LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA 218

17 junio 2016 at 15:38 4 comentarios

Foucault no quiere polemizar. En un debate se responde a lo que el otro dice. Dependemos de que nos impugnen contradicciones, falencias, falsedades, trampas e incompletudes. Estamos obligados a defendernos y a atacar. Eso nos vuelve frágiles, aun en las lides escritas. En las orales además estamos sometidos a la prueba del control de nuestras pasiones. Podemos irritarnos lo que no siempre conviene. Indignarnos, lo que a veces parece una retirada.
Es cierto que hay quienes se fortalecen en la disputa en presencia, y otros que se estimulan con las afirmaciones de otro como si fueran trampolines que favorecen su salto.
Foucault prefiere hablar sobre lo que hace y piensa. Que no se interrumpa su sendero, que se le deje desbrozar la maleza a su modo y de acuerdo a la escansión que le conviene.
Le gusta poner la pausa, decidir sus rodeos, plantear nuevos objetivos, presentar sus encuentros, no tener quien lo juzgue si se pierde. Para él, el pensamiento es un ser vivo que se nutre a medida que crece, o que se recompone cuando se disuelve.
Al estar tensado por una disputa, al estar cautivo de una cinchada, divide fuerzas y se debilita. Pero en este caso, no se trata meramente de una cuestión de estilo, sino de hartazgo. Foucault dice lo que ve, sabe hasta donde puede, no quiere justificar sus limitaciones, y desea que aquellos a quienes les interesa su perspectiva sobre los acontecimientos, la usen como una caja de herramientas, y los que no están satisfechos, que lo dejen partir en paz.
Lamentablemente, la voracidad de los receptores también existe. Leer y callar no es un mandamiento definitivo. La gente y los lectores quieren el derecho de réplica. Los colegas desean intervenir. Aquellos que hacen uso de la palabra deben saber que están en el ágora y que se les pedirá rendir cuenta de lo que dicen. Han querido hacerse escuchar, y no es un deseo inocente. Asume cierta responsabilidad.
Foucault no descalifica a los lectores que critican sus notas desde Irán, lo que prefiere es una conversación amistosa y sin testigos. Sin tribunales y sin un público supervisor. Algo como un encuentro íntimo en los que los participantes reconocen su buena fe, su disposición a la escucha y el respeto por la palabra del otro.
Pero es posible que más que el deseo de un ceremonial ideal, lo que sucede es que el filósofo sabía que pisaba terreno embarrado, y que su análisis sobre la situación iraní asumía riesgos fáciles de detectar. A pesar de lo cual, deseaba dejar una puerta abierta a un proceso que no tenía final, y entregaba todo su apoyo a la insurrección popular que aún tenía a su déspota aposentado en el trono y a sus fuerzas de represión con poder de fuego.
Por eso desestimó la potencia represora que podía desencadenar una revolución islámica, lo tranquilizaba el hecho de que había entrevistado a miembros de la jerarquía religiosa chiita que tenían convicciones democráticas.
En cuanto a la figura de Jomeini, no intentó desacralizarla, ya que era el punto fijo, el referente que inspiraba a la sublevación contra el Sha y sus aliados.
Su proyecto que denominó “reportaje de ideas” que reunía a intelectuales y periodistas, a carg de investigaciones sobre la proliferación de ideas que veía nacer en todo el mundo, ideas que no son grandes relatos, que no gobiernan el mundo, pero que tampoco son aceptadas con pasividad ni con sometimiento a quienes tienen poder y “conducen las cosas”, como lo expresa en el Corriere della Sera el 12 de noviembre de 1978, esta propuesta que comenzó en Irán, no tuvo continuidad, y el Foucault periodista tuvo poco recorrido.
Su labor siguió siendo la cátedra, el estudio del largo plazo de la historia, la investigación sedentaria a tiempo completo en los archivos de la biblioteca. El tiempo muerto del pasado leído con ojos del presente lo trasmitía al público indistinto del College de France, a los estudiantes de universidades extranjeras, y la vivacidad de lo contemporáneo la buscó en su adhesión a diferentes causas en las que denunciaba la arbitrariedad y la opresión de determinados poderes.
Pero, en especial en sus últimos años, antes de su prematuro e inesperado fallecimiento, lo hizo a cuentagotas. Basta comparar su trayectoria con la de Sartre que hasta el momento en que su invalidez le impidió continuar una incansable labor, recorría semana tras semana los cinco continentes para dar su apoyo a las luchas de liberación de pueblos colonizados, y a dar su sostén a regímenes revolucionarios, era recibido por los jerarcas de cada país visitado, formaba parte de tribunales en los que se juzgaba crímenes de guerra, hasta daba su nombre a periódicos clandestinos y distribuía él mismo las tiradas en la calle; basta comparar a un académico como Foucault con este otro filósofo que sólo se sentaba en su escritorio para continuar su Flaubert cuando sus periplos del hombre público se lo permitían.
Ryzard Kapusinski en “Los cínicos no sirven para este oficio (sobre el bien periodismo)” (2002), un libro en el que mantiene un diálogo con John Berger, el notable periodista polaco afirma que hay escritores reflexivos, y otros que de quedar en un mismo sitio, se mueren, como él.
El periodista también estuvo en Irán en la misma época que Foucault. Pero, además fue testigo presencial de la caída del Sha y del advenimiento de la revolución islámica.
La preocupación de Kapusinski consiste en entender la causa por la que un movimiento popular emancipatorio, puede convertirse en una fuerza represora ante la mirada indiferente de una ciudadanía que retoma la rutina gris de su vida cotidiana.
