LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA 208

2 mayo 2016 at 12:24 2 comentarios

Vayamos a este texto sin borrar de la memoria las críticas de Lardreau.
Deleuze quiere distinguir lo trascendental de lo trascendente, con el fin de delimitar la idea de inmanencia. Se llama trascendental a un conjunto de condiciones de posibilidad de una experiencia, ya sea ésta sensible o intelectiva. Estas condiciones no son exteriores a la experiencia. No la pre-existen, no se le aplican como a una materia prima.
Dice Deleuze que el campo trascendental es inmanente. No es que esté “en” algo, ni le corresponde “a” algo, no depende de un objeto ni pertenece a un sujeto. No se relaciona con una entidad que oficia de unidad superior que agrupa un conjunto, ni a un Sujeto que opera una síntesis de las cosas.
El plano de inmanencia no remite a otra cosa que a sí mismo, es absoluto. Dice Deleuze: “Diremos que la pura inmanencia es UNA VIDA, y sólo eso.”
No sabemos qué quiere decir. Por ahora estamos a la espera. No entendemos la frase, ha afirmado algo raro, extraño, y con mayúscula, pero es una mayúscula con un artículo indefinido, singular, femenino en castellano y francés, neutro en inglés…
Deleuze nos lanza nombres de la historia de la filosofía que lo acompañan en este pequeño recorrido: Bergson, Sartre, y ahora Fichte, y sigue Maine de Biran, y menciona a uno que nos sorprende, un autor inesperado que tendrá un lugar especial: Charles Dickens.
Ningún otro filósofo salta de este modo entre apellidos que poco y nada tienen que ver entre sí. Después de un filósofo gris, perdido en el siglo de finales del siglo XVIII, como Maine de Biran, que habla de metafísica psicológica, aparece el escritor inglés por el hecho de que fue quien ha contado “una vida” en su última novela “Our mutual friend”. Deleuze nos dice que en una escena el artículo indefinido “un o una” será el índice de lo trascendental.
La descripción comienza así: un malhechor, un hombre despreciado por todos, es encontrado moribundo y aquellos que lo aborrecían intentan reanimarlo y curarlo; expresan ante el menor signo de vida, una inquietud, una solicitud, respeto, y asombrosa entrega de afecto. Todos intentan salvarlo, y el hombre en lo más profundo de su estado comatoso siente “algo dulce que lo penetra”. Pero, continua Deleuze, en la medida en que vuelve en sí, quienes lo han salvado, se enfrían, recuperan su antiguo deprecio y su inveterada maldad, tienen actitudes groseras. Dice Deleuze: “Entre su vida y su muerte, hay un momento que es el de “una” vida jugando con la muerte”.
Agrega que la vida del individuo ha dejado lugar a una vida impersonal, y, sin embargo, singular.
Una vez leído este párrafo, seguimos sin entender, pero algo ha sucedido. No estamos en la misma situación que antes. La escena reproducida de la novela de Dickens, habla de algo que nos hace pensar. No pensamos en una idea, en un concepto, en una teoría o en un filósofo. Sino en una experiencia que podemos haberla tenido o no, pero que nos lleva a algún lugar en el que quizás tengamos un encuentro.
¿Qué es este asunto de una dulzura inconsciente en una especie de granuja odiado por todos cuando lo curan?
Mi mente a una velocidad infinita vuela hacia Reikiavik, la capital de Islandia, en la que en una cama de un hospital se está muriendo Bobby Fischer. El loco o el genio del ajedrez, es un hombre solo, refugiado en un extremo del mundo, a punto de morir. La única persona que lo acompaña es un enfermero con el que no tiene otra relación que la de un paciente con el profesional que lo atiende.
En la agonía le pregunta a Bobby si quiere o necesita algo, responde: ¿puede tocarme?
Una vez escribí sobre ese momento pero no recuerdo dónde ni cuando. Así es el pensamiento rizomático, va de Mian de Biran a Dickens, en el autor, y en el lector de Dickens a Bobby Fischer.
Se me ocurre asociar esta caricia terminal con la penetrante dulzura que siente desde su inconciencia el personaje de Dickens. Deleuze habla de un acontecimiento puro liberado de los accidentes de la vida interior y exterior. De una `hecceidad´ que no es una individuación sino una singularidad. Un `Homo Tantum´, dice Deleuze, al que todo el mundo compadece y que alcanza un cierto estado de beatitud.
Pero esta vida de la que habla no sólo irrumpe en los momentos en que la muerte está cerca. Deleuze dice que la vida está en todas partes. Se manifiesta en lo que llama “entre tiempos, entre momentos”.
Para darnos una idea de estos entretiempos en los que se manifiesta la vida, Deleuze sugiere otro ejemplo. Esta vez no incursionará en la obra de uno de los escritores más populares de la lengua inglesa en medio de filósofos del siglo XVIII, sino a partir de una mirada a la vida cotidiana, a los niños.
“Les touts petits enfants”, los niños bien chiquitos, de unos meses a los dos a tres años, se parecen todos entre sí. No tienen individualidad, pero si una singularidad en una sonrisa, un gesto, una mueca, acontecimientos que no conforman una personalidad ni un carácter subjetivo.
Nos dice que los niños están atravesados por una vida inmanente que es pura potencia, y una forma de beatitud aún con padecimientos, debilidades y dolores.
Deleuze no es un filósofo afecto a dar ejemplos, y menos de niños. Los que busca para ilustrar un concepto provienen de la literatura o de otros géneros de escritura que son parte del saber autorizado. Cuando no de las matemáticas. Pero el que acaba de dar es similar al narrado en el capítulo de la novela de Dickens. En este caso no se trata de un cara a cara con la muerte, sino de un acto vital de quienes en principio, por razones biológicas, recién ingresan en la vida.
