LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA 195

14 marzo 2016 at 10:34 1 comentario

La ceremonia del nacimiento, así la llama Lévy, le hace decir a Sartre: “Para cada uno el nacimiento es el mismo fenómeno que para su vecino, de un cierto modo, dos hombres que hablan entre sí, tienen una misma madre” (ibid 24)
Es imposible refutar este pensamiento porque ni siquiera es un pensamiento, es una suposición antojadiza de un mundo inexistente. El infantilismo en filosofía es paralelo al cúmulo de saber. No existe una humanidad que piense de este modo. Es cierto que Sartre supone que nosotros somos subhumanos habitantes de una antehistoria, pero entonces no hay una autocrítica a la idea de una Historia por venir una vez la humanidad redimida. Sartre y Levy dicen que es necesario terminar con el mito de la Gran Noche (Le Grand Soir), la gran ruptura.
Si somos subhumanos, Nietzsche tenía razón con el anuncio del Superhombre de Zaratustra, aunque no lo veía parte de una fraternidad universal sino como un solitario hacedor.
La Madre es la que evita que la hermandad universal termine en el terror. ¿Y la Madre superyoica? Ésa que se le aparece a Woody Allen en su mediometraje, que lo juzga y lo sentencia con su inmensa cara montada en una nube. ¿Y la Madre castradora? ¿La de Mélanie Klein? ¿La de Jean Genet que de acuerdo a Sartre lo pare como a un excremento?
Lévy dice que Sartre quiere pensar la fraternidad como un fenómeno originario. Otra vez Rousseau. Insiste en que el nacimiento es el mismo fenómeno para todos. ¿Y eso? Es inevitable que la lectura que hacemos del supuesto testamento de Sartre, sea discutido en audiencia pública. Al no estar presentes ni él, ni su asistente, ambos muertos, interpelamos a los textos. Repetimos: ¿y eso?
¿Por qué no decir que en lugar de nacer, morimos todos del mismo modo? Cuando Sartre profesaba el existencialismo en su etapa triunfal, afirmaba que cada hombre muere solo. Ahora nos dice que todos nacemos juntos. ¿Será este el logo de la esperanza como el anterior el de la angustia?
Sartre dice que no se trata de la madre empírica sino de una idea por la que todos pertenecemos a la misma especie. Agrega que hay que recuperar la idea tribal y clánica de la unidad matricial. Todos hemos sido engendrados por el mismo Animal (Bête).
El mito ha sido inventado, dice el filósofo, sin saber que los hombres supieran que lo inventaban. Se sintieron originariamenhte hermanos sin sentirlo por un mito previo. Fue al revés. El mito fue posterior al sentimiento fraterno.
Dice Lévy que dice Sartre que hay que recuperar la idea de “don” por la que la fraternidad es una relación práctica y efectiva. Sostiene que no habla desde un plano mitológico ya que la relación entre un tú y un yo, es real. Habla de una experiencia que para ser auténtica necesita de la realización del Hombre.
“Hay que encontrar un fin último”, reflexiona, es decir, un momento en que la moral no será más que el modo de vida de los hombres. Pero, reflexiona, si fuera posible descartar todo pensamiento sobre el fin… “entonces, ¿para qué vivir?”.
Lévy sugiere recordar la respuesta de Spinoza: por los honores y las riquezas. La misma receta, agrega el asistente, que la del actual Estado liberal. Pero sabemos que el filósofo holando-sefaradí lejos estuvo de buscar esa doble vía regia de la felicidad. Preferió el anonimato y la pobreza. Fue un excomulagado que vivió en una situación de semiclandestinidad.
Pero Lévy señala que la preferencia de Spinoza por el Estado liberal, se debía a que imaginaba una sociedad en la que la beatitud del sabio pudiera estar asegurada. La condición de beato que es a la vez un erudito, conviene a una antiquísima tradición de la filosofía que creyó que el conocimiento nos da la felicidad, medida en términos de autonomía frente a las pasiones e inmunidad ante el dolor de la vida.
Y así como Aristóteles decía que el filósofo debía desantenderse de los negocios de la vida y dejarlos en la manos de un administrador de sus bienes, un estado político liberal podría asegurar la misma tranquilidad al filósofo del siglo XVII.
Lévy desestima finalmente la posición de Spinoza por elitista, por considerar que la religión y las escrituras son para la plebe ignorante, y que su preocupación por asegurarse una vida tranquila no hace más que sacralizar a la política una vez despreciada la religión.
Al menos no acusa a Spinoza de traidor al pueblo judío como lo hizo su maestro Lévinas, y los “parnassim”, o notables de Holanda que lo maldijeron mediante el decreto de expulsión. La hermandad universal que ansían Sartre y Lévy es un ideal anarquista. Buscan que la humanidad se organice “sin poder”, lo que los dos llaman sin el Tercero, que mira desde arriba como un Vicario inclemente. Se preguntan cómo hacer para que un grupo en fusión no se osifique y para lograr que `la conspiración de los iguales´ disuelva las figuras de la autoridad.
Para que la palabra Vicario evoque un peligro a un hombre que decide abrazar la formación rabínica, q uien al mismo tiempo unge a la figura de Moisés como la de un conductor supremo, exigirá más de una pirueta argumentativa. Es el caso de Benny.
Moisés, es cierto, guía a su pueblo, pero renuncia al goce de contemplar la tierra prometida. No es otro al camino del filósofo rey de Platón, que una vez que accede a la luz, decide volver al mundo de las sombras para convivir con los hombres encadenados. O la renuncia del Buda a la liberación eterna mientras hubiera sufrimiento en la tierra. Aquellos seres fundantes se sacrifican por la humanidad, entre las que se cuenta la pasión de Jesús que redime a todas las criaturas.