Un líder como Jomeini que se alimenta de yogur, arroz y frutas, regentea un régimen que castiga con cuarenta a sesenta latigazos a quien bebe alcohol. El ayatollah sólo habla farsí, y advierte contra las injerencias culturales extranjeras. Clama por una hermandad sin resquicios.
El periodista no se escandaliza ante ciertas medidas de censura. Fueron clausurados periódicos en francés e inglés. Sostiene que en nuestro mundo en el que un poder arrasador domina, el débil debe apartarse. “La gente teme ser absorvida, despojada, que se le homogeneice el paso, la cara, la mirada y el habla; que se le enseñe a pensar y reaccionar de una misma manera, que se la obligue a derramar la sangre por causas ajenas y, finalmente, que se la destruya. De ahí su inconformismo y rebeldía, su lucha por la propia existencia y, en consecuencia, por su lengua” (“El Sha o la desmesura del poder”, pag 16).
Pero esta debilidad cuando se compensa con toques de queda, civiles armados por las calles que violentan a cualquier pasante con total impunidad, cuando entran a las universidades a apuñalar supuestos adversarios por ser laicos o comunistas y a mujeres que no usan chadors, y fusilan a miles de no adherentes a la revolución en marcha, ya no puede hablarse de fragilidad, sino de ataque y represión.
Cuando el padre del Sha, Reza Khan, en el año 1921 lleva a cabo su golpe de estado, crea un ejército que tiene la misión de asegurar que el pueblo iraní ingrese a la modernidad, si no es por convicción, que lo haga por la fuerza.
En aquellos tiempos la policía arrancaba el chador de la cara de las mujeres horrorizadas (29), mandaban asentarse a las tribus nómades y prohibían fotografiar a los camellos por representar el atraso.
Esa persecución a la tradición estaba en manos de la Savak, la temible policía del Sha con sus sesenta mil agentes y, según Kapusinski, unos tres millones de informantes.
Esa modernidad forzosa que Foucault calificó de arcaica, para el periodista, fue, fundamentalmente, ineficiente. Se importaban millones de productos sin tener almacenes ni depósitos en donde ubicarlos; los barcos flotaban mar abierto sin ingresar al puerto. Se gastaban ingentes cantidades de dinero para nada. Cien mil jóvenes estudiaban en Europa y EE.UU, para escapar de una sociedad custodiada por policías y militares.
La resistencia a la dictadura no estaba compuesta únicamente por fieles al islam, sino por estudiantes, científicos, obreros, escritores. El Tudeh, el partido comunista, participó de la lucha. Pero una vez Jomeini en el poder, no tuvo conmiseración en elimimar a todo aquel que no se sometiera a las nuevas leyes islámicas.
Kapusinski describe una ciudad como Teherán en la que hay mil mezquitas, y en la que el bazar junto a los lugares sacros, son los sitios fundamentales en los que circulan los habitantes. “Los mercaderes más ancianos, los artesanos de más talento y los `millahs´ (versados en el Corán) de las mezquitas, constituyen la elite del bazar”.
El periodista es testigo de la revolución islàmica en una aplanadora fundamentalista de lo que Foucault admiraba como una insurrección.
El filósofo que se defendía de las críticas a sus notas diciendo que no tenía por qué historizar el futuro, tampoco desconocía los efectos que podía tener en la vida colectiva aquello que designaba con el seductor nombre de “espiritualidad”.
Atento a los peligros de la sociedad de su tiempo, una vez en tierras extrañas, por no decir exóticas, se dejó encandilar por un entusiasmo ausente en su seca tierra administrada por políticos mediocres, y no advirtió lo que canalizaban las masas que gritaban en nombre de Alá y Jomeini.
Repetir sin análisis ni crítica, que en el Corán las mujeres son sólo “diferentes” por naturaleza por lo que deben tener trato “diferencial”, y que las mayorías respetarán a las minorías mientras no se sientan “perjudicadas”, no exigía predicciones ni anticipaciones sofisticadas. Foucault acomodó su análisis a sus deseos, descartando la misoginia.
Kapunsinski quiere saber por qué en un determinado momento se le tiene miedo a las palabras (135). La revolución es un drama, dice, y por eso no duran mucho. La gente busca la tranquilidad, la rutina. “Toda revolución viene precedida por un estado de agotamiento general y se desarrolla en un marco de agresividad exasperada” (136)
Es el poder el que provoca la revolucion, porque ya no se soporta la impunidad. A los poderosos todo les estaba permitido. La reacción es fulminante. Al progreso y a la modernidad impuestas desde arriba, se le opone la vuelta al pasado.
“Basta que mejore la vida para que las viejas tradiciones pierdan su contenido emocional y vuelvan a ser lo que siempre habían sido: un rito”(144).
Kapusinski dice que toda revolución consiste en un combate entre dos fuerzas: estructura y movimiento. La espontaneidad, la expansión tremendamente dinámica y la corta duración son las cualidades del movimiento. La estructura se caracteriza por la inercia. (159)
Una rebelión, agrega, es una gran vivencia, una aventura del espíritu. La gente se muestra animada, excitada, capaz de sacrificarse. La rebelión nos libera de nuestro propio yo, de nuestro yo de cada día. Pero llega el momento en que tal estado se extingue, y todo se acaba. De repente se rompe lo que nos une, cada uno vuelve a su yo de cada día. (165).
“¿Pero qué ha pasado con la gente, que se ha vuelto a convertir en transeúntes comunes y corrientes, insertos en el paisaje aburrido de la ciudad gris?”(166)
El periodista dice que no sólo es la rutina la que sobreviene, sino un círculo del desamparo en el que la venganza predomina. Los progresistas desean un proceso de reformas gradual y pacífico, “son personas inteligentes y sabias inteligentes, pero débiles”. Las ejecuciones y el asesinato han de ser un reflejo condicionado elemental de supervivencia (172). La fascinación de la sangre.

