LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA 211

18 mayo 2016 at 8:50 6 comentarios

Cinco años después Michel Foucault y André Glucksmann, esta vez sin pseudónimo, se vuelven a cruzar. En el año 1977, se publica un libro de este último con gran repercución: “Les Maîtres Penseurs”.
No es fácil traducirlo porque en castellano no usamos “Maestros pensadores” para designar a cumbres de la cultura letrada. Existe la ópera de Wagner “Los maestros cantores” que hablan de un grupo de músicos profesionales que custodian una tradición. Los maestros que menciona Glucksmann no son conservadores sino innovadores y revolucionarios.
Un Maestro es un grande, pero estos pensadores no son sólo sublimes, porque al prestigio hay que agregarle el poder. En este libro las ideas tienen poder, son parte medular de los acontecimientos históricos, los hombres actúan incitados por ellas, y se las necesita para justificarse.
Hablamos de filósofos que dominaron la escena durante un siglo. Desde fines del siglo XVIII, a partir de Kant, hasta la culminación del siglo siguiente, una corriente de pensamiento densa, múltiple, controvertida, polémica, genera un saber con aspiraciones sistemáticas y totalizadoras. El idealismo alemán con Fichte y Hegel, luego el materialismo de Marx y el nihilismo de Nietzsche, sientan las bases de una idea del saber y el poder que serán dominantes en el siglo XX.
Pero no es un libro erudito ni académico, su propósito es político. Está escrito después de la la gran decepción que generaron la revelaciones del Gulag y las consecuencias nefastas de la revolución cultural China, el genocidio camboyano, y la persecusión de los disidentes detrás de la Cortina de Hierro.
Una generación se quedó sin utopías, sin una esperanza de un mundo mejor, sin un Hombre nuevo, sin vanguardias y sin centros de poder en el que inspirarse para llevar a cabo los proyectos radicales para la gran transformación social. Se quedaron sin Revolución.
Lo que a Glucksmann le interesa no es la pérdida de utopías porque su posición política y la de sus compañeros de izquierda no nacían de una ilusión sino de una certeza. Creían en una verdad determinada por un sentido de la historia, por una dinámica de la lucha de clases y de un saber sobre la evolución de la humanidad coronado por la justicia y la libertad.
En el libro la idea revolucionaria tiene una historia, que no sólo nace de la praxis de las masas y de sus conductores, sino de los generadores de pensamiento que creyeron en una ciencia del poder.
La revolución francesa de 1789 fue el objeto teórico de los filósofos mencionados. El “hecho revolucionario” es el punto de partida para la elaboración de una Ciencia de los asuntos humanos y de la constitución de un orden perfecto. No era una utopía sino un saber universal con las mismas reglas de necesidad y las mismas relaciones de causalidad que las ciencias físicos matemáticas.
Esta ciencia llevaría el nombre y la majestad de ser la Filosofía, la última, el fin de la misma, su coronación en un Estado. Un retorno de La República de Platón en tiempos revolucionarios.
El texto comienza con una dedicatoria: “Al loco que quería intercambiar, uno por otro, a Brejnev y Pinochet”. Se inicia con una equivalencia que barre con el paradigma bipolar.
Para nuestra sorpresa, Glucksmann no comienza con el idealismo alemán sino con Rabelais. En un pasaje de “Gargantúa y Pantagruel”, hay una sentencia en la abadía de Telema, un mandamiento con la fuerza emanada de una divinidad: “haz lo que quieras”. Desde el poder de este gigante se enuncia una magnífica noticia para sus súbditos. Sin embargo, la libertad absoluta proviene de una orden, de una autoridad superior. No se trata de una libertad conquistada o de una iniciativa autónoma sino de un permiso para hacer lo que se quiera. No se rompe el pacto de obediencia. Un padre que le ordena al hijo “desobedéceme”, refuerza la subordinación aún en nombre de la insubordinación. En la abadía de Telema la única ley será la de hacer la propia voluntad.
Glucksmann recorre la obra de Rabelais para extraer las consecuencias de la libertad autorizada y qué se puede hacer con ella. En el libro tercero dedicado a Panurgo, vemos como el personaje se las arregla para ejecutar el mandamiento por cual puede ser libre y decidir lo que quiera.
Lo que le sucede es que tiene tantas opciones para decidir algo que no decide nada. Cada pensamiento segrega un contrapensamiento, para una misma pregunta hay respuestas contradictorias y de cada iniciativa se desprende otra iniciativa posible. Sobre la eventualidad de su casamiento y sobre la conveniencia de casarse, sus disquisiones se vuelven infinitas. Todo se cuelve paradójico. Glucksmann menciona esos juegos lógicos en los que las paradojas son reinas, y pone lado a lado a Bertrand Russell y Panurgo.
