LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA 205

19 abril 2016 at 18:33 1 comentario

Poco después, en la misma década, las denuncias del Gulag, y otros acontecimientos que ya hemos mencionado, provocan en la intelectualidad francesa una profunda crisis ideológica, y una recapitulación de la idea de revolución. Además de una reflexión sobre los alcances de la política.
Estos cambios tienen efectos en la obra de los filósofos. No son ajenos al contexto histórico. En este escrito nos interesan los derroteros de tres de ellos: Sartre, Foucault y Deleuze, a quienes considero mis maestros de filosofía.
Quien más se matuvo en una línea sin graves rupturas fue Deleuze. Llevó a cabo un viraje en los comienzos de los setenta con “El antiedipo”, en el que presentaba una teoría diferente a sus obras anteriores como “La lógica del sentido”. Se volvió anarquista, quizás una de las ideologías más seductoras porque denuncia la impostura del poder.
Su idea del funcionamiento del deseo maquínico se asocia a la imagen del `rizoma´, dejando de lado su interés previo por las relaciones entre superficie y profundidad, o sus preocupaciones sobre el funcionamiento de los simulacros en el paradigma representacional.
No fue así con Sartre ni con Foucault. Y este “no fue así”, tiene que ver con quienes aparentemente poco tenían que ver con el pensamiento de estos filósofos de envergadura, me refiero a los nuevos filósofos.
Por el momento, nos abocamos a Deleuze y a su contacto con los nuevos filósofos. Años después de la entrevista en la que el filósofo se despacha con todo su menosprecio hacia los nuevos filósofos, Guy Lardreau escribe “L`exercice differé de la philosophie (Á l`occasion de Deleuze)”. Lo publica en 1999, cuatro años después de la muerte del filósofo.
Dice que, en realidad, su texto debería haberse llamado “Contra Deleuze”, no sabemos por qué prefirió suavizarlo, pero no es difícil hallar las razones ya que él mismo confiesa que aprovecha la confrontación para explicitar su pensamiento filosófico, el suyo no el de Deleuze.
Reconoce estar herido. Fue sensible al ataque de Deleuze. Pero no se queda tirado en un sillón mordiendo su lamento. Escribe un libro, que, por lo visto, le llevó un par de años elaborarlo.
Dice que Deleuze es de izquierda, pero de una izquierda tardía. Se despertó después del mediodía. No cree en su voluntad revolucionaria. Por el contrario, le adjudica ser parte de la avanzada “mitterandista”, que, lamentablemente, no sé qué es.
Luego lo acusará de colaborar con la tradición “marescalista” (marechaliste), de la que menos sé qué es. Mitterand fue un presidente socialdemócrata que inauguró la era del progresismo sin estado de bienestar. El fin del baby boom. El `Marechal´ Pétain fue un héroe de la primera guerra que administró a la Francia ocupada bajo los nazis.
Tampoco Lardreau sabe lo que es el camporismo o el lópezrreguismo, es inevitable ser un ignorante en materia de localismos.
Agrega que el izquierdismo súbito de Deleuze quizás se haya debido a su encuentro con Félix Guattari, cuyo temperamento fogoso no dejaba a nadie vivo si no adhería a la sublevación mundial contra el capitalismo y Lacan.
No tiene mucho sentido intentar encontrale un sentido a la diatriba cuando un par de contendientes se acusan recíprocamente de ser de derechas.
Lardreau reconoce la importancia que tuvo Deleuze para la juventud filosofante. Dice que no sólo lo leyeron, sino que el Spinoza que conocían era el de Deleuze, lo mismo con Hume, con Nietzsche.
Sin embargo, el conocimiento de la historia de la filosofía a las que los iniciaba Deleuze era una trampa. Su texto pretende establecer en qué consistía ese engaño.
El lenguaje empleado por Lardreau es típico de la academia francesa una vez invadida por el lacanismo. Lo que se dice es lo que se silencia, lo que se silencia es lo que se dice, lo posible es lo imposible, y lo explícito lo tácito.
Es una lengua de fintas en la que se anuncia un acontecimiento definitivo, y el lector llega a la última página sin saber cuál es. Le queda la satisfacción de no haber renunciado al trabajo inútil de la búsqueda del tesoro, o del arca vacía y la de comunicar a los próximos haber logrado el trofeo de una lectura imposible.
Tenía razón Deleuze cuando afirmaba que los nuevos filósofos escribían sólo con mayúsculas, al menos en algunos casos como Lardreau o Jambet.
Pero no por eso son indescifrables, siempre se pica algo.
Emplea palabras extrañas, por ejemplo: `filosofización¨. Parece ser – casi todo lo que dice parece ser – un modo de elevar la jerarquía de los filosofemas o enunciados filosóficos. Lo que no impide, aclara, hacer la misma operación con los `doxemas´, que no son meras opiniones, las que llama `vulgivague´, que traducimos por vulgovaguedades.
Por lo que hay filosofemas filosofizados, doxemas desvulvaguedados, y pensadores constipados.
Lamento, el tono, pero si no nos divertimos un poco con el asunto, se nos vuelve insoportable.
Sigamos. En la página 29 define lo que llama `nudo de discurso´: “nada existe de lo real a un discurso que no le sea representado por otro”.
La palabra `real´ será una clave de su…discurso. Sigamos. Habla de `veracidad´, que es una verdad negada sin dejar de ser codiciada. Sigamos.
Afirma que tanto el sistema como la enciclopedia deben ser revalorizadas como modelos del pensamiento filosófico, para no dejarse seducir por los pensamientos deshilvanados, los di tu palabra y rómpete, y los gestos anárquicos.
El sistema matiene la exigencia de orden y de articulaciones racionales entre ideas. Por la necesidad de una enciclopedia, entiende que es hora de que los filósofos dejen de despreciar el conocimiento científico, que diferencien una necesaria legislación general de las ciencias de los desastres epistemológicos y políticos del viejo enciclopedismo ilustrado.
