LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA 210

12 mayo 2016 at 19:42 1 comentario

Foucault, de acuerdo a su pericia y a su estilo de elaborar pensamientos, propone su perspectiva de `historia del presente´, o análisis genealógico.
Da ejemplos del siglo XV y XVI, en los momentos de la disolución del poder feudal, y pretende mostrar que la justicia tal como se aplica de acuerdo a la constitución republicana del posgaullismo, continua el paradigma inicial, el que oculta mediante artilugios jurídicos un poder que reprime con armas para asegurar la extracción de la plusvalía.
Victor acepta sus posiciones pero replica que una cosa es la historia y otra las necesidades de la revolución y los problemas que enfrenta una dictadura del proletariado para consolidar un poder frente a enemigos externos e internos.
Todos parecen estar de acuerdo en que hay que terminar con la división entre poderes que desde Montesquieu caracteriza a la república liberal. Dividir el poder es un engaño fraguado por la burguesía para reforzar su dominación de clase.
La revolución le entregará el poder a las masas guiadas por el partido y el ejército que dictaminará justicia de acuerdo a….
¿A qué normas? Para Foucault cada vez que sus intelocutores pronuncian la palabra “norma” se pone lívido. Le sucede lo mismo cuando hablan de “tribunal”. Como si el acusado, sentenciado y encerrado fuera él.
Victor se suma a los ejemplos. Esta vez no se aleja tanto en el tiempo como el filósofo genealogista sino que remite a los momentos de la `liberación´. La gente en busca de colaboracionistas, señaló a mujeres que se habían acostado con jerarcas alemanes y las arrastró por las calles para raparlas en público. De acuerdo a lo que sostiene Victor, esa forma de justicia no dejaba de ser equívoca porque podía operar como una forma de distracción para desplazar la atención de los verdaderos culpables de la ocupación alemana.
Mientras hubiera traidores libres la humillación de las mujeres pasaba a un segundo plano. Debía haber una escala de prioridades que fuera de los fusilamentos a la vejación pública, así como Foucault también consideró que antes de acusar a los trabajadores o campesinos de deserción había que fusilar a los miembros de la aristocracia que poblaban las cárceles.
En realidad, las apreciaciones de los contertulios no eran del todo taxativas, pero marcaban la necesidad de que la justicia popular fuera soberana y que dictara sentencia de acuerdo a una lista de ajusticiamientos medidos por el daño infligido a la patria, a la fraternidad, y a la igualdad.
Victor pretende convencer a Foucault de no tener semejante fobia ante la palabra `tribunal´, porque la revolución no elimina ipso facto las contradicciones al interior mismo del movimiento de masas, y la existencia de instancias terceras son necesarias. Sólo, advierte, la revolución cultural que cambie al hombre de raíz hace que las medidas normalizadoras sean superfluas.
Pero Francia no es la China, recorre un camino al que aún le faltan varios estadíos en la larga marcha de la liberación. Es un país capitalista con miles de patrones. Victor dice que “no se puede eliminar a todos los patrones” (349). ¿Por qué? Simplemente por razones demográficas. Si la propiedad de los medios de producción tuviera una estructura oligopólica, con fusilar a unas decenas de gerentes corporativos la depuración ya se encontraría en una fase avanzada, pero, continua: “Hay en Francia demasiadas medianas y pequeñas empresas. Es demasiada gente”.
Todos sabemos que “La gauche proletariènne” no conquistó el poder, que los empresarios franceses no fueron fusilados, además hemos visto que pocos años después de este encuentro que parece una parodia de “Los poseídos” de Dostoievski, se disuelven las organizaciones y que sus jefes renuncian a la militancia revolucionaria. Emprenden un camino religioso, y Foucault se toma un año sabático para darle un giro a sus investigaciones, interrumpir sus cursos sobre el poder, y plantearse problemas relacionados con la constitución del paradigma monástico del primer cristianismo y con el arte de vivir y la estética de la existencia en la cultura grecorromana.
Pero en este clima conspirativo el debate sobre la justicia no cesa, porque, de acuerdo al filósofo, el sistema penal ha tenido una enorme importancia en la historia, debilitó a los movimientos de masas introduciendo contradicciones en las mismas, dividió al pueblo entre la plebe proletarizada y la no proletarizada, castigó de un modo selectivo a los individuos que resistían, y persiguió a quienes eran los elementos más agitados y violentos de la plebe.
Entre ellos, prosigue Foucault con su lección de historia, el campesinado endeudado, los pequeños propietarios que deben dejar sus tierras, los que huyen de la persecusión de los agentes fiscales, los obreros perseguidos por robos y otros delitos menores, los vagabundos o los mendigos que se niegan a trabajar en cloacas y desagües.
Las levas, el envío forzado a las colonias, la prisión, la criminalización de la protesta social tenía variantes de las cuales sólo quedó el sistema penitenciario.
Para Foucault el sistema penal tuvo un rol constitutivo en las divisiones de la sociedad actual. Fue creado por la burguesía como un instrumento táctico importante en el juego de divisiones que quiso introducir.
Parte de esta estrategia fue el hecho de que la clase dominante aprovechara la creación del movimiento sindical para dividir al pueblo y aislar a quienes consideraba pertenecientes de la marginalidad.
Hay dos instancias a las que ningún movmiento revolucionario debería someterse: una es la burocracia y el otro, el aparato judicial. Dice que es necesario recuperar las formas de acción legadas por la Resistencia, las protestas llevadas a cabo durante la guerra de Argelia, y la revuelta de mayo 68. Fueron episodios decisivos por la reaparación de la militancia clandestina, la lucha en las calles, y la constitución de grupos armados.
Frente a la acción revolucionaria, la burguesía implementó un modelo imperialista basado en la acción de las fuerzas armadas francesas en las colonias, y un modelo fascista implementado con métodos policiales, en el que primaba el encuadramiento de zonas urbanas, la vigilancia, el espionaje, la delación y el encierro o la tortura.
Los jóvenes maoístas están de acuerdo con todo lo afirmado por Foucault salvo en la falta de propuestas para dirimir las cuestiones judiciales una vez que la revolución está en el poder. Para Victor es indiscutible que se necesita alguna forma de aparato de Estado para que arbitre los conflictos en el seno de las masas. No ve inconveniente alguno mientras el proceso esté bajo la dirección de la ideología proletaria.
Foucault no se deja convencer, pregunta: “¿ Qué entienden por ideología proletaria?”.
Victor responde: “El pensamiento de Mao Tsé Tung” (360). Y cuando le piden a Foucault una salida ante los problemas susciptibles de una sanción una vez que el proceso revolucionario esté avanzado, al exigirle una respuesta acerca del modo en que se puede normalizar la justicia para que no haya un descontrol que se resuelva en ajuste de cuentas privados, el filósofo responde: “no tengo la menor idea. Habría que inventarlo”.
Quizás , medita, una combinación entre castigo y reeducación.
Termina el debate, Lo maos concluyen que aunque Foucault no esté de acuerdo con sus tesis sobre la justicia, una revolución exige que para hacer una tortilla, hay que romper huevos. A lo que el filósofo responde: yo antes rompería los garrotes.

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Entrevista diario La Nación (8/5/2016) LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA 211

1 comentario

  • 1. marlaw  |  13 mayo 2016 en 15:06

    Probablemente alguién como Woody Allen bien podría haber hecho una película de ácido humor, con todos los comediantes que intervienen en esta nota.


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