LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA 212

21 mayo 2016 at 16:35 2 comentarios

¿Cómo se llega a la revolución?
Glucksmann dice que para elaborar la filosofía que anunciara la aurora de la gesta porvenir, era necesario crear el vínculo de dos entidades: el texto y el territorio.
Sin texto no hay revolución. Ni sin territorio.
Judíos y alemanes tenían algo en común. Son muchos los escritores e intelectuales que han señalado un parentesco entre ambos pueblos antes de que uno de ellos decidiera exterminar al otro. Para Glucksmann, hijo de judíos que en su infancia vivió oculto en Francia para que los nazis no lo descubrieran, los alemanes estaban unidos por la lengua y por costumbres antes de que tuvieran un territorio unificado. Lutero fue el gran ensamblador del pueblo alemán al proclamar la ley divina que los unía. El libro de Dios en idioma alemán reproducido a velocidad de imprenta, fue el texto unificador que convivió con la atomización del territorio.
El luteranismo es quien hizo del texto una autoridad. En eso se asemeja al pueblo judío que tuvo en el Tabernáculo el centro de su vida en la diáspora. La otra semejanza es su relación con un territorio. Los judíos no lo tenían y los alemanes vivían en uno fragmentado. Alemanes y judíos eran pueblos de estudio. Uno tenía las Escrituras, el otro de las Escrituras y de su concepción de la salvación por las obras y el servicio, buscaba la Ciencia que hiciera posible el mandato terrenal.
El Texto y el Libro se imponen en su majestad, y serán los garantes de la formación de una futura burocracia y la fuente del poder. La Ciencia no será ajena al Texto, y aquel que tenga acceso al conocimiento hará sentir su peso sobre la masa ignorante.
Glucksmann recuerda la preocupación de Sartre por la opresión que podían sentir las masas ante los cuarenta volúmenes de Lenín. El saber intimida, y el sabio sabe hacer del otro un ignorante y de sí mismo un augur incomprensible (pag 61). Nadie lo entiende, salvo un discípulo que es el encargado de confirmar la existencia de un sentido oculto, es la garantía de su poder. Todo jerarca tiene un secretario.
El Texto que impone la ley sobre un territorio estuvo en el origen de una guerra apocalíptica en la que murió un alemán sobre tres. Es lo que sucedió durante la guerra de los treinta años antes de que se declarara la Paz de Westfalia en 1648.
A Gluckmann le interesa la posición de la filosofía alemana respecto de los judíos. Nadie debería sorprenderse si este interés nace de un filósofo y de un judío que son la misma persona, y que pertenece a la generación que vió morir a la mitad de su pueblo en manos de otro educado con el rigor del saber que heredó un siglo atrás.
Por lo general los lectores judíos saben qué hacer con estos escritos como los de Benny Lévy o Glucksmann cuando tratan el tema del judaísmo, saben que el tema existe, y, diríamos, el problema también. En el lector argentino no judío el aroma que se respira es diferente. No es antisemita, pero entiende al antisemita, para él el antisemitismo es otra forma del racismo, algo saturado por cierto, y para muchos anacrónico desde que el estado de Israel exuda poder y voluntad de dominio sobre el pueblo palestino. Repito, no es que sea antisemita ni que justifique el rechazo al judío y al judaísmo, pero le desconfía, prefiere solidarizarse con otros pueblos más fáciles de compadecer. Por eso, como dice Barteleby, preferiría cambiar de tema, lo incomoda si no es que lo aburre como si fuera parte de alguna interna de la que se siente ajeno.
Nos referimos a la molestia judía, no a la persecución y menos al genocidio, sino al malestar del judío en la cultura progresista nacional, la agnóstica, atea e ilustrada.
La otra, la nacionalista, en cualquiera de su vertientes reaccionarias o populistas, no interesa, es obvia, la primera no tanto.
Glucksmann, por el contrario, considera que es un tema clave y parte de un pensamiento que le dió al judío un lugar en la historia con la esperanza que un día no tuviera ninguno. El idealismo alemán lo convirtió en la contracara del griego, como la bestia lo es del bello. Hegel afirmaba que el judío es pasivo y feo, mientras el griego es bello y activo. Lo define como “un animal sin patria”. Dice Glucksmann: “Hay aquí una dificultad que nace cuando, para un maestro pensador, Hegel, al identificar pueblo, nación estado, los judíos son una prueba viviente de la falsedad de tal identificación. Un pueblo que durante dos milenios carece de estado. Plantear así el problema es resolverlo: los judíos encuentran su unidad con la negación de otras naciones; el alma de la nacionalidad judía es el odio. `Odium humani generis´. (102).
Para Hegel el judío por antonomasia es Abraham, en él se condensan los rasgos esenciales de su tribu. Es el separador, deja a su familia, abandona a su tierra, es el errante, hostil a los otros, adorador de un Dios todopoderoso y vengativo.
Por eso Hegel sostiene que el judío debe matar al judío que hay en él si quiere ser parte del Estado Universal y ser incluído en el legado griego, ser un griego en el sentido de un individuo amante de su tierra y de sus leyes, para contribuir así a la génesis del estado moderno.
Dice Glucksmann. “No podemos reprochar a los maestros pensadores haber organizado los campos de concentración, sino el no haberlos desorganizado por anticipado. Su antisemitismo no hizo posible el nazismo, sino de la no resistencia al nazismo” (100)

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2 comentarios

  • 1. Marcelo Grynberg  |  22 mayo 2016 en 11:41

    Una lectura importante y relacionada a su discusion puede consultarse en: “El idealismo aleman de los filosofos judios”,
    de J. Habermas, primer capitulo de “Perfiles filosofico-politicos” (editado por Taurus).

  • 2. Tomás Abraham  |  30 mayo 2016 en 14:29

    gracias marcelo, cuando vuelva de san juan lo consulto.


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