LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA 215

4 junio 2016 at 10:07 2 comentarios

En su disertación del primero de febrero de 1978, Foucault emplea la palabra “alma”, y la asocia a “gobierno”. De todos modos, en tanto el objeto de los dispositivos de seguridad son las poblaciones, lo que hay que tomar en cuenta es a los cuerpos, pero, para decir una perogrullada, no hay cuerpos sin almas.
Las “artes de gobernar” como las define Foucault, se refiere a la conducta de los hombres, para la que ya no cuentan las virtudes que proporcionan las dinastías ni la génesis nobiliaria de las filiaciones, sino el sistema de alianzas. Lo que transfiere el árbol genealógico a un entramado de redes en el que se disputa el poder.
A partir del siglo XVI ya no se gobierna un territorio sino a los hombres. Foucault no se interesa por las estructuras sino por lo que denomina las “tecnicas” de conducción. La normativa, la jurisprudencia, las disposiciones y las reglas, forman parte de este aglomerado de técnicas, así como también el diseño de los espacios, y la locación de las autoridades.
Por eso dice que respecto del poder psiquiátrico se interesa por las técnicas de segregación, en lo que concierne al sistema penal moderno, por las técnicas disciplinarias, y en lo relativo a la razón de estado, por las técnicas de gobierno.
De ahí que conjuntamente al poder de policía que se aplica con reglamentos que ordenan a la ciudad y a su población, se interesará por un aspecto de las técnicas de gobierno que ordenan el poder pastoral.
Este poder que visualiza a cada uno y a todos, “omnes et singulatium”, será el núcleo de sus preocupaciones en los próximos años. Se abocará al estudio de la historia del cristianismo porque es un ejemplo del modo en que en Occidente se relaciona la conducción de los hombres con un poder pastoral que tiene raíces en culturas antiquísimas.
Con la salvedad, de que ni el pastor ni su rebaño han conservado las mismas características. A diferencia de Oestreich, Foucault no remite el gobierno de sí y de los otros, a un estoicismo reciclado que tiene por destinatario al hombre de acción, sino al paradigma monástico, que, desde los tiempos de la gnosis, debate el ejercicio del poder pastoral entre el ascetismo de los anacoretas y las reglas de la vida monacal.
El gobierno de tipo pastoral se ocupa de la dirección de la conciencia y de las almas. Sus raíces se remontan a civilizaciones como las de Egipto, Asiria, la de la Mesopotamia, y entre los hebreos. Pero, agrega Foucault, a la aparente benevolencia de un guía que está cerca de todos y de cada uno, la atraviesa una paradoja. Le hace decir a nuestro filósofo que el poder pastoral practicado por la Iglesia Papal, ha hecho que “nuestro Occidente cristiano sea la civilización más creativa, más ambiciosa, arrogante y sangrienta”, de la que se tenga memoria.
Para aportar un neologismo, el poder pastoral aplica lo que denomino: la “beneviolencia”, siempre en nombre del Padre.
Foucault sugiere que la técnica pastoral reemplazó a la filosofía en el arte de gobernar a los hombres. Estás técnicas que tienen en cuenta los detalles de la vida cotidiana, lo hacen en nombre de la ley, de una verdad, y de la promesa de la salvación. Serán, además, el punto de partida para la gubernamentalidad, que una vez elaborada como práctica política, desemboca en la razón de estado.
El pastor, nos dice, guía a la grey hacia la salvación, prescribe la ley y enseña la verdad. Reclama el voto de obediencia, es decir, la voluntad de no tener más voluntad.
A diferencia de los griegos que pensaron las técnicas para lograr el dominio de sí y un uso de los placeres puesto a prueba por una verdad trascendente, un control cuyo objetivo es el control de las pasiones, en el caso del cristianismo, la crítica de los placeres de la carne, no se relaciona con la “apatheia”, la pasividad, sino con el egoísmo.
El peligro es el Yo, al que es necesario conjurar, ya que es el sitio de lo que hay que combatir, en este caso, en lugar de las pasiones, se trata de la voluntad.
La dirección de conciencia de los tiempos grecorromanos, era voluntaria y circunstancial, en el cristianismo es obligatoria y continua.
Nos hemos detenido por un momento en las principales líneas de fuerza de este curso de 1978, porque en el mes de setiembre y en noviembre del mismo año, Foucault hará dos viajes a Irán como corresponsal del Corrière della Sera para dar cuenta de los acontecimientos turbulentos que se producían en aquel país.
