lo que se llamó el “milagro alemán”, sin reducirlo a un plan Marshall porque la lluvia de inversiones de todos modos necesitaba un campo fértil de implementación, sino mostrando el mecanismo por el cual una sociedad lleva a cabo un proceso de reconstrucción sin estado.
El mercado funcionó como un organizador de conductas, como una tecnología de gobernamentalidad. Proponía comprender el liberalismo no como una ideología o una filosofía política sino como una técnica de gobierno.
A esta técnica la traslada a un espacio histórico totalmente diferente. Hablamos de almas y cuerpos y dijimos que a la manera de los filósofos clásicos, Foucault revitalizaba la preocupación sobre estas dos entidades filosóficas, pero a distancia sideral de toda fundamentación metafísica.
El alma, según la entiende, es una secreción corporal. En eso es nietezcheano. Pero esta vez al modelo de la guerra del filósofo de Sils María, a su concepción de las relaciones humanas como el de un choque de cuerpos en un campo de batalla, lo sustituye por un escenario más tenue, de mayor sutileza.
Gobernar a las almas necesita de un pastor. Además exige la implementación de una tecnología, de una serie de procedimientos, en los que primará ya no lo visual como en el panóptico, sino lo auricular.
Es lo que sucede en un confesionario. Las palabras dichas, escuchadas, y devueltas, forman parte de un régimen monástico, en el que se implemetará una “tecnología del yo”. Se tratará de una disciplina con fines hermenéuticos en los que el sujeto deberá auscultar las voces e imágenes interiores con el fin de descubrir el mal, es decir la trampa que urde el deseo.
A estos procedimientos los definirá también en términos de gobierno. Habla, entonces de un gobierno de sí en un orden pastoral, que se configura en términos generales como gobierno de las almas.
El pastor conduce a la grey, y a cada uno individualmente, a investigar el universo de tentaciones que lo acechan. Por lo que se refuerza la potencia del yo, y se lo arma para el combate de la castidad.

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4 comentarios

  • 1. marlaw  |  21 junio 2016 en 18:23

    Nunca he estado de acuerdo con aquellos que fuerzan la interpretación de la realidad, y se valen de un calzador de zapatos, para lograr que esta ensamble con sus teorías y puntos de vista.

  • 2. marlaw  |  21 junio 2016 en 18:47

    No hay pastores de alma. Lo que hay son los explotadores de los temores ancestráles que yacen en lo mas profundo de nuestro inconsciente, y ahóra con la ayuda de la biología, en los rincones mas apartados de nuestro cerebro.

  • 3. Aldo  |  21 junio 2016 en 20:14

    cuesta saber cuales eran las conductas de la gente de la antigüedad si no hay textos precisos , y” conductas “no es algo de hace poco ,,,,,, a donde hay poder hay conductas ,comportamientos ,, si esas épocas no se ejecutan el un amplio contenido ,,, tiremos la toalla y alisemos desde el presente ,no podemos conocer la antiguedad , hay que aceptarlo , no hay un saber o saberes de la antiguedad

  • 4. philo  |  26 junio 2016 en 1:47

    .


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