Para cada padre o madre, o para los abuelos, cada hijo o nieto, es diferente. Su inteligencia, su picardía, sus encantos, no tiene parangón. Sin embargo, los rasgos se repiten a sí mismos en cada niño. Es suficiente con ver las caras de los abuelos cuando llevan a sus nietos a las plazas o cuando les hacen gestos mientras giran en las calesitas. Con fotografiar las caras de los abuelos cuando miran a sus nietos, podemos entender lo que dice Deleuze en relación a singularidades e individualidades.
Hay una chochera y un babero húmedo que revolotea como un fantasma y se posa en los viejos cuando están con sus niños. El babero es previo abuelaje.
Quizás podamos afinar la puntería y aquello que adjudicamos a los pequeños no se lo traslademos necesariamente a los viejos. En el primer caso hablaríamos de una singularidad, de un modo en que los niños disuelven sus identidades en los gestos que los asemejan; pero en el segundo los gestos apuntarían a una generalidad, a un modo de aculturación que hace de los mayores un caso de ternura explícita que compensa cierta rigidez anterior y una tensión entre padres e hijos (podemos suponer que un abuelo esquimal o mapuche no se disuelve en ternura). La relación con la tercera generación es más apacible y sin culpa.
Es más fácil quedarse absorto ante la conducta de un niño de dos o tres años y ver una singularidad universal en infantes de culturas totalmente diferentes, que la que percibimos ante adultos más programados por narcisismos u otras trampitas mentales. Los niños son explícitos, por eso parecen ángeles. Ya sabemos que no lo son, no sólo por Freud. Pero son singulares antes de que la educación los convierta en individuos y miembros de la generalidad familiar.
¿Qué busca Deleuze? Definir una vida. Dice que una vida sólo contiene “virtuels”, virtualidades. Trata de explicarlo con frecuencia: algo virtual no es una cualidad menor ni anterior a otra cosa actual. Lo virtual es más que lo actual, no menos. No es una potencia ni una latencia a la espera de realización.
Deleuze ve la vida como una expansión. Es un filósofo que nos obliga a imaginar, a crear imágenes. No todos los filósofos lo hacen. En su mayoría nos exigen palabras, es decir, ideas en la forma de palabras articuladas. Deleuze nos cambia el registro. Con él aspiramos a ver algo, de un modo azás platónico, el filósofo griego desea pasar de lo dicho a lo visto, una vez que ha sido escuchado.
Pero en Deleuze no hay mitos, ni fábulas, ni místicas no hay sentimientos oceánicos. La palabra`metafísica´ no le es extraña, una metafísica como una cuasifísica. La imagen de la vida sobre un plano de inmanencia tiene la figura de una medusa que se mueve, se expande, se agita, de acuerdo a lo que segrega en un último momento. No sigue un plan programado ni un mecanismo de causas y efectos, sino una dinámica determinada por un último momento que determina el siguiente.
De algo así nos habla en sus cursos sobre Leibniz, de su interés por el cálculo infinitesimal, de la serie conformada por adyacencias, de su idea del rumor, y del sonido del océano formado por millones de gotas que chocan entre sí.
La vida es potencia, expansión, virtualidades que resultan del campo de posibilidades que abre cada actualización. Por eso le interesa Bergson, por su convicción en el aspecto creativo de la naturaleza.
En “El antiedipo” cuando habla de un deseo maquínico también lo caracteriza por movmientos de los cuales el conectivo es fundamental. Disyunciones y repulsiones son formas de la conexión. Es la idea de rizoma.
Dice: “Los acontecimientos o singularidades dan a un plano toda su virtualidad, como un plano de inmanencia a los acontecmientos virtuales una realidad plena. Los acontecimientos considerados como no actualizados (indefinidos) no carecen de nada. Basta con relacionarlos con sus concomitantes: un campo trascendental, un plano de inmanencia, una vida, singularidades. Una herida se encarna o se actualiza en un estado de cosas y en una vivencia; pero ella es una virtualidad pura sobre un plano de inmanencia que nos empuja hacia una vida. Mi herida existe antes que yo…” (363)
Hay una visión en Deleuze, en este sentido podemos hablar de una metafísica. Una mirada a un todo que nunca se cierra, y que adquiere las imágenes de una víbora, o de un cometa. Hay una astrofísica en Deleuze en la que el universo no ocupa un espacio sino que lo crea a medida que se desplaza a gran velocidad y genera los vacíos que recorrerá.
Lardreau dice que la filosofía deleuziana es blanda, que no es materialista, podrá atribuirle todas las maldiciones que quiera para soslayar sus propias insuficiencias.
Deleuze decía que admirar es una pasión noble. Lo admiro. Jamás la prosa de Deleuze y sus imágenes ablandan, por el contrario, tienen una fuerza vivificadora, una pulsión afirmativa, que en nada descartan la contradicción. Tiene potencia argumentativa, liberadora. Nos libera de una filosofía que se sostiene en el sermón teórico, en la declamación de púlpito, sentencias que pretenden a la cientificidad de un modo escolástico, que braman la verdad para luego escabullirse en las formas más burdas de la metáfora, en el “como si”.
Apadrinado por filósofos de una lectura muy difícil como Leibniz, Spinoza, Nietzsche, Bergson, gracias a que les hizo un hijo por la espalda, fue por ese acto impuro de un falsario genial, que hizo posible que la filosofía de alguna manera nos cantara.

