LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA 198

25 marzo 2016 at 8:15 1 comentario

Uno de los modos en que accedemos a la trascendencia es el amor, el eros. En el capítulo “Más allá del rostro” del libro citado, nos da elementos para comprender el modo en que podemos irnos de nosotros mismos con el amor. No es sencillo lo que nos dice. Está lleno de sobreentendidos, que los `entendidos´ tienen la posibilidad de descifrar.
Hay filósofos que construyen su propia lengua. Otros no necesitan hacerlo. Les basta con la sistematicidad de sus conceptos teóricos. Pero hay quienes capturan palabras y significados de la lengua cotidiana y los sobrecodifican con nuevos sentidos.
Nos habla del rostro, todos aquellos que escucharon hablar de Lévinas, lo asocian a la imagen del “rostro”.
El rostro no es la cara sino una mirada. Una caricia no es sólo un gesto corporal sino un acto moral. Lévinas elabora una metafísica del cuerpo. Heidegger lo definiría como una onto-teología de la corporalidad. Quiere ofrecer una alternativa a la concepción platónica del amor expresada en el mito que Aristófanes trasmite al grupo en “El Banquete”. El personaje del diálogo dice que el amor reúne a dos mitades en un ser único. Por lo que no hace otra cosa que efectuar un retorno a sí mismo. Lo semejante busca lo semejante.
Pero, dice Lévinas, amar es amar a otro, temer por otro, socorrer a su debilidad. Habla de un régimen de ternura. La caricia consiste en no apresar nada, no busca dominar una libertad, o arrancar un consentimiento a una libertad que se resiste o que es hostil.
En lo carnal de la ternura, el cuerpo deja el orden del ente.
“La amada, a la vez apresable, pero intacta en su desnudez, más allá del objeto y del rostro, y así más allá del ente, se mantiene en la virginidad” (pag 268).
Agrega que lo Eterno Femenino es lo virgen, una fragilidad en el límite del no ser. La virgen parece desvanecerse, dice que se desmaya, se retira en su porvenir. La caricia aspira a lo tierno, no tiene estatuto de ente, es una modalidad entre el ser y el no ser.
“La ternura es una piedad que se complace, un placer, un sufrimiento transformado en felicidad” (269).
Frente a este régimen de ternura se yergue el ogro de la voluptuosidad. Una profanación que descubre lo oculto, es una vergüenza que hace bajar los ojos. La desnudez erótica es la no significancia de lo lascivo. Estamos ante el fin del discurso y de la decencia.
Por lo que estamos frente al Otro y al Ogro. El Otro está representado por la viuda, el huérfano, el desvalido, una selección de desamparados que el filósofo extrae de las sagradas Escrituras, del Libro de Isaías: “¡Ay de los que decretan decretos inocuos,/de los notarios que registran vejaciones,/que dejan sin defensa al desvalido/y niegan dus derechos a los pobres de mi pueblo,/que hacen su presa de las viudas/y saquean a los huérfanos!” (Isaías I, 9-10-10,3).
El Ogro se manifiesta en el enamoramiento, en una sociedad de enamorados sin sociabilidad. “La relación que se establece en la voluptuosidad entre los amantes, fundamentalmente es refractaria a la universalización, es todo lo contrario de una relación social” (ibid, 275). Lévinas habla de una intimidad cerrada, de una soledad de a dos que define a lo no público por excelencia.
La voluptuosidad es amor del amor del otro: “si amar es amar el amor que la Amada me tiene, amar es también amarse en el amor, y retornar de este modo a sí mismo. El amor no trasciende sin equívocos, se complace, es placer y egoísmo de dos” (ibid 276).
Al citar al Lévinas, no puedo sino regocijarme de que Michel Foucault haya elegido para sus estudios sobre la ética en la Antigüedad, el uso de los placeres y no la fuente del deseo. Cada vez que se habla del deseo, acecha la culpa, el fantasma de la transgresión, el ideal de la pureza, la sublimación desde las alturas.
Egoísmo, narcisismo, masturbación, el enamoramiento no es más que un placer especular, que sólo puede quebrarse hacia otro representado por el Hijo.
Existe una fecundidad que no es poder, se trata de un más allá de la muerte, lo que permite que el yo sea otro y nos abre al porvenir. Un hijo, dice Lévinas, continúa la historia sin producir la vejez. Lévinas nos advierte que aquellos que creen que la versalitilidad, el afán de novedad, las mil y una máscaras que inventamos, nos ofrecen la intensidad y la satisfacción de un deseo que se autobastece, se equivocan. A este artista de la vida, “las formas diversas que reviste Proteo no lo liberan de su identidad. En la fecundidad, “el aburrimiento de esta recuperación se detiene”.