Alterna su curso con estos viajes. Reunimos en una misma reflexión estas dos actividades de Foucault porque es interesante seguir el modo en que un filósofo es permeable a la coyuntura política. En el caso de Foucault, en una primera instancia, por su reconsideración de la problemática del poder de acuerdo al modelo de la guerra en momentos en que se discute en Francia los horrores del socialismo de estado, desde Polonia a la China, pasando por la URSS y Camboya. Luego, por un movimiento revertido, de la cátedra al terreno de las luchas, vemos como Foucault, leerá el desarrollo de los acontecimientos iraníes a través de una lente condicionada, al estar inmerso en sus preocupaciones teóricas enunciadas semana tras semanas en el College de France.
El nuevo director del periódico era traductor al italiano de los libros de Foucault. Por esta relación, surge la idea de lo que el filósofo gusta en llamar “un periodismo de ideas”. Junto a André Glucksmann y Alain Finkielkraut, se proponen realizar una serie de reportajes en los sitios en donde ocurren las ideas.
Foucault no desea escribir desde un escritorio, informándose de lo que sucede en el terreno con libros y material de archivo. Quiere ir al lugar en el que la gente actúa. Decide ir a Irán en momentos en que a fines de 1978, la población se levanta contra el Sha y se viven días de angustia. La represión es feroz.
Lo que nos interesa no son las peripecias de una epopeya que derroca al regente que a comienzos del año siguiente debe ir al exilio, ni la llegada de Jomeini que después de trece años culmina su propio éxodo, sino, nuevamente, el modo en que el filósofo observa la realidad política, en este caso la iraní, y como asocia lo que ve con lo que desarrolla en el mismo momento durante el curso sobre “Seguridad, territorio…”.
Señalamos que Foucault pasa de sus análisis del poder a una idea de gubernamentalidad que se fundamenta en técnicas de conducción de lo que define como poder pastoral. Lo que distingue a un poder de estas características es que une en una sola entidad la verdad, la ley y la salvación. La conjunción de estos tres aspectos es lo que nos permite entender lo que ha de llamar “espiritualidad”.
Foucault no deja de asombrarse de lo que sucede en las calles de Teherán, de Tabriz, y de otras ciudades de Irán. Una multitud marcha desarmada frente a tanques y fusiles de un ejército que tiene la orden de hacer fuego y mata a miles de personas. Quiere entender este jugarse la vida que se reclama en sus grandes mayorías de la enseñanza del Corán, y de una lucha por el retorno del Ayatollah Jomeini.
Dice que la frase “la religión es el opio de los pueblos” hace reir a los iraníes, a él, como filósofo y periodista, no lo hará reir, lo hace pensar. Y para hacerlo asume el riesgo de la desorientación.
Se deja llevar por lo que ve, no quiere juzgar, ni tomar posición. Está impresionado. No se trata de ingenuidad ni de un turismo de guerra. Percibe un proceso político que no tiene antecedentes en Occidente, al menos, no encuentra en las categorías habituales del pensamiento político de la modernidad, los elementos ya dispuestos para hacer un diagnóstico preciso. Ni la lucha de clases, ni la mitología religiosa, ni una epidemia de hambre, ni un sometimiento colonial, explican lo que ocurre.

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LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA 214 Nota sobre “La dificultad”, diario El Mundo, Madrid

2 comentarios

  • 1. federico miguel (@fedemiguequinte)  |  4 junio 2016 en 14:21

    Interesante maestro Abraham, y aunque usted sabe que un verdadero maestro no se considera tal, sepa que agrada esta pagina, esta enseñanza por ejemplo, que considera a Foucault, uno de los mas grandes del siglo veinte, irónico como pocos, antítesis del filosofo solemne, tomado por los jóvenes, pero al que le quiero culpar, mediante su concepto de biopoder, y su análisis estructural (corrigame si estoy errado) el olvido a Sartre, que bien dijo en un prologo a no recuerdo quien: señores, ya no somos el sujeto, sino el objeto…Me pregunto:¿Porque se lo olvido en ese tiempo, porque se lo necesita recuperar ahora?. No logro responderme, vuelvo a la superficie, a caminar en tierra incógnita.

  • 2. r .nadaud  |  4 junio 2016 en 21:59

    lo que ocurre: Caín y Abel: los asesinos siempre hallando excusas, religiosas, políticas, etc.


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