No entendemos por qué es necesario todo esto ni todo aquello. Sigamos.
Si la historia de la filosofía tal como la concibe Deleuze es una trampa, Lardreau hace un listado de modos alternativos de construirla. No olvidemos que en lo que respecta a la historia de la filosofía, Deleuze decía que el género cumple una función policíaca, de vigilancia, censura y sanción, del pensamiento filosófico. De todos modos, el nuevo filósofo lo adscribe al género denostado.
Hay una historia de la filosofía escrita con júbilo y celebración ante la belleza de la construcción arquitectónica de los conceptos. Se lee la obra de los filósofos como si fueran montajes artísticos. Desde nuestro punto de vista es lo que hace Deleuze, pero no es así para Lardreau.
Otro modo de incursionar en esta historia es la que llama `intervención´. Es un uso militante del pensamiento por el que se toma partido por un sistema debido a su potencia racional y al hecho de que nos convence por enunciar una verdad. No se trata de una elección personal sino de una muestra de coherencia objetiva y de rigurosidad conceptual. Es una toma de partido `impersonal´.
La tercera forma de elaborar una historia de la filosofía es la de usar y abusar de filosofías ajenas para deformarlas y hacerlas acordes con nuestro pensamiento. Sabemos a quien se refiere.
Los nombres que da Lardreau que corresponden a cada una de estas tendencias para escribir la historia de la filosofía son autoridades académicas como Bréhier, Festugière, Corbin, Gueroult, que oscilan entre la primera y la segunda tendencia, ya fuere por su admiración estética por una filosofía o por su adhesión a su consistencia argumentativa.
Pero en el apartado de los caprichosos no sólo está nuestro filósofo sino también incluye a Heidegger por su Nietzsche, por ejemplo.
Una vez que Deleuze es catalogado como tramposo por el hecho ya comentado por otros que lo pintan por hacerles un hijo por la espalda a los filósofos, Lardreau enriquece sus descripciones con nuevos atributos.
Por un lado dice que es un traidor; no puede dejar de serlo quien pone en boca de otro lo que piensa por sí mismo y que por conveniencia, para darle una autoridad indebida, convierte a un clásico en garante de su pensamiento.
Dice, además, que Deleuze es un falsificador, o un falsario. Esta cualidad es de lejos la más interesante, porque ya demanda una gran dosis de creatividad.
Lardreau nos habla del pastiche. No conocía el verdadero significado y uso de esta palabra. Creía que pastiche era una mezcla de cosas que nada tienen que ver entre sí, lo que da tanto un engrudo como el color marrón.
Pero no es así. El pastiche es una de las formas más excelsas de la imitación. Se diferencia del plagio. Un falsario, en este sentido, no es un mero imitador.
Cuando escribí “El ultimo oficio de Nietzsche”, dediqué el capítulo final al extraño caso de “Mi hermana y yo”, un libro de Nietzsche que los eruditos desconsideran como falso ya que no hay original alemán, sino traducción inglesa, por el hecho de que ese original entregado a un amigo por el filósofo alemán en el nosocomio en el que finalmente muere, llega a las manos de un editor a quien se le quema su sótano con el ejemplar dentro. Pero conserva la traducción.
Nada de esto sería de por sí relevante, si el libro adjudicado a Nietzsche, no tuviera su estilo, su modo de denostar, sus ideas, toda la atmósfera inimitable de sus escritos.
La aventura que se inicia con la búsqueda de su verdad autoral, de la que formé parte, llevó a algunos a encontrar a un supuesto falsificador de una universidad norteamericana llamado Plotkin – probablemente un pseudónimo – que se confesó autor del texto pero que no pudo corrobarlo por su inesperada muerte.
Este hecho es similar a otro, bien conocido, y que Lardreau cita, el del falsificador del pintor holandés Vermeer, nos referimos a Van Meegeren que pintó nuevos Vermeers. Porque lo que caracteriza a un falsario que produce “pastiches” es que lejos de copiar viejos cuadros los hace nuevos. Pero con la técnica de los ya pintados.
Y lo hace con un talento tal que aún los especialistas no pueden distinguir el original de la copia.
Lardreau nos habla del pastiche para distinguirlo del plagio y para incorporar a Deleuze entre los artistas de la copia.
No le asombra el hecho ya que sostiene que para quien promovió una lectura de Nietzsche en la que se potencia lo falso, llevar a cabo la misma operación sería algo natural.
El nuevo filósofo se pregunta si más allá de la denuncia de una lectura fraudulenta de la historia de la filosofía como la que hace Deleuze, se puede pensar en algo como una historia verdadera de la filosofía. No sólo de la disciplina aludida, sino, si cabe la posibilidad de pensar en la historia en general en una perspectiva temporal que restituya el pasado tal como sucedió en la realidad.

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La inteligencia divina de… LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA 206

1 comentario

  • 1. marlaw  |  19 abril 2016 en 22:47

    “Otro modo de incursionar en esta historia es la que llama `intervención´. Es un uso militante del pensamiento por el que se toma partido por un sistema debido a su potencia racional y al hecho de que nos convence por enunciar una verdad. No se trata de una elección personal sino de una muestra de coherencia objetiva y de rigurosidad conceptual. Es una toma de partido `impersonal”

    La coherencia objetiva y la rigurosidad conceptual, nos lleva de la mano, para pensar que eso es objetivo. Pero la pregunta que surge es: ¿Existe realmente la objetividad, en la expresión de una idéa o de un concepto?


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