LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA 209

7 mayo 2016 at 10:40 2 comentarios

Damos una vuelta de página sólo para recordar nuestro propósito de mostrar la circulación de ideas entre los nuevos filósofos con Deleuze, por un lado, y ahora con Foucault. Decíamos que la crisis ideológica que los nuevos filósofos plasmaron en varios libros, provocaron escándalo porque mostraba que intelectuales embanderados en un marxismo maoísta cambiaban de orientación con un violento golpe de timón, y encontraban una nueva verdad en la lengua sacra de las religiones.
Este salto que parece circense fundamentado con el mismo rigor, la misma autoridad, la severidad y una lengua terminante, va de la justificación de la lucha armada, del terrorismo en nombre de la resistencia a la opresión capitalista, y de la necesidad de una dictadura cruel si es útil a la futura sociedad de iguales, a una sublimación basada en la creencia en trascendencias religiosas originadas en los monoteísmos de Occidente. Estos giros ideológicos pueden interpretarse como una caricatura de una mutación que también podemos apreciar en filósofos de la anterior generación sin tantos saltos milagrosos.
Quizás, el más interesante sea el caso de Michel Foucault, quien luego de un año sabático, en 1976, reasume sus cursos con una nueva orientación que lo llevará de la problemática del poder hacia la de gubernamentalidad, y de ésta al poder pastoral, al cristianismo, a la confesión y a la ética griega.
Es un cambio por la saturación de una búsqueda que tenía como epicentro la idea de poder, que ya no encontraba una continuidad teórica ni pertinencia política. El sistema de opresiones había cambiado, y si bien es cierto que este cambio no debía necesariamente conducir a sus personeros hacia la iglesia, a la mezquita o la sinagoga, Michel Foucualt siempre tan atento a lo que llamaba `actualidad´ y que definía por una diferencia en la historia, percibió por aquellos años la marca de una ruptura.
Así como después de mayo del 68, el filósofo interrumpe sus escritos sobre el lenguaje, la literatura, o sus aportes a la Ciencia General de los Signos – preocupaciones incorporadas al modo en que los franceses realizaron su propio giro lingüístico – para iniciar su plan de estudios sobre el poder y su implementación institucional, luego de unos años, percibe su agotamiento.
Confiesa que no puede seguir un plan de obras cuyo diseño conoce de antemano, y que le sustrae todo estímulo por su falta de novedad. Pero creemos que el cambio de terreno discursivo no sólo se debe a su aburrimiento sino a acontecimientos políticos que lo incitaron al cambio.
Irrumpió una nueva escena, otros protagonistas, y un auditorio renovado que esperaba de los agentes culturales un libreto acorde a los tiempos del presente. La escritura no es indiferente a los dispositivos de recepción.
Para ilustrar este corte, y unos años antes de este cambio de problemática, seguiremos un diálogo entre Foucault con los nuevos filósofos cuando aún no se denominaban `nuevos´. Nos situamos en el año 1972, en momentos en que la euforia revolucionaria vive su mayor intensidad.
Hablamos de un debate de Michel Foucault con los “Maos”, publicado por Les temps modernes en junio de 1972, sobre La Justicia Popular (Dits et Écrits II, pag 340-369).
Foucault había iniciado sus cursos en el College de France. Tenía un plan de trabajo que consistía en analizar el tema del poder a partir de los sistemas penales. El ámbito de lo jurídico era una zona privilegiada en donde se manifestaba la dominación y los modos en que se implementaba la autoridad. Desde su óptica toda fuente de autoridad necesitaba de un orden del discurso, es decir, de un sistema de enunciados que legitimara el poder desde una verdad. De ahí su interés por la verdad y las formas jurídicas.
En sus estudios anteriores sobre la locura y sobre la mirada clínica, había circunscripto el ejercicio del poder a un ámbito en el que la medicina en sus diversas ramificaciones no se definía exclusivamente por el conocimiento ni por su investidura científica.
La racionalidad implicaba, para Foucault, una estrategia que no sólo se fundamentaba en reglas de coherencia interna o criterios de cientificidad válidados por reglas universales, sino por medidas de exclusión.
En “La historia de la locura en la edad clásica” mostraba que el discurso del método necesitaba para proteger su edificio racional, descartar el virus de la locura, delimitar su campo de verdades por medio de una expulsión.
Aportaba así una versión del funcionamiento del poder que no se definía por la instancia económica y por las relaciones de producción, sino por los acontecimientos y las rupturas en un ámbito que el marxismo ignoraba, en el de una superestructura que era necesario disolver, dispersar en instituciones, e ir más allá de una identidad monolítica determinada por otra realidad.
La medicina y el derecho fueron los espacios de poder y los objetos teóricos, en los que se ubicarían los sujetos nominados por el saber, los lugares de distribución de las fuerzas enfrentadas y las estructuras de determinación.
Una de las novedades aportadas por Foucault era la de no dividir lo social entre lo dominante y lo dominado, sino entre lo integrado y lo excluído.
Creemos que su proyecto de la historia de la sexualidad cuyo programa fue interrumpido por cursos que lo llevarían del orden psiquiátrico a la hermenéutica del sujeto, no lograron una autonomía teórica fuera de un espacio de poder ya recorrido por la medicina y el derecho.