La partitura de esta música no es fácil de ejecutar. En este texto final, las relaciones que se establecen entre lo trascendental y el plano de inmanencia, como entre lo actual y lo virtual, muestran la persistencia de un mismo interés por conceptualizar un modelo alternativo al de la causalidad en las filosofía mecanicistas, al de la dialéctica en la que los elementos opuestos se sintetizan un una unidad superior, y al de su resultante teleológica que parte de un origen hacia un sentido final.
El plano de inmanencia tiene una función teórica similar a que Deleuze emplea en “La lógica del sentido” cuando elabora la idea de “superficie”.
Son intentos de una filosofía que quiere escapar del corset binario y que se expresa en diversos lenguajes teóricos. En el psicoanálisis que elabora los conceptos de contenido manifiesto y contenido latente; en “Las palabras y las cosas” y en “La arqueología del saber” de Foucault, en donde debe explicitar que la `episteme´ no es una concepción del mundo, ni un marco teórico previo, ni una generalidad que subsume casos particulares llamadas `positividades´, o en el caso de Deleuze, que a lo largo de su obra intenta escapar del pensamiento dual.

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2 comentarios

  • 1. marlaw  |  2 mayo 2016 en 16:58

    Profesor al pensamiento rizomático, hay quienes lo denominan: “asociación libre”. En general este hecho también suele acontecer en el diván, de algún psicoanalísta.

  • 2. Tomás Abraham  |  7 mayo 2016 en 10:34

    No tiene nada que ver con la asociación libre, porque no se trata del libre juego de la fantasía, sino de un azar dirigido. a pesar de lo inesperado de los encuentros existe una selección de acuerdo a lo que fortalece el recorrido del pensamiento y aquello que lo debilita.


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