LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA 217

13 junio 2016 at 9:55 2 comentarios

Podemos imaginar que la encuesta que lleva a cabo Foucault está preñada de sus clases sobre la espiritualidad y el poder pastoral.Tiene ante sí un ejemplo vivo y contemporáneo de poder pastoral, del que no percibe aún los signos de una derivación sangrienta como la que se vivió en Occidente.
Nos dice que el Corán no da directivas precisas sobre todos los aspectos de la vida, aunque valoriza el trabajo y sostiene que la propiedad de la tierra debe ser colectiva. Además predica que la minoría debe ser respetada “mientras no perjudique a las mayorías”. Esta salvedad no merece el menor comentario de Foucault. Por otra parte, nos dice que entre el hombre y la mujer no existe desigualdad alguna, pero sí “diferencias”, ya que su “naturaleza” es diferente. Esta aclaración tampoco merece un comentario de nuestro filósofo.
De todos modos, piensa que no sería deseable que el islamismo se copie de las inquietudes sobre garantías supuestamente democráticas que en el mundo occidental, ya sea burgués o de tipo revolucionario, tuvieron consecuencias “que todos conocemos”.
Indudablemente, quiere encontrarse en tierras iraníes con un acontecimiento desconocido y maravilloso, que nada tenga que ver con los sistemas políticos de la república representativa ni con la burocracia socialista.
Se puede hablar de lirismo o de ingenuidad política. Foucault fue denostado por estos artículos que no tomaron en cuenta lo que sucedió al poco tiempo, apenas unos meses después de la expulsión del Sha.
Dice en su columna del 26 de noviembre: “no sé hacer la historia del futuro o predecir el pasado. Puedo contar aquello que está sucediendo, aunque sea un neófito en periodismo”.
No quiere anticipar nada por temores o prejuicios. Desea que la insurrección destrone al jerarca y a sus aliados internacionales. Nos cuenta que diez años antes, un terremoto arrasó con el norte de Irán provocando doce mil muertes. Al haber conflicto de intereses e inercia del estado, un religioso condujo a los habitantes a abandonar el lugar y fundar otra ciudad. La comunidad se unió en la tarea y levantaron las nuevas casas. Foucault ve en este hecho el modo en que la instancia religiosa se constituye en el principio de una creación política, y piensa si es posible, en términos generales, lograr que una dimensión espiritual se introduzca en la política, o, que la vida política no sea un obstáculo de la espiritualidad sino su receptáculo, su oportunidad, su fermento.
Dice: “Me siento incómodo al hablar de gobierno islámico como idea o ideal, pero me impresiona como voluntad política”, y subraya: “Me impresiona en su tentativa de abrir en la política una dimensión espiritual”.
En su nota del Nouvel Observateur del 16 de octubre, señala: “¿Qué sentido tiene para la gente que habita en este pueblo, buscar al precio mismo de sus vidas, aquello que nosotros mismos olvidamos desde el Renacimiento y las grandes crisis del cristianismo?: una espiritualidad política. Escucho reírse a los franceses pero sé que se equivocan”.
Nosotros no nos reimos, pero dudamos. ¿Qué sentido tiene esta nostalgia de una época en que el Papa se llamaba Borgia, o de una guerra de treinta años que desangró a Europa en nombre de la fe, o recordar la conquista de América en la que no sólo primaba el deseo de oro sino una cruzada en nombre de Dios nuestro señor, o de una revolución francesa en la que se da caza a los hipócritas y se levanta un templo a la Razón, o de un nazismo en el que las multitudes braman por sus líderes que los hará gigantes y rubios, para no hablar del misticismo revolucionario que creará un hombre nuevo y una sociedad de iguales, sin dinero, sin codicia, sin poder?
¿Desde cuándo la política careció de espiritualidad, sino, por el contrario, abundó de ella en exceso en busca de la salvación y de un viva la muerte todo junto? Foucault esá conmovido por el martirio de los iraníes desarmados y aplastados por el fuego del ejército. Además está disgustado y desprecia la política de los franceses que no es más que contubernio, negocios y pactos entre líderes mediocres al frente de un pueblo conformista y mezquino.
Este interés por la “espiritualidad” que manifiesta en su curso del mismo año, la vuelta de tuerca del modelo de la guerra para pensar el poder, al del gobierno que conduce las almas de acuerdo a las reglas de un poder pastoral que cuida a su grey en nombre de una trascendencia, esta vez, en Irán, en la rebelión de un pueblo se unen en un solo grito: ¡Jomeini!
Foucault le habla a los europeos que no prestan atención a una insurrección que no tiene la épica revolucionaria de Cuba, de Vietnam, ni la de la China de Mao, y que no se produce en nombre de un partido ni de la vanguardia.