Por lo que locos, enfermos, así como criminales, u otros sujetos del delito, o vagabundos, disidentes o rebeldes varios, constituyeron para Foucault los sujetos a analizar para su concepción del poder.
En el año 1972, Foucault dicta su curso anual sobre “Teoría de las instituciones penales”. Comienza así una investigación sobre las relaciones entre lo político y lo jurídico. Durante el transcurso del mismo año es invitado a un debate sobre la justicia popular con militantes maoístas que usan pseudónimo: Victor, que es Benny Lévy, y Gilles, André Gluksmann.
Foucault durante toda la jornada insistirá sobre un punto: toda justicia que se implemente en la forma de un tribunal, ya fuere popular o convencional, no hace más que reproducir la matriz de la dominación burguesa.
Les recuerda a sus interlocutores que durante la revolución francesa hubo actos de justicia popular sin que fuera necesario erigir tribunal alguno. En el año 1793, por ejemplo, los trabajadores se resisten a la leva y a ir a la guerra mientras en las cárceles hubieran aristócratas y nobles que tenían a pesar de su encierro sus vidas bien protegidas. Exigían que todos ellos fueran ejecutados por ser enemigos interiores, y una vez que ya no hubiera uno vivo recién entonces estarían dispuestos a combatir a los enemigos externos. El hecho fue conocido como “las masacres de septiembre”.
La pregunta que hace Foucault es si aquel suceso puede ser considerado como un acto de justicia popular, un hecho que puede ser interpretado como estratégicamente útil y políticamente necesario. Y fue llevado a cabo sin eregir un tribunal (lo que no fue tan cierto).
Les pregunta a sus interlocutores si ese acto de estricta justicia necesitaba de una instancia neutra, o de un arbitraje ideal, o de cualquier embrión por más frágil que fuere de un aparato de estado.
Victor responde que no siempre pueden ser solucionados de este modo los conflictos y las reacciones que obstaculizan el poder popular. Le habla de su referente por excelencia, la revolución china, en la que el ejército rojo cumple las funciones de una instancia tercera que debe dirimir las contradicciones y los actos considerados de injustica para que no se resuelvan como una cadena de muertes provocadas por venganzas individuales. Esa instancia es necesaria para que las ejecuciones sean conformes a derecho y no consecuencia de revanchismos y otras formas del egoísmo ajenas a la acción de las masas revolucionarias.
Foucault traza una genealogía de las formas en que la justicia se convierte en un aparato de estado, tema que desarrolla en su curso en el College. De acuerdo a sus investigaciones la justicia sustituye a las formas de control feudal, y se centraliza gradualmente, como una forma de sustracción fiscal del campesinado y de los vasallos o pequeños propietarios. Ante los actos de sedición de los sectores populares desprotegidos ante la avanzada del poder monárquico sediento de numerario, intervienen cuerpos armados que reprimirán las revueltas populares.
La yunta entre poder recaudador y las fuerzas armadas, en lo que llama un contexto de guerra, establece las primeras formas de poder judicial cuya forma perdurará hasta la modernidad.
La forma tribunalicia es redituaria de la violencia disimulada como arbitraje que se le impone al pueblo para explotarlo y hacerle aceptar un espacio de decisión que pretende ser autónomo. Se instala para ocultar la justicia de la dominación de clase, o la ley del poder.
Insiste en que esta institución es ajena a la práctica de la justicia popular.
Si ponemos en contexto el momento en que se da esta discusión, la reunión entre los jóvenes maoistas y el académico se da durante la presidencia de Georges Pompidou, elegido durante las elecciones presidenciales de 1969.
Los maoístas de la Izquierda Proletaria vivían en una semiclandestinidad, e invocaban la conquista del poder por la vía armada. Sartre los ayudaba con su nombre a la vez que distribuía el periódico del grupo. Vemos como también publicaba sus ideas, y Foucault no era indiferente a su acción. El modelo de la revolución china estaba en su apogeo y seducía a la extrema izquierda dándole un modelo de sociedad que aún en tierra de Mao no había cerrado su ciclo ya que debía combatir restos burgueses infiltrados tanto en la dirigencia como en sectores populares.
La revolución cultural estaba en marcha. El problema era que los franceses distaban bastante de desear el modelo chino. El campesino francés no era el chino, más bien se componía de individuos que defendían su derecho a la propiedad con su vida, y en cuanto a sus opiniones políticas, viraban hacia la derecha y la xenofobia.
En cuanto a la clase obrera se dividía entre su tradicional incorporación a las centrales sindicales del partido comunista fiel a las directivas de Moscú, y una corriente socialdemócrata.
Lo chino era un exotismo tanto político como cultural, y si hablamos de los métodos de práctica política y la idea de cómo iba a ser el futuro poder y los modos de ejercerlo, ya entramos en un ámbito metapolítico, más bien salvífico.

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LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA 208 Entrevista diario La Nación (8/5/2016)

2 comentarios

  • 1. marlaw  |  8 mayo 2016 en 5:56

    Me parecio muy buena la entrevista que le dio a La Nacion Profesor
    Pero le voy a decir por que me parecio muy buena. Porque en esa entrevista usted se da a conocer, al menos en algunos aspectos y eso ayuda bastante al lector, para poder comprenderlo.

  • 2. Alicia Inez  |  11 mayo 2016 en 11:54

    Gracias


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