El Ogro es tramposo. Tiene sus tretas. Una de ellas es la seducción por el arte. Lévinas dice que lo bello del arte es que invierte la belleza del rostro femenino. Sustituye el `menos que nada´ de lo etéreo, por una imagen. Las artes plásticas inmovilizan en el instante; la poesía sustituye la vida femenina por un ritmo. Su recuento de las artes no se prolonga con más ejemplos, pero ya estamos advertidos de ciertos encantamientos que debemos consumir en dosis pequeñas.
Pero una cosa es el travestimiento edulcorado de las artes, y otra cuando nos despojamos de todo para erguirnos en cuerpo presente. Lévinas se refiere al tridente del Ogro con sus tres espolones: la desnudez, la risa y el juego.
“La lascividad misma de la desnudez erótica, el reir que irrumpe en las reuniones shakesperianas de hechiceros, plenas de sobreentendidos…”(273). La risa, agrega Lévinas, es la animalidad irresponsable que no dice verdaderas palabras. “La amada, al retornar a la infancia sin responsabilidad – esta cabeza coqueta, esta juventud, esta pura vida, un poco bruta – ha dejado su estatuto de persona” (ibid 273). Y remata la escena concluyendo que las relaciones con el otro se vuelven un juego, “se juega con otro como con un joven animal”.
Una vez escritas estas palabras, proponemos volver al profeta que se preocupaba por las viudas, por los huérfanos y los desvalidos, esta vez se esmera por la suerte de las mujeres, o “amadas”, como dice el filósofo.
Sentencia Isaías: “Dice el Señor:/Porque se envanecen las mujeres de Sión,/caminan con el cuello estirado guiñando los ojos,/caminan con paso menudo sonando las ajorcas de los pies:/el Señor pegará tiña a la cabeza de mujeres de Sión,/el Señor desnudará sus vergüenzas./Aquel día arrancará el Señor sus adornos:/ajorcas, diademas,medias lunas,/pendientes, pulseras, velos,/pañuelos, cadenitas, cinturones, frascos de perfumes, amuletos/sortijas y anillos de nariz,/trajes, mantos, chales, bolsos,/vestidos de gasa y de lino,/turbantes y mantillas./Y tendrán: en vez de perfume, podre;/en vez de cinturón, soga;en vez de rizos, calva;/en vez de sedas, saco; en vez de belleza, cicatriz.” (Isaías I, 3,14-4,4).
Lévinas nos dice que la dulzura de la mujer es reposo; pero la amiga puede convertirse en enemiga, y de la dualidad dramática puede sobrevenir la catástrofe (Difficile liberté, pag 54).
El judaísmo, señala, a pesar de esta cautela, le da gran importancia a la valía de la mujer. Los ejemplos bíblicos son numerosos. Sarah (Abraham), Rebeca (Jacob), Lea y Raquel (Laban), Myriam (Moisés), Tamar (David), Ruth, Bethsabé…
Si nos remitimos al Génesis, Lévinas dice que la imagen de la `costilla´de Adán, bien puede significar su costado. De este modo a la unión primordial se la divide en costados (côtés). En Platón, la división del andrógino hace que las partes se encuentren de frente; en la versión judía no se pierde el costado de la posición y la mirada hacia fuera.
Parece una broma, en realidad muchas de las reflexiones de Lévinas pueden interpretarse con una buena dosis de humor…judío, por supuesto.
Adán mira a un costado, Eva también, no porque sean un matrimonio aburrido, no hay que olvidar que están el paraíso. Pero nunca hay que perder de vista la puerta de salida, por si acaso. Foucault, creo, era quien decía, que luego de una noche de amor lo que más le urgía era encontrar el teléfono del radiotaxi.
Por lo pronto, el filósofo subraya que la división y la separación son más importantes en el judaísmo que la unión promordial.
No hay en el judaísmo la invocación del Eterno Femenino, no hay remisión a una experiencia amorosa como la medieval, ni la tradición que va de Dante a Goethe, o encarnaciones como María o Beatriz.
Concluyamos que mirar el rostro y tachar el cuerpo parece ser una sola y única operación. Salvo que con el cuerpo del otro se lleve a cabo un acto fecundo. La castidad en la versión fenomenológica que enuncia Lévinas no sólo nada tiene que ver con el pensamiento de Sartre, sino que le es repulsivo.

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1 comentario

  • 1. Aldo  |  25 marzo 2016 en 14:26

    no creo q con el amor o el eros lleguemos a la trascendencia , si se llega al cuerpo ( esa complejidad aletargada por el pecado ) el cuerpo de los otros y el de uno , aqui lo femenino , las mujeres se enamoran de si mismas por el hecho de q el cuidado de si y de los otros le demanda autoestima ,, esto despues de la guerra llega a occidente como baño de mar bramido a los sujetos ,, y llega la autoestima a su punto tan alto y ( peligroso ) que no hacemos dos pasos sin que nos saquemos una foto ,, un espejo al que narsiso se ahogo en el lago ,,, y hay gente hoy que ” choca ” por ahogarse en sus ser


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