No ve un síntoma de debilidad en la falta de objetivos de la revuelta, en que no tenga un programa, por el contrario, es lo que permite que haya una voluntad clara, obstinada y casi unánime. Celebra, entonces, que haya lo que denomina “una huelga” de la política, y sostiene que la política sólo interviene cuando dicha voluntad es confusa, dubitativa y dispersa. (Dits et…III, pag 702)
Se pregunta si esa voluntad clara “cederá” su espacio a la política en el sentido antes mencionado, y reconoce que el interrogante es un problema práctico en todas las revoluciones y una preocupación constante de la filosofía política.
Lo hemos visto por nuestra parte en las discusiones entre Sartre y Merleau Ponty, acerca del rol de partido en relación a las masas, y en la dialéctica entre los grupos en fusión – lo que Foucault desgina con el nombre de voluntad clara – y lo practico inerte.
Nuestro filósofo adhiere con entusiasmo al momento en que el pueblo lanza su grito de NO! y no juega mas el juego que propone la política representativa, y se muestra expectante respecto del futuro, es decir, el momento en que algún “sí”, aunque fuere pequeño, debe hacerse escuchar para que la guerra civil no arrase con todo el mundo.
Pero confiesa: “nosotros los occidentales no estamos en condiciones de ofrecer consejo alguno”.
Compara a los estudiantes europeos de la década del sesenta con los iraníes sublevados. Dice que en lugar de la liberación de los deseos que fue el motor de las rebeliones juveniles, en este caso, se trata de la liberación de las hegemonías para poner fin a la dependencia, al terror policial, a la corrupción, por la redistribución de la renta petrolera y por la reactivación del islam.
“Es la primera gran insurrección contra los sistemas planetarios, la forma más moderna de la rebelión, la más loca…¿Qué lugar podemos darle a este movimiento? A un movimiento que no se deja dispersar por opciones políticas, un movimiento atravesado por un soplo religioso que habla menos de un más allá que de la transgresión de este mundo?” (ibid 716).
Foucault tiene razón cuando dice que no es quien para predecir el pasado o para hacer la historia del futuro, una especialidad de profetas que diagnostican el mal del muerto y bendicen y bautizan al nonato, pero no por eso debemos ignorar que en cuanto a fintas se refiere y a la gran cintura que se necesita para ignorar lo que está ante los ojos, no carece de talento.
Las palabras petardista o poujadista son antipáticas y no las merece, pero…
Ante críticas de lectores, mejor dicho: lectoras, que rechazan la fatua palabra de “espiritualismo” ostentada por Foucault, que denuncian la misoginia y los prejuicios “arcaicos” – palabra que no sólo debería ser útil para describir una modernidad vetusta – del movimiento islámico, y el rechazo del fanatismo sectario que anuncia un peligro inminente de violencia y opresión, el filósofo, en el periódico comunista L`Unitá, dice:
“No me gustan las polémicas, quiero decir este tipo de discusiones que miman la guerra y parodian la justicia: `apuntemosal enemigo´, `denunciemos al culpable´, `condenemos y matemos´. Prefiero aquellos que dan cuenta del numero de muertos que una teoría justa pretende justificar; prefiero aquellos que tienen miedo de lo que ellos mismos pueden llegar a decir, en especial cuando lo que dicen es cierto. Tratemos de expulsar lo que hay de peligroso en lo que decimos o pensamos. Pero dejemos que la policía se haga cargo de perseguir a los individuos peligrosos (…) Si ustedes quieren discutir, discutamos…pero fuera de las instituciones que convierten las discusiones en juicios, fuera de los periódicos que hacen de las mismas unas comedias. Evoco con nostalgia una discusión cuya función no sea tanto la de reducir las ideas sus autores, los autores a combatientes y la lucha a una victoria; para dar a luz las diferencias que separan y de ese emodo las dimensiones que abre una búsqueda.
Es suficiente uno solo para pensar por otros; bastan dos para pensar uno contra el otro, ¿cuántos harían falta – sin que haya acuerdos previos – para comenzar a pensar al menos lo que se está produciendo en la actualidad y que se nos escapa de las manos?” (ibid, 718).

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SEMINARIO DE DOCTORADO EN FAC DE FILOSOFÍA Y LETRAS-UBA. SEDE PUAN LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA 218

2 comentarios

  • 1. marlaw  |  15 junio 2016 en 6:49

    Que el ser humano se encuntre muy lejos de la perfección, no es obvice para afirmar qué através de los tiempos las opciones continuan siendo dos. Una es el racionalismo y la otra es el irracionalismo. Este último ya sabemos todos hacia adonde nos conduce.

  • 2. Aldo  |  16 junio 2016 en 20:32

    tema complejo este , no creo q por una cuestion de densidad sino de acercamiento . alejamiento ( no en espacios físicos ) en los temas ,, tiene que ver aqui un desinteres que muchas veces nos lleva a la culpa ,, pero bueno , es la culpa del hombre del saber , informado o en el juego-de-informacion-,, si vamos a buscar culpables,,, somos todos


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