El personaje rabelesiano dice: una cabeza cortada produce la muerte de una sola persona, pero sin bolas (couilles) moriría toda la humanidad.
Sin duda, en mérito a la practicidad, lo mejor es no perder ninguna de los dos trozos.
En términos del álgebra de conjuntos y en boca del filósofo de Cambridge, la paradoja se resuelve así: el elemento que incluye todos los elementos de un conjunto, no debe ser parte del conjunto.
Panurgo no disfruta ni celebra esta libertad inconducente, acompañado por Pantagruel sale del recinto en el que todo es lícito hacer y recorre los caminos del mundo. Inicia así su aventura, su destino es la errancia.
Viajan por mil lugares y consultan sobre los beneficios del casamiento a todo tipo de personajes, desde hechiceros, a filósofos, monjes, niños y locos, buscan una autoridad que les diga si casarse es o no conveniente. Pero toda autoridad los enloquece cada vez más. No hay una verdad que ilumine sino una carrera de obstáculos que bordean el ridículo.
El Renacimiento también es la era de la risa. Desde que lo dijo Bajtin, lo han dicho todos los que han festejado el carnaval del pensamiento, aquellos que elaboraron una estética, una ética y una epistemología fundamentada en los disparates de un mundo puesto patas patas arriba. El rey está desnudo y el mendigo se corona con un zapallo. La risa es una respuesta al poder, y es algo que teme porque la risa no lo reconoce. Es una bufonería free lance y no la del que está al servicio del Rey. Se burla de la fuerza del grande. Impide que uno de los factores que todo poder necesita se haga realidad: un lugar. La risa desterritorializa, hace circular hombres y mujeres, bienes y males, acreencias y deudas. Nada se fija, nada se autoriza. Es un torbellino.
El espírítu de seriedad, burguesa o marxista, es la grasa que permite el funcionamiento de la maquinaria estatal. Sin esa grasa se detiene o se oxida. La creencia en las jerarquías rellena el contenido de la seriedad, las investiduras diagraman las conductas. Es la ley de la civilidad.
La risa no es un chiste, sino la línea de fuga del consorcio de los respetables. Glucksmann lo señala antes de comenzar su periplo por los grandes pensadores que esta vez sí establecen un texto fundador sobre una verdad que existe y es necesaria.
Matan la risa porque la organización social no es un convite carnavalesco. Nada es gratis. Todo cuesta. Hay dinero, y tiene que haber raíces, y cimas.
Desde la risa, es decir, desde la alegría y la malicia, nos hablan Rabelais, Cervantes y Shakespeare. Entre los tres quiebran el modelo del conocimiento elaborado por Platón. Para el ateniense la cabeza es el asiento del logos, el timón conductor que nos permite seguir el hilo de Ariadna para salir del laberinto diseñado por Dédalo. El vientre es el depósito de las pasiones bajas y de los excesos. Sitio de la tentación y de la insatisfacción. Entre ambos, debería haber un mediador subordinado al estamento superior para que el orden descienda y someta el descontrol de los placeres. Este mensajero es el corazón, el nicho de la voluntad.
Pero ¿qué sucede si el mediador no tiene ganas de trabajar y se toma una licencia aún sin goce de sueldo, se convierte en una entidad pusilánime, y no llena el vacío entre los extremos? El caos, sin duda.
Glucksmann dedicará desde este momento a evaluar los intentos del pensamiento occidental para evitar una situación como la mencionada, y de acuerdo a su punto de vista, será la filosofía alemana la que asumió la responsabilidad de hacerlo.
Saber y poder, de eso se trata. Esta relación se traduce en una pregunta práctica: ¿Obedecer por qué? Para ser libres. La lección renacentista descripta en la obra de Rabelais, mostraba que el puente entre obediencia y libertad podía generar una mezcla de todo con todo si no se creaba un sistema que ajustara las piezas en juego.
Rabelais mostraba la inutilidad de la escolástica como Cervantes el desquicio que provocaban las novelas de caballería y Shakespeare trasladaba las lides poéticas de la taberna al teatro. Era el fin de una época y el nacimiento de otra nueva con el nombre de Ciencia.
Había que eliminar la risa que sólo ofrece el entusiasmo del caos. Era necesario proponer otro entusiasmo para alcanzar el saber.
Pero en lugar de elaborar un sistema de defensa contra la anarquía desde la tradición y la épica ancestral, los filósofos alemanes de fines del siglo XVIII, pensaron el modo de colocar los fundamentos de un orden radicalmente diferente, de una sociedad sin antecedentes históricos, que extrajera las consecuencias de lo verdaderamente nuevo en los tiempos en que vivían: la revolución.

