LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA 216

8 junio 2016 at 8:53 2 comentarios

Son nueve los textos que escribirá Foucault, siete para el Corriere, además del enviado al Nouvelle Observateur y otro para el periódico comunista L`Unità.
Hará dos viajes entre el 16 y el 24 de setiembre de 1978, y del 9 al 15 de noviembre. El 16 de enero de 1979, el Sha deja Teherán. El 30 de marzo se proclama por referéndum la República Islámica.
Foucault envía sus impresiones como si fueran un carnet de viajes. Está entusiasmado con su labor periodística. Se deja imbuir por el entusiasmo del pueblo iraní. Entrevista a gente proveniente de variados oficios y clases sociales. Nos dice que el Sha detrás de su prédica laica y modernizadora, de su desdén hacia las formas populares de la religión, por su afán de integrar a su país al mundo occidental que para él representaba la civilización ejemplar, no hizo más que una cosmética consumista cuyos productos son viejos y amortizados. Es lo que llama “arcaísmo”. Lo que se ve en los bazares y en las vitrinas del lugar son el deshecho de la industria de los países centrales, y la imitación de modas olvidadas en su lugar de origen.
Por eso su columna del primero de octubre se llama: “El Sha tiene cien años de atraso”.
Destaca tres elementos de fuerza en la realidad iraní: el petróleo, las fuerzas armadas y la miseria. El ejército no tiene una ideología como sí la tiene, así lo subraya, en la Argentina de Videla y en el Chile gobernado por Pinochet. Tampoco tiene émulos como lo fue Nasser o como lo era Kaddafi.
Ss combina el despotismo y la corrupción. El descontento es general. La súbita urbanización del país que en diez años aumentó la población de las ciudades de nueve a diecisiete millones de habitantes, creó cordones de miseria, empobreció al campo y generó ingentes cantidades de gente desclasada.
La corrupción está a la vista y constituye un temario generalizado. Lo que le inspira a Foucault la siguiente ironía: “Siempre lamenté que la corrupción que atrae a tantas personas sin escrúpulos, atrae a tan pocas personas honestas”.
Nosotros los argentinos conocemos el festival de denuncias como los de amenazas que van desde el “que se vayan todos” al “hay que meterlos a todos en cana”, o el “para estos el paredón”.
El islamismo es un movimiento popular. Los iraníes son chiitas. En su artículo “La fe contra el Sha”, Foucault escribe que durante siglos el islam se ocupó de la vida cotidiana, de los lazos familiares y de las relaciones sociales de su comunidad. Es más probable aún que este poder pastoral fuera aun más estricto en el chiismo que en el sunismo por estar en manos exclusivas de autoridades religiosas.
Según Ryzard Kapúsinski en su libro “El Sha o la desmesura del poder” (1982), los chiitas constituyen una minoría entre los musulmanes. Tienen una historia trágica, de persecución, ocutamiento y marranismo, todas estrategias de una comunidad que lucha para poder sobrevivir. Además de un temple de acero contra adversidades y enemigos que los hizo algo arrogantes. En su larga marcha de un califato a otro, tampoco descartaron el terrorismo.
Siglos de lucha ideológica, el arte de camuflarse, confundir al adversario, hacerse el tonto, fue simultáneo a la necesidad del purismo doctrinario.
Se reclaman de Alí yerno de Mahoma y marido de Fátima, y padre de Hasan y Hussein, mientras el resto de la grey al seguir el mandato de otras autoridades crea la dinastía sunita como los Omeyas, los Abbasíes y los Otomanos. Se produce la escisión y la lucha entre sectas. Los chiitas afirman que nada existe por encima de las autoridades religiosas. Pero no establecen una jerarquía entre los imanes. El poder de cada uno dependerá del prestigio que obtiene entre sus seguidores.
Desde el siglo XVI, dice Kapúsinski, los chiitas se convierten en una religión de estado. Hay doce imanes que se sucedieron en la historia del Islam. El tercero, Hussein, es considerado un mártir y se lo venera especialmente. Pero hay un imán oculto, el duodécimo, que desapareció en una gruta de la gran mezquita de Samarra, en Irak. Se lo llama “el Esperado”.
Podemos colegir que entre el judaísmo y el chiismo hay más de un rasgo en común: el éxodo, el marranismo, la función sacerdotal al interior de la comunidad, y la espera del Enviado.
