LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA 203

11 abril 2016 at 9:55 1 comentario

Vuelvo a la filosofía francesa sin intermediarios, es decir con Sartre, Camus, M. Ponty, Aron; con Foucault, Deleuze, Althusser, Lacan y Barthes – si quieren también Derrida – y con los nuevos filósofos que ahora comentamos.
Respecto de estos últimos que fueron moda durante un pestañeo temporal, pocos ahorraron invectivas para degradarlos. Sin embargo, y es mi modesta tesis, creo que han sido un síntoma de un malestar que habló no sólo por ellos sino por muchos más, entre los cuales hubo filósofos de gran respetabilidad académica.
Para adelantar algunas ideas, la ruptura que llevó a cabo Foucault a fines de la década del setenta con su concepción de la dupla saber-poder, para comenzar una investigación sobre los temas de la gubernamentabilidad, el poder pastoral y la ética, tiene que ver con la crisis política de la que los nuevos filósofos hicieron gran escándalo.
Además, lo vimos, los últimos años de Sartre, se vieron teñidos por una problemática que tuvo relación directa con uno de los protagonistas de aquel movimiento de ex maoístas devenidos estudiosos de las sagradas escrituras.
Pero hubo un filósofo célebre de la época que se mantuvo incólume ante los cambios del panorama cultural, y aún a costa de su discreción habitual, intervino en la polémica que despertaron los textos en cuestión. Me refiero a Gilles Deleuze.
El filosófo confesó una vez que le huye a las polémicas, desprecia los debates, a las mesas redondas las ve como un suplicio, que las idas y vueltas entre contendientes son para mediocres. Para rematar su idea, dice que el habla misma es “sucia”. Lo que vale para él es pensar y escribir lo que se piensa, y que la oralidad valorada es la de sus cursos, en los que trasmite su trabajo a una audiencia, y recibe sus preguntas con beneplácito.
Hombre sabio, les pedía a sus alumnos que dejaran las preguntas para la semana siguiente así controlaban un poco la emoción interrogativa y la ansiedad por cerrar con una respuesta rápida los problemas que apenas se abrían, y, además, con buen humor, miraba con simpatía a quienes se dormían en clase, pero con agradable sorpresa a los que se despertaban, ya que intuía que debía haber dicho algo para sacarlos del marasmo.
Deleuze es uno de los grandes filósofos del siglo XX, una mente de una imaginación creadora, una curiosidad insaciable y una erudición no ostentosa, que lo hace uno de mis preferidos, además de maestro de mi formación filosófica.
Sin embargo, a pesar de rehuir de las discusiones, un 5 de junio de 1977, acepta la invitación de un suplemento literario de la editorial Minuit, en la que publicaba sus textos, para dar su posición y debatir respecto de un fenómeno de moda, de una promoción masiva, de la corriente llamada de los “nuevos filósofos” que dominaban con sucesivos libros los escaparates de las librerías.
La entrevista una vez publicada se distribuyó en forma gratuita (Fue editada posteriormente en “Deux régimes de fous”, pag 127-135).
A la primera pregunta sobre qué opinión le merecen los nuevos filósofos, responde que `ninguna´. Dice que su pensamiento es nulo. Usan grandes palabrotas, no pueden vivir sin mayúsculas y artículos determinates y terminantes como LA ley, EL poder, EL amo. EL mundo, LA rebelión, LA fe.
Ocupan con su magnigrafismo espacios que le evocan los agujeros entre dientes de los que padecen una quijada floja. Además, percibe que en la medida en que el pensamiento que se enuncia es débil, quien lo emite se muestra fuerte e importante. Lo que resalta es el sujeto de la enunciación: yo, yo, yo, yo soldado de Cristo, yo militante de mayo 68, yo, inasible para quienes quieren atraparme en el `semblant´.
Deleuze sostiene que para evitar este modo de torpedear el trabajo intelectual, hace tiempo que se intentan elaborar conceptos de una articulación fina y diferenciada, para no caer en falsos binarismos. Se trata de reforzar las funciones creativas en desmedro de la función de autor.
El entrevistador le pregunta si su opinión parte de la crítica que le hace Bernard Henri Lévy tanto a él como a Félix Guattari, en su libro “Barbarie à visage humain” (El rostro humano de la barbarie). Deleuze exclama no, no, no…como en la canción `Rehab´ de Amy Weinhouse.
Sabe que el nuevo filósofo catalogó “El Antiedipo” como “la apología de algo podrido sobre un capa de abono en decadencia”. Así escribe este hombre, agrega Deleuze. Otros párrafos de BHL le parecen directamente innobles.
Pero lo que le despertó algo de ganas de responderles a estos nuevos filósofos, fue la publicación de “Contre la nouvelle philosophie” de Aubral y Delcourt, quienes, según su lectura, han intentado al menos de analizar con seriedad el supuesto pensamiento de los nuevos filósofos en un bello libro tónico. Fueron los primeros en protestar ante semejante impostura. Además, se presentaron en el programa de televisión, “Apostrophe” para confrontar directamente con algunos representantes de la corriente aludida. “Entonces, para hablar como un enemigo, un Dios me dijo que siguiera el ejemplo de Aubral y Delcourt, y que imite su coraje lúcido y pesimista”.