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4 comentarios

  • 1. marlaw  |  17 junio 2016 en 18:29

    A pesar de Foulcault es una buena clase, sobre todo por la cita de Kapunsinski.

  • 2. marlaw  |  18 junio 2016 en 0:12

    Atento a los peligros de la sociedad de su tiempo, una vez en tierras extrañas, por no decir exóticas, se dejó encandilar por un entusiasmo ausente en su seca tierra administrada por políticos mediocres, y no advirtió lo que canalizaban las masas que gritaban en nombre de Alá y Jomeini.
    Hablando de “políticos mediocres” hay un muy buen libro escrito por
    Maurice Duverger: “La Democracia sin el Pueblo” Editorial Ariel.
    En este libro Duverger analiza la política francesa de mediados del Siglo XX, su sistema de Partidos Políticos, y también escribe sobre la profesionalización de la política, critica la existencia de políticos profesionales, de políticos que viven de la política divorciados del pueblo.

  • 3. federico miguel (@fedemiguequinte)  |  20 junio 2016 en 17:54

    excelente reflexión marlaw.

  • 4. Rodrigo  |  27 junio 2016 en 21:46

    Me parece que estás hablando más de vos que de Foucault. A vos, Tomás, te molesta “polemizar”. Te enojás, sobre todo con los que llamás “progres” o “kirchneristas”. Te hacen elevar el tono. Bah, creo.


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