Foucault escucha la voz del islam. Es una religión parlante que se hace escuchar con amplificadores. Las voces braman desde las mezquitas, se difunden por la ciudad por medio de megáfonos a las horas de la oración; los niños circulan por las calles con aparatos en los que se grabaron voces de distintos ayatollah pidiendo el fin de la monarquía y el respeto por las leyes del islam. La resistencia furiosa e inclaudicable en nombre de la tradición le hace evocar al filósofo los tiempos de Münster, de Savonarola y de Cromwell.
Nos dice que la religión es bastante más que un vocabulario, es la forma de la lucha política cuando moviliza a las capas populares. Manifiesta el descontento, el odio, la situación de miseria y desesperación de miles de descontentos. Los convierte en una fuerza política.
Los `mollah´, o versados en las escrituras, rezan con el fusil al lado. Los sacerdores chiitas sin ser una fuerza revolucionaria, la constituyen cuando están del lado de los humildes y del pueblo.
Foucault se interroga sobre la revolución, quiere saber si asiste a un movimiento que se parece a lo que la historia política ha designado con ese nombre.
La palabra `revolución´ fue empleada en los inicios de la modernidad por los estudiosos de la decadencia de las civilizaciones. La revolución era lo que justamente era necesario evitar porque hacía retroceder a las sociedades a los inicios de su ciclo. Una revolución cerraba un círculo. Las impedía fortalecerse y progresar. Sólo más tarde adoptó un aspecto regenerativo por el que inicia un proceso inaugural y marca una ruptura absoluta con el pasado.
Foucault prefiere interpretar el proceso iraní como una insurrección popular, una rebelión. Las multitudes en la que se mezclan islamistas y comunistas no están unidas por un proyecto ni por un programa común. Marchan juntos por el rechazo a un régimen de medio siglo que los quiso hacer diferentes de lo que son, que degradó sus creencias en nombre de un linaje supuestamente glorioso que los encomiaba por las hazañas de Ciro y Darío de una luminosa Persia.
Al pueblo iraní le importaba poco y nada, las invocaciones a la arianidad y a los fastos de Persépolis.
Con aquel blasón de los tiempos antiguos pretendía legitimarse la estirpe del Sha, pasando por alto no sólo más de un milenio de islamización, sino, además, el proceso de sojuzgamiento colonial del que participaron rusos, ingleses y norteamericanos.
Foucault interpreta la insurrección popular como un rechazo a la política. Interpreta que la población le dijo ¡basta!, a la política. No quiere jugar más el juego. No quiere reformas ni partidos ni plataformas. No cree en las palabras de los tecnócratas que hablan de tejido social, de medio ambiente, de crecimiento y de desarrollo.
De esa modernidad tienen bastante.
Foucault se reune con el ayatollah Chariat Medari acompañado por una comisión de derechos humanos. Este hombre no pretende que se instale un gobernó islámico. Confía en la consolidación de un régimen democrático después de décadas de tiranía.
Otros piensan en la posibilidad de una transición como la llevada a cabo en España, en donde el rey comandó el traspaso de poder. Pero tal sueño no deja de pertenecer a un onirismo importado.
Foucault dice que camina por la ciudad con una única inquietud y una sola pregunta: ¿qué quieren ustedes? Dice que la respuesta jamás fue la de: queremos la revolución! Pero, agrega, cuatro o cinco veces respondieron: queremos un gobierno islámico.
Le aseguraron que un gobierno de este tipo de ninguna manera significa montar un aparato político dominado por el sacerdocio, sino un ideal, una utopía, la de volver a los tiempos del profeta a la vez que apuntar al porvenir, a lo lejano.
Lo que para ellos significaba renovar un pacto de fidelidad más que de obediencia. El filósofo habla de la creatividad del islam.

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Nota sobre “La dificultad”, diario El Mundo, Madrid SEMINARIO DE DOCTORADO EN FAC DE FILOSOFÍA Y LETRAS-UBA. SEDE PUAN

2 comentarios

  • 1. Claudia  |  8 junio 2016 en 11:21

    Muchas gracias profesor por compartir su trabajo.

  • 2. federico miguel (@fedemiguequinte)  |  8 junio 2016 en 16:30

    Cuan cerca esta de la tesis en que Marx arenga a los filósofos a dejar de seguir interpretando el mundo, y comenzar a transformarlo. Interesante como se metió de lleno en el tema arengando a la juventud de ese entonces, algo que supera, a lo que hizo Jean Paul, cuando se metio en Argelia. Curiosamente, mi pregunta radica en por que Jean Paul participa de Mayo del 68. Debo leer mas, con mayor detenimiento.


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