Para cumplir con este mandato, comienza con la afirmación de que la nueva filosofía no es una escuela, lo que los salva de la internas de capilla y de la costumbre de equivocarse toda la vida arrogándose el monopolio del arrepentimiento. Dar lecciones de antistalinismo sólo pueden hacerlo con autoridad los que fueron stalinistas, así parece.
Deleuze dice que lo que sí introdujeron como novedad los nuevos filósofos es el marketing filosófico o literario. Como el dar de entrevistas y sacarse fotos para Play Boy, como lo hizo BHL. Una de las características de estas operaciones de mercado, es que un libro no importe casi nada y que las entrevistas, emisiones filmadas, comentarios, habladurías, que conciernen al autor, sean todo lo que importe.
Agrega que la estrategia de las editoriales consiste en publicar varias versiones de un mismo libro, una versión atea, otra heideggeriana, una lacaniana, etc. Hay una distribución de roles que Deleuze asimila a una película como “El Dr Mabuse”, en la que el filósofo Clavel hace de Mabuse, mientras Jambet y Lardreau adoptan el papel de sus asistentes Spöri y Pesch.
Una vez leído este comentario me dirigí a la nueva enciclopedia universal llamada You Tube, y vi los primeros cincuenta minutos de la película de Fritz Lang de 1922. Por supuesto que tiene un alto grado de fascinación creada por la música que es una de las verdaderas protagonistas del buen cine mudo, y del ojo del director. Mabuse es un estafador profesional, el hombre de las mil máscaras que está harto de su asistente Spöri porque todo el tiempo inhala cocaína y está duro como una estaca. Al otro ayudante lo tiene corriendo a mil por hora pidiéndole tres encargos simultáneamente.
Deleuze siempre fue mi gran educador, por él conocí a la escuela de antropología de la Grecia Antigua como al psicoanalista Groddeck y ahora Mabuse.
Reconoce que algunos pueden acercarse a este fenómeno mercantil con benevolencia, o, en todo caso, situarse desde una perspectiva naturalista o entomológica. Por su parte, su aproximación es teratológica, es decir, el de un especialista que estudia los individuos que por anomalías o malformaciones pertenecen al género de los monstruos. Lo hace, así lo confiesa, con `horror´.
Por otra parte, Deleuze hace un análisis relacionado directamente con el fenómeno marketinero, se refiere a las nuevas funciones del periodismo.
Sostiene que el periodismo ha creado su propio espacio de autonomía por el que los acontecimientos exteriores tienen paulatinamente menos importancia. Un libro tiene menos relevancia que el artículo que se escribe sobre él o que la entrevista que se le hace a su autor. Hay un nuevo estilo de pensamiento que es el pensamiento-entrevista, el pensamiento-noticia, el pensamiento-estrella o el pensamiento-novedad. Es más facil imaginar un libro sobre un artículo periodístico que al revés. Han cambiado, dice, las relaciones de fuerza entre intelectuales y periodistas.
Otra característica de estos nuevos filósofos es el odio hacia mayo 68 del que participaron y ahora denuestan. Y, finalmente, el uso que hacen de las tragedias mundiales para colocarse a sí mismos como el centro de un martirologio, hablar con altavoz en nombre de las víctimas, encarnarse en flautistas de Hamelin como conductores de misiones de solidaridad y volcar su pesimismo mórbido sobre la historia, sobre los alcances de la ciencia y la condición humana.
Usan a los verdaderos luchadores por causas liberadoras que siempre apostaron por la vida, para protagonizar gestas amargas, pálidas, pseudotrágicas. Y todo lo hacen con el tono insolente y contestario de un empleado doméstico mal pago.
Una vez leída esta invectiva de uno de mis filósofos preferidos, volví a mi enciclopedia tubular con la esperanza de encontrar el susodicho programa registrado en el año 1977. Y pude encontrarlo en su versión completa de una hora y diez minutos.
Un programón, por varios motivos. Por un lado porque su conductor, Bernard Pivot, es excelente. Lee los libros que presenta, no como en nuestro medio en que en los pocos programas culturales que hay el entrevistador siempre debe confesar que el ejemplar le acaba de llegar y que no tuvo tiempo de leerlo.
Además, porque impone como regla que cuando se ha de debatir un tema, nadie puede interrumpir la palabra del otro, o subirse sobre su habla para embarullar sus dichos. Y cuando la norma no se cumple, grita hasta que el entrometido se calla.

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1 comentario

  • 1. marlaw  |  11 abril 2016 en 14:15

    Por una parte podría simpatizar con Deleuze, porque me puedo llegar a ver en él, como reflejado frente a un espejo. Pero por la otra también me pregunto, como me preguntaría a mí mismo, si esta reacción de Deleuze, no vá mas allá de cuestiones estrictamente puntuales, para convertirse en una reacción frente al cambio, a lo nuevo, por mas que este cambio emerja como algo desagrable a sus ojos, o a los míos


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