En “La cérémonie de la naissance” (2005), título de otra publicación en la que Lévy recopila sus conversaciones con Sartre, en respuesta a “La cérémonie des adieux” de Simone de Beauvoir, nos dice que con Sartre buscan una respuesta a su búsqueda de “humanizar a la multitud” (¿comment humaniser le nombre?). ¿Cómo darle títulos de nobleza a una multitud degradada desde el nacimiento de la filosofía?
El deleuzianismo de Negri y Hardt y sus sucedáneos se encargarán del tema en los años que vendrán, aunque lejos de la perspectiva de nuestros dos pensadores relegados y olvidados en un departamento frente a la estación de Montparnasse.
Esta presencia del Vicario o Tercero le recuerda a Lévy al personaje de “La náusea” que desde la ventana mira pasar a los transeúntes, y remite también a otros personajes de la novelística de Sartre convertidos en pasatistas, indiferentes al mundo, indoloros a todo y desesperados a la vez.
Este personaje tercero también evoca la importancia de la mirada en la ontología fenomenológica de “El ser y la nada”, la mirada del otro que nos congela, y nos avergüenza.
El sentimiento de culpabilidad tiene que ver con la mirada del otro, pero dicen “vergüenza”, el sentimiento que casi es una sensación que ni siquiera alcanza la interioridad, que se plasma sobre la piel y nos sonrroja. La vergüenza definida por Marx como un sentimiento revolucionario, y que filósofos liberales como Richard Rorty consideraban vital para la educación sentimental de una humanidad encerrada en sus propias defensas y bienestar.
La mirada de “otro”, tremenda palabra filosófica, alteridad que en la tradición francesa no cesa de escribirse con mayúscula, ya sea en Lacan, Lévinas, o en comentadores que lo socian a la filosofía desde Platón.
Aquí se trata de que los unos y los otros dejen de ser una multiplicidad de conciencias convertidas en una serie numérica, sino que logren sintetizarse en una totalidad decapitada, sin jefe ni vicario.
Sin embargo, esta acefalía puede retornar en una forma de espectro, de un modo fantasmático, y acechar a una humanidad que disfruta de su transitoria orfandad. Una causalidad metonímica que Lévy define como “los ratones bailan mientras el gato no está”. Fue el gran invento filosófico de la década del sesenta.
Lévy se zambulle en uno de los juegos de lenguaje más conocidos de la filosofía que consta de sólo tres piezas que llegan a producir infinitas combinaciones: lo Uno, Lo Otro, Lo Mismo.
El otro que yo, es también lo mismo – en especial si tenemos a la misma madre superiora – una mismidad que en tiempos de escasez se nos presenta como un enemigo, un contra-hombre.
Pero si la escasez se convierte en abundancia, las dos presencias disrruptivas que impiden la hermandad se disuelven. El gran otro despótico es derrumbado, ya no se lo necesita para conjurar la amenaza de la secesión, de la conspiración o de la guerra civil (ibid, 57); la mirada panóptica dará lugar a una lengua compartida y fraternal.
Ya no tendrá lugar en la tierra ese personaje que Sartre detesta, el “salaud”, que los diccionarios francés-castellano no sabén cómo traducir: sinvergüenza, bastardo, rufián, cabrón, hijo de puta…y que desde nuestro punto le conviene el argentinismo “sorete”.
Sartre lo define como un personaje confeccionado por “nuestra sociedad de mierda”, es decir, una sociedad en la que ser “jefe” es el ideal, y que el elegido ha sido criado con el derecho a la jefatura desde su infancia.
Cree que tiene el derecho de ser como es, el espíritu de seriedad lo legitima, y está persuadido que ha nacido para mandar (la “Infancia de un jefe”, es uno de sus mejores relatos).
Lévy dice que Sartre tiene la intención de rescatar la idea de reconocimiento recíproco en Hegel, para amagamarla con la de `revolución´. Con lo que intenta llevar a cabo, así lo afirma el asistente, un acto que denomina “imposible”: que la experiencia originada en una Idea no se deforme en un mito. Que la unidad de todos no se degrade en un objeto consolidado, sino que sea una experiencia ideal en libertad.
Gracias a su profundidad, la Idea sostiene a la comunidad de los hombres, abarca el presente, y garantiza el lazo de unión en una comunidad transhistórica con los hombres del futuro.
Pero, dice Lévy, si queremos asegurarnos que esa `profundidad´ no desaparezca, ¿en dónde se encuentra el pueblo que la exija y realice? ¿En dónde está el pueblo del Libro?

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1 comentario

  • 1. marlaw  |  15 marzo 2016 en 5:51

    Coincidiendo casualmente (según Lacan la casualidad sería una manifestación del inconciente), con mi última lectura: “El mito del eterno retorno” de Micea Eliade, el nacimiento, el renacer, la regeneración, la abolición periódica del tiempo, y de la historia, el perdón de los pecados, el hombre nuevo, formarian parte de un mito muy arraigado, en todos los pueblos de la antiguedad, que asumió distintas manifestaciones, pero que pueden ser interpretados en un sentido similar. No sería descabellado presuponer que esta idéa, este mito, convertido en deseo estuviera aún presente entre nosotros y reapareciera encarnado una vez mas en Sartre y Levy atraves de las ideas que se exponen en esta clase.


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