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6 comentarios

  • 1. federico miguel (@fedemiguequinte)  |  18 mayo 2016 en 18:36

    espectacular tomas, y mas sabiendo que usted lo tuvo tan cerca, en ese mayo tremendo, según lo contado.

  • 2. marlaw  |  19 mayo 2016 en 10:30

    Parecería que la Filosofía Francesa, a partir del autor del Ser y La Nada en adelante, no encontrò otro camino, que avocarse a la política, porque todo lo enunciado a lo largo de la segunda mitad del Siglo XX, ya sea de manera explícita, o implícita, no há tenido a mi modo de ver otra finalidad, que no haya sido esta.

  • 3. Tomás Abraham  |  19 mayo 2016 en 10:39

    marlaw: no es así. desde la década del sesenta, una impresionante producción teórica dió nacimiento a lo que Milner llamó : el saber. Althusser, Derrida, Deleuze, Barthes, Lacan, L.Strauss, Foucault, lo que se denominó “estructuralismo”. fue un movimiento que no deja de tener sus efectos en la filosofía hasta hoy (que se conmemora el 50 aniversario de “Las palabras y las cosas”.

  • 4. Marcelo Grynberg  |  19 mayo 2016 en 20:57

    En muchas ocasiones Foucault aclaró que el no era un estructuralista (en particular dice que en “Las palabras y las cosas” ni una sola vez figura la palabra “estructura”). Aun así, sigue siendo frecuentemente asociado al estructuralismo. Por que ?

  • 5. Tomás Abraham  |  20 mayo 2016 en 8:20

    marcelo
    las “corrientes” borran las singularidades. Como si dijéramos “idealismo alemán” y con eso identificamos a Hegel y Schelling sin distingos. Foucault es estructuralista en Las palabras y las Cosas, por su propuesta de una Ciencia General de los Signos, y su recorrido por las epistemes y las analogías estructurales entre saberes empíricos. Lo es en “Edipo Rey”, en el que aplica la metodología del mitólogo George Dumezil. El estructuralismo fue el giro linguístico a la francesa de los años sesenta, a partir de la matriz de la linguística de Jacobson y su teorización en la antropología de Lévi Strauss.

  • 6. Marcelo Grynberg  |  21 mayo 2016 en 10:36

    Tomas: le agradecí su explicación, pero no salió.


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